domingo, 15 de julio de 2012

Menéndez Pelayo. HETERODOXOS ESPAÑOLES


HISTORIA DE LOS HETERODOXOS ESPAÑOLES

Epílogo
     ¿Qué se deduce de esta historia? A mi entender, lo siguiente:
Ni por la naturaleza del suelo que habitamos, ni por la raza, ni por el carácter, parecíamos destinados a formar una gran nación. Sin unidad de clima y producciones, sin unidad de costumbres, sin unidad de culto, sin unidad de ritos, sin unidad de familia, sin conciencia de nuestra hermandad ni sentimiento de nación, sucumbimos ante Roma tribu a tribu, ciudad a ciudad, hombre a hombre, lidiando cada cual heroicamente por su cuenta, pero mostrándose impasible ante la ruina de la ciudad limítrofe o más bien regocijándose de ella. Fuera de algunos rasgos nativos de selvática y feroz independencia, el carácter español no comienza a acentuarse sino bajo la dominación romana. Roma, sin anular del todo las viejas costumbres, nos lleva a la unidad legislativa, ata los extremos de nuestro suelo con una red de vías militares, siembra en las mallas de esa red colonias y municipios, reorganiza la propiedad y la familia sobre fundamentos tan robustos, que en lo esencial aún persisten; nos da la unidad de lengua, mezcla la sangre latina con la nuestra, confunde nuestros dioses con los suyos y pone en los labios de nuestros oradores y de nuestros poetas el rotundo hablar de Marco Tulio y los hexámetros virgilianos. España debe su primer elemento de unidad en la lengua, en el arte, en el derecho, al latinismo, al romanismo.
Pero faltaba otra unidad más profunda: la unidad de la creencia. Sólo por ella adquiere un pueblo vida propia y conciencia de su fuerza unánime, sólo en ella se legitiman y arraigan sus instituciones, sólo por ella corre la savia de la vida hasta las últimas ramas del tronco social. Sin un mismo Dios, sin un mismo altar, sin unos mismos sacrificios; sin juzgarse todos hijos del mismo Padre y regenerados por un sacramento común; sin ver visible sobre sus cabezas la protección de lo alto; sin sentirla cada día en su hijos, en su casa, en el circuito de su heredad, en la plaza del municipio nativo; sin creer que este mismo favor del cielo, que vierte el tesoro de la lluvia sobre sus campos, bendice también el lazo jurídico que él establece con sus hermanos y consagra con el óleo de la justicia la potestad que [1037] él delega para el bien de la comunidad; y rodea con el cíngulo de la fortaleza al guerrero que lidia contra el enemigo de la fe o el invasor extraño, ¿qué pueblo habrá grande y fuerte? ¿Qué pueblo osará arrojarse con fe y aliento de juventud al torrente de los siglos?
Esta unidad se la dio a España el cristianismo. La Iglesia nos educó a sus pechos con sus mártires y confesores, con sus Padres, con el régimen admirable de sus concilios. Por ella fuimos nación, y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la tenaz porfía de cualquier vecino codicioso. No elaboraron nuestra unidad el hierro de la conquista ni la sabiduría de los legisladores; la hicieron los dos apóstoles y los siete varones apostólicos; la regaron con su sangre el diácono Lorenzo, los atletas del circo de Tarragona, las vírgenes Eulalia y Engracia, las innumerables legiones de mártires cesaraugustanos; la escribieron en su draconiano código los Padres de Ilíberis: brilló en Nicea y en Sardis sobre la frente de Osio, y en Roma sobre la frente de San Dámaso; la cantó Prudencio en versos de hierro celtibérico: triunfó del maniqueísmo y del gnosticismo oriental, del arrianismo de los bárbaros y del donatismo africano: civilizó a los suevos, hizo de los visigodos la primera nación del Occidente; escribió en las Etimologías la primera enciclopedia; inundó de escuelas los atrios de nuestros templos; comenzó a levantar, entre los despojos de la antigua doctrina, el alcázar de la ciencia escolástica por manos de Liciano, de Tajón y de San Isidoro; borró en el Fuero juzgo la inicua ley de razas; llamó al pueblo a asentir a las deliberaciones conciliares; dio el jugo de sus pechos, que infunden eterna y santa fortaleza, a los restauradores del Norte y a los mártires del Mediodía, a San Eulogio y Álvaro Cordobés, a Pelayo y a Omar-ben-Hafsun; mandó a Teodulfo, a Claudio y a Prudencio a civilizar la Francia carlovingia; dio maestros a Gerberto; amparó bajo el manto prelaticio del arzobispo D. Raimundo y bajo la púrpura del emperador Alfonso VII la ciencia semítico-española... ¿Quién contará todos los beneficios de vida social que a esa unidad debimos, si no hay, en España piedra ni monte que no nos hable de ella con la elocuente voz de algún santuario en ruinas? Si en la Edad Media nunca dejamos de considerarnos unos, fue por el sentimiento cristiano, la sola cosa que nos juntaba, a pesar de aberraciones parciales, a pesar de nuestras luchas más que civiles, a pesar de los renegados y de los muladíes. El sentimiento de patria es moderno; no hay patria en aquellos siglos, no la hay en rigor hasta el Renacimiento; pero hay una fe, un bautismo, una grey, un pastor, una Iglesia, una liturgia, una cruzada eterna y una legión de santos que combaten por nosotros desde Causegadia hasta Almería, desde el Muradal hasta la Higuera. [1038]
