miércoles, 22 de febrero de 2012

ATALAYA. Así deben ser las cosas



En medio de un enriquecedor intercambio de opiniones con una querida lectora, sobre el ser y el deber ser, descubro la noticia de que los obispos vascos han preparado una pastoral, que parece que va a ser leída este próximo sábado, en la que van a exigirle a ETA su total desaparición y la petición de perdón. Y van todavía más allá al referirse no solo a los terroristas, sino que el perdón también deben pedirlo todos aquellos que de alguna forma con ellos hubieran colaborado. Así es como deben ser las cosas, y así es como deben ser también los comportamientos de los obispos, rompiendo con tantas décadas de ambigüedades de sus predecesores, cuando no de una clara alineación de alguno de ellos con los planteamientos de los terroristas, para el cual, no me duelen prendas en recordarlo, un buen día Balseiro reclamó en una de sus antiguas “atalayas” la excomunión por el grave incumplimiento de su misión católica. Hasta aquí el deber ser desde la perspectiva de la religión católica, y que estos servidores de usted suscribimos plenamente; y que estamos completamente seguros de que la inmensa mayoría de sus víctimas lo otorgarían –al perdón nos referimos- de confirmarse la sinceridad de su arrepentimiento, y la firme y expresa voluntad de no reincidir. Sí señor, así es como deben ser las cosas.

Pero existen más ámbitos. El de la responsabilidad civil y penal de los crímenes cometidos. Y en eso, el resto de la sociedad ha de tomar el relevo en la generosidad de las víctimas exigiendo, en nombre de ellas y en el de todos los ciudadanos consecuentes con el honor y con la dignidad, no solo la disolución de la organización terrorista y de sus instrumentos, sino la entrega de las armas, el cumplimiento íntegro de las penas, y el sometimiento a las instancias judiciales de todos los que todavía estuviesen pendientes de procesamiento.  De amnistía, nada de nada.  Y ¿ante quién deberíamos los ciudadanos presentar nuestras exigencias? Pues independientemente de ciertas instancias de parte, o iniciativas legislativas populares –harto difíciles de instrumentar- habría de ser ante nuestros representantes en el Parlamento, al Gobierno y a la Judicatura. Los dos Balseiro, ya sabe usted, no las tienen todas consigo, porque lo que estamos leyendo y viendo estos días, la verdad es que no nos gusta. No nos gusta que el señor Ministro del Interior ande jugando con el lenguaje con cierta frivolidad, confundiendo la aceptación de un conflicto político con el interés de los nacionalistas-terroristas de convertir sus acciones en un conflicto político.  Y tampoco nos gusta, tal vez incluso menos, esa no se sabe para qué declaración conjunta de los partidos del arco parlamentario, menos uno –qué curioso que también la hayan suscrito los nacionalistas- ¿Alguien nos puede explicar el por qué y la oportunidad de tal declaración, cuando lo único que hay que hacer es cumplir la legislación vigente, tal y como dice el Sr. Rajoy, más concretamente la Ley de Partidos?  Pues no señor, así es como NO deben ser las cosas.

Amigo lector, he desviado la intención que tenía de dedicar esta atalaya a la ya muy discutida Reforma Laboral anunciada por el Gobierno, pero no voy a hurtarle a usted la opinión que me merece el espectáculo que se está montando por los sindicatos y por los partidos de izquierda.  Las justificaciones que se exhiben para sus algaradas son tan fútiles y ridículas que no creo que ni ellos mismos se las crean, pero pareciera como si no les quedara otro remedio, a falta de las necesarias ideas con las que contribuir a recuperar la actividad económica.  Nadie puede garantizar que las medidas que parece que va a tomar el gobierno después del trámite parlamentario vayan a conseguir los deseados objetivos, pero lo que nadie puede negar es a dónde nos ha conducido, y a dónde nos podría conducir todavía, el actual sistema laboral. Estamos donde estamos porque así lo han querido los sindicatos y los partidos de izquierda.  Si querían modificar la situación en otro sentido diferente al que ahora trata de implantar el Partido Popular ¿por qué no lo hicieron durante todo el tiempo que dispusieron?

