lunes, 21 de julio de 2008

Mirador Liberal

Publicado en Canal NW, nº 29, julio de 2008

MÁS REFLEXIONES DEMOCRÁTICAS

Amigo lector, voy a tratar de finalizar las reflexiones que me venían siendo suscitadas por las actitudes y maniobras que se producían en el Partido Popular, desde las elecciones del 9 de marzo hasta su congreso de los pasados días, reafirmándome en la importancia que le concedo a dicho partido político –al igual que a los demás partidos- en el desarrollo de la vida políticamente democrática, y de una manera muy especial a este partido sin cuya existencia, estoy convencido, difícilmente disfrutaríamos de vida democrática. Y todo ello, a pesar de la desconfianza, y a veces repulsión, que me producen los comportamientos de las elites burocráticas que gobiernan los partidos. Usted, lector, es testigo de mis constantes reflexiones sobre esta cuestión, tan constantes que me parece ocioso insistir hoy en los argumentos que las sostienen. Pero en lo que no me cansaré de insistir es en la visión y concepción liberales de la vida, seguramente con ciertas y personales peculiaridades, tan peculiares como los criterios que cada persona es capaz de establecer haciendo el mejor uso de su espíritu y de su razón, potencialidades que representan las esencias de la libertad individual.

Y aquí estamos. Desde tal criterio afirmé en ocasiones anteriores, y también en la precedente que utilicé para estos comentarios, y que mantengo hoy, mi favorable consideración de D. Mariano Rajoy, como político, que es lo que estamos tratando de valorar, pero también de cómo consideraba que no había hecho sus deberes a tiempo; determinados deberes, para cuya tarea había disfrutado de algunas oportunidades. Bueno, no sólo el Sr. Rajoy. El resto de la estructura de mando del partido comparte la responsabilidad. Y los hechos han venido a darme la razón.

Veamos juntos esta cuestión lector. ¿Cuál sería, supuestamente, uno de los principales deberes pendientes? Con toda seguridad, algo que acaba de aprobarse en el Congreso del partido, y que constituía mi principal reclamación: la ampliación de las características democráticas facilitando la participación de la militancia y haciendo posible que candidatos al gobierno del partido y a representarlo ante los ciudadanos españoles disfruten de igualdad de oportunidades, y que pudieran resultar elegidos sin dudas de legitimidad. Así sucede en las democracias más desarrolladas del mundo, y así acabará sucediendo en la nuestra, inexorablemente, debido, sobretodo, a la presión que ejerzan, ejerzamos, los ciudadanos libres sobre la jerarquía de los partidos, que no tendrá más remedio que constituirse sobre la base de la mencionada legitimidad, en lugar de perpetuarse en una especie de sucesión orgánica, paralizante de la participación de sus bases. Saludemos pues, este síntoma de buena salud democrática salida del congreso.

Una segunda cuestión de capital importancia es la que se refiere a lo que han venido denominando “debate de ideas”, “defensa o cambio de los valores”, “propuesta política”, o como se le quiera llamar, y que, conjuntamente con el asunto ya mencionado, ha polarizado los desencuentros más preocupantes entre muchas de las figuras del partido, y producido lamentables víctimas. Víctimas que no debieran haberse producido si todos hubieran escogido los tiempos y los lugares, con prudencia y sentido de la oportunidad, para hacer sus respectivos planteamientos. Todos han sido culpables, por acción o por omisión, de la confusión creada, seguro, entre gran parte de sus militantes y de los simpatizantes. Entre todos han abierto, innecesariamente, heridas que, me temo que en algunos casos no se cerrarán jamás.

Uno de mis apreciados lectores –y a pesar de ello amigo- que dice agradarle la columna de este servidor, me insta a que me “moje” citando en concreto a las personas que son el objeto de mis críticas, y también, supongo que también, de las que son objeto de mis afectos o de mis desafectos. ¿Cree usted, mi otro lector, que debo atender su sugerencia? Hombre, el sujeto principal del caso ya ha quedado reiteradamente citado, y las otras personas han estado en todos los medios de comunicación, por una o varias razones, y bajo distintas motivaciones e intereses. Unos, porque luchaban por una cuota mayor de protagonismo, otros por lograr más poder, otros por colocarse mejor ante un eventual cambio en el liderazgo del partido, otros …. Ustedes mismos tienen en su mente la identificación de las personas, y seguro que coincidimos. Pero no quiero dejar de complacer al lector amigo, y, al menos una de las personas sacrificadas sí que voy a citar: la admirada Doña María San Gil, cuya voluntaria o involuntaria inmolación, tal vez imprudente o precipitada, en todo caso inoportuna y desde luego estéril, no va a producir beneficio alguno para nadie, créanme ustedes. Hasta los mejores cometen errores.

Y, finalmente, parece increíble que personas que viven de y para la política, que los ciudadanos tenemos por inteligentes y sensatamente analíticos hubieran pretendido cambiar al líder sin antes haber procedido al cambio de los mecanismos y procedimientos electorales del partido. Además de las virtudes que le adornan, aunque no sea carismático ni mediático -¡Oh! ¿Cuándo nos veremos libres de líderes carismáticos y mediáticos, insultantemente bobos?- hubiera sido una irreparable irresponsabilidad relevar al Sr. Rajoy bajo las actuales circunstancias. Y no porque no sean deseables los cambios. Y no porque no sea deseable la evolución. Simplemente porque no podía ser. Hubiera podido ser si los cambios aludidos se hubiesen producido en el congreso anterior. Y a lo mejor, la consecuencia hubiese sido la misma: líder, Don Mariano Rajoy ¿Por qué no?

Y del famoso debate político ¿qué? Lo veremos en la materialización de las nuevas propuestas políticas y de ellas podremos hablar. Mientras tanto, este servidor ha firmado el Manifiesto por la Lengua Común.

domingo, 15 de junio de 2008

Mirador Liberal

Columna publicada en Canal NW, nº 28, junio de 2008

REFLEXIONES DEMOCRÁTICAS

Finalizaba mi anterior columna con una breve referencia a los problemas que estaban surgiendo en torno a la persona de D. Mariano Rajoy inmediatamente después de las elecciones del 9M, y aludía muy especialmente a una suerte de deberes que por él no habían sido hechos a tiempo, y también manifestaba mi intención de referirme con mayor profundidad a tal cuestión, porque me preocupaba, pero ahora, y con todo lo que ha venido ocurriendo de un mes a esta parte, mi preocupación ha ido en aumento; aumento directamente proporcional al vértigo de los acontecimientos.

Con su permiso, querido lector, voy a compartir con usted estas particulares reflexiones, dejando para próximas ocasiones aquellas que habrán de referirse a los otros grandes problemas de Estado enumerados con anterioridad. Pero es que éste es también un problema de Estado, por la transcendente importancia que tienen los partidos políticos en nuestro sistema, y más aún cuando se trata de un partido de representación masiva de ciudadanos y de su papel de equilibrio en el desarrollo de la convivencia democrática.

Debo comenzar por dejar establecidos y refrendados tres aspectos, sobre los que me interesa que no quede en usted, ni por supuesto en mi mismo, el menor asomo de duda: el primero, la consideración de persona seria, responsable y honesta que me merece el Sr. Rajoy, y que así expresé con ocasión de los debates mantenidos con el entonces candidato a la presidencia del gobierno en la pasada campaña electoral –consideración que no ha de verse afectada por puntuales discrepancias ni por la constructiva crítica hacia la corrección de errores; el segundo, es el reconocimiento de mi propia ignorancia sobre lo que realmente está sucediendo en el interior del Partido Popular, y por razones obvias sobre las motivaciones e intereses no explícitos de todos los personajes que forman parte del drama; el tercero, es la confesión de que el posicionamiento ideológico-político del Partido Popular es con el que coinciden mis propias inclinaciones en la materia –también a salvo, claro está, de las discrepancias ¡faltaría más que no las hubiese!, y que se susciten en la expresión y materialización de las tácticas a emplear en cada momento de la vida política.

Dicho lo que antecede, me parece que toca ya referirme a cuáles son los deberes que están por hacer, y no solamente por el Sr. Rajoy, y que veo que se condensan en dos. El primero (que en la humilde opinión de los servidores de usted es el origen de la tempestad), no es otro que el propio Partido Popular no hubiera establecido oportunamente el cauce que permitiese al Sr. Rajoy superar el síndrome de la “dedominación”, y que le viene acompañando desde el mismísimo 2004. Y que conste que no critico la validez del sistema, sino que afirmo y sostengo la conveniencia de haber acometido a su debido tiempo las reformas necesarias, que tal vez hubiesen proporcionado el mismo resultado –es decir, el liderazgo del Sr. Rajoy- sino que, además, éste lo habría obtenido en democrática competencia con otros candidatos.

Se ha perdido la oportunidad de hacerlo en 2004, inmediatamente después de aquella derrota electoral. Se ha vuelto a perder una nueva oportunidad, también inmediatamente de esta segunda derrota, en la que la posición correcta del Sr. Rajoy hubiese sido la de ejercer una presidencia provisional del partido hasta el congreso, y en éste presentar su candidatura si ese fuera su deseo, acompañada de las propuestas programáticas correspondientes y de las personas que compusieran su equipo, también en democrática competencia con otros candidatos, de haberlos. Que no hay otros candidatos, liderazgo y legitimidad indiscutibles para el Sr. Rajoy; que hay otros candidatos y el Sr. Rajoy es elegido, igual de legítimo su liderazgo; que es otro el candidato ganador, liderazgo indiscutible para él y honores indiscutibles para el Sr.Rajoy. Ha de tenerse claro que el liderazgo no es una condición transferible o gratuita, se obtiene convenciendo, se conquista. Y me temo que ya será tarde para el ensayo a la vista de lo que está ocurriendo.

De haber instrumentado un proceso de esta o parecida naturaleza, las diferentes formas y tendencias de entender y ejercer los principios ideológicos del Partido Popular se habrían debatido dentro del congreso, y nunca en las condiciones y lamentables circunstancias en las que se están produciendo. En las últimas semanas se están cometiendo tremendos errores, incluso por personas de trayectoria admirable, que no hubiesen encontrado estímulo si no fuese por este caldo de cultivo pernicioso y corrosivo de lealtades. ¿Quién tiene miedo a la concurrencia? ¿Y qué decir de los llamados compromisarios? Vamos descubriendo el escaso número de militantes a los que representan, que pone en tela de juicio su verdadero “compromiso” –de ahí debería provenir su nombre ¿no? He ahí otra urgente reforma de los procedimientos.

El segundo deber pendiente es el de la comunicación del partido con los ciudadanos, militantes o no, y con lo que algunos llaman “debate de ideas”. Teniendo asumido que si algo fuera especialmente significativo de un partido político son las ideas que lo identifican, el debate debería ser obligatorio y no circunstancial, y nadie debería extralimitarse salvo que lo que con el debate se pretenda sea una ruptura del modelo, principios y valores de los considerados fundamentales, o que el tal debate trate de hurtarse a los instrumentos establecidos para ello. Debe tenerse en cuenta que los rasgos ideológicos tienen, o deberían tener, un carácter de permanencia, y que sobre ellos no es conveniente ejercer más presión que la de la vigilancia de su cumplimiento, salvo casos excepcionales. Otra cosa es el debate sobre cómo hay que hacer llegar a la sociedad esos rasgos y caracteres ideológicos y, sobretodo y muy especialmente, cómo tales rasgos superan en conveniencia cívica, económica y social a los de los partidos oponentes. Está demostrado el contumaz desacierto del Partido Popular en trasladar a importantes capas y sectores de la sociedad la bondad comparativa de sus planteamientos, hasta el punto de que uno mismo, en su incorrección e ingenuidad, pensaría que sus responsables militan en la competencia.

