sábado, 28 de enero de 2012

ATALAYA. En el buen camino ...

Confieso que recibí con gran satisfacción el anuncio de las inminentes reformas que se van a producir en el sistema judicial español, todas ellas en el buen camino, y algunas muy especialmente, como las que persiguen la despolitización de los órganos de administración de la justicia y de representación de los jueces y magistrados.  Es esta una largamente por mi añorada medida, de la cual he procurado dar testimonio ante usted, mi querido amigo, en tantas cuantas oportunidades se presentaron –y se habrán de presentar, seguro-, y que cuando no lo fueron inducidas por circunstancias apropiadas, he sido yo mismo quien las ha provocado con el fin de compartir lo que considero que es la esencia de una sana convivencia a través de la garantía de que todos habremos de disfrutar de igual consideración dentro del orden social y cívico, sin privilegios de ningún tipo de clase y siempre con el objetivo (y objetividad), puesto en el bien común.

Hago esta afirmación con la “vehemencia” (una amiga a la que admiro y aprecio se sentirá citada), con la que conmigo mismo y ese otro yo al que tal vez con excesiva reiteración me refiero, pero que usted me disculpará, discutimos en el proceso intelectual de reafirmación de las convicciones, pocas, muy pocas, que inspiran mis opiniones; aquellas por las cuales espero ser reconocido, independientemente del acuerdo o el desacuerdo que con ellas usted mismo pueda sentir, porque créame, no me importa tanto el acuerdo como la contribución al debate que debe estar permanentemente vivo entre las personas cuyo espíritu esté iluminado por ansias de libertad y de justicia. Vehemencia pues, como herramienta dialéctica para sostener con la adecuada firmeza lo que no son otra cosa que los frutos de conscientes reflexiones, y de haber visto pasar mucha agua debajo de los puentes.

Libertad y justicia.  No son términos antagónicos.  Nunca he aceptado la preferencia (atribuida a Goethe, no sé si con fundamento), de sacrificar libertad en aras de una mayor justicia.  No estamos ante una disyuntiva, no; nos enfrentamos a una cuestión de máximos en ambos conceptos; el máximo de justicia es la garantía para obtener el máximo de libertad; quiero decir que cuanto más perfecta sea la organización de los regímenes jurídicos y judiciales (aquí tampoco es disyuntiva), mayores niveles se alcanzarán de igualdad en la defensa equilibrada de nuestros derechos, y también de los de los otros. Esto del “otro” es un asunto que olvidamos con bastante facilidad.

Pero no deseo desviarme de la cuestión que me (le) estoy planteando hoy: la independencia de quienes y de cómo han de aplicar en beneficio de todos el ordenamiento legislativo que en cada momento de la historia nos vayamos dando en tanto que miembros conscientes de una sociedad que pretende ser libre y justa.  No debiera yo recordar aquí, porque usted de sobra lo sabe, que el ordenamiento legislativo tiene otra fuente diferente: los parlamentos; en ellos es en donde se elaboran las leyes por las que se ha de regir la convivencia.  Y ese es otro problema, pero que no “toca hoy”, aunque fácilmente se vea que está relacionado ¿verdad?  Leyes justas por un lado, justa exigencia de su cumplimiento por el otro.  Y uno no puede ser correa de transmisión del anterior.  Ni tampoco de la tercera parte implicada: el gobierno.

De ahí que hoy, estos servidores de usted saluden con mucho calor la intención de desvincular la función judicial de las otras dos estructuras del estado, igualmente de básicas, pero con fines claramente diferenciados. Montesquieu no ha muerto, al menos por el momento.  Creo que ya nos basta con tener que soportar, con harta frecuencia, la forma en la que el sectarismo político influye en la elaboración de las leyes; bueno será que, al menos, los criterios profesionales con los que se sentencien las causas sometidas a la jurisdicción de jueces y magistrados, incluso aquellas en las que tengan que dirimir conflictos con y entre las otras dos estructuras, estén exentas al máximo posible de tal sectarismo, y libres de su influencia en sus particulares órganos de gobierno y representación.