Lo de los sindicatos ya es para nota, óigame.  No queda más remedio que la retirada inmediata de las subvenciones, y perdóneme usted que sea tan reiterativo en esta cuestión;  no se puede sostener durante más tiempo el mantenimiento de una burocracia que sólo sirve a los intereses de unos pocos. Y me atrevo a hacer una pregunta sobre la composición de las decenas de miles de manifestantes ¿qué le parece a usted si esa cantidad de personas fuesen las mismas decenas de miles de liberados sindicales? Ah, claro, están defendiendo su incompetente e innecesaria presencia en la sociedad;  incompetente e innecesaria tal y como están ahora mismo configurados. Los sindicatos, como tales absolutamente necesarios en la defensa de los derechos de los trabajadores, deben reconvertirse para ganarse la confianza y que sea esta confianza la que les retribuya. Así que ¡a reconvertirse toca! Y a dejarse de payasadas también. Y que el gobierno actúe con la decisión y firmeza necesarias. Así es como deben ser las cosas.

En una próxima oportunidad volveré sobre el asunto, que no se agota tan fácilmente, así como también sobre la educación; pero con una proposición previa: la austeridad no está contrapuesta a las políticas de desarrollo, y éstas, de ningún modo deben desvincularse de las educativas. Por consiguiente, la austeridad no debe significar recortes en la educación, sí en cambio, eficiencia de los recursos. Usted me comprende ¿verdad lector? ¿Me comprenderán también los miembros del gobierno? Prometo ampliar las explicaciones, para que lo entiendan, por si acaso.

Salve, querido amigo.

sábado, 18 de febrero de 2012

ATALAYA. Algo sobre educación




Haber vivido en primera persona, el pasado día 14, un particular incidente en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Santiago de Compostela (las personas que lo compartieron conmigo sabrán a qué me estoy refiriendo), y que no detallo porque hacerlo supondría conceder un reconocimiento que sus protagonistas no merecen, me lleva precisamente a relacionarlo con la importancia que la Educación –discúlpeme lector que aquí escriba el sustantivo con mayúscula-, tiene en el desarrollo de las sociedades avanzadas; y de paso, comenzar a compartir con usted algunas reflexiones con las que sobre esta materia le tenía “amenazado”. Visto que para mí es este un tema recurrente, me permití repasar algunos pensamientos elaborados con anterioridad y encontré uno que me permito reproducir, y que, como dicen que no está nada bien citarse a uno mismo, utilizaré la tercera persona para decirle a usted que a un tal Balseiro le publicaron el 29 de julio de 2009 un artículo con el siguiente contenido:

“Y aún hoy, aquellos que vigilan y ordenan verdaderamente sus propios pensamientos constituyen una exigua minoría. La mayor parte del mundo vive sencillamente de imaginación y pasión”. Así describía en 1920, H.G. Wells el estado intelectual de su tiempo, refiriéndolo al capítulo dedicado a El Pensamiento Primitivo en su famoso libro Breve Historia del Mundo (The Outline of History), obra que aunque no es, ni pretende serlo, un texto histórico en sentido estricto, sí en cambio representa un análisis de la historia, de la sociología, de la ciencia y de la política, hasta el tiempo en que tal obra fue escrita. ¿Le parece a usted, amigo lector, que las cosas hayan cambiado algo en todo este espacio de tiempo? La afirmación de Wells de que son sólo una exigua minoría quienes vigilan y ordenan sus pensamientos, refleja la escasa preocupación de la mayoría por desarrollar esas capacidades intelectuales básicas como son la reflexión y el espíritu crítico. Claro que semejante desarrollo intelectual, generalizado, no forma parte de los objetivos de ninguna de las ideologías políticas –por mucho que se esfuerzan, y lo hacen, en decir lo contrario- que han ejercido o ejercen un papel hegemónico en el gobierno de las naciones. Y cuanta mayor sea la tendencia totalitaria de tales ideologías, socialismos o fascismos que en esto se dan la mano, mayor resistencia, siempre oculta claro está, a facilitar que las personas que en el mundo habitamos alcancemos el grado de conocimiento que nos permita expresar de una forma racional nuestro libre albedrío. No será este servidor suyo quien niegue la importancia de la imaginación en la evolución del pensamiento individual (que nos debe ayudar a perseguir la utopía), ni la pasión con la que las ideas y convicciones han de ser defendidas. Lo que defiendo es que  ambas han de ser ordenadas y vigiladas, tal y como Wells las echa en falta. Y un servidor también.
Y ¿sabe usted lo que un servidor también echa en falta? Cuando menos dos cosas. La primera, un sistema educativo que realmente promueva la universalización del conocimiento de los hechos fundamentales del desarrollo de la humanidad, tengan éstos el carácter que tengan: históricos, filosóficos, científicos, sociales, económicos, religiosos… en suma, todo lo que pudiera conseguir que las personas que en el mundo habitamos dispusiésemos de los elementos necesarios con los que nutrir nuestra razón, y aprendiésemos a hacer un recto uso de ella. Sobre esta base de conocimiento sí que podríamos aplicar las dosis de imaginación y pasión que cada persona individual estuviese en condiciones de desarrollar. Imaginación para avanzar en la búsqueda del progreso, y pasión con la que defender lo que el recto uso de la razón nos dicte.  Con sólo imaginación y pasión quedamos inermes ante los efectos propagandísticos de las ideologías, que siempre encontrarán los medios para asociarlas a sus intereses, utilizando a su conveniencia los instintos básicos, afectivos y sentimentales, evitando la aplicación generalizada del conocimiento racional, porque la razón sí que estorba, sobremanera, a los objetivos totalitarios (en este punto, mis compañeros del otro día, me aceptarán la relación con aquel incidente).
La segunda, el compromiso de la familia en el proceso de educación integral de los jóvenes, desde el momento mismo del inicio de su vida, hasta la adquisición del pleno raciocinio; y siempre, con su permanente ejemplo. Son los padres quienes tienen, no ya el derecho a educar a los hijos, que les viene reconocido con toda justicia en todo cuanto ordenamiento jurídico democrático se conoce, sino la obligación natural que contraen al posibilitar su existencia. Y no es ésta una obligación cualquiera, amigo lector. Es la obligación social cuyo adecuado cumplimiento tendrá un impacto más significativo en la sociedad del futuro. Renunciar al ejercicio directo de esta combinación derecho/obligación, sean cuales fuesen las causas que lo produzcan; abandonar esa responsabilidad en manos de los instrumentos educativos y de sus gestores, ya sean de carácter público o privado, sin ejercer la vigilancia y orden en el cumplimiento del proyecto de familia que los padres hubiesen forjado -¿han forjado los padres actuales su proyecto de familia? ¿sabrían expresar cómo quieren que sean sus hijos el día de mañana?; abandonar esa responsabilidad supone perpetuar el grado de inconsciencia social al que aludía Wells, y, como consecuencia, permitir que los adultos del mañana “vivan sencillamente de imaginación y pasión” y se comporten como las víctimas propiciatorias de cualquier ideología que la sepa manipular. Y usted y yo sabemos que las hay (también hay aquí otra relación ¿verdad?).
Bien lector, creo que para los que tienen como objetivo ejercer el control político de las sociedades, éstos son también los dos elementos claves de su estrategia. Por medio de sistemas educativos controlados en exclusiva por los administradores del Estado, que no fomentan la adquisición de conocimientos bajo criterios de objetividad y universalidad; que no establecen criterios de disciplina y esfuerzo (tanto en los educadores como en los educandos), obtienen las facilidades que necesitan para manipular y uniformizar a su comodidad las mentes y las conciencias de generaciones y generaciones hacia el futuro. Y por medio de negar, limitar, o evitar fraudulentamente los derechos y obligaciones de los padres, eliminan el más importante elemento, por no decir el único, de formación en valores con el que los seres humanos deberíamos haber nutrido nuestra consciencia como tales. Un servidor es conocedor de los condicionantes socio-económicos que afectan al papel de las familias tal y como tradicionalmente se venían concibiendo, pero la situación resulta tan grave como retroceder más de tres siglos; tantos como cuando Thomas Hobbes concibió su Leviatán como forma de total sometimiento del individuo, dada su incapacidad (¡), a la tutela de un Estado solucionador de todos los conflictos. ¿Representa esto alguna forma de progreso? Prefiero a Santo Tomás de Aquino……..”

Cuando van a proponernos, o están proponiéndonos ya, modificaciones al sistema educativo, estas pasadas reflexiones me han de servir de introducción a las próximas, y que me comprometo a que sean un poquito más breves para no cansarle.

Entretanto, Salve amigo mío.

jueves, 9 de febrero de 2012

ATALAYA. El caso Contador


 

Han escrito cientos de folios sin encontrar evidencias de culpabilidad, y dicen que son honrados. Y nosotros decimos que son honrados.
No han encontrado evidencias de culpabilidad, pero condenan; y dicen que son honrados.  Y nosotros decimos que son honrados.
Se instituyen como tribunal (o les instituyen), sin demostrar capacitación específica para ello, y dicen que son honrados.  Y nosotros decimos que son honrados.
Sancionan económicamente y vanagloriándose de ello se quedan con el importe de la sanción, y dicen que son honrados.  Y nosotros decimos que son honrados.
Desposeen de los atributos del éxito, sin tener en cuenta la presunción de inocencia, y dicen que son honrados.  Y nosotros decimos que son honrados.
Se alimentan del sudor de los trabajadores del deporte (como viles chupópteros), y dicen que son honrados.  Y nosotros decimos que son honrados.
Se les mantienen en sus cargos sin cuestionar sus decisiones, y TODOS dicen que son honrados.  Y nosotros decimos que TODOS son honrados.