En la búsqueda de la mejor manera de cumplir con los deberes apuntados, es a lo que se deberían aplicar los “valientes” que ahora salen por todas partes, debiendo tener muy presente que, jamás, nadie, ha obtenido rentabilidad alguna haciendo renuncia a lo que se es, o tratando de aparentar lo que no se es; y mucho menos todavía, tratando de parecerse o ajustarse a lo que los oponentes desean. Claro que éstas son sólo opiniones de un simpatizante políticamente incorrecto, y liberal para más señas, que siempre se ha sentido cómodo con quienes defienden con valentía, firmeza y confianza sus convicciones, características tales que en modo alguno excluyen la posibilidad de acuerdos con los diferentes, pero que sí deben excluir posturas acomodaticias que, en contra de las apariencias, no llevan a ninguna parte. Si un servidor ejerciera de militancia, le aseguro lector, que esta incorrección política iría mucho más lejos de estos comentarios, porque de la existencia de un Partido Popular fuerte y unido depende dramáticamente el mejor futuro de España. Créame. Y me preocupa. Nos daríamos cuenta de su trascendencia si acaso lo perdiéramos. No porque perdiésemos al Sr. Rajoy, o a cualquiera de los que pretenden o pudiesen sucederle, no, no, no está aquí el centro de mis preocupaciones. Me estoy refiriendo al partido. Compartiré con usted nuevas incorrecciones políticas.

lunes, 26 de mayo de 2008

Mirador Liberal

Columna publicada en el número 27 de Canal NW, de mayo de 2008


¿Y AHORA QUÉ?


Después de una larga serie de columnas, que, bajo el título de El Ser Humano y sus Valores, he venido compartiendo con usted, amigo lector, y a veces perturbándole con toda intencionalidad debo reconocerlo, les he propuesto a nuestros editor y director un cambio en la titulación de esta comunicación mensual con usted, no porque los valores a los que, directa o indirectamente, me he referido con contumacia hubiesen perdido su naturaleza, actualidad e interés, o, porque este columnista y su alter ego se hubiesen cansado de resaltar la importancia de la definición, identificación y defensa de los rasgos que diferencian lo racional de lo que no lo es, lo objetivo de lo sectario y lo que está bien de lo que no lo está (esto último principio básico de la Moral).

No, lector amigo; lo que nos sucede es que, como consecuencia de la presión que sufrimos de la invisible compañía que nunca abandona al servidor de usted, y la influencia que sobre nosotros ejercen nuestros entornos más próximos y queridos, y de las que de ninguna manera nos queremos desprender, nos hemos dado cuenta de que el sustantivo valores está ya tan excesivamente utilizado, incluso por aquellos que no teniéndolos pretenden que aceptemos lo que no pasa de ser más que el juego de palabras que confunde las mentes adormecidas por el efecto de la propaganda, haciéndole perder su verdadero significado, y surge entonces la necesidad de utilizar otras herramientas lingüísticas para ponerlas al servicio de las mismas ideas que día a día sostienen nuestro espíritu.

Pero lo que pretendemos es seguir con nuestra crítica íntima, tanto sobre nuestros propios pensamientos como en el deseo de que usted también continúe ejercitando esta tan valiosa capacidad de combinar razón, sentimiento y espiritualidad, y en este contínuo ejercicio no nos vamos a desprender de la compañía, cada vez más despierta, incisiva y a veces dolorosa, de nuestro inseparable, invisible y respectivo YO; porque usted también tiene su propio yo ¿verdad?; personaje que está siempre dispuesto a acudir en nuestro auxilio, incluso aún cuando no le invitemos a ello. Y es la influencia de ese ser imaginario a veces, anaformo las más, la que por añadidura nos impulsa a mirar los asuntos de nuestro interés desde una perspectiva liberal. De ahí el nuevo título elegido para la columna, tomando prestado de un grandísimo y liberal amigo su subtítulo, en la confianza de que no se sentirá molesto por ello. En todo caso vayan por delante mis disculpas.

¿Y ahora qué? Sí, la pregunta es pertinente. El interrogante sirve para infinidad de supuestos en los que, una vez acaecidos determinados hechos es necesario preguntarse ¿qué va a suceder, o qué vamos a hacer? Después de un mes de la publicación de nuestra columna, y próximos los dos meses desde la cita electoral, no puedo resistir la tentación de añadir a los cinco grandes asuntos que proponíamos como causa fragrante de quiebra democrática otros dos, que parecen, cuando menos, tan importantes como los cinco referidos. Política exterior y Justicia. Cuento con su benevolencia para compartir en los meses venideros las reflexiones que nos suscite el análisis de las siete cuestiones, que, a modo de siete plagas, enturbian el desarrollo normal, y formal, de las sociedades democráticamente maduras. El análisis lo haremos desde nuestro personal Mirador Liberal, naturalmente.

El interrogante de hoy viene suscitado por el resultado de alguna encuesta que viene a decirnos que dos de cada tres españoles creen que les han mentido durante la campaña electoral, ocultándoles la realidad, grave, de la situación económica. Y seguramente hubieran contestado lo mismo de habérseles preguntado por cualquiera de las otras cuestiones que hemos citado, ahora y el pasado mes. ¡Oh, que sorpresa descubrir el engaño! -habrán pensado al ir conociendo la realidad. Pero ¿es que se podía esperar otra cosa? Si han estado mintiendo y ocultando realidades durante, por lo menos, los últimos cuatro años …. Pues, eso ¿y ahora qué? Pues que les tenemos que soportar, al menos, durante otros cuatro años. Hombre ¡pero si eso es lo que ha querido la mayoría! Pues ahora que lo aguante la mayoría. Lo malo es que tenemos que aguantar TODOS y no sólo la mayoría, las consecuencias de la imprevisión, cuando no de la apatía dolosa, y ahora de la improvisación, de los gobernantes y de quienes les prestan su interesado apoyo.

Y también ¿y ahora qué, Don Mariano? Menuda papeleta tiene usted, simplemente por no haber hecho los deberes a tiempo. Desde este Mirador Liberal le dedicaremos alguna atención, porque nos preocupa. Nos preocupan varias cosas. Una, lo inmerecido de muchas de las críticas que está usted recibiendo procedentes de los entornos afines o supuestamente más próximos, porque las gentes honestas no merecen que se desdibujen su figura como con usted lo están haciendo, y no precisamente por los que parecieran ser sus rivales … Otra, cuando los líderes del partido político rival se muestran contentos con las decisiones que usted toma ¡huuuum!, un servidor en su lugar comenzaría también a preocuparse … Hay más ¡eh! Prometemos volver sobre ello, siguiendo, como no puede ser por menos, nuestra natural inclinación política incorrecta y liberal.

viernes, 11 de abril de 2008

Más al hilo de marzo 2008

No quiero hacerme pesado con mis referencias al proceso electoral, pero sí deseo añadir dos razones más de las expuestas en mi columna de abril de Canal NW, a las cinco por las cuales cualquier gobierno de país democráticamente madura hubiese merecido una repulsa generalizada, y, desde luego, no haber obtenido la confianza para abordar un nuevo período de gobierno.
Política exterior, en la que ha sido notoria la pérdida de influencia de España en los entornos que nos resultan familiares, por vínculos culturales, económicos, de comunidad de intereses políticos, etc. etc., alejándonos de ellos, y, al mismo tiempo, contradiciendo tales intereses alineándonos con los que atentan política e ideológicamente contra la libertad y el ejercicio de derechos fundamentales, y
Justicia, cuyo entramado institucional ha perdido su intrínseca independencia al verse invadido y contaminado por los criterios políticos partidistas, convirtiéndose en una correa de transmisión de los intereses del gobierno y del partido del gobierno.
Y queda dicho ésto como complemento de la citada columna.
Un día de éstos, y con el adecuado sosiego habré de referirme a lo que ha venido sucediendo en torno al proceso de la investidura del Presidente del Gobierno, y a los impactos que tal proceso ha tenido en el principal partido de la oposición.

Al hilo de marzo 2008

El ser humano y sus valores. CIUDADANIA Y ÉTICA. Publicado en Canal NW, nº 26, abril 2008

Y sexta.

Sexta en lo que se refiere a reflexiones relacionadas con el proceso electoral que acabamos de padecer, porque de referirnos a esta relación entre ciudadanía y ética seguro que habremos de encontrar múltiples motivos. En cuanto al 9 de marzo, nuestros temores se han visto confirmados. No se ha sabido interpretar la realidad por una enorme parte del electorado, ante una espectacular ausencia de explicaciones reales y convincentes de los programas ofrecidos por los partidos políticos. En definitiva, ha prevalecido la telegenia, la propaganda mediática impulsada por los partidos de la llamada izquierda política, y la incompetencia informativa del principal partido de la oposición. Naturalmente que, desde esta perspectiva, la de la habilidad propagandística de uno de los grandes partidos, y de la incompetencia del otro, también han resultado perdedores los nacionalistas y los comunistas (no podemos decir que lo sintamos, honestamente), que han visto invadidos sus espacios ideológicos por la irrupción en ellos de los socialistas, que consiguen arrimar a sus ascuas las sardinas del voto útil.

Le planteamos un pequeño juego, querido lector amigo. Dejar a su interpretación los porcentajes del electorado que se ajusten a los siguientes perfiles: uno, los que votan a los suyos pase lo que pase y hagan lo que hagan, convencidos de que son los mejor capacitados; dos, los que votan a los suyos pase lo que pase y hagan lo que hagan con tal de que no gane el adversario; y tres, los que tienen independencia de criterio y eligen su opción con plena libertad. ¿En cuál de los grupos estamos, o pretendemos estar, usted y nosotros? ¿Cuál será el peso relativo de este grupo sobre el total del electorado?

A los dos primeros grupos, parece que no les ha interesado demasiado la calidad y la cantidad de la información de la oferta política, ni la veracidad y honestidad con que se manifiestan sus afines y los contrarios. Y, la verdad, estos sus servidores, tampoco se sienten interesados por los componentes de ambos grupos, más allá del impacto electoral que producen. Allá ellos con su sectarismo ideológico. No nos interesan porque con ciudadanos así no existe la menor posibilidad de debate político inteligente.

Son los del tercer grupo, los que en su inmensa mayoría se rigen por criterios éticos (así al menos nos gusta identificarlos), los que resultan verdaderamente perjudicados por las maniobras de la propaganda política que lo único que les ha ofrecido fueron dificultades para separar la paja del grano, quedando como víctimas de la ocultación de realidades, tanto materiales como de objetivos políticos, y del sostenimiento de argumentaciones sin demostrar, jugando con la proverbial mala memoria colectiva. Para ilustrarle vamos a someter a su consideración algunos ejemplos, fácilmente identificables.

Plan Hidrológico Nacional –eliminado inmediatamente de tomar posesión hace cuatro años- que ahora pretenden recuperar , disfrazado de pequeños (¡) trasvases (río Segre), porque Cataluña está seca, y porque las famosas platas desalinizadoras resultan una ruina económica, y ecológica. Ruptura de la solidaridad y cohesión territorial y corrupción asociada. Modelo de Estado, que nadie sabe cuál es el que han tenido en la cabeza, pero que por la vía de la modificación estatutaria de las Comunidades Autónomas, producen una alteración no contemplada en la Carta Magna, configurando una España diferente sin la intervención de la totalidad de los ciudadanos. Otro factor de insolidaridad y cohesión territorial y de corrupción asociada Sistema educativo, deteriorado por la permisividad, pérdida de autoridad, falta de rigor académico y penalización del esfuerzo (ya conocemos la catastrófica valoración comparativa de nuestra población estudiantil), adornado con la pretensión de adoctrinamiento ideológico con la asignatura EpC. Y hay autoproclamados intelectuales que niegan la facultad de objeción a padres y profesores ¡ciegos, o estúpidos!. Terrorismo, colocándonos en situación de flagrante cuasi-indignidad, en la que no hemos caído gracias a que las bestias-terroristas en su paroxismo han querido acelerar el curso de los acontecimientos; de no haberse producido los últimos atentados, quién sabe si no nos habríamos desayunado con la aceptación de sus condiciones. No, si aún habremos de estarles agradecidos. Y Economía, con cuya problemática resulta que nos encontramos por casualidad ¡vamos, hombre! como si lo que ahora han reconocido como crisis no existente antes del 9 de marzo se hubiese producido por generación espontánea. Ya iremos, ya, padeciendo sus efectos, pero también iremos viendo como tal problemática también genera insolidaridad e incohesión territorial, y corrupción.