Nos parece este, el de la independencia de los jueces y sus órganos, tan meridianamente claro y necesario, que resulta de muy difícil comprensión la oposición manifestada por algunos grupos políticos a tal medida, justo los que tienen miedo a la independencia de criterio y a la libertad, y que solo se explicaría por su deseo de mantener una situación de la que han obtenido, y pretenderían seguir obteniendo, réditos de su influencia partidista. Pero no contentos con expresar su disconformidad, anuncian que la derogarán en cuanto vuelvan al poder.  Bueno, eso será en cuanto les permitamos volver al poder, y aún después ya veremos si se lo permitimos ¿o es que nos ven pintados en la pared?  En cuanto estas medidas pasen de las intenciones a los hechos, se culminará la primera parte del problema; de la segunda, hablaremos.

Salve, amigo mío.

sábado, 21 de enero de 2012

ATALAYA. In memoriam


Hace unos días tuve el honor de escribir el Obituario de Manuel Fraga Iribarne para el boletín de una sociedad cultural coruñesa, de la que él era Caballero de Honor, y lo hice buscando un contenido y estilo eclécticos comunes a la plural sensibilidad de todos sus miembros.  Hoy, desprovisto de esa responsabilidad corporativa, y siendo estas “atalayas” un puro instrumento de expresión personal de pensamiento y opinión, no tengo que andarme con tales miramientos.  Y desde aquí quiero rendir tributo a quien tengo por una de las figuras más relevantes, y más influyentes, de la sociedad española en toda la segunda mitad del siglo XX; lo hago, al margen de no pocas y profundas discrepancias con su carácter, pero casi nunca con su modelo de sociedad, o al menos con el modelo en el que él mismo se inspiraba, y nunca con su enorme integridad, humana y política, irreprochable y ejemplar; tan irreprochable y tan ejemplar que ni sus más recalcitrantes oponentes fueron capaces de encontrarle fisura alguna; y coherencia, total coherencia entre lo que decía y lo que hacía, digna de emulación en todos los órdenes de la vida. A este servidor de usted, que no habiendo sentido atracción por tomar parte activa en la función política, sin embargo, le ha servido de modelo en su propio desarrollo vital desde el momento mismo en que una visión más próxima del personaje le permitió modificar clichés preconcebidos, y conocer de cerca los principios que habían (estaban) inspirando toda su ejecutoria política y social.

Forma parte Manuel Fraga de ese pequeño, desafortunadamente reducido hoy (y así nos va), grupo de políticos europeos que utilizaron todas sus capacidades  en el desarrollo de un modelo de convivencia basado en los valores y principios que más profundas huellas han producido a lo largo de la historia de la civilización occidental: potenciación de la virtud, respeto por el diferente, esfuerzo personal, afán de superación, sentido del honor, solidaridad … todos ellos parte esencial de nuestras fuentes culturales heleno-romano-cristianas, enriquecidas en numerosas oportunidades por las aportaciones ilustradas de otras formas de pensamiento religioso y cultural, que hoy, y siempre, tendremos la obligación de preservar y proyectar hacia las futuras generaciones.  Pues bien, Manuel Fraga ha sido una de esas personas que incorporaron tal misión a su quehacer diario, brindando un ejemplo de dedicación y esfuerzo en pro de sus creencias y convicciones. Controversia ha suscitado a lo largo de su dilatada ejecutoria; y en esa controversia encuentra uno precisamente la fortaleza del personaje; nadie que haya vivido sin suscitar controversia podrá presumir de haber contribuido al progreso de su sociedad; la controversia es consustancial al debate, y éste lo es a la mejora de las formas de vida y de la convivencia.