Dios nos conservó la victoria, y premió el esfuerzo perseverante dándonos el destino más alto entre todos los destinos de la historia humana: el de completar el planeta, el de borrar los antiguos linderos del mundo. Un ramal de nuestra raza forzó el cabo de las Tormentas, interrumpiendo el sueño secular de Adamastor, reveló los misterios del sagrado Ganges, trayendo por despojos los aromas de Ceilán y las perlas que adornaban la cuna del sol y el tálamo de la aurora. Y el otro ramal fue a prender en tierra intacta aun de caricias humanas, donde los ríos eran como mares, y los montes, veneros de plata, y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas por Tolomeo ni por Hiparco.
¡Dichosa edad aquélla, de prestigios y maravillas, edad de juventud y de robusta vida! España era o se creía el pueblo de Dios, y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas o para atajar al sol en su carrera. Nada aparecía ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres, que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe, que mueve de su lugar las montañas. Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas con la espada en la boca y el agua a la cinta y el entregar a la Iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebataba la herejía.
España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas.
A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea. Dos siglos de incesante y sistemática labor para producir artificialmente la revolución, aquí donde nunca podía ser orgánica, han conseguido no renovar el modo de ser nacional, sino viciarle, desconcertarle y pervertirle. Todo lo malo, todo lo anárquico, todo lo desbocado de nuestro carácter se conserva ileso, y sale a la superficie cada día con más pujanza. Todo elemento de fuerza intelectual se pierde en infecunda soledad o sólo aprovecha para el mal. No nos queda ni ciencia indígena, ni política nacional, ni, a duras penas, arte y literatura propia. Cuanto hacemos es remedo y trasunto débil de lo que en otras partes vemos aclamado. Somos incrédulos por moda y por parecer hombres de mucha fortaleza intelectual. Cuando nos ponemos a racionalistas o a positivistas, lo hacemos pésimamente, sin originalidad alguna, como no sea en lo estrafalario y en lo grotesco. No hay doctrina que arraigue aquí; [1039] todas nacen y mueren entre cuatro paredes, sin más efecto que avivar estériles y enervadoras vanidades y servir de pábulo a dos o tres discusiones pedantescas. Con la continua propaganda irreligiosa, el espíritu católico, vivo aún en la muchedumbre de los campos, ha ido desfalleciendo en las ciudades; y, aunque no sean muchos los librepensadores españoles, bien puede afirmarse de ellos que son de la peor casta de impíos que se conocen en el mundo, porque, al no estar dementado como los sofistas de cátedra, el español que ha dejado de ser católico es incapaz de creer en cosa ninguna, como no sea en la omnipotencia de un cierto sentido común y práctico, las más veces burdo, egoísta y groserísimo. De esta escuela utilitaria suelen salir los aventureros políticos y económicos, los arbitristas y regeneradores de la Hacienda y los salteadores literarios de la baja prensa, que, en España como en todas partes, es un cenagal fétido y pestilente. Sólo algún aumento de riqueza, algún adelanto material, nos indica a veces que estamos en Europa y que seguimos, aunque a remolque, el movimiento general.
No sigamos en estas amargas reflexiones. Contribuir a desalentar a su madre, es ciertamente obra impía, en que yo no pondré las manos. ¿Será cierto, como algunos benévolamente afirman, que la masa de nuestro pueblo está sana y que sólo la hez es la que sale a la superficie? ¡Ojalá sea verdad! Por mi parte, prefiero creerlo, sin escudriñarlo mucho. Los esfuerzos de nuestras guerras civiles no prueban ciertamente falta de virilidad, en la raza; lo futuro, ¿quién lo sabe? No suelen venir dos siglos de oro sobre una misma nación; pero mientras sus elementos esenciales permanezcan los mismos por lo menos en las últimas esferas sociales; mientras sea capaz de creer, amar y esperar; mientras su espíritu no se aridezca de tal modo que rechace el rocío de los cielos; mientras guarde alguna memoria de lo antiguo y se contemple solidaria con las generaciones que la precedieron, aun puede esperarse su regeneración, aun puede esperarse que, juntas las almas por la caridad, tome a brillar para España la gloria del Señor y acudan las gentes a su lumbre, y los pueblos al resplandor de su Oriente.
El cielo apresure tan felices días. Y entre tanto, sin escarnio, sin baldón ni menosprecio de nuestra madre, dígale toda la verdad el que se sienta con alientos para ello. Yo, a falta de grandezas que admirar en lo presente, he tomado sobre mis flacos hombros le deslucida tarea de testamentario de nuestra antigua cultura. En este libro he ido quitando las espinas; no será maravilla que de su contacto se me haya pegado alguna aspereza. He escrito en medio de la contradicción y de la lucha, no de otro modo que los obreros de Jerusalén, en tiempo de Nehemías, levantaban las paredes del templo, con la espada en una mano y el martillo en la otra, defendiéndose de los comarcanos que sin cesar los embestían. Dura ley es, pero inevitable en España, [1040] y todo el que escriba conforme al dictado de su conciencia, ha de pasar por ella, aunque en el fondo abomine, como yo, este hórrido tumulto y vuelva los ojos con amor a aquellos serenos templos de la antigua sabiduría, cantados por Lucrecio
Edita doctrina sapientum templa serena!
M. MENÉNDEZ PELAYO

