lunes, 25 de junio de 2012

ATALAYA. Hasta la saciedad


Hasta la saciedad es necesario insistir en las reformas. Y esta atalaya de hoy va muy especialmente dirigida el Presidente del Gobierno, y si me lo permite usted, amigo lector, porque el Sr. Rajoy no tiene más remedio que permitírmelo, lo hago con carácter conminatorio; y no lo haré solamente hoy, sino cuantas veces lo considere necesario. Y, óigame, en esto, sigo contando con el apoyo de ese otro que me acompaña en forma incorpórea y nunca esta compañía exenta de arduas discusiones. Pero en eso estamos, en la pertinaz insistencia de que el Sr. Rajoy no puede detenerse en lo hecho hasta ahora ¿Qué digo detenerse? Comenzarlas en serio ¡eso, es lo que tiene que hacer! Porque, hasta ahora, existe una gran diferencia entre las intenciones y los hechos, entre lo que se ha publicitado mal –muy mal-, o explicado muy mal, que son cosas bien distintas, y lo que realmente se ha puesto en marcha. Y lo que es peor, que no parece enterarse de las causas que están frenando nuestra credibilidad internacional, y lo que con tanta intensidad mediática, se llama confianza de los mercados, a lo que este servidor le añade la confianza de nuestros socios.

¿Qué es lo que falta entonces? Una vez más se lo voy a indicar. Falta una verdadera reforma de la administración pública, y abordar de una vez la supresión de todas las estructuras sobrantes, redundantes; entre ellas, reducir a términos soportables y comparativamente equiparables, el escandaloso número de cargos políticos (va siendo hora de que al esfuerzo que se nos está exigiendo a los ciudadanos se compadezca con el de la propia clase política, que parece querer seguir viviendo como si éste no fuera con ella). Eso no admite demora. Me alegra muchísimo comprobar hoy, en una determinada Quinta (su autor, estupendo amigo, sabrá que a él me estoy refiriendo), cómo se pone énfasis en este asunto, así como en otros, sin que ello tenga por qué conducirle a abdicar de su conocida tesis de apoyo al desarrollo, en la que no discrepamos ¡faltaría más!, pero que yo me permito insistir en la mía: que sin austeridad no hay crecimiento posible, y ¿qué otra cosa, sino austeridad, es la eliminación de lo inútil, ocioso, inservible, redundante, oneroso …? Celebro la coincidencia  ¿Cómo se van a fiar de nosotros con toda esta carga sobrante?

Falta algo tan trascendente que si no se aborda y resuelve, nos convertirá a todos en sujetos huérfanos de seguridad jurídica y de garantías verdaderamente democrática. Sr. Rajoy tiene usted que arreglar la escandalosa situación de la Justicia, y de las instituciones que a ella han de servir. Mientras una innumerable cantidad de jueces, fiscales y su respectivo personal auxiliar, cumplen escrupulosamente y aún más, con certeza, con sus obligaciones en los tribunales ordinarios, otros, revestidos, investidos y en todo caso autoatribuídos, de no se sabe qué patente, o inspiración subliminal, sean jueces, fiscales, o asimilados que de todo hay, se pasean pomposa y hasta ofensivamente, exhibiendo actitudes y sentencias que vienen a demostrar la todavía deficiente calidad de nuestra joven democracia ¿será porque es joven? con todo el conjunto de virtudes y defectos que ello comporta ¿Cómo se van a fiar de nosotros?

Debo reconocerle, Sr. Rajoy, respecto al sistema financiero, que me complace que defienda usted que el famoso préstamo que nos concederá Europa, lo sea directamente a los bancos y no al Estado. Manténgase usted firme en ello, que esa firmeza, aunque parezca que no, nos reportará una buena dosis de crédito como país. Verá usted como la propia Alemania se lo reconoce. Castíguele usted el hígado al principal partido de la oposición, aún en contra de lo que le aconsejen sus áulicos asesores, porque lo mismo defienden una tesis que la contraria, en una especie de esquizofrenia de la que no serán capaces de salir sin previamente proceder a una catarsis generalizada, tanto en ideas y conceptos como en personas. Manténgase usted fuerte en un modelo de Europa que integre políticas e instrumentos, y que la saque de la vagancia en la que se ha sumido en las dos últimas décadas; también Europa, sus instituciones políticas, adolecen de graves defectos en parte grandes culpables de la situación monetaria, fiscal y financiera, por no haber sido capaces de profundizar en las medidas de acompañamiento que requería la implantación del Euro, y en la implantación de un federalismo que pusiese orden en todas las disfunciones que nos hacen padecer. Acométase de una vez eso que se viene en llamar ¡¡¡Más Europa!!!