Este articulista de usted, bloguero circunstancial, quiere ofrecerle su testimonio de agradecimiento personal, adicional a los ya implícitos manifestados.  Agradecimiento que viene dado por el trato recibido y apoyo incondicional a numerosos proyectos que, de la mano de este servidor, hubieran tenido interés para el bien común.  Y sin pedir nada a cambio; con generosidad y con la ilusión compartida de comprobar los frutos de la inteligencia y del esfuerzo.  Me ha emocionado escuchar, al término del funeral que por su eterno descanso se acaba de celebrar en la Catedral de Santiago de Compostela, el Himno de Galicia, al completo; tiene para mí una especial significación, habida cuenta de que su segunda parte vino sufriendo innecesarios silencios, cuyas causas también es innecesario citar, pero seguro estoy de que el alma de Manuel Fraga y su voluntad integradora se sentirán reconfortadas por ello, como se sienten las mías cada vez que este hecho emocionante se produce.  Por último, confieso que no he podido presentar mis condolencias a la totalidad de la familia Fraga, por lo que será gratitud también la que sentiré hacia aquellos de mis lectores que por su proximidad con ella, y amistad conmigo, le den traslado de esta atalaya In memorian, escrita desde la razón pero con el corazón, con la que le rindo tributo de afecto, de respeto, y de gratitud. Descanse en la Paz de Dios, Don Manuel.

Salve, lector amigo, para usted.

martes, 17 de enero de 2012

ATALAYA. De cal y de arena ...

Nunca supe, y no voy a perder el tiempo en averiguarlo, si la de cal es la buena, y la de arena mala.  Pero en este reparto en el que estoy empeñado de aplaudir lo que me parece bien, y de criticar lo contrario, no hace al caso asignar cal a lo uno y arena a lo otro. Creo además, que usted mismo lector tendrá su propio criterio sobre la aplicación del dicho, en lo que proceda.  No obstante, déjeme insistir en que el aplauso que otorgo, o la crítica que pronuncio, no es caprichosa, ni aleatoria; lo es sí racional, racional claro en y hasta lo que mi capacidad de razonar permite.  Y en cada caso, usted ya ha podido comprobar hasta donde ésto es así.

Que, por qué ahora vengo a referirme a “dar una de cal y otra de arena”, se pensará usted. Pues porque toca aplaudir una medida puesta en práctica por el gobierno: la renovación de la práctica totalidad de la cúpula de los mandos policiales.  No entro a valorar la valía de personas que desconozco, pero esta renovación me trae el recuerdo de otra que no habiendo sido hecha a tiempo produjo las consecuencias que todos vamos conociendo, por lo que respecta a las informaciones suministradas al gobierno de entonces, y en relación con los atentados del 11M de 2004.  Este servidor no olvida, y hasta donde la razón y la vida me lo permitan, trataré de que usted tampoco.  El gobierno del Sr. Aznar no tomó una medida como ésta, y así pasó lo que pasó. Y todo se habrá de saber, y las consecuencias recaerán sobre quienes hubiesen delinquido.  En el caso “Faisán”, también.  Y en los que hubiese lugar. Lo exigen el respeto por las víctimas y la dignidad que como ciudadanos libres nos corresponde.  Jamás mantendré silencio sobre este asunto.

Siempre he pensado, y defendido, que los cargos de responsabilidad habrán de estar ocupados por las personas más capacitadas; y en apoyo de este principio, un líder debe tener la capacidad de elegir de entre los mejores a aquellos de los que tenga seguridad en su lealtad. Así se conforman equipos con garantía de defender y trabajar por un proyecto común. Así se evitan situaciones como las referidas a aquella infausta fecha.  Y si la de cal estuviese representada por esta medida, la de arena vendría dada por algún otro nombramiento en el que el titular tiene acreditado un notorio entusiasmo por  … ¡el antecesor!  Casi nada; y que se sepa no ha apostatado de ello ¿a qué proyecto le demostrará lealtad? Ojalá que se acierte.