ATALAYA. Un poco de heterodoxia no vendrá mal


El pasado mes de mayo habían transcurrido cien años del fallecimiento de D. Marcelino Menéndez Pelayo, y como el amigo Manuel Morillo, en sus Anotaciones de Bitácora me hace llegar el Epílogo con el que el polígrafo finalizó su obra Historia de los Heterodoxos españoles, me tomo la libertad de situarlo en mi blog www.espaciodebalseiro.blogspot.com, para que los curiosos de entre mis lectores puedan acceder a él con toda comodidad.

Uno de mis amigos me sugirió hace algún tiempo que incluyese en estas “atalayas” alguna referencia bibliográfica de interés; y otro que descansase un poco de “atizar” a los políticos. Trato de corresponder en esta oportunidad al uno y al otro, aunque mucho me temo que por lo que respecta a la sugerencia del segundo, lo único que hago es cambiar mi directo fustigamiento por el indirecto, trasladándole la responsabilidad al autor de la obra, cuya lectura total o parcial recomiendo, buscándola en cualquiera de las bibliotecas virtuales, que aparecen escribiendo el título completo.

He leído un artículo conmemorativo de la efemérides arriba mencionada, publicado en uno de los grandes diarios nacionales, en el que se hacen juicios sobre la personalidad de Menéndez Pelayo, que, a todas luces constituyen juicio de parte y que no voy a discutir, al entender que toda a toda figura ilustre la distinguen facetas envueltas en luces y sombras, y nuestro personaje no podía ser una excepción. No discutiré aquellas opiniones, como tampoco quiero dar a entender una completa adhesión a las tesis y opiniones sostenidas por D. Marcelino. Por ejemplo: respecto a los rasgos que caracterizan la unidad de España, discrepo de la forma en  que los menciona y tal vez en esencia, por su exagerado dramatismo, de alguno de ellos, pero suscribo lo que sigue:

… “El día en que acabe de perderse (la unidad), España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas.
A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea. Dos siglos de incesante y sistemática labor para producir artificialmente la revolución, aquí donde nunca podía ser orgánica, han conseguido no renovar el modo de ser nacional, sino viciarle, desconcertarle y pervertirle.”