Cinco, sólo cinco ejemplos que por sí solos hubieran provocado la crisis y caída del gobierno de turno en cualquier país instalado en un régimen democrático maduro, aquí han servido como por arte de magia para renovar un mandato parlamentario y de gobierno. En estos días estamos escuchando discursos “de extraordinaria profundidad” y contrición que, con apariencia de sinceridad tratan de hacernos creer que en los próximos cuatro años se producirá una completa enmienda. Y pretenden que les creamos. Bueno, ya sabemos cuáles de los grupos señalados más arriba corearán sus intenciones. ¿Qué haremos usted y nosotros? Nosotros continuaremos en nuestra ya manifiesta y rebelde incorrección política.

sábado, 8 de marzo de 2008

Ciudadanía, Ética y Elecciones (V)

Como una última contribución en este día de reflexión electoral, añado a mis entradas el artículo que estaba redactado con dudas sobre si sería leído a tiempo, y en el que en su final se recogen ciertos temores que, como casi siempre ocurre, se han visto superados por la trágica realidad; realidad sangrienta y criminal en este caso. Amigo lector, ¡todos somos Isaías Carrasco!, y en su honor y memoria, jamás, jamás, jamás... deberíamos tolerar diálogo, ni mucho menos negociación, con quienes le han asesinado, ni con quienes de una u otra manera les dan covertura política o social. Nunca, ni ahora, ni mañana. Debemos dejárselo muy claro a quienes optan mañana a obtener nuestra confianza. Votemos, votemos mayoritariamente a los que nos ofrezcan garantía de que jamás se volverán a intentar vías de diálogo con los terroristas. El único diálogo posible es el de la rendición, la entrega de sus armas y el cumplimiento de las responsabilidades penales que les correspondan a los que tienen las manos manchadas de sangre.
El ser humano y sus valores. CIUDADANIA Y ÉTICA (V)
Publicándose en Canal NW, nº 25, marzo de 2008

Quinta parte.

Comenzaba mi columna anterior mencionando la escasa probabilidad de que tuviésemos un nuevo contacto antes de la convocatoria electoral del 9 de marzo. Y no es muy probable, pero sí posible, dado el interés de nuestro director en salir durante los primeros días de cada mes. Un servidor sí que se pone a escribir pensando en la posibilidad de que esto ocurra, es decir, que usted pueda leer el periódico a tiempo.

¿A tiempo de qué? Nadie lo sabe, porque si este columnista no tiene la intención de convencer a nadie, de nada, a no ser de la necesidad de establecer criterios responsables y conscientes sobre todo lo que nos concierne como ciudadanos, ¿a qué viene entonces este interés, al menos aparente, por relacionar nuestra columna de opinión con los comicios a celebrar? Respuesta sencilla. Cumplir con lo que nosotros consideramos un deber, al tiempo que un derecho, como es acudir a votar, y hablando como estamos de Ética, son los principios éticos de cada uno de nosotros los que deben orientar el sentido de nuestra elección política.

La cuestión que se plantea, que se plantea este servidor en compañía de su tantas veces referido, incómodo y tantas otras implacable yo, es si los que constituyen la oferta política de la que deberemos extraer la que resulte de nuestra preferencia, responden a lo que es exigible para el ejercicio de tan altas funciones como las que se derivan de establecer el marco jurídico que a todos nos afecta, y las de gobierno y administración de los recursos públicos en forma escrupulosamente respetuosa con las leyes y determinante para la convivencia en la pluralidad ideológica que tanto respetamos, pero que, nos tememos, todavía con asignaturas pendientes por aprobar. Y no es asignatura menor la de valorar la ética de las ideas, de las propuestas y de las intenciones de los políticos candidatos.

No es fácil, lector, y, a lo peor, o a lo mejor, que nunca se sabe, cuando usted nos lea ya conoceremos cuál ha sido el resultado de la valoración a la que nos referimos. Es decir, ya habrá pasado el día 9, y sólo será posible analizar lo que ha ocurrido sin que exista la menor posibilidad de enmienda. Aquí está, claramente determinada la responsabilidad ciudadana: que las decisiones ya no tienen marcha atrás, al menos por un período de cuatro años. ¿Cree usted que merece la pena hacer la valoración ética a la que le invitamos, antes de que no tenga remedio? Y que la tal valoración, desprovista de cualquier sectarismo ideológico ¿merece la pena? Advierta que mencionamos sectarismo ideológico, que no tiene nada que ver con la necesaria ideología política a la que cada uno de nosotros tiene un derecho irrenunciable y que con toda legitimidad ética debemos ejercer.

Usted ya sabe, lector amigo, de nuestras íntimas discusiones en las que siempre, siempre, tratamos de eliminar de nuestros actos, y si pudiésemos también de los suyos, de los suyos de usted, se entiende, todo influjo sectario que anula el entendimiento, la capacidad crítica y nos convierte en pseudos-estúpidos incapaces de tomar decisiones conscientes y responsables, acordes con las exigencias de una sociedad democrática madura. El sectarismo que nos conduce a aceptar cualquier barbaridad que se diga o que se haga con tal de que provenga de aquellos que consideramos “de los nuestros”, sin importar el daño que se causa a la dignidad individual y colectiva. Pero no es éste el caso en el que usted y yo nos encontramos ¿verdad lector?

Usted y nosotros sus servidores puede que no, pero ¿qué podemos decir de las multitudes que asisten a los mítines políticos y que aplauden, y hasta jalean, a todos los que en el colmo del paroxismo no se privan de decir las mayores barbaridades, ignorantes estupideces, e insultos y descalificaciones del adversario, sin mas objetivo que el de provocar la reacción exaltada y primitiva de los ignorantes? Y, como en otras ocasiones hemos denunciado, lector, mintiendo, mintiendo, mintiendo una y otra vez. Uno de los candidatos lleva mintiendo los últimos cuatro años, diciendo que no hizo lo que ya todos sabemos que sí, que hizo; diciendo que hizo aquello de lo que no existen pruebas de nada; desdiciéndose hoy de lo dicho la víspera y poniendo al país “patas arriba” atribuyendo al adversario sus propias culpabilidades. El lunes 25, estos servidores pudimos comprobar su semblante crispado. No sabemos el que tendrá el lunes 3. Pero, ha quedado bien claro cuál de los candidatos es el protagonista de la crispación. A lo peor hasta volvemos a tener ejemplos de ella el día 8 ¡ojalá que no! ¿Y el día 9? ¡Aaaaah…la Ética ciudadana!

ADENDA.

Vemos lector, cómo me he visto superado en el mal escenario que preveía para el día 8, por los acontecimientos de la víspera. ¿Actuaremos los ciudadanos el día 9 exentos de sectarismo doctrinario, o por el contrario, lo haremos en defensa de la Dignidad, de nuestra dignidad individual y colectiva? Votemos. No nos quedemos en casa. Y hagámoslo a favor de aquellas opciones que mantendrán intacta nuestra dignidad. Después será tarde. Salud, Esperanza y Ética.


Elecciones y Dolor

Es hoy la jornada de reflexión previa a la electoral, y nuestros "idus de marzo" comenzaron a manifestarse ayer en la forma sangrienta que ha hecho desaparecer a Isaías Carrasco a manos de las bestias terroristas de ETA.

Dolor, dolor, dolor ... inmenso, que, después de despertar nuestra solidaridad con la familia y con sus allegados y amigos, nos conduce inexorablemente a compartir con usted, lector amigo, las últimas reflexiones sobre el tema central de esta columna. Pero el dolor no se ve acompañado por la sorpresa. Ya se sabía que estos asesinos estaban, y lo están siempre, dispuestos a matar bajo cualquier situación y circunstancia que ellos crean que les puede beneficiar. Y aún a veces en forma incomprensible en cuanto a oportunidad. Pero, claro, no nos estamos refiriendo a seres humanos con capacidad de entender la vida en sociedad como usted y un servidor lo hacemos. Nos referimos a bestias enloquecidas y enfurecidas en la búsqueda de la realización de sus absurdas ensoñaciones.
Sabíamos que ésto iba a ocurrir. Pero también sabíamos, y sabemos, que ésto ocurriría en cualquier caso; dentro de un proceso de diálogo/negociación, o fuera de él; dentro de una tregua con trampa o sin ella; en período de acoso policial y judicial, o sin el. ¿Es que no sabemos que son terroristas asesinos, y que sólo se sentirán satisfechos cuando consigan todo lo que pretenden? Y después de que lo consigan ¿qué?
Nosotros sabíamos que ésto había de ocurrir; ahora o pasado mañana. Así to teníamos proclamado, sin que por ello reclamemos capacidades adivinatorias. No hace falta. Es de puro sentido común. Y volverá a ocurrir. Creerse que porque existan vías abiertas de comunicación con los terroristas va a evitar su acción criminal, resulta de patética ingenuidad, cuando no de una patológica estulticia, o, lo que es infinitamente peor, de una inmoralidad sin límites. Y es todavía mucho más grave, abrir esas vías de comunicación cuando ya estaban cerradas. Porque ello además supone un atentado a la ética política en la que, obligatoriamente, se han de sustentar las democracias. Ética que, fundamentalmente, no se fundamenta más que en la Verdad y la Dignidad, tanto desde una perspectiva individual como colectiva.
Y todos estos años se ha estado faltando a la Verdad, y no ha importado demasiado la Dignidad, y con ello, desde una visión moral de la vida pública y ciudadana, de saber lo que está bien y lo que no lo está, de lo que causa el bien y de lo que no, la relación con los terroristas ha subvertido aquello que representa la fortaleza de una sociedad democrática: la irrenunciable supremacía de la justicia sobre el crimen; a cualquier precio, y por encima de cualquier precio. Incluso el de la vida. De qué nos sirve la vida sin dignidad y sin respeto por la verdad.
Mañana nos enfrentamos todos a la responsabilidad de elegir a la persona y al grupo político que ha de conducir los negocios de España durante los próximos cuatro años. En estos momentos, el ejercicio de esa responsabilidad ha de estar aderezada, más que nunca, de un especial grado de consciencia y de espíritu crítico, alejada de sentimentalismos y de ira. ¡Todos a ejercerla, todos a votar!, queriendo manifestar en ella el tipo de sociedad española en la que queremos vivir. Una España firme y digna, resistente a los chantajes, armada de valores y orgullosa de poseerlos. O una España inane, permisiva y relativista, en la que cualquier cosa pueda ser asumida con la irresponsabilidad de la inconsciencia.
Aquí tenemos el reto. Apartar de la acción de gobierno a quienes han estado dispuestos a pasar a la historia como los grandes pacificadores, sin importarles el precio que había que pagar por ello, o mantenerles en sus funciones, con la certeza, nuestra certeza, de que les va a faltar tiempo para reincidir en sus absurdos y calculados errores. Ha llegado uno de los momentos importantes de nuestra vida de ciudadanía en común. Vayamos a votar, vayamos a votar todos. Y con el ejercicio de este derecho, que en el momento presenta también se configura como una obligación, demostremos que cuantos más votemos, mejor representación política obtendremos. Caiga quien caiga. Lo que no caerá será nuestra dignidad. Y producirá sorpresas a más de uno. No quisiera estar equivocado.
ADENDA.
Recuerde, lector amigo. Ayer, todos los partidos con representación parlamentaria en una nueva escenificación de pretendida unidad frente al execrable crimen, todos, menos uno, se han negado a rechazar futuras negociaciones con la banda terrorista. ¿Nos damos cuenta de lo que ésto significa? Una tremenda probabilidad de que el proceso de diálogo/negociación continuaría en el caso de que continuase la misma o parecida composición de nuestro Congreso de los Diputados.
¿Es ésto lo que usted y su servidor queremos? Salud, con esperanza.

jueves, 6 de marzo de 2008

Idus de Marzo. Elecciones 2008

¿Cómo nos tratarán nuestros particulares "idus de marzo"? En mis, seguramente, peculiares reflexiones, siempre obtenidas a base de un bien luchado combate con ese mi otro yo, que nunca me abandona -¡qué pertinacia la suya!- siento como me invade una sensación mezcla de perplejidad, escepticismo, impotencia y preocupación por el resultado de los comicios del próximo domingo 9 de marzo.