En lo que no puedo manifestar ningún tipo de complacencia, una vez más ¡¡¡qué contumacia!!!, es en todo lo que tiene que ver con el terrorismo y sus implicaciones, porque no puedo creerme nada, amigo lector, absolutamente nada, de toda las promesas que públicamente se hacen de que no se ha negociado, ni se va a negociar, cuando en un acto conmemorativo en el Parlamento, el Sr. Presidente ni habla con las más importantes asociaciones de las víctimas ¿es que se ha vuelto tonto de repente, o ya vino así? (dicho con el mayor de los respetos, pero para los tontos, claro). E intolerable me resulta leer expresiones como que “ahora les toca hacer política”. Y otras, como la de que de un encuentro de una víctima con el asesino de su hermano no se puede hacer un espectáculo. Patético espectáculo es ya en si mismo organizar un plan como ese. Claro, ahora que les hemos dejado hacer lo que pretendían, y de paso, lo que les da la gana, les decimos que ya derrotados les toca hacer política. Lo malo aquí es que los derrotados estamos siendo nosotros, no ellos. Hasta en el lenguaje hemos sido derrotados, cuando no en la cesión de puestos con mando y representación en las instituciones políticas, y cobrando de nuestro dinero. Hago una excepción con el encuentro del buenazo de Quini con su secuestrador; y la hago porque su secuestrador no era un asesino terrorista, abyecto y embustero; estamos hablando aquí de otras cosas.

Sr. Rajoy, o hace usted lo que tiene que hacer, aún en contra de sus consejeros áulicos, o seguiremos sin obtener la confianza por la que clamamos. Créame a mí, que se lo digo exclusivamente interesado por el bien común, y nada condicionado porque yo le deba algo a usted, o usted a mí. Pero ambos se lo debemos a España. En todo esto, seguiré insistiendo ¡hasta la saciedad! Y usted que lo lea, y lo sepa.

Salve, lector y amigo.

jueves, 21 de junio de 2012

ATALAYA, El dolor de la muerte, I



Comienzo esta atalaya de hoy bajo el impacto que me produjo la noticia, conocida ayer, de la resolución del Tribunal Constitucional por la que se reconoce la legalidad de Sortu. El dolor que estoy padeciendo es equiparable al que se sufre por la pérdida de un ser querido, como George, Diego y tantos otros familiares y amigos, cuando, aún a causa de una enfermedad conocida se consuma su desaparición; que no por esperada es menos dolorosa. En este caso, el dolor lo siento por la anunciada muerte de la nación española, tal como ahora la conocemos. Pudiera pensar usted, amigo lector, que es una enorme exageración lo que acabo de escribir, y que estoy convirtiendo el drama que ya de por sí la vida es, en el anticipo de una tragedia, como si de un nuevo Esquilo se tratase. Sí, amigo mío, ausente de mí la pretensión del más mínimo parecido con el clásico griego, pero la observación permanente de los hechos me conduce a afirmar ante usted que la tragedia se está escribiendo; se viene escribiendo paulatina, pero sistemáticamente. Y créame, o despertamos de la apacible ignorancia, o indiferencia –tal vez la combinación de ambas-, o llegaremos al final de la tragedia por la consumación de las hechos. Y a mí me produce pesimismo y dolor, dolor y una enorme frustración, todo ello contrario a mis naturales inclinaciones, como muy bien saben los que bien me conocen.