Ya se ve que en lo de menos apresuradamente el autor no anduvo muy fino, tal vez no previendo el impacto de la propaganda de la que se han servido los continuadores de la ideología sabinista y casanovista, a los que han prestado su apoyo los buenistas (de la derecha, de la izquierda y del centro, que de todo hay), que piensan que nunca pasa nada, o que nada importa y que todo está bien con tal de no ser excesivamente molestados. De aquellos incipientes polvos, tenemos ahora un lodazal del que no se sabe cuál será el final, o sí, aunque tal vez la crisis ayude a situar las cosas en el punto del que nunca debieron salir.

En cuanto al cuerpo de la obra, permítame lector llamar su atención en el Libro Séptimo, que se refiere especialmente a todo lo acaecido durante el reinado de Fernando VII, incluyendo la invasión napoleónica, el período liberal y la Constitución de 1812.  Hago esta llamada como una especie de homenaje a la PEPA, teniendo en cuenta la conmemoración de su segunda centuria. Seguramente que su lectura contribuirá a enriquecer el conocimiento que usted tenga de su inspiración ideológico-política y efectos. Sumo este homenaje a los varios en los que ya he tomado parte, especialmente en mi Coruña natal, ciudad especialmente unida a Cádiz y a las corrientes de pensamiento liberal con las que tan a gusto me siento, complementadas por la enraizada tradición de mi Oviedo germinal ¿Será que debido al influjo de mi naturaleza, a este servidor de usted le puede pasar lo que (dicen que) se decía que le pasaba a D. Marcelino? Que los católicos no le aceptaban por demasiado liberal, y que los liberales no lo hacían por ser tan recalcitrante católico. En mi caso espero que no sea así, pero si lo fuera,  que lo sea, porque no me pienso apear ni de lo uno ni de lo otro. Aderezado todo con el correr de los tiempos, claro.

Deseo que de esta atalaya no se deduzca ningún tipo de paralelismo entre el pensamiento de Menéndez Pelayo y el que a mí me pueda atribuir usted mismo, querido lector. A años luz me encuentro en distancia intelectual y universalidad de conocimiento, pero cada uno es cada uno y siendo distintos también nos parecemos. Y luchamos, muchos de nosotros, por no convertirnos en cómplices de lo que consideramos intrínsecamente malo, nos desagrada o nos perturba, y en esa lucha nos parecemos, D. Marcelino, usted, y yo.

Salve, amigo mío.

jueves, 12 de julio de 2012

ATALAYA. Dudas, y más dudas


Dudas, y más dudas, muchas dudas son las que me asaltan cuando me pongo a escribir esta atalaya para usted, amigo lector.  Para empezar, las que se refieren al tema a exponer, porque son tantos y tan importantes los acontecimientos que en estos dos últimos días se han producido que resulta francamente difícil atribuir prioridad a unos sobre los otros. Pero como por uno hay que comenzar, con su permiso voy a hacerlo por aquél que usted ya sabe que me preocupa sobremanera, y que no es otro que el tratamiento que, tanto desde el punto de vista político como desde el jurídico, se le da a todo cuanto tiene que ver con el terrorismo, y muy particularmente con el que tan próximo tenemos: el etarra; mejor dicho, el de ETA, porque ya que escribo en castellano voy a hacerlo con todas sus consecuencias, evitando caer en la utilización del léxico que tanto gusta, y en el que, aparentemente al menos, tendríamos la batalla perdida; asunto éste sobre el que hace algún tiempo usted mismo habrá tenido la oportunidad saber de mi opinión.