William Shakespeare redactó el maravilloso discurso de Marco Antonio ante el Foro Romano después del asesinato de Julio César, afirmando la negación de la honradez de sus asesinos, convirtiéndolo en una pieza maravillosa de sarcasmo, que, amigo lector, hoy me sirve aquí para denunciar ante usted la corrupción jurídica que viene rodeando el “caso Contador”, especialmente lo que concierne a sentencia que ayer se dió a conocer.  Corrupción jurídica, tal vez no ¿corrupción de “lo” jurídico?  Tal vez sí.  Planteo la diferencia entre jurídico y “lo jurídico”, porque no parece que a los miembros de todos esos “tribunales” que pululan alrededor del deporte, ya sean relacionados con el dopaje o con cualquier otra cuestión con él relacionada, se les pueda otorgar la consideración de jurídicos.   Puede que algunos de sus componentes hayan estudiado leyes, pero de lo que dan pruebas es de que carecen de la profesionalidad requerida para formar parte de tribunales que omiten la utilización de las fuentes y criterios que la práctica jurídica pone a su disposición.  Por consiguiente, no pueden merecer la consideración de jurídicamente válidos tales tribunales.  Y si no poseen la consideración jurídica, entonces es que no existen como tales, y es cuando se produce la corrupción de “lo jurídico”; es decir, la utilización del nombre sin formar parte de su naturaleza. Y aún más, son parte interesada en todos los casos que “dicen” juzgar  ¡Fantástico!  Jueces y parte a la vez. Y decimos que son honrados.

Contrario soy, y usted ya lo sabe lector, a la existencia de tribunales creados, y que como tales funcionan, al margen de lo estrictamente jurisdiccional. En mi opinión (qué curioso es que el otro Manuel no me la discuta esta vez), nadie que no hubiera sido acreditado como juez siguiendo los procedimientos establecidos para el ejercicio de tal función, debería ejercer ningún tipo de magistratura.  Y si sostengo esta opinión en lo que se refiere a tan alto tribunal como el Constitucional, que no debería existir más que como una sección del Tribunal Supremo (de no ser así ¿a qué darle la denominación de supremo, cuando existe otra instancia superior?), o cambiarle el nombre de tribunal por el de Consejo Consultivo Constitucional desde el cual actuar como asesor en tal materia de los jueces que sí disponen de la facultad de juzgar y de emitir sentencias.  Y si digo lo que queda dicho en relación con tan trascendente asunto, ningún respeto me pueden merecer organizaciones tales como el TAS, la AMA, la UCI, etc. ….visto lo visto, ahora, y en ocasiones precedentes.  Y seguimos diciendo que son honrados, al igual que aquellos que los mantienen.

Competentes tribunales ordinarios es lo que hace falta. Yo no me atrevo a juzgar si el señor Contador ha ingerido voluntaria o inconscientemente la, por otra parte, enorme cantidad de clembuterol que pareciera que con ella hubiera podido batir a todos sus rivales sin bajarse de la bicicleta, o con ella alcanzar la cima del Everest.  Solo él sabe lo que hizo, si es que hizo algo contrario a la ética deportiva.  Pero dado el grado de ignorante parcialidad con el que ha sido condenado, a este servidor de usted no le queda otra que ponerse de su lado.  No para asegurar que es inocente, sino para animarle a que emprenda todas las acciones que considere oportunas ante la justicia ordinaria, que será la que le garantice un juicio justo. O eso es lo que cabría esperar de los tribunales ordinarios y de todas sus instancias.  La lucha contra el dopaje y las prácticas no éticas debe continuar perfeccionando el conocimiento científico y tecnológico y poniéndolo a disposición de los jueces, verdaderos jueces no sucedáneos de tales. Solo así se podrá garantizar la limpieza de los procedimientos.  Y no olvido lo que todavía tengo pendiente con usted: una segunda parte, que será ya tercera, de los buenos caminos y para la cual crea usted que esta circunstancial “atalaya” de hoy sirve perfectamente a modo de prefacio.