Esta sentencia no pasa de ser un capítulo más de los que ya se llevan escritos, entre cuyos contenidos existen evidencias de alta traición. Como no podría ser de otra manera, si nos atenemos a los cánones por los que se diferencia la tragedia de otros géneros literarios. Y la traición tiene nombres y apellidos, y recae sobre todos aquellos que por acción o por omisión, por escribir la tragedia misma o por plegarse dócilmente a su argumentación, callan, otorgándole carta de naturaleza. Estos dos servidores de usted (que en este asunto no entramos en conflicto alguno), no estamos dispuestos al silencio. Podemos, por ingenuos, dar por buenas muchas cosas; podemos ser tolerantes, en forma consciente, con muchas otras que aún no gustándonos entendamos que conducen al bien común; pero cuando se viste de razón la sinrazón, cuando la maldad se disfraza de bondad; cuando se insulta a la moral y a la inteligencia; cuando se conjugan estos elementos, es cuando se atenta a nuestra dignidad. Y por eso, estos servidores de usted, no pasan ni pasarán, no callamos ni callaremos.

En este juego de personajes trágicos, ocupan un lugar de especial responsabilidad todos aquellos que han configurado las instituciones jurídicas acomodándolas a los intereses políticos (no le resultará a usted nada difícil identificarlos), y eso representa no sólo la ya tan proclamada muerte de Montesquieu, sino también la de Locke, Jefferson, Albon y tantos otros que no se cansaron de proclamar la necesidad de establecer, mantener y defender una nítida independencia de los poderes del Estado entre sí. Tal ahormamiento (disculpe la espontaneidad de la palabra, pero si son tantos los que pervierten la naturaleza y el significado del lenguaje ¿por qué no se me podría permitir esta pequeña licencia? que, en todo caso, me tomo), ha traído consigo primero, la creación de un Tribunal cuya necesidad es mucho más, pero que mucho más que discutible, con un rango que a todas luces no le corresponde, y segundo, constituirlo a imagen y semejanza de los partidos políticos representados en el arco parlamentario. Cuando la composición de este tribunal responde a la misma composición del parlamento, parece una obviedad que los asuntos que el primero tenga que abordar podrían ser perfectamente debatidos y resueltos en el ámbito del segundo ¿Acaso se busca obtener un “a modo de” tapadera presuntamente jurídica sobre asuntos cuya escabrosidad no se tiene la valentía de abordar?

Ahora más que nunca se tendría que acometer lo que ya con anterioridad hemos tenido el atrevimiento de proponer: que se suprima el tal Tribunal Constitucional, porque ni siquiera, aunque lleve su nombre, es capaz de amparar la Constitución; o, como mal menor, que se convierta en una más de entre las secciones del Tribunal Supremo, pero siempre elegidos sus miembros en la forma en que se hace en cualquier tribunal ordinario; de otra forma se volvería a conculcar la pureza del sistema.  Pero el mal ya está hecho, amigo mío. Se han mantenido este Tribunal y su composición, precisamente para escribir este capítulo de la tragedia. Y culpables, los tiene ¿cómo no?, y usted y yo sabemos perfectamente quienes son. Este servidor le asegura a usted que la tragedia continuará escribiéndose, porque nadie tendrá los “huev …” suficientes para darle un sentido nuevo a la obra.

Pero hay otros personajes, que si no fueran trágicos serían “personajillos”; y son aquellos que piden que se siga escribiendo la tragedia y aplauden la redacción de un capítulo como el que hoy tanto dolor me produce. ¿Se da usted cuenta de quienes son? Hombre, los pura y directamente beneficiarios del asunto; aquellos para quienes, precisamente, se está escribiendo la tragedia, y aquellos otros que todavía no se han dado cuenta de su próxima desaparición de la escena porque serán fagocitados por los primeros. Esta es una de las consecuencias de las tragedias. Pero tan contentos ellos. Y después está lo innumerable de actores de bulto, que ignorantes e inconscientes hacen lo que se les manda, entre los que sé que no está usted, pero que sí seguro que no estamos nosotros. Todos ellos tan confiados, sí, pero que sepan que nosotros se lo haremos pagar, y que a la Historia han de pagar su tributo, también. Dejar impunes a terroristas causantes de casi mil muertos, más de trescientos de los cuales están todavía sin juzgar ¿qué clase de sistema es éste? , y a los que les dan su cobertura política, no puede quedar sin el precio que la Historia, inexorablemente, les pasará. Que se sepa, que lo sepan ellos, pero que lo sepan también los conniventes y facilitadores de esta situación.