Pues bien, aquí las dudas se convierten ya en cruda certeza. La sentencia última del Tribunal de Derechos Humanos, pronunciada en Estrasburgo, sancionando a España por la utilización de la llamada “doctrina Parot” coloca al citado tribunal y al sistema jurídico español en una situación de ridículo tan escandaloso como peligroso. Escandaloso, porque se evidencia que los miembros de ese tribunal ¿serán por ventura jueces, o simplemente ocupan sillón de tales? desconocen la realidad de lo que acaban de sancionar, o, simplemente son conducidos a ella (a la sentencia) de forma culposamente intencionada; escandaloso, porque también evidencia que España no ha sido capaz de consolidar en el ordenamiento jurídico propio una doctrina que resultase incontrovertible para cualquier instancia ante la que fuesen presentados recursos incoados por quien a ello les asistiese derecho. Pues no es este el caso; como casi siempre, y en casi todo, tenemos los deberes por hacer. Y Europa, también. Y así nos va, a los españoles y al resto de europeos. Uno quisiera pensar, porque se considera biempensante, que el “sesteo” se acaba, pero la verdad … aquí regresan las dudas.

Peligroso, porque tal sentencia, aunque nos digan que vaya a ser recurrida, ya ha permitido la puesta en libertad de peligrosos asesinos, convictos y confesos, para los cuales con doctrina Parot o sin ella, el cumplimiento íntegro de las penas habría de ser una cuestión inviolable para cualquier estado serio, y sólo circunstancias muy especiales y perfectamente definidas podrían facilitar su redención parcial. Pero tampoco es este el caso. El caso es que por una grave imperfección del sistema jurídico, asesinos convictos y confesos quedan en libertad, sentando el gravísimo precedente que, a no tardar, habrá de ser seguido por otros recurrentes. Nuevamente el mal ya está hecho ¿Servirá para que se acaba el “sesteo” español, y la diletante ignorancia culposa europea? ¿Ha visto usted por quién está formado este tribunal europeo? Véalo, véalo. Más dudas emergen para este servidor de usted, reforzadas por el ya esperpéntico (salvo noticia de última hora desconocida por este servidor), proceso de elección del Presidente del Consejo General del Poder Judicial; no es de extrañar la esperpencia, cuando se tiene la sensación de que la lucha está planteada en clave de adscripción o simpatía política; y si fuera así ¿cómo fiarnos de la elección? Afirmo que si se tratase sólo de evaluar la riqueza curricular de los candidatos la elección tendría que haberse hecho ya, puesto que recursos técnicos para ello existen, y de sobra.

Y si de dudas hablamos, es de justicia reconocer las que hubiera tenido hasta ahora el presidente de nuestro gobierno, el Sr. Rajoy, tratando de encontrar el mejor camino para iniciar la tan ansiada recuperación. También es de justicia reconocer la dificultad de abstraerse de todas las contradictorias opiniones con las que se la ha “oosequiado”: que si Alemania, que si ahora Francia, que si la Comisión Europea, que si el FMI, que si algunos premios nobeles, que si sus propios consejeros áulicos, que si yo mismo … En fin, nada fácil, la verdad, pero es que para eso le pagamos ¿no? Dudas sobre si implantar tal o cual recorte, reforma, impuesto, etc. etc.  Finalmente parece que se le han disipado las dudas y, forzado o no, ha comunicado ayer cuáles son sus intenciones sobre el particular. Las intenciones ahí están. Las realidades las iremos viendo.  Este servidor de usted sabía, y así consta, que medidas como las anunciadas eran imprescindibles, y si eran imprescindibles y todos lo sabíamos, a qué tanto esperar, a qué tomarlas a traguitos, generando la idea de que no se era capaz de tomarlas ¿creyendo, tal vez, que era mejor hacerlas aparecer como una “imposición” que como iniciativa propia? Mal asunto; porque la imposición sí que se ha producido, y mucho mejor hubiera sido tomarlas de “motu proprio” y a su debido tiempo; así, muy bien hubiera podido ocurrir lo que en ello habíamos insistido: algunas se habrían evitado.

Usted me preguntará ¿cuáles se habrían evitado? Pues una que encierra varias: la subida de impuestos, cualquier tipo de impuestos, y ya sea sobre la renta, sobre sociedades, o el IVA, para este servidor el impuesto más injusto de todos cuantos en el universo pululan; simplemente, no es el momento ahora de elevar la presión fiscal o tributaria si se quiere realmente estimular el consumo interno; había margen y todavía hay para aumentar los ingresos del Estado, y aún más, para eliminar gastos, que es ahí en donde está “la madre del cordero”. En relación con el IVA (cualquiera que sea el tipo), y el evidente fraude que genera, el gobierno tiene en su mano la posibilidad de convertirnos a todos, sí amigo mío, a usted y a mí también, en verdaderos inspectores fiscales; ¿cómo? un amigo me lo sugiere en una conversación sobre el particular que les contaré en una próxima atalaya, pero tengo dudas, ya lo verá usted, de que se vayan a atrever. Más dudas.