La sensación proviene de las informaciones posteriores a la celebración de los dos simulacros de debate entre los candidatos de los principales partidos políticos de España -¿podremos seguir llamándole así al país en que vivimos?- y es porque no acabo de ver por ningún lado la coherencia entre lo visto y vivido y lo que reflejan las encuestas. Si hubiese coherencia, el resultado sería un suspenso mayúsculo a ambos contendientes, pero claro, los medios de comunicación, y los partidos políticos mismos, tienen un exacerbado interés en proclamar un ganador, y lo hacen. Pero no es ese interés compartido por los medios y los partidos, lo que produce mis negativas sensaciones, ni siquiera el resultado de las encuestas, del que discrepo. Las produce la incertidumbre sobre lo que van a arrojar las encuestas reales, es decir, el recuento del contenido de las urnas. Y ¿por qué me invaden tales sensaciones?
Déjenme que me remita a unas reflexiones publicadas en la Atalaya nº 13, del domingo 17 de diciembre de 2006, en El Correo Gallego, titulada LOS CAMINOS DE LA DEMOCRACIA. De entonces a hoy, bastantes acontecimientos se han producido, pero se me antoja que aquellas cobran hoy interesante actualidad, y así se las reproduzco:

"Mucho se viene hablando y escribiendo en los últimos tiempos, amigo lector, de la necesidad de reformar el sistema electoral español. Este servidor mismo, lo ha reclamado ya en éste y otro medio de comunicación, por entender que el actual sistema no da respuesta a las necesidades básicas de una democracia que pretende ser madura, y de paso evitar, al máximo posible, el riesgo de que los partidos caigan en los excesos totalitarios a lo que veo que se siente tan inclinada la elite dirigente de esa burocracia particular que se ha convertido en la dominadora absoluta de la acción de los partidos políticos, sin que los militantes puedan hacer otra cosa que asentir, o permanecer en silencio durante los espacios de tiempo que median entre cada período electoral. Y lo mismo sucede con la acción parlamentaria. Bueno, se puede manifestar el descontento, tanto por los militantes de los partidos, como por los ciudadanos en general, aunque con nulo resultado, pues es en estas circunstancias donde la potestad indiscutible de los dirigentes puede tener, o no, en cuenta tales protestas.

Y si bien es cierto que en los últimos tiempos, tanto en la legislatura anterior como en la presente, muchos ciudadanos están mostrando con sus manifestaciones, nítidamente, cuáles son sus intereses, falta por percibir la discrepancia específica de los militantes de un partido político en contra de las propuestas del mismo. No he visto una sola expresión organizada de esta naturaleza ¿se debe a que no hay discrepancia?, o ¿se debe al obediente sectarismo dominante por el cual todo cuanto hacen los nuestros está bien?, o ¿a una cobarde actitud fruto del confort que produce la posibilidad de que sean otros quienes arreglen los entuertos? Cualquiera que fuera la respuesta a estas preguntas, indicaría una tremenda debilidad democrática en nuestra sociedad, demostrativa de la ausencia de espíritu crítico y libre. Ninguna discrepancia debería ser entendida como una renuncia a los principios ideológicos de un partido, y sí en cambio como una contribución positiva a su aproximación a la sociedad real. Por ejemplo, nadie dejaría de ser liberal, o conservador, o socialista, o comunista por discrepar de la dirección de sus partidos cuando ésta corrompe tales principios, o sus actuaciones perturban la concordia social. Como tampoco dejaría de serlo por elegir puntualmente otras opciones que se aproximasen en mayor medida a sus convicciones. Ésta es la grandeza y sería la mejor prueba de la deseable salud democrática.

En una oportunidad anterior me mostraba convencido de la honorabilidad de la inmensa mayoría de la militancia –conozco muy bien militantes de todos los partidos-, pero también asombrado de que esta misma honorabilidad fuese tolerante, o indiferente, con las directrices y actos que conculcan la honorabilidad general del país. Y me parece que esto se debe a la falta de cauces para forzar el relevo de los componentes de esa burocracia dirigente cuando así conviniese al interés general, por encima de las ideologías. Es aquí donde debería producirse una auténtica rebelión, negándose la militancia a practicar un seguidismo estéril y paralizante (tal y como he propugnado con anterioridad). Si esta rebelión se produjese, y tuviese consecuencias visibles, los dirigentes de cada época actuarían con rigor, transparencia y mesura. Lo mismo ocurriría, sin necesidad de provocar ninguna suerte de rebelión, si el acceso a las cúpulas del poder en los partidos no fuese una sucesión de herencias dentro de lo establecido en los mismos, puesto que no otra cosa se produce, salvo contadas ocasiones, tanto en asambleas como en congresos. La reforma electoral en los partidos habría de comenzar por una verdadera representación territorial en la que los compromisarios fuesen elegidos sin la tutela de la burocracia dominante.

¿Y qué decir de la reforma para elegir los representantes a los Parlamentos? Mientras que éstos no sean elegidos en circunscripciones, o distritos territoriales, en contacto directo y permanente con los electores, ofreciéndoles un programa de trabajo conectado con las necesidades reales de la ciudadanía más próxima, comprometidos en su realización, y rindiendo cuenta directa ante ellos de los resultados obtenidos; mientras que los electores hayan de seguir suscribiendo listas cerradas, y no puedan desechar aquellos que no merezcan su apoyo; mientras se siga manteniendo un porcentaje bajo de los votos para tener derecho a representación parlamentaria a grupos minoritarios, cuyos intereses y propuestas pueden ser defendidos por otros afines; mientras estas situaciones se mantengan, los ciudadanos electores verán conculcados sus afanes e intereses por pactos y maniobras, a veces contra natura ideológica, y siempre, aunque se trate de defenderlos con eufemismos, contra los principios básicos de la democracia. Y debo mencionar también la posibilidad de segundas vueltas, cuando un partido político no alcance la mayoría para que gobierne su candidato principal. ¿Nos damos cuenta, verdad, de la energía cuya pérdida estéril nos ahorraríamos?

Seguramente resulta una utopía que veamos una reforma tan profunda de una sola vez, pero ¿para cuando dejamos comenzar por lo básico? Desechemos los temores que como ciudadanos pudiéramos tener (otros sí que parecen tener esos temores ¿por qué?), porque es muy cierto que poner en práctica todas a la vez, o algunas de las reformas necesarias, no supone dar un salto en el vacío; sobran referencias en nuestro entorno social occidental en las que ilustrarse; véase, si no, la más antigua experiencia democrática del planeta, y todavía viva, la del Reino Unido. Bueno, pues mientras esperamos, deseo Salud y Esperanza para todos."
ADENDA.
La gran incógnita, causa de mi desazón. A la vista del comportamiento de los dos aspirantes a presidir el gobierno de España, el uno, mentiroso convicto y confeso, sin más programa que el de conservar el poder a toda costa; eso sí, carismático y telegénico; el otro, honesto y prudente pero temeroso de molestar con algunas de las cosas en las que cree. ¿Se producirá la rebelión, y los votantes se saldrán, nos saldremos, del tan estéril y paralizante seguidismo denunciado? ¿Tendrán los habituales votantes socialistas el valor de depositar su confianza en otras opciones, aunque fuese las de su principal rival? Eso sí, acudiendo a votar ¡eh!, para que no se diga ... llegado el caso. Que los idus de marzo nos sean propicios.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Ciudadanía y Ética, y las elecciones IV

El ser humano y sus valores. CIUDADANÍA Y ÉTICA
Publicado en Canal NW. Nº 23. Enero de 2008

Cuarta parte. Querido lector amigo, este humilde columnista junto con su inseparable, contradictorio y numerosísimas veces insoportable íntimo yo, deseamos que su vida durante el pasado Tiempo de Adviento haya transcurrido plena de felices acontecimientos, y que esta presente Epifanía sea el preludio de un Año Nuevo en el que podamos continuar con nuestra firme defensa de los Valores consustanciales con nuestra naturaleza de seres humanos. Le prometo que, nosotros, seguiremos con nuestra particular misión de compartir las reflexiones que los acontecimientos cotidianos nos susciten y que tengan impacto, directa o indirectamente, en lo que más nos preocupa como individuos que vivimos en sociedad, preocupados por la recta interpretación y aplicación de principios morales en nuestras vidas: basados en la identificación de lo que está bien y de lo que no lo está. Es decir, lo que en ocasiones anteriores hemos rotulado como la diferencia entre SER y lo que DEBE SER.

Nos hemos visto sobresaltados por el asesinato perpetrado en Francia por los asesinos-terroristas-nacionalistas de ETA, hoy ya, afortunadamente, identificados y parcialmente detenidos, pero, también es cierto que con la convicción de que las bestias perpetrarán nuevos atentados; es su condición de bestias. En esto sí que estamos de acuerdo con lo manifestado por uno de los preclaros e ínclitos jueces de nuestro país, cuando dice que “… pueden matar cuando quieran”. Pues qué bien. Para decir tamaña obviedad no se necesita ser ni juez ni preclaro. Es tan obvio como que cualquier asesino, sea terrorista vasco o de cualquier otra naturaleza puede matar cuando quiera. No dejan de sorprendernos este tipo de manifestaciones que tienen difícil interpretación, salvo la de contribuir a relativizar la cuestión frente al interés último de los ciudadanos; vamos, al menos frente a un número muy importante de los ciudadanos que gustamos de conocer con claridad la realidad de los hechos y de las intenciones, sobretodo de quienes ejercen funciones tuteladoras de la vida pública, en el gobierno, en la judicatura o en la creación de opinión. Nos gusta conocer cuales son los principios éticos en los que se inspiran, y cuáles las reglas morales por las que se rigen. Y ya lo vamos conociendo, ya.

No dejan de sorprendernos tampoco algunas calificaciones del dramático hecho, establecidas por otra de las preclaras personalidades de la vida política, en este caso un miembro del gobierno, cuando ha tratado de decirnos que habría alguna diferencia entre un hecho “fortuito” o un hecho “premeditado”. Tendría que explicárselo con más claridad a las dos víctimas y a sus familias, y de paso a todos los demás que como nosotros, inteligencias y espíritus simples, no somos capaces de discernir sobre cuestiones tan elementales. Claro que entre lo fortuito o accidental, y lo premeditado o intencional, hay notables diferencias que siempre se tienen en consideración a la gravedad de los hechos que se pudieran juzgar en cualquier tribunal. Pero, lector ¿cuál es la intención del mensaje?, ¿que la muerte es diferente en cada caso?, ¿que los terroristas no querían hacer uso de sus armas, pero que en un impulso irrefrenable no pudieron controlarlas?, ¿que eran portadores de ellas al igual que los niños llevan sus juguetes al jardín?, o que, lo que ya sería el colmo, ¿que fueron provocados por la presencia de nuestros dos guardias civiles, que además iban desarmados?; tamaña provocación se les habría hecho insoportable a nuestras bestias no domesticadas. Mucho nos tememos que las intenciones del mensaje coinciden con las del ínclito juez, ya descritas.