Salve, amigo mío, por hoy, porque mañana …  ¡¡¡seguiremos!!!

lunes, 18 de junio de 2012

ATALAYA. Más de ajustes




Ajustes, ajustes, ajustes …  y más ajustes, es la eterna cantinela que desde las instancias financieras internacionales se le continúa exigiendo a España. Este servidor de usted es de los convencidos de la necesidad de continuar con tal proceso, pero no en el sentido que suelen darle la mayoría de los analistas políticos y, a lo que se viene viendo, tampoco el propio Gobierno de la nación, debido a su falta de acierto en las medidas adoptadas hasta ahora, salvo algunas excepciones. Usted, lector amigo, conoce perfectamente en dónde radica la falta de acierto que mi otro e incorpóreo “yo” le atribuimos; de manera que una vez más, y le aseguro que no habrá de ser la última, voy a insistir en ello, no para convencerle a usted, que no pretendo convencerle de nada, sino para ver si de una vez por todas, ante la seguridad de ser leído por distinguidos miembros de los diferentes niveles de gobierno de España, se decidieran a emprender las verdaderas medidas de ajuste que otros nos reclaman.

¿Qué es lo que nos reclaman? ¿Reforma laboral? Tal cosa quiere decir que lo que hasta ahora se ha hecho no es suficiente; y quiere decir, por consiguiente, que habrá que hacer más; si esto es así, y lo es, a nosotros nos reafirma en lo que ya hemos expuesto: que los tragos, cuando son desagradables, hay que hacerlos de una vez y por todas, sin andar mareando la perdiz: ahora reformo un poquito, mañana otro poco más … ¿cómo se va a generar confianza así?

Hace tiempo que se viene dudando de nuestro sistema financiero; pues en vez de haberlo abordado de una buena vez, vamos destapando poco a poco los desastres de las cajas de ahorros, lo escandaloso de unas fusiones que nunca se debieran de haber producido, y la aparente, al menos por el momento, impunidad de los gestores en cuyo paquete hay necesariamente que incluir al responsable del ente regulador ¿Banco de España se llama? Ahora, tarde, mal y arrastro, nos conceden un préstamo, no a las entidades tóxicas por la certeza de que no lo van a poder devolver, sino al Estado, con lo que ya sabe que usted y estos servidores habremos de pagarlo. La confianza tiene un precio, tanto más alto cuanto se parte de mucha desconfianza (en el supuesto caso de que ambas pudieran medirse cuantitativamente, claro; pero se miden ¡vaya si se hace!) ¿Cuánto dinero del contribuyente se lleva “metido” en tapar, y disfrazar balances? Y ¿a quién se va a atribuir responsabilidades?

Nos piden recortes en el salario de los funcionarios. Pues mire, lector, no me lo creo. Lo que nos piden es que el factor coste de los funcionarios se reduzca, pero a nuestros gobernantes, o no saben lo que eso significa (grave ignorancia), o no aparentan saberlo porque así les conviene. Lo que nos piden es que reduzcamos sensiblemente el número también escandaloso de funcionarios; lo que cada uno perciba de salario sólo les importa relativamente, y a efectos comparativos entre países. A este servidor de usted, desde luego, lo que verdaderamente le importa es que el Estado disponga de buenos servidores públicos, razonablemente retribuídos, no en el excesivo número de ellos que ahora estamos padeciendo. Y es en el exceso en donde radica el mal, con las consiguientes ineficiencias, etc. etc., que usted ya sabe. Y nosotros nos estamos refiriendo a los funcionarios de carácter administrativo, y a su eficiencia, dejando a un lado, hoy, al resto.

Recortes, ya que no ajustes, han de producirse también de una buena vez, en la supresión de TODAS las subvenciones inútiles a partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales, y tantas y tantas organizaciones -¡Jesús, qué manía!- que pululan, y sobreviven, gracias a los dineros de los contribuyentes, que les fluyen desde todas las instancias públicas que manejen presupuestos de igual naturaleza. Han de financiarse exclusivamente por las aportaciones directas de sus beneficiarios. En cuanto se hiciera así, ya veríamos el grado de incremento en la confianza, se lo aseguro.  Al igual que veríamos cómo aumenta la confianza si se llegase a igualar el número de cargos de naturaleza política, reduciéndolo a una comparativa proporcionalidad con otros países que consideran suficiente con los que tienen. De ser ciertas las afirmaciones de un reciente estudio sobre el particular, España viene a tener como ¡¡¡el doble!!! de los que tiene Alemania. La denostada Alemania por sus políticas de austeridad. Sí, sí, austera, pero funcionando. Seguro que no se dejaron aconsejar en su momento por determinados premiecillos nobel, porque sino …