Afortunadamente, este servidor de usted no tiene dudas sobre sí, más allá del acierto o del desacierto, pero nunca en cuanto a las intenciones, que las declaro abierta y explícitamente, sin condiciones previas. De otros no puedo decir lo mismo; a lo más que llego es a suponérselas, por la contradicción entre lo que dicen y lo que hacen.

Salve, amigo mío.

lunes, 2 de julio de 2012

ATALAYA. Hoy sí ...


Hoy sí me siento satisfecho de la determinación con la que el Presidente del Gobierno de España, Sr. Rajoy, actuó en la última cumbre europea, defendiendo lo que desde esta columna no habíamos dejado de señalar: la conveniencia de que el préstamo que Europa haga para el forzamiento de nuestro sistema financiero, vaya directamente a cada una de las entidades bancarias necesitadas de él, sin que sea atribuible directamente el Estado. Ya sabemos que, a la postre, algo nos va a costar, pero nos parecía una indecencia que recayese sin más sobre las ya dolidas espaldas de los contribuyentes españoles, la penitencia por un pecado del que, si bien somos en parte responsables (por tolerancia y omisión en la vigilancia debida, y usted ya me entiende), no hemos sido sus ejecutores. La realidad, entonces, es que la claridad y la firmeza del Sr. Rajoy ha dado estos alentadores frutos, y yo me felicito por ello, y esta vez ¡¡le felicito a usted, Sr. Rajoy!!, con la complacencia del que no debiéndole nada en lo personal, apunta en su haber lo que es bueno para España.

Pero hay que seguir, tal y como le venimos diciendo todos los que nada tenemos que ver con algunos (muy escasos, por cierto, aunque algunos medios de comunicación estén empeñados en atribuirles una infalibilidad que están muy, pero que muy lejos de merecer –óigame, para infalible este servidor de usted y su inseparable diablo cojuelo), algunos, repetimos, premiados que si de Nobel pueden presumir, en cambio nada tienen de novel(es), habida cuenta de los intereses contra-europeos que subliminalmente defienden, a los que se suman los corifeos de muchos conspícuos representantes de una izquierda española desnortada que sólo encuentra ideas en los que ellos ven intenciones de destruir lo que llaman “capitalismo salvaje”, sin reparar en que caen en su propia trampa, porque ¿piensa alguien que los tales Nobel pretenden cambiar el capitalismo por otro modelo económico, o político? ¡¡¡Ja …!!! Si en el capitalismo nadan como pez en el agua …

No felicitamos solamente al Sr. Rajoy, aunque sí a él de una manera especial por lo que ya queda dicho, pero también a quienes le han acompañado en la defensa de su propuesta: Monti, Hollande y Merkel ¿Cómo que Merkel?, se preguntará usted perplejo. Pues sí, amigo mío, sin ese rasgo combinado de generosidad y pragmatismo de la Canciller alemana, la fórmula no habría prosperado, y la catástrofe se nos habría venido encima; no sólo a los españoles e italianos, sino a los europeos todos, provocando corralitos en cadena, tal y como estaba siendo deseado, y provocado, por los referidos nobeles (noveles), que lo que mejor piensan de nosotros es que somos bobos. Felicitamos también al equipo de apoyo del Sr. Rajoy, que no por omitir sus nombres en esta “atalaya” son menos importantes; su conocimiento del medio en el que había que desenvolverse y de la materia que había que defender, les hace particularmente acreedores a nuestra felicitación. No hace falta que nos lo agradezcan, eh; nos basta con que sigan haciendo su trabajo igual de bien. Y, gracias a Dios, no andaban por allí los áulicos asesores de imagen del Presidente.