Hagámonos aún más preguntas, ¿qué se nos da a nosotros, pero sobretodo a las víctimas, que la acción de las bestias hubiera sido fortuita o premeditada?, ¿serían por ello menos bestias? Pido perdón a un admirado profesor, por utilizar, aunque sólo sea en parte, el sustantivo de su invención; en parte porque él lo hizo más completo llamándoles hijos de la bestia, aunque para el caso, da igual que la bestia sea la organización que les moviliza y ellos sus hijos, y que, si no estuviésemos reflexionando con toda seriedad y con dolor, poniendo negro sobre blanco el resultado de tales reflexiones, hasta podríamos jugar gramaticalmente con la pertinencia de utilizar el término bestias como sustantivo o como adjetivo; creemos que tal juego no procede en tanto que insoportable frivolidad y en tanto que coincide en ambos casos con la verdadera naturaleza de quienes lo merecen. Pedimos disculpas, lector, por la digresión, que también en este caso tiene por objeto enfatizar la personalidad de los asesinos-terroristas-nacionalistas y solamente para eludir cualquier ambigüedad al uso, créannos. Júzguenos usted, lector, como guste, pero aspiramos a que no nos sitúe en el terreno de la ambigüedad.

Y no deja de sorprendernos tampoco la constante y rebuscada grandilocuencia de quienes tienen la máxima responsabilidad del gobierno, con la que tratan de explicar, y convencernos, de lo que hay que hacer y se hace, mientras que los hechos demuestran, tozudamente, que no se hace lo que es ética y moralmente exigible y que sólo tiene dos posibilidades de salida: una, la cesión a las pretensiones de los terroristas-nacionalistas, que son insaciables por naturaleza, y que supondría hacernos caer en toda una indignidad colectiva; o, dos, derrotarles con el uso de todos los instrumentos disponibles en la sociedad democrática, no esperando la milagrosa conversión, que no se va a producir, haciendo pública proclamación de lo que es moral y éticamente exigible: jamás nos sentaremos con los terroristas ni con sus mantenedores sin que se cumplan tres condiciones; la entrega de las armas; petición de perdón a las víctimas; cumplimiento íntegro de las penas a quienes les pudieran corresponder. ¿Cuál de las dos salidas preferimos? Nosotros lo tenemos claro, lo hemos tenido claro, y expresado, siempre ¿lo tiene igual de claro el señor presidente del gobierno de España?

Ha de saberse que, cualquiera que sea la salida elegida, va a seguir habiendo asesinatos y extorsión; por un lado, porque a los terroristas-nacionalistas siempre les parecerá lento el proceso de rendición, y por otro, para atemorizarnos. Esto ultimo no lo van a conseguir, porque hace falta mucho más para atemorizar a una sociedad firme en sus valores éticos ¿Realmente somos esa sociedad, o es fruto de nuestra personal ensoñación? Nos tranquilizaría tener la seguridad de que los deseos de terminar con el conflicto –e aquí una prueba más del uso perverso del lenguaje ¿de qué conflicto estamos hablando? ¿puede aceptarse como conflicto la existencia de actividades asesinas dentro de un estado democrático, debidamente organizado y consciente de su fortaleza?- que no tenemos la menor duda en suponerle al señor presidente del gobierno (siempre nos sentimos inclinados a suponer bondad de intenciones), los deseos de terminar con el “conflicto”, repetimos, han de corresponderse con hechos que no oculten lo engañoso de las frases grandilocuentes, y todos podamos sentirnos seguros de la firme decisión de terminar con los errores cometidos, esta vez sí, con espíritu de corrección ético-política, sin pantomimas pancarteriles, sin ridículas manifestaciones extemporáneas. Nosotros lo vemos así; vamos, sabemos que tiene que ser así. Ésta es nuestra ética ciudadana ¿Lo sabe usted, señor presidente? De no ser así, al menos estos dos espíritus políticamente incorrectos, desearíamos terminar el año que ahora comienza sin su presencia en el gobierno de nuestro país. Habría más razones, pero hoy nos conformamos con exponer ésta. Salud.

Adenda. Hasta aquí la reflexión de los primeros días de enero. Todo lo que nos preocupaba se ha ido confirmando. Y el broche acaba de ponerlo el candidado socialista a la presidencia del gobierno, en el transcurso del debate (?) del pasado lunes 3 de marzo, cuando dice "... cualquiera que sea el resultado de las elecciones, yo, apoyaré al gobierno en la lucha contra ETA, sin condiciones", y repite, sin condiciones. Es decir, no le importa que sea negociación, cesión, fusión, fisión.... Usted y nosotros tenemos la palabra el día 9 para recuperar la fortaleza moral de la que carecen algunos políticos sin escrúpulos.

lunes, 3 de marzo de 2008

La Verdad, la Ética, y las elecciones



El ser humano y sus valores. LA VERDAD Y LA ETICA
Publicado en Canal NW, nº 24. Febrero de 2008


Decíamos entonces que, con toda probabilidad, amigo lector, no tendríamos la oportunidad de comunicarnos con usted antes de la cita electoral que tenemos a la vista (lo cual no sucede utilizando este medio de comunicación -blog- que sí podrá ser leído), razón por la cual queremos aprovechar ésta para compartir con usted una más de nuestras iniciativas contrapropagandísticas con las que nos afirmamos en nuestra particular incorrección política, y en defensa del predominio de principios éticos y morales en todo cuanto concierne al desarrollo de la vida pública, y porque demasiadas veces nos producen perplejidad muchas de las manifestaciones de quienes tendrían que ser especialmente cuidadosos. Hoy nos referiremos a dos singulares entornos en los que venimos observando una singular interpretación de la Ética y de la Verdad. Eclesiástico el uno, y político el otro.

En el primero, nos encontramos con representantes de la autodenominada Iglesia Vasca: los monseñores Setién y Uriarte. Monseñor Setién ya resulta patético con sus desvaríos espirituales e intelectuales, con los que nos obsequia desde su retiro, siempre en su conocido apoyo de la locura nacionalista. Lo de monseñor Uriarte nos inquieta más, cuando pretende con su aparente “buenismo” que los medios de comunicación no hagan llegar a los ciudadanos la cruda realidad de los hechos, y que el endurecimiento de los partidos políticos -¿de cuáles, y en qué dirección se produce tal endurecimiento?- representa un “golpe a la esperanza”, bajo un pretendido impacto negativo en la moralidad colectiva. ¡Hombre, Monseñor, con el mayor de los respetos por su dignidad personal y eclesiástica, si lo que precisamente conviene a la salud democrática es justo lo contrario! La firmeza en valores.

La firmeza, democrática eso sí, basada en la ética de la Verdad y en la verdad de la Ética, es lo que realmente representa un golpe a la esperanza, pero a la esperanza de los asesinos, nunca a la de las personas de bien ¿Qué pretende Monseñor, que no conociendo la realidad tal cual ella es, nos desentendamos de tales problemas y éstos pasen a formar parte solamente de nuestro inconsciente? Inconsciente que conviene a las ensoñaciones nacionalistas, claro, y con la connivencia de la elite burocrática socialista que actualmente gobierna el partido, y que, de una forma tan lamentable, en sociedad con los nacionalistas, conducen los asuntos de España.

En el segundo entorno, el político, acabamos de descubrir, a confesión de parte, que el Presidente del Gobierno de España supedita el cumplimiento de las leyes y sus compromisos parlamentarios y ciudadanos, a una tan personal interpretación ética de las cosas que le permite hacer lo que no dice y no decir lo que hace; es decir: una falta de respeto a la Verdad, en línea con lo que nos tienen acostumbrados muchos de los conspícuos componentes de esa elite-burocrático-socialista. Estos servidores que con usted comparten sus cuitas, y que no están dispuestos a aceptar pasivamente que la men tira emponzoñe la vida pública, animan a los socialistas de razón y de corazón a que alejen de responsabilidades políticas a tales dirigentes por su contumaz ética acomodaticia y pertinaz incompetencia. Lo que tantas veces hemos dicho desde estas y otras páginas y que quisiéramos ver hecho realidad: que tantos y tantos socialistas como en España hay, honestos, inteligentes, conscientes de la responsabilidad que comparten con los demás ciudadanos de preservar la igualdad de derechos, el respeto por las leyes, la convivencia pacífica y el bienestar, promuevan una catarsis que favorezca el establecimiento de un gran proyecto común; y, de paso, el Parlamento recupere la Grandeza que acaba de reclamar su saliente presidente. Lo mismo, exactamente lo mismo, pensamos de muchísimos de los que militan en las filas del nacionalismo. Conociendo a muchos de ellos, siempre nos ha resultado sorprendente su tolerancia, y hasta complicidad, con lo irracional de sus elites, cuando no con las actividades paranoicas de las bestias.

Con los mimbres que ahora se nos ofrecen no es posible fabricar el cesto de la Grandeza parlamentaria. Por si faltara poco, también hemos escuchado, y leído, la valoración de la legislatura efectuada por el portavoz de los socialistas, calificándola, en un alarde de entre cinismo y desfachatez, como la “más brillante” de la historia democrática de España. Sí. Está en lo cierto. La más brillante en despropósitos, en crispaciones y en banalidades y en el disfraz permanente de la verdad; es decir, lo más alejado de la Grandeza. ¿Cree el señor presidente dimisionario del Congreso, en su probada ingenuidad –ingenuidad y bondad que le reconocemos, y bien valoraramos- que quienes se han distinguido por utilizar a su comodidad la permanente tergiversación de hechos y situaciones, ocultación de intenciones y descalificación constante de los democráticamente discrepantes, son merecedores de una nueva oportunidad y de actuar con la Grandeza que usted reclama? No está hecha la miel para la boca del asno. Y una cantidad enorme de asnos ocupan los escaños de nuestro actual Parlamento, de manera que si por decisión de nuestros electores, al nuevo Parlamento accedieran los mismos de ahora, les resultará muy fácil a ustedes, dimisionario presidente y lector amigo, imaginarse el resultado. ¿Cuál ética inspirará el ejercicio de sus funciones?
¿Cuál será la ética utilizada por la ciudadanía también en el ejercicio responsable de sus funciones?

Correción política y elecciones III

DESDE MI ATALAYA, 42. Publicada en El Correo Gallego el 9 de diciembre de 2007

LOS CAMINOS DE LA CORRECCION POLITICA

Al hilo de la negociación/diálogo con los terroristas. Queríamos haber cambiado el tema de esta reflexión, lector amigo, pero las circunstancias me fuerzan al “no me dejan” pronunciado en ya lejanas ocasiones en relación con las actividades terroristas y sus consecuencias, pero es que no encuentro otro título que poner a esta Atalaya de hoy. Y no lo encuentro, tal vez, porque el dolor de estas últimas horas nubla nuestro ya de por sí escaso entendimiento. Tal vez también, porque la irritación que nos produce la sociedad que representa el trinomio barbarie-estupidez-diálogo se aproxima, o forma parte integrante mismamente de lo que el poder establecido define como “políticamente correcto”. Y la situación continúa estimulando nuestro espíritu de lucha. Queremos seguir siendo incorrectos en la utilización de nuestras capacidades racionales, pero también queremos seguir siéndolo en la tranquilidad de nuestro espíritu. De ahí que nuestra lucha contra la corrección política deba continuar, y continuará.