Habría muchas más grandes áreas a las que nos podríamos referir, pero si se trata de ganar la confianza de nuestros socios, y de nuestros financiadores ¿qué cosa mejor que, además de lo apuntado, luchar eficientemente contra el fraude, la corrupción, la evasión de capitales, la deshonestidad y falta de transparencia jurídicas …? Pero no sólo decirlo, como tantas veces con la boca pequeña, si no elevarlo a medidas concretas y explicarlas con total claridad.

Lector, pero sobre todo amigos gobernantes, de esta manera, les aseguro que no habría que plantearse recortes en ninguno de los servicios sociales de los que disfrutamos, ni en la sanidad, ni en la educación. Aparte, claro está y no me olvido, de la eliminación de las numerosas ineficiencias, y malos hábitos rutinarios que se vienen padeciendo, y del establecimiento de medidas paliativas del coste que, en tanto que no se corrige la situación, es imprescindible acometer. También les aseguro que si esto se hace, habrá recursos disponibles para ser empleados en políticas de fomento y de recuperación económica. Y el crédito exterior volverá a fluir, pero no para seguir gastándolo en forma improductiva, sino para acometer proyectos generadores de riqueza y de capacidad de devolución. Me parece que no hace falta ser Premio Nobel para asegurar estas cosas, aunque si, como fue el caso muy reciente de Valencia, algunos lo dicen acompañando a nuestro Don Santiago Grissolía, mejor que mejor.

A modo de epílogo de esta ATALAYA: señores rectores de las universidades españolas, cualesquiera que hubieran sido las circunstancias, ustedes no tienen el menor derecho a plantar al ministro; con ello sólo han conseguido dar una prueba de su mala educación. Señor ministro, algo ha fallado en usted que debe corregir inmediatamente; seguramente su estrategia informativa; como casi siempre. Piénselo bien, el uno y los otros: el mejor futuro de España depende de la calidad y eficiencia (¿saben lo que es eso?), de su sistema universitario, aunque también de los estadios anteriores. Que no les quepa ninguna duda. Y esa es su responsabilidad.

Salve, amigos míos.

lunes, 11 de junio de 2012

ATALAYA. ¿Qué hacer ahora?



Sí, amigo mío ¿qué hacer ahora? Ahora que ya se nos habilita en Europa la astronómica cifra de hasta cien mil millones de Euros con la que se pretende sanear las cuentas de nuestras (bueno, lo de nuestras es un decir ¿no?), instituciones financieras, a este servidor de usted le surge tal interrogante; interrogante dubitativo, porque estos dos amigos suyos, ya sabe, mi impenitente y nunca olvidado “otroyó”, no estamos nada, pero que nada seguros de que tal inyección de fondos vaya a tener efecto en la esperada, ansiada y necesitada, disponibilidad de dinero para el financiamiento de empresas y familias, o, lo que es lo mismo, reactivación de la economía, por la vía del renacimiento de proyectos empresariales y de la recuperación del consumo, factores ambos clave de la progresiva actividad económica y el crecimiento. Ojalá estemos equivocados, y el Gobierno sepa dar cumplida y satisfactoria respuesta a este interrogante.

Dicho ésto, debo apuntar esta solución en el haber del Gobierno que ha sabido trasladar convenientemente este caso a los miembros del EuroGrupo, en contra de las manifestaciones escuchadas en las últimas horas por el partido de los socialistas y sus adláteres, que no saben lo que hacer para que España vaya peor; eso sí, atribuyéndole al gobierno y al partido que le sustenta, tales aviesas intenciones. Resultan patéticas algunas argumentaciones en las que se falsea la realidad de la solución. Me voy a remitir a las verdaderas, pronunciadas por el vicepresidente de la Comisión Europea, asegurando que la fórmula no condiciona ninguna otra acción que no sea aquella para la que se establece: el saneamiento de las entidades financieras que lo precisen; y que además se vigilará su correcta aplicación. Y nada más. Ni nada menos.