Hechas estas reflexiones, hay que seguir. Pero ¿en qué? Por lo que se refiere a Europa, lo dicho en ya incontables oportunidades: abordar sin pausa la integración financiera, fiscal y tributaria. Sin ese requisito la monetaria seguirá sufriendo, y nos hará sufrir, los inconvenientes de su falta de solidez. Atribuir cuanto antes al Banco Central Europeo el papel que le corresponde como ente regulador y controlador del sistema financiero y monetario, y hacer depender directamente de él una genuina Agencia de Calificación Europea, que se contraponga a las valoraciones interesadas de las ya archi-conocidas agencias, por cierto todas ellas norteamericanas. ¿Se ha parado usted a pensar alguna vez, amigo lector, en esa singular circunstancia?  ¿Sabe usted quienes son los propietarios de tales agencias?  A lo mejor, o a lo peor, y debido a nuestras respectivas ingenuidades, aún habiéndonoslo preguntado, no nos habíamos atrevido a comentarlo, pero ahora que nos sentimos envalentonados, la pregunta es pertinente. Los conspícuos anticapitalistas arriba mencionados, sí que lo saben muy bien, pero no les conviene decirlo. Todo está clarito, muy clarito, créamelo. Los bobos haciendo el jueguito.

Hay que seguir en España también. Ya lo ha dicho usted, Sr. Rajoy: más reformas. Pero hay algunas que son indispensables para que nuestro país gane en competitividad, confianza en el exterior, y autoestima; todas ellas han sido reiteradamente señaladas por estos servidores. Una, la reducción drástica del aparato del Estado (ojo, nada de reducciones lineales, o porcentuales, eh; cualificadas; singularmente cualificadas), incluyendo los recortes, aquí sí que utilizo el término, a la clase política: resulta escandaloso que cuando la mayor parte de la ciudadanía estamos soportando el peso de la crisis, existan todavía reductos de privilegio en algunos sectores de la sociedad ¿Qué demonios continúa ocurriendo en Andalucía, y en otros lugares, en los que cada día se descubren nuevos casos de malversación y prevaricación?

Dos, reforma inmediata del aparato institucional de la Justicia. Escándalo produce la declaración de los componentes del llamado Tribunal Constitucional excluyéndose de la declaración de transparencia debida en el uso de los fondos públicos, salvo que se les pida; ¿es para eso para lo que se han “cargado” a su anterior presidente? Suprímase de una vez ese tribunal tal y como está concebido. Suscribo aquí, enteramente y no puedo por menos, lo que hoy, “con sentido común” dice un notario amigo sobre el particular, en el que denuncia que lo que ha servido para denostar al ya ex-presidente no sirva para los demás miembros del tribunal, pero ¿qué se han creído?

Tres, continuar con la eliminación de todas las subvenciones que lastran la creatividad, merman los recursos que deberían ser destinados a fomentar el crecimiento, la educación y el desarrollo tecnológico, y atentan contra la sostenibilidad del sistema social. Este amigo suyo, lector, le llama a eso austeridad ¿Cómo le llama usted? A aquellos conspícuos citados no les gusta; claro, se entiende perfectamente, porque entre tales beneficiarios se encuentran los decimonónicos sindicatos y todas aquellas organizaciones no gubernamentales creadas al amparo y sostenimiento de las dádivas estatales; ergo, a costa del bolsillo de usted y del mío.

Gran tarea es la que tiene usted por delante, Sr. Rajoy, y le quedaríamos sumamente agradecidos si en aras del cumplimiento de las obligaciones que contrajo al asumir la presidencia del gobierno, la acomete usted sin pausa, con entereza, con determinación y con transparencia, aún a pesar de lo que le aconsejen sus áulicos asesores, y caiga quien caiga. Mire usted (como le gusta a usted mismo decir), que caigan tales asesores, o todos los asesores, y cuanto antes, porque en el sentir, y sufrir, de los ciudadanos tiene usted el mejor de los asesoramientos. Le recomiendo que lea usted detenidamente la INICIATIVA POR LA RECONVERSIÓN a la que nosotros acabamos de adherirnos. Por medio de un gran rearme moral y ético que acabaría con todos los excesos y corruptos abusos en los que nos hemos dejado envolver, es como se gana la confianza, dentro y fuera. Tenga cuidado, porque tanto dentro como fuera los peligros siguen vivos.

Salve.