En medio de un enriquecedor
intercambio de opiniones con una querida lectora, sobre el ser y el deber ser,
descubro la noticia de que los obispos vascos han preparado una pastoral, que
parece que va a ser leída este próximo sábado, en la que van a exigirle a ETA
su total desaparición y la petición de perdón. Y van todavía más allá al
referirse no solo a los terroristas, sino que el perdón también deben pedirlo
todos aquellos que de alguna forma con ellos hubieran colaborado. Así es como
deben ser las cosas, y así es como deben ser también los comportamientos de los
obispos, rompiendo con tantas décadas de ambigüedades de sus predecesores,
cuando no de una clara alineación de alguno de ellos con los planteamientos de
los terroristas, para el cual, no me duelen prendas en recordarlo, un buen día
Balseiro reclamó en una de sus antiguas “atalayas” la excomunión por el grave
incumplimiento de su misión católica. Hasta aquí el deber ser desde la
perspectiva de la religión católica, y que estos servidores de usted
suscribimos plenamente; y que estamos completamente seguros de que la inmensa
mayoría de sus víctimas lo otorgarían –al perdón nos referimos- de confirmarse
la sinceridad de su arrepentimiento, y la firme y expresa voluntad de no
reincidir. Sí señor, así es como deben
ser las cosas.
Pero existen más ámbitos. El de
la responsabilidad civil y penal de los crímenes cometidos. Y en eso, el resto
de la sociedad ha de tomar el relevo en la generosidad de las víctimas exigiendo,
en nombre de ellas y en el de todos los ciudadanos consecuentes con el honor y
con la dignidad, no solo la disolución de la organización terrorista y de sus
instrumentos, sino la entrega de las armas, el cumplimiento íntegro de las
penas, y el sometimiento a las instancias judiciales de todos los que todavía
estuviesen pendientes de procesamiento.
De amnistía, nada de nada. Y
¿ante quién deberíamos los ciudadanos presentar nuestras exigencias? Pues
independientemente de ciertas instancias de parte, o iniciativas legislativas
populares –harto difíciles de instrumentar- habría de ser ante nuestros
representantes en el Parlamento, al Gobierno y a la Judicatura. Los dos
Balseiro, ya sabe usted, no las tienen todas consigo, porque lo que estamos
leyendo y viendo estos días, la verdad es que no nos gusta. No nos gusta que el
señor Ministro del Interior ande jugando con el lenguaje con cierta frivolidad,
confundiendo la aceptación de un conflicto político con el interés de los
nacionalistas-terroristas de convertir sus acciones en un conflicto
político. Y tampoco nos gusta, tal vez
incluso menos, esa no se sabe para qué declaración conjunta de los partidos del
arco parlamentario, menos uno –qué curioso que también la hayan suscrito los
nacionalistas- ¿Alguien nos puede explicar el por qué y la oportunidad de tal
declaración, cuando lo único que hay que hacer es cumplir la legislación
vigente, tal y como dice el Sr. Rajoy, más concretamente la Ley de Partidos? Pues no señor, así es como NO deben ser las cosas.
Amigo lector, he desviado la
intención que tenía de dedicar esta atalaya a la ya muy discutida Reforma
Laboral anunciada por el Gobierno, pero no voy a hurtarle a usted la opinión
que me merece el espectáculo que se está montando por los sindicatos y por los
partidos de izquierda. Las
justificaciones que se exhiben para sus algaradas son tan fútiles y ridículas
que no creo que ni ellos mismos se las crean, pero pareciera como si no les
quedara otro remedio, a falta de las necesarias ideas con las que contribuir a
recuperar la actividad económica. Nadie
puede garantizar que las medidas que parece que va a tomar el gobierno después
del trámite parlamentario vayan a conseguir los deseados objetivos, pero lo que
nadie puede negar es a dónde nos ha conducido, y a dónde nos podría conducir
todavía, el actual sistema laboral. Estamos donde estamos porque así lo han
querido los sindicatos y los partidos de izquierda. Si querían modificar la situación en otro
sentido diferente al que ahora trata de implantar el Partido Popular ¿por qué
no lo hicieron durante todo el tiempo que dispusieron?
Lo de los sindicatos ya es para
nota, óigame. No queda más remedio que
la retirada inmediata de las subvenciones, y perdóneme usted que sea tan
reiterativo en esta cuestión; no se
puede sostener durante más tiempo el mantenimiento de una burocracia que sólo
sirve a los intereses de unos pocos. Y me atrevo a hacer una pregunta sobre la
composición de las decenas de miles de manifestantes ¿qué le parece a usted si
esa cantidad de personas fuesen las mismas decenas de miles de liberados
sindicales? Ah, claro, están defendiendo su incompetente e innecesaria
presencia en la sociedad; incompetente e
innecesaria tal y como están ahora mismo configurados. Los sindicatos, como tales
absolutamente necesarios en la defensa de los derechos de los trabajadores,
deben reconvertirse para ganarse la confianza y que sea esta confianza la que
les retribuya. Así que ¡a reconvertirse toca! Y a dejarse de payasadas también.
Y que el gobierno actúe con la decisión y firmeza necesarias. Así es como deben ser las cosas.
En una próxima oportunidad
volveré sobre el asunto, que no se agota tan fácilmente, así como también sobre
la educación; pero con una proposición previa: la austeridad no está contrapuesta
a las políticas de desarrollo, y éstas, de ningún modo deben desvincularse de
las educativas. Por consiguiente, la austeridad no debe significar recortes en
la educación, sí en cambio, eficiencia de los recursos. Usted me comprende
¿verdad lector? ¿Me comprenderán también los miembros del gobierno? Prometo
ampliar las explicaciones, para que lo entiendan, por si acaso.
Salve, querido amigo.