Pero ¿Por qué no estamos nada seguros? Para empezar, desearía que se nos aclarase cuál es la cifra real necesaria, sin más ocultaciones, ni dilaciones ¿Realmente se conoce en la Central de Balances del Banco de España, la cifra real de los activos tóxicos y otros activos contaminados, amén de las pérdidas directamente atribuídas a apropiaciones indebidas, malversaciones, etc…  de las que con cuentagotas vamos enterándonos?  Si el Banco de España era conocedor de ello ¿desde cuándo?; y si era conocedor de ello ¿por qué no se tomaron medidas a tiempo? Si era conocedor de ello, es por tanto cómplice y corresponsable de las repercusiones civiles y penales que, desde esta humilde “atalaya”, exijo que se incoen, de inmediato.

Nada puede quedar impune.  Pero, debo autocorregirme, no es al Banco de España a quien se deba procesar, lo es a sus gestores y a quienes desde cualquier instancia política o financiera hubiesen tomado parte en la ocultación de la realidad. Nadie debe quedar impune. Y si no conocían la situación ¿para qué hemos estado pagando sus sueldos a semejante hato de incompetentes? Pero no sólo se les ha estado pagando, sino que se van con sus indemnizaciones y jubilaciones multimillonarias, sin que, al menos por el momento, les pase absolutamente nada. Exijo que se incoen responsabilidades, de inmediato, a todos

¿Y ahora, qué va a pasar con Bankia y con los otros casos, que los hay? Exijo que se incoen las pertinentes responsabilidades, de inmediato. De no hacerlo, volveremos a caer en la habitual ausencia de moral, a la que parece como si nos hubiésemos acostumbrado, y considerado normal vivir en ella. Cualquier dilación, y no digamos omisión, en la toma de acciones conducentes a la depuración de las distintas responsabilidades, nos impedirá recuperar como país el grado de confianza que estamos reclamando ¿No cree usted que la confianza como mejor se gana es a través de la honestidad, la trasparencia y la austeridad? Quien diga lo contrario miente, ya sea por ignorancia, ya sea por connivencia.

Y a pesar de lo que se diga, y pese a quien lo diga (aunque premios nobel fueran) –lector, sigue el Krugmann ese incordiando y un periódico español actuando de acólito, enredando con sus ocurrencias, y complicando con ellas la salida de la crisis. Quiero creer que su descrédito es ya tan grande que poco falta para que nadie les haga caso, ni al uno, ni al otro. Oiga, menos mal que ahora el presidente de los Estados Unidos acaba de decir a los europeos que las medidas de austeridad (reconocimiento implícito de su necesidad), han de complementarse con las de fomento del desarrollo ¡Ajá! Nada más deseable. Seguramente que si no tuviese ya un Premio Nobel a sus espaldas, enseguida lo propondrían para otro. Y algunos … esperándolo sin esperanza.

Y hablando de esperanza, es la que tengo de que el sistema judicial responda, de una vez por todas, con la altura que exige de toda circunstancia. Es también una esperanza con no excesiva convicción porque entre jueces estrella, que más bien se estrellan y obscurecen el trabajo callado y eficiente de los más, y fiscales que no actúan cuando deben y lo hacen cuando no, el descrédito ante los ciudadanos crece cada día. Voy a compartir con usted, y con brevedad, dos casos. Uno, la sentencia absolutoria al Sr. Krahe, y el otro, la desestimación del recurso por falsedad de testimonio de dos supuestas víctimas del atentando del 11M de 2004. Y me explico.

No conozco al Sr. Krahe, jamás he escuchado, conscientemente al menos, ninguna de sus canciones, ni sé si es buena o mala persona (calificación aleatoria según criterios en los que no voy a profundizar), ni tampoco voy a entrar en si merece ser absuelto o condenado, pero que el señor juez valore la “no intencionalidad de ofender” del acusado me parece de lo más esperpéntico ¿Desde cuándo un tribunal juzga intenciones y no los hechos causales? Por otra parte, si este señor es tan creativo ¿es que no tenía otro campo para desarrollar su creatividad que “cocinar un Cristo”? ¿Cómo se juzgaría si la ocurrente creatividad tomase como objeto a Mahoma, Buda o cualquier otro maestro religioso. Estamos siempre en las mismas: ataques a los cristianos, y si son católicos mucho mejor, porque se sabe muy bien dos cosas: que hará reir a la progresía, y que no tendrá ninguna consecuencia para la integridad física de los autores. Más que nunca, este servidor de usted se proclama liberal y católico (como vengo sosteniendo reiteradamente), pero también más que nunca católico antes que liberal. O tal vez, liberal precisamente por ser católico ¿qué cree usted, amigo mío?

