domingo, 15 de junio de 2008

Mirador Liberal

Columna publicada en Canal NW, nº 28, junio de 2008

REFLEXIONES DEMOCRÁTICAS

Finalizaba mi anterior columna con una breve referencia a los problemas que estaban surgiendo en torno a la persona de D. Mariano Rajoy inmediatamente después de las elecciones del 9M, y aludía muy especialmente a una suerte de deberes que por él no habían sido hechos a tiempo, y también manifestaba mi intención de referirme con mayor profundidad a tal cuestión, porque me preocupaba, pero ahora, y con todo lo que ha venido ocurriendo de un mes a esta parte, mi preocupación ha ido en aumento; aumento directamente proporcional al vértigo de los acontecimientos.

Con su permiso, querido lector, voy a compartir con usted estas particulares reflexiones, dejando para próximas ocasiones aquellas que habrán de referirse a los otros grandes problemas de Estado enumerados con anterioridad. Pero es que éste es también un problema de Estado, por la transcendente importancia que tienen los partidos políticos en nuestro sistema, y más aún cuando se trata de un partido de representación masiva de ciudadanos y de su papel de equilibrio en el desarrollo de la convivencia democrática.

Debo comenzar por dejar establecidos y refrendados tres aspectos, sobre los que me interesa que no quede en usted, ni por supuesto en mi mismo, el menor asomo de duda: el primero, la consideración de persona seria, responsable y honesta que me merece el Sr. Rajoy, y que así expresé con ocasión de los debates mantenidos con el entonces candidato a la presidencia del gobierno en la pasada campaña electoral –consideración que no ha de verse afectada por puntuales discrepancias ni por la constructiva crítica hacia la corrección de errores; el segundo, es el reconocimiento de mi propia ignorancia sobre lo que realmente está sucediendo en el interior del Partido Popular, y por razones obvias sobre las motivaciones e intereses no explícitos de todos los personajes que forman parte del drama; el tercero, es la confesión de que el posicionamiento ideológico-político del Partido Popular es con el que coinciden mis propias inclinaciones en la materia –también a salvo, claro está, de las discrepancias ¡faltaría más que no las hubiese!, y que se susciten en la expresión y materialización de las tácticas a emplear en cada momento de la vida política.

Dicho lo que antecede, me parece que toca ya referirme a cuáles son los deberes que están por hacer, y no solamente por el Sr. Rajoy, y que veo que se condensan en dos. El primero (que en la humilde opinión de los servidores de usted es el origen de la tempestad), no es otro que el propio Partido Popular no hubiera establecido oportunamente el cauce que permitiese al Sr. Rajoy superar el síndrome de la “dedominación”, y que le viene acompañando desde el mismísimo 2004. Y que conste que no critico la validez del sistema, sino que afirmo y sostengo la conveniencia de haber acometido a su debido tiempo las reformas necesarias, que tal vez hubiesen proporcionado el mismo resultado –es decir, el liderazgo del Sr. Rajoy- sino que, además, éste lo habría obtenido en democrática competencia con otros candidatos.

Se ha perdido la oportunidad de hacerlo en 2004, inmediatamente después de aquella derrota electoral. Se ha vuelto a perder una nueva oportunidad, también inmediatamente de esta segunda derrota, en la que la posición correcta del Sr. Rajoy hubiese sido la de ejercer una presidencia provisional del partido hasta el congreso, y en éste presentar su candidatura si ese fuera su deseo, acompañada de las propuestas programáticas correspondientes y de las personas que compusieran su equipo, también en democrática competencia con otros candidatos, de haberlos. Que no hay otros candidatos, liderazgo y legitimidad indiscutibles para el Sr. Rajoy; que hay otros candidatos y el Sr. Rajoy es elegido, igual de legítimo su liderazgo; que es otro el candidato ganador, liderazgo indiscutible para él y honores indiscutibles para el Sr.Rajoy. Ha de tenerse claro que el liderazgo no es una condición transferible o gratuita, se obtiene convenciendo, se conquista. Y me temo que ya será tarde para el ensayo a la vista de lo que está ocurriendo.

De haber instrumentado un proceso de esta o parecida naturaleza, las diferentes formas y tendencias de entender y ejercer los principios ideológicos del Partido Popular se habrían debatido dentro del congreso, y nunca en las condiciones y lamentables circunstancias en las que se están produciendo. En las últimas semanas se están cometiendo tremendos errores, incluso por personas de trayectoria admirable, que no hubiesen encontrado estímulo si no fuese por este caldo de cultivo pernicioso y corrosivo de lealtades. ¿Quién tiene miedo a la concurrencia? ¿Y qué decir de los llamados compromisarios? Vamos descubriendo el escaso número de militantes a los que representan, que pone en tela de juicio su verdadero “compromiso” –de ahí debería provenir su nombre ¿no? He ahí otra urgente reforma de los procedimientos.

El segundo deber pendiente es el de la comunicación del partido con los ciudadanos, militantes o no, y con lo que algunos llaman “debate de ideas”. Teniendo asumido que si algo fuera especialmente significativo de un partido político son las ideas que lo identifican, el debate debería ser obligatorio y no circunstancial, y nadie debería extralimitarse salvo que lo que con el debate se pretenda sea una ruptura del modelo, principios y valores de los considerados fundamentales, o que el tal debate trate de hurtarse a los instrumentos establecidos para ello. Debe tenerse en cuenta que los rasgos ideológicos tienen, o deberían tener, un carácter de permanencia, y que sobre ellos no es conveniente ejercer más presión que la de la vigilancia de su cumplimiento, salvo casos excepcionales. Otra cosa es el debate sobre cómo hay que hacer llegar a la sociedad esos rasgos y caracteres ideológicos y, sobretodo y muy especialmente, cómo tales rasgos superan en conveniencia cívica, económica y social a los de los partidos oponentes. Está demostrado el contumaz desacierto del Partido Popular en trasladar a importantes capas y sectores de la sociedad la bondad comparativa de sus planteamientos, hasta el punto de que uno mismo, en su incorrección e ingenuidad, pensaría que sus responsables militan en la competencia.

En la búsqueda de la mejor manera de cumplir con los deberes apuntados, es a lo que se deberían aplicar los “valientes” que ahora salen por todas partes, debiendo tener muy presente que, jamás, nadie, ha obtenido rentabilidad alguna haciendo renuncia a lo que se es, o tratando de aparentar lo que no se es; y mucho menos todavía, tratando de parecerse o ajustarse a lo que los oponentes desean. Claro que éstas son sólo opiniones de un simpatizante políticamente incorrecto, y liberal para más señas, que siempre se ha sentido cómodo con quienes defienden con valentía, firmeza y confianza sus convicciones, características tales que en modo alguno excluyen la posibilidad de acuerdos con los diferentes, pero que sí deben excluir posturas acomodaticias que, en contra de las apariencias, no llevan a ninguna parte. Si un servidor ejerciera de militancia, le aseguro lector, que esta incorrección política iría mucho más lejos de estos comentarios, porque de la existencia de un Partido Popular fuerte y unido depende dramáticamente el mejor futuro de España. Créame. Y me preocupa. Nos daríamos cuenta de su trascendencia si acaso lo perdiéramos. No porque perdiésemos al Sr. Rajoy, o a cualquiera de los que pretenden o pudiesen sucederle, no, no, no está aquí el centro de mis preocupaciones. Me estoy refiriendo al partido. Compartiré con usted nuevas incorrecciones políticas.