Otro aplauso merece para mi la operación conjunta de nuestra Guardia Civil y la Gendarmerie francesa, al detener a tres presuntos terroristas miembros de ETA, cargados de armamento que seguramente irían a utilizar en algún programa de vacaciones en el que complacer a quienes les prepararon el terreno para disfrutarlas.  Y que después lloraron de emoción al conseguirlo, claro, como las plañideras de otros tiempos ¡menuda panda de flojos!  Menos mal que la Guardia Civil no ha bajado la guardia –nunca mejor dicho- y en colaboración con la policía del país vecino ha continuado haciendo lo que tiene que hacer: perseguir a los asesinos hasta el último rincón en el que se encuentren y ponerlos a disposición de los jueces. Eso es cumplimiento del deber.  Y qué pensarán ahora los de los lloriqueos, o qué disculpas nos ofrecerán cuando se comprueba que lo único que ha hecho ETA es ponernos a todos bajo vigilancia condicionada; si sois buenos, no mataremos, pero sabed que si no lo sois, todavía estamos aquí, vivitos y coleando, y bien aprovisionados para lo que haga falta.

No sé que es lo que hablaron en su entrevista secreta (si fue secreta ¿cómo es que se sabe de ella?), el señor Rodríguez Zapatero y el Ministro de Interior Don Jorge Fernández ¿Le habrá dado el Sr. Zapatero las pistas necesarias para localizar a estos tres facinerosos? No creo; más bien mi imaginación me lleva a pensar que le haya pedido mucha prudencia en la acción, tanto en lo policial como en lo de los presos, no fuera a ser que esos chicos se enojen y se pongan en peligro dos proyectos tan importantes como, uno, la eventual candidatura del señor Otegui a presidir el Gobierno Vasco, y dos, la suya (la de Zapatero, naturalmente), al Premio Nobel de la Paz. ¡Ah! lector ¿no sabía usted esto? Hombre, si era su principal ambición ¿lo recuerda? Total, qué más da, si se le ha concedido ese premio a cada individuo … por qué no a él que ha sido uno cualquiera de los tropecientos mil españoles que hubieran podido ser presidentes de gobierno (Zapatero dixit). En fin, cosas veremos.

Salve, querido lector amigo.

jueves, 12 de enero de 2012

ATALAYA. Cuestión de confianza


Y de paciencia, me recomiendan tanto algunos de mis amigos lectores, como el otro que ustedes ya conocen, cuando expresé mi orteguiana disconformidad con la elevación de impuestos que hoy ha refrendado el Parlamento español. Cuestión de paciencia, claro que sí; acepto y pongo en práctica la recomendación, porque a estas alturas la paciencia es una virtud que parece aumentar su valor con la edad, y con la experiencia, y además es más fácilmente aplicable.  De manera que, habrá paciencia, no sólo para comprobar el grado de acierto o error que tal medida implicará, sino también el impacto de otras medidas que ya han sido anunciadas, y otras que también anuncian que se tomarán en el futuro inmediato. Las anunciadas: lucha contra el fraude y anulación de hasta 450 entidades de distinta naturaleza. Y éstas, sí que me gustan. Tendré paciencia hasta comprobar que se aplican, y cómo, y tendré paciencia hasta conocer las siguientes.

Pero también es una cuestión de confianza. Confianza que se mantiene plenamente aún a pesar de la discrepancia; faltaría más.  La confianza no se gana o se pierde según el grado de conformidad o de discrepancia. Se gana, y se mantiene, cuando se fundamenta en la transparencia, en la honestidad y en la valentía; y no se pierde por discrepancias sobre la elección de soluciones que tienen un alto grado de aleatoriedad y de subjetividad.  Tal es el caso de la elevación de impuestos: que se ha elegido, de la misma manera que podría no haberse hecho; que unos dicen que había que hacerlo, y otros que decimos que no.  Pasa lo mismo que con los premiados con el Nobel de Economía, que podemos encontrar unos que sustentan una tesis, pero también podemos encontrar otros que defienden la contraria.  El Sr. Rajoy acaba de decirnos que era “absolutamente imprescindible”; pues bien, yo voy a tener confianza, porque sé que no está animado por ningún otro objetivo que no sea el bien común; la medida es equivocada y no modifico ninguna de mis afirmaciones al respecto, pero mantengo la confianza, eso sí, una discrepante confianza. Como también está equivocado en el argumento sobre el que la sustenta: el sorpresivo nivel real del déficit.  Sin embargo, mantengo la confianza, discrepante confianza. Porque, también es cierto, la confianza no es gratuita.