La razón nos inspira criterios para evaluar, y diferenciar, lo bueno de lo malo, lo razonable de lo que no lo es, lo inteligente de lo estúpido, y así sucesivamente. Y la razón, que nos aleja de la irritación hasta anularla pero que aún así permanece agazapada, nos ha venido diciendo que la barbarie del terrorismo es tan inútil como nefasta, primitiva y salvaje, y que define la amoralidad de quienes lo practican. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que tenga dudas de ello? Pues parece que sí. La razón también nos indica que siquiera imaginarse que el terrorismo pudiera desaparecer por si mismo renunciando a sus objetivos –si es que su barbarie les permitiera tenerlos- se nos representa como el máximo exponente de la estupidez. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que se lo imagine? Pues parece que sí. Y la razón también nos indica que toda suerte de diálogo con los terroristas y con quienes les apoyan, sean colectivos o individuos, está condenado no sólo al fracaso anunciado por anticipado sino que les estimula a perseverar en sus actividades y refuerza su amoralidad. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que se crea que esto no es así? Pues también parece que sí.

En nuestros diálogos íntimos –éstos sí que son diálogos- en los que ponemos en juego todos cuantos resortes intelectuales de los que disponemos, hace ya muchísimo tiempo que habíamos llegado a las conclusiones que ya compartimos con usted en varias de nuestras reflexiones. Y la conclusión principal a la que llegamos no es otra que la de estar, incondicionalmente, al lado de los más directos afectados por la loca e irracional acción terrorista: dolernos por los muertos, rezando por sus almas y acompañando en su dolor a sus próximos. Así lo expresamos, como una premonición no adivinada en la última Atalaya, situándonos con nitidez allí donde queremos estar. Al lado de los que sufren, sin subterfugios ni ambigüedades, sin palabras grandilocuentes pero con la invencible fuerza de los hechos. Y de paso, rezamos también por los asesinos, por la salvación de su alma. No nos sustraeremos jamás a las exigencias de nuestra Fé. Y en esas exigencias incluimos la posibilidad del perdón. Pero les condenamos desde nuestra condición humana. En ésto precisamente, en la inclinación al perdón bajo las condiciones que aceptamos por nuestras creencias, es en lo que les llevamos una ventaja infinita y en lo que se fundamenta la diferencia entre los seres humanos y las bestias y de los hijos de las bestias (tomo aquí prestado el sustantivo utilizado por un admirado profesor amigo).

Si no se dieran, como no se dan, las condiciones a las que nos referimos, no existe la menor posibilidad de encontrar perdón terrenal, y cualquier intención, medida o iniciativa que se tome desde cualquier instancia que no conduzca al encausamiento procesal de los terroristas, conculcará, de hecho lo está conculcando ya desde hace tiempo, las virtudes y valores en los que se inspiran los sistemas democráticos de convivencia. Como los conculcan las grandes frases llenas de firmeza pero que no van acompañadas de sus correspondientes acciones. Como los conculcan, y de una manera que no sabríamos decir si más grave o no, los discursos que tienden a la confusión y al reblandecimiento moral de los ciudadanos. Como los conculcan aquellos otros discursos que, amparándose en la existencia del terror lo utilizan en la justificación de sus objetivos ¿recuerda usted aquello de “… recoger las nueces”? Y como también los conculcan –nos disculpamos por la reiteración debida al énfasis que nos interesa poner en la cuestión-, la marginación a veces disimulada, la mayor parte de las veces no, a la que se somete a las víctimas y a sus representantes.

Desde un punto de vista ético, no se debe consentir que las burocracias elitistas de los partidos políticos, y mucho menos quienes ostentan la responsabilidad de gobierno, acepten el más mínimo resquicio de diálogo con las bestias, ni siquiera que lo consideren una posibilidad, y mucho menos que se atrevan a proponerlo. Dialogar qué ¿cuáles son los contenidos del diálogo? ¿establecer líneas de apertura de negociaciones? ¿qué negociaciones? ¿qué se está dispuesto a ceder? Mi otro dialogante yo me recuerda, oye, que esto ya ha ocurrido, y mismamente en la casa en la que todos creemos estar representados: el Parlamento de la nación. Ni más ni menos. Y a nosotros dos nos invade una tremenda vergüenza ética ¿y a usted? Si fuéramos capaces de alejar los fantasmas de la estupidez, y prevaleciesen los valores éticos sobre cualquier consideración política oportunista, no tardaría la barbarie en desaparecer de nuestras vidas. Y aún tardando ¿no nos sentiríamos más dignos?

domingo, 2 de marzo de 2008

CIUDADANÍA Y ÉTICA ante las elecciones III

El Ser humano y sus valores. CIUDADANIA Y ETICA
Publicado en Canal NW, nº 22, diciembre 2007

Tercera parte. Continuamos, querido lector, comunicándole nuestras preocupadas reflexiones sobre esta relación que la ciudadanía debería mantener con la Ética, porque los acontecimientos de cada día nos impiden desligar la una de la otra. En esta oportunidad, nos llama poderosamente la atención la fortaleza con que las víctimas del terrorismo se producen reiteradamente, contra viento y marea, arrostrando todos los obstáculos que, ya sea en forma de aceradas críticas, de silencios clamorosos, de ninguneos (horrible palabra que hasta el corrector ortográfico subraya, pero que los lectores entenderán perfectamente), con que se les obsequia desde muchísimas instancias políticas y gubernamentales. Su actuación podría ser enmarcada con letras de molde en lo que el poder establecido considera políticamente incorrecto. Nos parece meridianamente claro lo mucho que molesta la presencia constante en los medios de comunicación, a veces porque no tienen más remedio en aquellos de adscripción pro-gubernamental, y siempre y mal que pese en los libres e independientes, de esta permanente reivindicación de su dignidad ultrajada, de sus valores éticos conculcados. Nosotros asumimos como propia esa dignidad, e igualmente nos sentimos ultrajados, en nuestra inteligencia y en nuestra sensibilidad.

Enfrente de esta encomiable actitud ética se sitúa la contra-ética. La contra-ética de calificar de absurda e irresponsable la manifestación del pasado 24 de noviembre, como ha sido calificada por uno de los más conspicuos dirigentes políticos de nuestro tiempo, uno de los más preclaros defensores de la libertad, dirigente tal que siempre se distingue por apreciar el valor de la verdad de las cosas, siempre desprovisto de todo sectarismo y que nunca trata de obtener ventajas de su particular concepción de la confrontación política. La contra-ética predominante hoy en los aparatos directivos de las izquierdas (al estilo de los viejos “komintern”), que, perseverando en sus experimentadas técnicas, anestesian a sus correligionarios y utilizan toda la fuerza de los eslóganes propagandísticos -agit-prop se les denomina ¿no?- con un parecido tan cercano que pareciera idéntico al de los sistemas políticos que dicen combatir, y que atribuyen a cualquiera que cometa la incorrección de manifestar su discrepancia. De tal manera que a los discrepantes se les cuelgan epítetos cuyo significado real jamás se les ha pasado por la cabeza. ¿Se les puede atribuir alguna relación con el fascismo a quienes manifiestan pública y pacíficamente su oposición a lo que consideran disparates del poder? ¿Se les puede atribuir esa relación con tan oprobiosa ideología a quienes por no sentirse satisfechos con los procedimientos de instrucción y sentencias judiciales reclaman que los procesos de investigación sigan abiertos? ¿Se les puede llamar fascistas directamente a quienes se oponen a la utilización sectaria del sistema educativo contaminando así las mentes y los espíritus de nuestros jóvenes? ¿Se les puede llamar fascistas a quienes se enfrentan a los que ocultan la verdad o mienten directa y descaradamente?

Si la búsqueda de la verdad, la defensa de la libertad y la vida, la aplicación de la justicia en la protección de los derechos naturales, individuales y sociales, y la utilización inequívoca e inquebrantable de medios pacíficos en la defensa de tales valores, que son los que nos aportan fortaleza de razón y de espíritu –es decir, justo lo contrario de lo que el fascismo representa- entonces sí que las víctimas del terrorismo, sus legítimos representantes, quienes les apoyan desde cualquier instancia individual, política o social, quienes se oponen a lo que se hace mal en cualquier faceta de la vida en comunidad, merecen tal calificativo. Merecemos tal calificativo, porque tanto nuestro yo intelectual como nuestro yo espiritual y de conciencia, nos ponemos incondicionalmente de ese lado. Esta es la perversidad de la utilización equívoca del lenguaje de la propaganda política, que todo lo confunde en aras de desvirtuar la consideración social de lo ético.

Predomina la contra-ética, querido lector, promovida por las izquierdas de casi toda Europa, porque una vez desmontados los mitos totalitarios del socialismo soviético y, por consiguiente, desaparecidas las referencias en las que la intelectualidad “progresista” se alimentaba, han encontrado ahora un campo excepcional de experimentación en el debilitamiento de las sociedades a través de un relativismo moral que se sirve del falseamiento de la información y de la manipulación de sentimientos y afectos. Es fácil, lector, jugar con la fragilidad de la memoria (especialmente con la memoria de quienes no han vivido directamente episodios nefastos de la historia o con la de quienes no tienen memoria de la historia por haber sido educados, adoctrinados, en la historia adulterada). Así, se acude a técnicas perversas de manipular a su conveniencia los contenidos educativos enalteciendo las particularidades interesadas y ocultando, o menospreciando, las realidades colectivas. ¿Y qué decir sobre lo moral? La utilización del bienestar y del miedo a perderlo, la cultura del éxito y la fama considerándolos como un bien en sí mismo, relativizando lo que la moral de todo tiempo prescribe: hacer bien las cosas. Esta contra-ética intenta por todos los medios imponer su moral a aquella de la que obtenemos las condiciones para ser más libres. Nosotros, en nuestra infinita “incorrección política” no concedemos autoridad moral alguna a quienes, ya sea desde un punto de vista intelectual -¿cuáles son los fundamentos reales de lo que estas izquierdas trasnochadas llaman progresismo?, ya sea desde un punto de vista político, pretenden anular nuestras voces y VALORES. ¿Y usted, lector? Pretendemos preocuparle, amigo mío. Pretendemos trasladarle nuestra manifiesta rebeldía frente a la corrupción que se nos pretende imponer. Sólo desde la preocupación de cada uno de nosotros y de expresarla públicamente depende no quedar confusos o anestesiados. Los ciudadanos hemos de recuperar la salud de la Ética. Seguiremos.

viernes, 29 de febrero de 2008

Ciudadanía y Ética antes las elecciones II

El ser humano y sus valores. CIUDADANIA Y ETICA (II)

(Publicado en CANAL NW, nº 21, noviembre 2007)


Querido lector, continuamos compartiendo nuestras reflexiones sobre estos aspectos que, desde un punto de vista ético, afectan a todos los comportamientos de los ciudadanos. Nos habíamos referido a la mentira, considerándola, implícitamente, el vicio intelectual y espiritual seguramente más opuesto a todo cuanto afecta a la dignidad individual y colectiva de los seres humanos, y, por consiguiente a uno de los valores que nos hace más fuertes, como personas y como sociedad, la verdad. Y, créanos lector, que cuando citamos la mentira, estamos excluyendo aquellas formas de mentir que utilizamos los seres humanos con carácter humorístico, piadoso o caricaturesco, y que no tiene por qué representar daños morales para quien, circunstancialmente, las utiliza, ni para las terceras personas a las que pudiesen afectar. No. Nos estamos refiriendo a la utilización de la mentira, en su forma intencionada y sostenida en el tiempo para el logro de fines particulares, y con resultados transcendentes tanto para la tranquilidad de los individuos como para la convivencia en sociedad. Algunas veces no tengo más remedio que acudir a ejemplos literarios y traerlos en ayuda de mis discusiones con ese YO al que constantemente me refiero, pero que gracias a él uno es capaz de poner negro sobre blanco los resultados del debate intelectual interno. Shakespeare es el autor que, tal vez, nos suministra el más completo material para el análisis de estas cuestiones.