El otro caso, me suscita enorme intranquilidad aderezada por una a su vez enorme inseguridad en lo jurídico ¿Cómo es posible que ante probada falsedad en testimonio no se reabra un proceso judicial? ¿Cómo es posible, añado, que no se reabra un proceso judicial existiendo evidencias de ocultación de pruebas?  Pues esto es lo que está tratando de impedir el señor Fiscal General del Estado, para el que pido, Sr. Rajoy, le exijo, de verdad y sin paños calientes, su destitución inmediata. La intranquilidad me la produce el temor de que se esté protegiendo a quienes manipularon la información y todo el proceso judicial del atentado. Y la inseguridad, el hecho de que las instancias jurisdiccionales se conviertan en instrumento de tal protección. Si yo tuviera razón, y la tengo ¿qué esperanza nos queda? ¿Qué hacer?

Salve por hoy, mi querido lector.

martes, 5 de junio de 2012

ATALAYA. La cigarra y la hormiga




La crisis comienza ya a producir su impacto hasta en aquellos países europeos en los que, mal que bien, sus efectos parecían minimizados, o incluso superados. De superados, nada, porque aún habiendo hecho razonablemente bien sus deberes desde hace mucho tiempo, la fuerte interrelación existente, ya sea económica o financiera, casi siempre juntas, hace que los problemas se hayan ido extendiendo aunque no sea con la misma intensidad en todos. El hecho cierto es que la disminución generalizada del consumo desemboca en una proporcional disminución de las capacidades productivas utilizadas, sólo parcialmente compensadas por aquellos países que su eficiencia competitiva les permite ganar cuota de mercado extraeuropeo; este diferencial negativo, trae como consecuencia directa un aumento del desempleo, y una disminución de los salarios de los que lo tienen ¿le suena conocida esta cantinela, mi querido lector? ¿Y qué decir respecto al impago de las deudas que unos países tienen con los otros? Pues que la consecuencia inmediata es un encarecimiento del precio del dinero para aquellos países en los que todavía se crea que pueden cumplir con sus vencimientos, y el cierre del grifo de la financiación externa a los que no; cuando esto sucede, en tales países se suben los impuestos, se absorbe el dinero de sus entidades financieras que han de dedicarlo a la compra de deuda pública, detrayéndolo de la financiación dedicada a las empresas y a las familias ¿le sigue sonando conocida la cantinela, mi querido lector?

El peor de los casos es ya, cuando en ciertos países no sólo no existe la posibilidad de que sus ciudadanos paguen más impuestos, sino que no paguen ninguno; y que sus entidades financieras no sólo no concedan crédito, sino que hubieran caído en la quiebra, ellas y su Estado. Usted podrá reconocer, sin que estos dos amigos cometan la “indiscreción” de descubrirlos, cuáles están inmersos en cada una de las situaciones descritas. ¿Cree que estas situaciones no afectan, también, y fuertemente, a los países que hubieran hecho bien sus deberes? Países que, por otra parte, vienen siendo los “apagafuegos” del antisistema económico-financiero-político europeo. A la vista de esto, a muchos preclaros teórico-político-económicos, les extraña muchísimo que los ciudadanos de los países pagadores emitan clarísimas señales para que sus gobiernos presionen a los que se han dedicado a la buena vida, en tanto que ellos trabajaban y ahorraban. Tal cual la fábula de la cigarra y la hormiga, tan real como la vida misma.