Y mantengo la confianza en que eleve, en tramos cortos o en tramos largos, el porcentaje de retirada de subvenciones a partidos políticos, a organizaciones empresariales y a sindicatos, hasta reducirlas  a cero o a su mínima expresión. Al igual que a esas 450 entidades, públicas y o privadas de titularidad pública ¿por qué 450, y no 329 o 555?  A las que haga falta, óigame, hasta hacer desaparecer tantas cuantas sean inútiles.  Y mantengo la confianza en que se acabe con los privilegios de determinadas castas sociales o políticas, y que realmente se emprendan medidas contra el fraude, que por sí solo ya aliviaría la mayor parte del déficit, además de producir el efecto moralizante y balsámico para los que siempre acaban pagando los platos rotos.  ¡Ah!  y persecución policial y jurídica de la corrupción, no sólo para aplicar la condena que  corresponda a los culpables, sino, y sobre todo, para que tal condena vaya acompañada de la restitución de los bienes indebidamente apropiados, o mal utilizados.  Nadie debe irse “de rositas”, y menos que nadie, los terroristas.  No paro, ni pararé, de reclamar justicia reparadora para las víctimas, y para nuestra dignidad.

Mi controversia íntima también trata de convencerme del nivel alto de exigencia que estoy manifestando, pero ¿cómo no lo voy a manifestar?  Mira, le digo a mi controvertida conciencia, y mire usted lector, por extensión, si he mantenido un altísimo nivel de crítica exigencia con el Partido Socialista y el Gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero –muy especialmente con este último- a los que he conseguido echar del gobierno y reducir su presencia parlamentaria (acépteme esta extraordinaria y humorística presunción), por pura coherencia he de ser exigente con los míos, por el mero hecho de serlo y por reconocerles yo más altas capacidades que a sus predecesores.  La enorme diferencia moral que distingue a los acusados de conservadores de aquellos autoproclamados progresistas es que no por ser de los nuestros vayamos a caer en la complaciente falta de rigor crítico. No van los tiros por ahí, y en eso descansa la cuestión de confianza. Confianza sí, y paciencia también, pero no gratuitas. Cómo podría yo dormir tranquilo si no les exigiese a los míos, o muy próximos a mí, mucho más de lo que les he exigido a los otros.

Salud

jueves, 5 de enero de 2012

ATALAYA. No es esto, no es esto ...



Reclamo la ayuda de la disconformidad orteguiana “no es esto, no es esto … “, para referirme a que no es esto lo que este servidor esperaba de las primeras medidas adoptadas por el nuevo gobierno de España.  Y no por esperadas, sino por inconvenientes en algún caso y por insuficientes en otros, tal y como me explicaré tan pronto como termine con una encarnizada batalla dialéctica que tengo iniciada con quien usted ya sabe: esa especie de alma gemela incorpórea que no deja de expresarse como si de un desdoblamiento de personalidad se tratase.  La batalla comienza cuando comienzo a ordenar las ideas que surgen de la orteguiana disconformidad  anunciada.

Pero ¿cómo te atreves? me dice, si sólo han tenido una reunión de consejo de ministros ¿qué te sucede, es que no eres capaz de conceder un margen de confianza y esperar a que perfilen la acción de gobierno? Sí, sí, el margen de confianza está de antemano concedido y expresado, e incluso hasta con notables coincidencias en el plano de las intenciones, pero ya se ha pasado de las intenciones a las acciones, y ahí es en donde insisto en el no es esto, no es esto …  Y mira, siento una total disconformidad con la elevación de los impuestos; y no porque al final no hubiera que acudir a tal medida, pero ahora es inconveniente; y lo es porque demostrado está –al menos lo está en la corriente de pensamiento de mi adscripción- que una mayor carga impositiva representa un freno al desarrollo de la economía.  Y es lógico, a un mayor esfuerzo fiscal le corresponde una menor disponibilidad de recursos tanto para invertir como para gastar.  Por eso es inconveniente, e inoportuna, y lejos de representar una reactivación del consumo y de la inversión supondrá un empobrecimiento de las empresas y de las familias; es decir, de crecimiento del empleo, nada.