Si tomamos el ejemplo de cómo la trama de insidiosas mentiras provocan tal grado de excitación en Otelo, provocando el asesinato de Desdémona y su propio suicidio, podemos ir dándonos cuenta de cómo la frialdad y el interés deshonesto en la manipulación de hechos y apariencias consigue influir de tal manera en una mente ciega para el análisis desapasionado, y provoca un resultado de desesperación y muertes. No tratamos, amigo lector, de enumerar en esta columna de opinión la larga serie de episodios de ficción, creados por innumerables literatos, que se pueden encontrar en cualquiera de los diccionarios de obras y de personajes disponibles por doquier en todas las bibliotecas, y en todos los idiomas. Pero, como siempre, antes o después, la realidad viene a superar a la ficción. Y con resultados mucho más catastróficos, porque sólo con que nos refiriésemos a algunos de los trágicos acontecimientos del pasado siglo XX, ya tendríamos con qué horrorizarnos. ¿Qué otro sentimiento que no fuera el del horror podría producirnos la pretendida superioridad de una raza sobre otra? Pretendida superioridad que descansó sobre la invención calculada de un individuo y de sus sicarios, y que sus conciudadanos del momento no fueron capaces de rechazar, y sí en cambio de aceptar aquella ética discriminatoria, convencidos de que les colocaba en una situación de predominio sobre todos los demás. Y encima, creían que era cierto. Y algunos todavía lo creen en su particular interpretación de las cosas. Esperamos que no sea necesario reproducir tan infausto nombre, porque usted, lector amigo, está en perfectas condiciones de identificarlo, tanto el del líder como el del movimiento político que inspiró. La mentira elevada a condición de sublime.

Y usted, junto con nosotros, también sabrá identificar los casos vivos de nuestra actualidad, por lo que tampoco consideramos necesario relacionar la enorme cantidad de situaciones políticas y sociales que, basadas en el imaginario consciente o inconsciente, y en la actitud salvífica de personajes que han infectado, e infectan, gran cantidad de capítulos de la Historia, con resultados homologables unos con otros, pero que casi siempre acaban en tragedia, y, cuando menos, en graves perturbaciones de la convivencia. Es el drama de la Historia, como ha sido calificado por historiadores y filófosos. Si todos los ciudadanos a los que les ha tocado vivir cada momento de su particular historia hubiesen ejercido sus responsabilidades bajo el valor ético y supremo de la verdad, jamás hubiesen tenido cabida tales trágicas aventuras. Pero, lector, nosotros sostenemos que en el conjunto de nuestras sociedades actuales existen pluralidad de éticas: aquellas que se acomodan a los objetivos particulares de cada grupo social o político, que crean su propia escala de principios y valores; eso sí, utilizando los términos con cuyo significado real la inmensa mayoría de nosotros no podríamos por menos que estar de acuerdo. Se apoderan del lenguaje de forma tal que lo subsidiario pasa a ser prioritario, lo aparente se convierte en real, y la esencia y el rigor en el análisis de la realidad la califican como actitudes políticamente incorrectas y socialmente perseguibles. Y además, lo hacen. Y nos sentimos preocupados, y perturbados. Y déjennos repetirle que queremos que usted también se preocupe y se perturbe. Será un buen camino para provocar y defender el sano debate de la evolución y, como consecuencia, evitar perniciosas y peligrosas complicidades.

Veamos algunos ejemplos de incorrección política y de persecución de la discrepancia. Uno: la supuesta evidencia de que a partir del ADN una raza tenga niveles superiores de inteligencia sobre otras. Y de ser cierto ¿Qué? ¿Algún problema con eso? Demostrándose la certeza de tal suposición, nada habría de cambiar el panorama social, muy al contrario; el mestizaje étnico, del que somos fervientes partidarios, abriría enormes posibilidades de elevación del intelecto de todos y de la desaparición de todo tipo de diferencias, y no sólo la de ésta, si fuese cierta. Estos servidores que a usted escriben la cuestionan, al entender que existen más, muchas más consideraciones a tener en cuenta, y no sólo las derivadas del análisis del ADN, en la valoración de los rasgos que nos pudieran diferenciar. Sin embargo, la sola mención de tal posibilidad acarrea para quien comete tamaña osadía, las más feroces descalificaciones. ¿Dónde está aquí, y para este caso concreto, el debate científico riguroso y abierto? Parece como si se prefiriese, matando al mensajero, no caer en la incorrección política de molestar a los que, en virtud de tal tesis, no resultasen favorecidos por el análisis. Parece como si el conocimiento científico hubiese saldado ya todas las cuestiones, y cualquier cosa que discuta o suscite la controversia con lo oficialmente establecido debiera ser erradicada, y sus promotores perseguidos. Así se va escribiendo la historia. Pero siempre los incorrectos a fuerza de plantear e impulsar lo controvertido han conseguido desmontar mitos y clarificar falsedades, devolviendo a la sociedad a la realidad de las cosas y a las esencias de la Ética. Continuaremos con otros ejemplos, y entretanto, nosotros celebramos lo incorrecto ¿Y usted?

¿Qué vamos a hacer ahora? Aceptar lo que el poder establece como correcto, o, mantenernos en nuestra constructiva y crítica incorrección.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Corrección política y elecciones (II)

ATALAYA, 41 Publicada en El Correo Gallego, 2 de diciembre de 2007

LOS CAMINOS DE LA CORRECCION POLITICA (II)

Queremos seguir refiriéndonos, querido lector, a diversas cuestiones cuyo pronunciamiento puede merecer el calificativo de “políticamente correcto”, o, por el contrario, someterse a los peores calificativos y a ser anatemizado con tintes heréticos. En nuestra anterior comunicación sobre esta materia nos referíamos ya un ejemplo concreto: al discrepante, y al final secesionista, movimiento dentro del socialismo español con la consecuente creación de un nuevo partido político. Y se le parece, mi contradictorio y siempre conflictivo yo, vamos a seguir desgranando nuestras discrepancias con los calificativos de correcto e incorrecto con los que nos puedan obsequiar. Discutimos a tenor del ambiente creado en torno a la denominada Ley de Memoria Histórica, merced a la cual se estipula correcto rendir tributo a los asesinados, desaparecidos o torturados del bando republicano, que nos parecería bien si no se hubiese hecho ya; y todavía nos parecería mejor que, al mismo tiempo se rindiese el mismo tributo a los que padecieron la misma suerte de los del bando nacional, porque al margen de los tiempos –queremos diferenciar entre épocas: preguerra, guerra y posguerra, durante las cuales cada quien ha tenido su particular protagonismo, todos, todos fueron víctimas de idénticas barbaridades.

En una anterior ocasión ya manifestábamos nuestro desagrado, es decir nuestra incorrección política, incluso hasta con la denominación, porque entendemos que la memoria es una característica del cerebro que permite mantener vivo el recuerdo, pero a título individual, en el cerebro de cada persona; rechazamos la supuesta memoria colectiva, porque las colectividades no tienen más memoria que la de los individuos que la componen, y la de éstos es singular y particular, nunca colectiva. Queda dicho lo que se refiere a la memoria. Pero qué decir de la historia. La historia se contiene en los documentos en los que ésta se registra. Ligar la parte del cerebro de cada individuo con los archivos en los que la historia ha quedado reflejada mediante una ley, pareciera querer acomodar ésta –la ley- a particulares intereses ignorando los supremos que toda ley ha de perseguir: la ordenación de la convivencia; y en este sentido ¿consigue esta ley mejorar la convivencia entre los españoles?

En nuestra incorrección política nos atrevemos a plantear que es precisamente perturbar la convivencia los objetivos que persigue, pero ¿en beneficio de quién? Estoy seguro de que usted lector no lo sabe, y estos servidores, tampoco. Pues qué pena ¿no? Perturbar la convivencia sin saber a quien beneficia. ¿O es que sí se sabe? ¿Lo sabemos? ¡Ah, gran motivo éste para la reflexión! Porque, realmente ¿no nos da que pensar que se urda tal conspiración –ésto sí que tiene todo el aspecto de una conspiración- perturbadora a todas luces, sin ningún objetivo determinado? ¿De tal manera llegaríamos a tener nuestras facultades críticas condicionadas que nos impidiese reconocer qué intereses han animado a sus promotores? Aquí, mi otro yo, y yo mismo, nos negamos a aceptar como correcto, lo que siendo en su naturaleza incorrecto, se nos quiere imponer como correcto, y además, por imperativo legal. Pero verá usted lector, cómo, andando el tiempo, una ley, ésta, se cambiará por otra (como siempre ocurre), y lo que ahora es políticamente correcto, pasará a ser incorrecto, y así sucesivamente. ¿A qué jugamos? O ¿A qué juegan?

Otra cuestión de incorrección política viene dada por la crítica a la decisiones judiciales. Vamos, ni que los jueces fuesen seres infalibles, y que tal modernos oráculos, sus sentencias hubieran de ser consideradas como dogmas de fé, y que en su virtud nos obligásemos a no considerar más cuestiones que las que constituyen los sumarios; es decir, cuando existen “considerandos” no contemplados, o contemplados equívocamente. No podemos sustraernos a la muy reciente sentencia sobre el terrible atentado del 11 de marzo de 2004, en cuyo proceso, entre falsificación y ocultación de pruebas, entre contradictorias declaraciones, entre confidentes que sabían pero no lo decían, entre miembros de los cuerpos de seguridad que decían lo que no sabían y no decían lo que sabían, y, la aparentemente probada ejecución material por parte de unos cuantos disminuídos mentales, incapaces por sí mismos de urdir –aquí sí que podemos utilizar tal verbo- urdir la trama del atentado y su oportunidad, nos encontramos con que, realmente, no sabemos casi nada. ¿Cómo te atreves a decir tales cosas? Naturalmente.

La investigación para determinar la autoría de cualquier crimen requiere cumplir con los siguientes requisitos: que haya cuerpo del delito, arma homicida, móvil del crimen y beneficiarios del mismo; cherchez la femme, dicen los franceses cuando los escritores en esta lengua se refieren a estos dos últimos puntos. Según ésto, sobre lo que ya nos hemos pronunciado en otras oportunidades ¿qué se considera probado? Se nos dice que todo. Pues no, amigo lector. Del arma homicida sólo conocemos una sarta de indefiniciones, falsificación de análisis, informes contradictorios y aparición y desaparición, muy sospechosas, de materiales. Del móvil, se nos dice que, éste no tiene nada que ver con la guerra de Irak (¡hombre! ¿no quedamos en que todo tenía su origen en tal guerra, y que el atentado era la venganza de Al Quaeda?). Y de la “femme” ¿qué? Es decir ¿dónde está el obscuro objeto del deseo, las verdaderas motivaciones de tan execrable crimen? En nuestra indestructible, inquebrantable incorrección, queremos que se siga investigando. Los espíritus de las víctimas, directas e indirectas; los espíritus henchidos por ansias de libertad y de justicia y dignidad, exigen que se siga investigando, hasta el final. Y que todos los actores y autores, sean quienes fueren y de donde fueren, paguen por sus crímenes. Nosotros no descansaremos ¿y usted?

martes, 26 de febrero de 2008

Corrección Política y elecciones

DESDE MI ATALAYA, 39 Publicada en El Correo Gallego, 11 noviembre 2007

LOS CAMINOS DE LA CORRECION POLITICA

Muy frecuentemente, podríamos decir que cotidianamente, se califica tal o cual actitud, frase o actividad, como políticamente correcta. Y, al final, uno no tiene más remedio que preguntarse ¿qué demonios significa esto de la corrección política, o de lo políticamente correcto? Parece ser que se le atribuye esa calificación a todo cuanto complace al poder establecido, en cualquiera de sus facetas, y en último término también a todo lo que no molesta o no perturba la comodidad de nuestras vidas. En consecuencia, pasa a ser políticamente incorrecto, justamente todo aquello que ha contribuido al avance de nuestras sociedades y a la elevación de nuestras condiciones de vida, ya sea desde el desarrollo de la ciencia y el conocimiento científico y tecnológico, ya sea desde la renovación de estructuras sociales, desde la sustitución de modelos económicos, o desde la evolución en la forma de administrar y gestionar los recursos materiales e intelectuales: a la postre, lo que se les ha venido a llamar por los teóricos de la cosa, al menos a algunos de estos avances, “cambios de paradigma”.