Esos mismos preclaros teóricos politinómicos (óigame, lector, premios nobeles incluídos, eh, se lo recuerdo), no tienen ningún miramiento en defender la bondad del antisistema, insistiendo hasta la saciedad en que la solución pasa por seguir gastando a todo trance, pensando en que sólo con gastar es suficiente para superar la crisis. No falta mucho para que también se nos diga que la deuda de los estados se podría compensar con la misma cantidad de moneda nueva. Oiga, se le acaba de ocurrir esto a este servidor de usted. Claro, por eso está tan cerca de la concesión del Nobel. No sería malo, claro, si estuviésemos dispuestos a soportar algunos inconvenientes derivados: inflación, déficit por cuenta corriente … y algunos otros. ¡Ah! Y los americanos frotándose las manos, porque, amigo mío ¿a qué cree usted que obedece tanto empeño a anunciar “corralitos”? ¿a qué el de desprestigiar países europeos?  Lo comprueba usted mismo analizando la evolución de la relación €uro/Dólar ¿Lo ve? Y los tales premios nobeles haciendo el jueguito al gobierno de su país. Así es como debe ser, y los americanos lo entienden muy bien, en tanto que los europeos nos entretenemos en tirarnos la basura unos a otros. ¿Todos los europeos?  No, no, de ninguna manera. Los ingleses son otra cosa; ante todo son ingleses; y desde luego que sus mayores simpatías y afinidades las tienen con los del otro lado del Atlántico, y siempre por encima del paralelo 30.

¿Qué tendría que hacer Europa? Pues sencilla y llanamente: Convertirse de verdad en Europa. Estos últimos días, naturalmente que forzados por la falta de soluciones fáciles a la crisis (tal vez ello se deba a la incapacidad intelectual, y moral, para abordar los problemas difíciles), comienzan a aparecer opiniones y propuestas llamando a facilitar ciertos niveles de integración. Por ahí iríamos bien, sí, por una unión fiscal y tributaria, por una armonización de todas las políticas económicas, y, como consecuencia de ello hacia una plena integración europea en lo político y en lo social. Es decir, más Europa, pero de verdad. Y estos servidores de usted se atreven a proponer el nombre: ESTADOS UNIDOS DE EUROPA. Hemos de reconocer, sin embargo, que ardua es la tarea que aparenta, pero nos parece ardua no tanto por la elección del modelo a instaurar, ya que no hay demasiados entre los que elegir, sino por lo que nosotros entendemos como una carencia completa del liderazgo necesario para abordar la cuestión ¿Ve usted, lector amigo, émulos de los Schumann, De Gasperi, Monnet, Adenauer … incluso, óigame, un Schroeder (qué ironía del destino que este servidor de usted haga apología de un socialdemócrata, pero ¿por qué no? si era bueno). Éste, créame, y no otro, es el gran problema que tenemos los europeos, aparte, claro está del juego de intereses y las aldeanadas nacionalistas.

Para acabar, hoy, debo rendir un tributo. Al admirado Profesor Santiago Grissolía y al grupo de Premios Nobel (advierta que en esta oportunidad los cito con mayúsculas), que le acompañan en el jurado de los Premios Jaime I. Su manifestación de que la causa principal de la crisis que padecemos radica en el abandono de la cultura del esfuerzo y del mérito, y de la escasez de recursos (apropiadamente) dedicados al desarrollo científico y tecnológico; y a reconocerle a la educación (eficiente y responsablemente ejercida) el papel fundamental de aportar a la sociedad los valores éticos, morales e intelectuales, garantes de la convivencia en libertad. No estoy repitiendo al pie de la letra el texto de ningún discurso, sino utilizando mis propias palabras en interpretación libre de lo que acabo de escuchar. Rindo pleitesía al Profesor Grissolía y a los Premios Nobel que con él suscriben este posicionamiento. Afortunamente, no me siento solo, como proclamé en alguna otra oportunidad; diría que me voy convirtiendo en un compañero privilegiado de tales ilustres librepensadores, en la esperanza de que sus esfuerzos calen hondo en todos los ámbitos de la sociedad. ¿Cree usted lector amigo que de haber seguido a tiempo indicaciones como las precedentes, hubiesen aparecido las “bankias” “grecias” y otras similares? No se están haciendo bien las cosas en la mayor parte de Europa, y en España desde luego que no. Sr. Rajoy ¿por qué no cambia de consejeros, que a la vista está que no dan una en el clavo, y se rodea usted de los que saben?

Salve, amigo mío