Mejor, mucho mejor, hubiera sido ya acometer medidas de estímulo a la actividad empresarial, porque ¿no es, o era, ese el principal objetivo del Sr. Rajoy, en tanto que candidato?  Ya sé, ya sé, me dicen, que todavía falta por describir e implementar más paquetes de medidas, y bueno será que las aprueben.  También sé, o cuando menos supongo que esta elevación de impuestos está orientada a dos objetivos (cuando menos); uno, hacer caja rápida (que no se va a conseguir), bajo el argumento de que el déficit es superior al que afirmaba dejar el gobierno saliente, pero, oiga, lector amigo, eso no debiera constituir una sorpresa porque no lo era ni para este articulista cuya inteligencia llega sólo hasta el nivel que usted ya conoce; y el otro a tranquilizar a los socios que con lupa nos observan, y que tampoco se va a conseguir, porque lo que de nosotros se espera aunque se aplauda lo que se ha decidido ahora, es que crezca el valor de nuestra economía y que cumplamos con las obligaciones financieras ya contraídas.

Y de las que consideras insuficientes ¿qué?  Pues que al recorte anunciado del 20% a las organizaciones empresariales y sindicatos, le es aplicable el no es esto, no es esto, porque no sólo se queda corto; lo que se debiera haber acordado es su total desaparición. Si hasta los propios empresarios así lo han dicho. Lo que realmente merecería la confianza de que comenzamos a andar por el buen camino es la comprobación de que se acaba con el alimento de estructuras que, o son capaces de sobrevivir por si mismas, o tienen necesariamente que reconvertirse o desaparecer. Así es como son las cosas.  Enormes serían los beneficios dedicando el esfuerzo subvencionador a políticas de fomento y de apoyo directo a la actividad empresarial, comenzando por una  reforma en profundidad del mercado de trabajo, flexibilizándolo de modo que las empresas pudieran adaptarse con facilidad, rapidez y costes asumibles a las exigencias de la competitividad (naturalmente que persiguiendo la arbitrariedad y el fraude), y estimulando la creación de empresas y favoreciendo el acceso al crédito a las empresas y a las familias.

Todavía se está a tiempo, pero es ahora, en estos primeros compases de la legislatura, cuando hay que dar verdaderas pruebas de la voluntad de regeneración democrática y de eficiencia económica. Y hay medidas que, además de convenientes, son moralizantes, o moralmente ejemplares, si usted quiere, como por ejemplo:  eliminación del Senado, a no ser que se le atribuyan funciones que la ciudadanía perciba como necesarias (¿); eliminación de toda suerte de privilegios a quienes ejercen la función política, igualándolos con los demás integrantes de la comunidad laboral, tanto en retribuciones como en prestaciones sociales ¿cómo es posible que se hubieran establecido, y todavía se sostengan determinadas situaciones agraviantes para el resto de los conciudadanos?; frenazo completo a cualquier inversión que no contemple retornos productivos, sociales o económicos; y, no ya reducción, sino eliminación sistemática de todo gasto innecesario (pero qué reiterativo eres, escucho. Me da igual).  Medidas de esta naturaleza sí que generan confianza, dentro y fuera del país. Y además, ahorro y eficiencia.

Sí, sí, todavía se está a tiempo. Y mi controvertida consciencia y yo estamos de acuerdo ¡vaya! en mantener la confianza en que los nuevos gobernantes saben y conocen –preparación y experiencia no les faltan- pero ¿querrán, se atreverán?  A ser conscientemente valientes les instamos, a emprender acciones valientes les apoyamos, pero también, les vigilamos, con confiada responsabilidad, pero les vigilamos.  A ver con qué paquete de medidas nos sorprenden mañana.  A lo mejor sonreímos un poco. A lo mejor.

Salve, lector amigo.