Bajo los efectos de la discusión con mi inseparable yo, que usted lector ya conoce como a mí mismo, decido establecer para mí y compartir con usted, que en toda esta evolución a la que implícitamente nos estamos refiriendo, y a lo políticamente incorrecto de cada época, el denominador común no es otro que la puesta en valor del espíritu crítico, a la búsqueda permanente e inquebrantable de la verdad, y que siempre, siempre, acaba en discrepancia con los poderes establecidos, cualquiera que fuera la naturaleza de éstos.

Viene esta discusión a cuenta de la necesidad de ejercer todas las capacidades que hayamos sido capaces de desarrollar, para analizar con desapasionamiento y rigor crítico, todo cuanto nos rodea. Desde luego, esta actitud es la que nos preside y que venimos tratando de trasladar a cualquier forma de debate: íntimo o social en sus diversas formas de representación y expresión. La condición, necesaria aunque no suficiente, para generar un debate de tal naturaleza, sería el cuestionamiento de todo cuanto vemos y oímos. Cuestionamiento, para empezar, de nuestros propios conocimientos y criterios, pero también, puesto que de debate se trata, de los de los demás. Uno, a lo largo de su ya relativamente dilatada experiencia vital, ha podido comprobar cómo congéneres (nos referimos a personas ¡eh!, no a seres que se les parezca), con el más alto nivel de ilustración y revestidos de honores y prestigio, son capaces de expresar el mismo número de idioteces que aquellos que pasan por idiotas.

En esta circunstancia, la de las idioteces, se encuentran científicos, políticos… y todos los demás que en el mundo habitamos. ¿Quien de nosotros se libra de haber dicho o cometido estupideces? De ahí la necesidad del debate, de la discrepancia –políticamente correcta o incorrecta, que para el caso da igual siempre que se produzca-, y que, además nos va a permitir descubrir donde radica el origen de la estupidez, consciente o inconsciente, y establecer el verdadero orden de las cosas. Así que son necesarias las estupideces, y más necesario todavía reconocerlas. Es un sanísimo ejercicio intelectual, que, al mismo tiempo, estimula el sentido del humor combinándolo con el de lo transcendente. Lo preocupante es que no las reconozcamos y que pretendamos elevarlas a dogma. En esto consiste en gran medida lo políticamente correcto: en aceptar dócilmente lo que no se sostendría de aplicar a su análisis el recto uso de la razón. Pero no pasarían de ser estupideces, que una vez colocadas en su lugar, y sin haber producido consecuencias, habrían de quedarse en lo anecdótico. La mentira es otra cuestión.

Esa es la cuestión que nos ha de mantener alerta. La mentira. Vicio con el que los demagogos y sofistas, en lo que se están convirtiendo en maestros los componentes de la elite burocrática dirigente de los partidos políticos de izquierda y los independentistas, pretenden ofrecer una realidad inventada y que ellos mismos, paladines de un progresismo retrógrado, califican como políticamente correcta. Y, por consiguiente, a toda crítica o manifestación de discrepancia, califican de lo contrario, políticamente incorrecto ¿Se puede encontrar mayor hipocresía? Esta reflexión me lleva a uno de los últimos ejemplos de incorrección política, así considerada por todos los partidos de la izquierda ideológica. Se trata de la escisión producida en el partido de los socialistas por la marcha de algunos de sus más notorios miembros, que, hartos de las falsedades y concatenación de errores cometidos por sus dirigentes, y viendo como colocan al Estado ante la disminución de valores democráticos más grave desde 1981, optan por la constitución de un nuevo partido político con el objetivo biunívoco de promover una regeneración democrática, y salvaguardar las esencias de la historia y cultura de la nación española, marginando la paradoja nacionalista y evitando la victoria de la izquierda establecida en el poder, en las próximas elecciones. Así lo anuncian explícitamente y toda la izquierda y los que pululan en sus aledaños, brama contra tamaña incorrección. Pues más incorrecta aún será considerada, la acción conjunta que este nuevo partido político ve posible con los liberal-conservadores, en los asuntos primordiales del Estado en los que, al menos en teoría, parecen coincidir. Si esta alianza se llegase a establecer y produjese los resultados esperados, verá usted lector, cómo pasará de ser considerada incorrecta a formar parte de lo políticamente correcto, demostrando así lo veleidoso y caprichoso del calificativo. Pero al menos estará presidido por la limpieza de intenciones y la honestidad política. O eso creemos. O eso deseamos ¿Usted también? Por el momento, y en la situación actual, nosotros nos declaramos políticamente incorrectos. Y ante la próxima cita electoral, todavía más, a la vista de lo que estamos observando.

domingo, 24 de febrero de 2008

CIUDADANIA Y ETICA, ante las elecciones (I)

Inicio para usted, aquí, una pequeña serie de reflexiones sobre lo que el título indica, aprovechando la oportunidad que nos brinda el período electoral en el que nos encontramos, queriendo compartir con usted las manifestaciones de un espíritu en rebeldía.
Y aquí estamos (un apreciado amigo se alegrará reconociéndose en su aprecio por mi rebeldía). Aquí estamos para referirnos ahora a los comportamientos éticos de la ciudadanía. Con mi otro yo, ese indomable pejiguera que de un servidor no se separa, y que, ya sea para estar de acuerdo, ya en desacuerdo, pero en todo caso insilente, discutimos sobre la forma de enfocar estas cuestiones relacionadas con la Ética. Lo primero con que nos encontramos en nuestro particular debate es con la necesidad de reconocer lo que ambos entendemos por Ética, y logrado ésto, que no iba a resultar tarea sencilla, habríamos de ponernos de acuerdo también en las cuestiones que podrían demostrar la relación entre tal materia y la ciudadanía, o las actitudes ciudadanas que le aportan un determinado carácter a la sociedad de cada momento, para obtener así una reflexión coherente que a los dos nos resultase de utilidad, nos llenase de intranquilidad (por si todavía tuviésemos poca), y trasladarle a usted, lector, la mayor intranquilidad posible. Al fin y al cabo ¿qué mejor consecuencia se puede obtener de la facultad de pensar, y de la libertad de debatir, que la de generar intranquilidad en el espíritu y en la conciencia?

No estábamos, al menos un servidor, aunque mi otro yo tal vez sí, entre los alumnos de Aristóteles ni entre los de otros filósofos y maestros que, a lo largo de la historia de la humanidad (y para este comentario es más que suficiente tener en cuenta que llevamos más de 25 siglos disponiendo del método científico que nos permite acceder al conocimiento y al análisis de lo que Ética significa). Pero como no se trata de que ocupemos espacio presumiendo de una erudición que cualquiera puede obtener en los libros de su biblioteca, de una biblioteca pública, o ahora mismo, navegando por Internet, a nosotros dos no nos interesa más que convenir, sin establecer definición alguna, que en la Ética se condensan los principios y valores morales por los que ha de regirse el comportamiento de los seres humanos, individualmente, y por tanto, aquí sí, definir los rasgos que caracterizan a la sociedad a la que pertenecen. Con tal conclusión da comienzo el curso de nuestras intranquilidades, la primera de las cuales no es otra que la de que usted también se sienta intranquilo. Perdóneme, pero sólo intranquilo, no, cuanto más intranquilo, mejor. Y si su intranquilidad le conduce al llanto, pues todavía mejor, porque demostraría que aún es usted sensible a todo lo que, analizado desde un punto de vista ético, sólo da para llorar.

¿Qué es lo que hoy nos induce a emitir un juicio tan lastimero (por lo de llorar, se entiende), sobre la cuestión ética? Pues en concreto la pasividad ciudadana frente a la permanente mendacidad de la elite burocrática de los partidos políticos, y, de una manera muy especial, cuando les toca gobernar. Constantemente nos mienten. Mire: nos mienten cuando después de afirmar con toda rotundidez que no había en marcha ningún proceso de paz con ETA, comunican, después del atentado de la T4 y otros “accidentes”, que el proceso se ha roto ¿pero no quedamos en que no existía proceso?; mienten en el Parlamento hasta a sus propios correligionarios haciendo cosas diferentes de aquellas para las que se les había concedido autorización; mienten a nuestros soldados y a sus familias, negándoles los, por otra parte bien tristes, derechos de batirse en territorios de guerra; mienten en las sucesivas versiones oficiales del gravísimo caso del 11-M; mienten cuando refiriéndose a que la economía va bien, saben perfectamente que cada mes les resulta más difícil a las familias defender su presupuesto; mienten al no explicar las consecuencias que para todos los ciudadanos españoles van a tener las concesiones a los nacionalismos, por la vía de los Estatutos, y de otras componendas no declaradas ¿quién va a pagar todo ésto? A estos efectos, y sin ánimo de pretender dotes de adivino, le recuerdo a mi otro yo que se lea la columna publicada en el ejemplar nº 7 de nuestro periódico, el mes de setiembre del año pasado –sí, hace ya más de un año-, en la que compartía con usted, lector, reflexiones sobre estas específicas cuestiones, desde el plano económico y también desde el político, en tanto que afecta a la configuración del estado español, de España. Pues bien, nos mienten… y usted sabe cuánto nos mienten y en cuántas cosas más, sin que tengamos que seguir ampliando este relatorio.

Ya sabemos, al menos mi inseparable yo y un servidor, tal vez usted también, la clase de valores morales (de ética), que adornan a los políticos que nos gobiernan, a los que les acompañan en sus aventuras, y a los que no delatan con claridad y firmeza su permanente mendacidad. Lo sabemos. La gran incógnita para estos servidores de usted, tiene que ver con los valores morales, con la Ética de la ciudadanía que asiste impávida al espectáculo del engaño. Si realmente los valores morales fundamentales para el desarrollo de una sociedad en convivencia democrática figurasen en primer término del interés ciudadano, exigiríamos a los partidos políticos que nos presentasen dirigentes revestidos de esos valores bajo cuyo imperio deseamos vivir; dirigentes con honestidad y fortaleza intelectual y espiritual, que sus acciones estén siempre fundamentadas en la verdad y en la consecución del bien común. A los demás los tendremos que echar a patadas en el trasero. En evitar, y corregir, cuestiones como las aquí comentadas, pero no las únicas, consiste el ejercicio de la responsabilidad ética de la ciudadanía. Tenemos próxima una oportunidad ¿la aprovecharemos para manifestar que la sociedad sí se rige por principios éticos? Aunque sea a base de recibir patadas en el trasero. Llega la hora de repartirlas. ¿Las repartiremos? ¿Les pasaremos factura a los que durante estos últimos cuatro años han estado ocultando, mintiendo y generando confusión y división entre la ciudadanía? ¿O será que los ciudadanos que constituímos la sociedad española de hoy, preferimos los tipos que exhiben tales acomodaticias éticas? Si es así, los ciudadanos de mañana, que a estos servidores es lo que más le preocupa, lo pagarán muy caro. Visto desde un espíritu rebelde y ¿libre?