Salve

lunes, 6 de febrero de 2012

ATALAYA. En el buen camino, 2ª parte



Al hilo de la anterior atalaya, En el buen camino, un amigo lector me recuerda que Goethe, si es que él hubiera sido, se refería a su preferencia por un poco mas de orden si fuera necesario para garantizar un poco más de seguridad; no sé si fueron exactamente esas las palabras del literato alemán, pero sí en todo caso el sentido que parece que pretendía dar a su reflexión. Está claro que este es un amigo-lector perspicaz, y desde luego leído, cosa que me complace muy sinceramente; por lo leído y mucho más por su amistad.  Le aclaré que había sido consciente de una utilización retórica del pensamiento goetiano (disculpe el vocablo que, por otra parte, el corrector ortográfico ya se encarga de señalarme), en el que basar mi debate personal sobre la relación entre la justicia y la libertad. Aunque debo añadir que no me parecen tan alejados unos de los otros, y que a todos se les podría aplicar el principio de los vasos comunicantes, porque aparenta ser cierto que si añadiésemos mas orden en su correspondiente vaso, habría de elevarse el nivel del de la seguridad.  Mi tesis anterior también se basaba en que haciendo subir el nivel de la justicia, también lo haría el vaso de la libertad.

Juguemos ahora con otra relación: aquella que podría vincular a los cuatro conceptos, que, como fruto de mi contradictorio, conflictivo, controvertido debate íntimo concluyo en considerar elementos básicos en cualquier sociedad democrática, y en todo caso, siempre perfectibles. Juguemos. Si tomamos los cuatro elementos y les atribuimos a cada uno su vaso, y habiendo dejado sentado ya como principio que echar agua en el de justicia no disminuye el nivel del de la libertad, y presuponiendo que más agua en el del orden tampoco disminuye el de la seguridad ¿Qué ocurriría si relacionamos la justicia con el orden? ¿Y si la relacionáramos con la seguridad? ¿Qué ocurriría con el vaso del orden respecto del de la libertad? Y ¿qué de la seguridad con relación a la libertad misma? Lector ¿nos atreveríamos alguno de nosotros a decidir cuáles habrían de ser los niveles más adecuados del agua en cada uno de los vasos? ¿Afectaría su nivel a la calidad democrática de nuestra sociedad? ¿Podría ser que la totalidad de los cuatro vasos fuesen comunicantes entre sí, en los que a la elevación del nivel en uno de ellos le correspondería la misma elevación en los demás, o que fuesen estancos entre sí?

No me parece asunto baladí el debate permanente sobre estas cuestiones, si queremos ir dando respuesta a la problemática cada vez más compleja de las relaciones entre los seres humanos que poblamos el planeta. Ante multitud de vasos, no solo los cuatro mencionados, comunicantes o no, nos estamos enfrentando todos los días, sin que en la inmensa mayoría de ellos seamos conscientes de su transcendencia. Y también me parece importante, en aras precisamente de la deseada y deseable calidad democrática, ir echando cada vez más agua en todos los vasos –agua limpia, por supuesto-, independientemente de que todos fueran comunicantes, que lo fueran por partes (siguiendo la teoría combinatoria, por ejemplo),  o definitivamente estancos; echando agua constantemente se irían creando condiciones de convivencia de mayor perfección. La mención al agua limpia no es gratuita ¿verdad?

Óyeme, me dicen, menudo partido que le estás sacando al comentario del amigo, porque ¿no habías quedado en que seguiría una segunda parte relacionada con la independencia de lo judicial y motivada por los anuncios legislativos del gobierno?  Y lo verdad es que no vemos la relación con lo que queda propuesto. Pues sí que lo hice, y no renuncio a ello, dado que la partida está lejos de haber finalizado; y ¿me censuras que no tiene relación? Pues mira, todo comienza por ahí, por la justicia, por su aplicación en términos de igualdad para todos los ciudadanos. Esto cobra especial interés precisamente en el momento en que un juez, y no un juez cualquiera, sino un proclamado “juez estrella”, está sentado en el banquillo de los procesados.  La aplicación de la ley al igual que se le hubiera de aplicar a cualquiera de nosotros, sin privilegios y sin subterfugios, sería la demostración palpable de que disponemos no ya de un sistema judicial impecable, sino también de unos jueces capaces de hacerlo limpios de condicionantes que no fuesen los estrictamente jurídicos. Debería comenzar aquí lo que pensaba que sería la segunda parte, pero si usted me lo permite lo dejaremos para una tercera.

Salve, querido lector.