miércoles, 23 de noviembre de 2011

ATALAYA. LLEGÓ LA HORA




LLEGÓ LA HORA


Las urnas se pronunciaron, con meridiana claridad, por un lado castigando la incompetencia, y por otro atribuyendo altas responsabilidades a quien con contumaz insistencia las estaba reclamando. Y llegó la hora, querido lector, de asumir esas responsabilidades para enfrentarse a un grado de dificultad tal como nunca antes en nuestra historia reciente se habían presentado.

Llegó la hora de afrontar los problemas que aquejan a la sociedad española; bien es cierto que, muchos de ellos ligados, y a veces concurrentes, con los que padecen los países a los que estamos asociados; pero que de ninguna manera deben servir de excusa para resolver aquellos que nos son propios, exclusivos y generados por unas actitudes individuales en gran medida, pero consecuentemente colectivas, instaladas en la autocomplacencia y en el relativismo moral; problemas éstos que nos confieren unas peculiaridades diferenciadas, y de las que somos directamente responsables. Así, el desempleo, el déficit público, las diferencias entre territorios, la confianza en la justicia, la calidad de la educación, la solidaridad con los desfavorecidos y la confianza en nosotros mismos, entre otras, forman parte de tales peculiaridades.

Y créame lector, al igual que me ha creído en anteriores oportunidades, que la tan reiterada, convocada y deseada confianza, condición indispensable para recuperar el crédito que buscamos como país, no pasa sólo por el cumplimiento de los compromisos contraídos frente a terceros -¡ah, esos denostados y vilipendiados mercados!- que tiranizan a los estados con sus pretensiones de cobranza, como si todo aquel que presta o invierte no tuviese como objetivo su recuperación y plusvalía; no sólo pasa por ese cumplimiento, repito, sino que pasa por ofrecer una imagen de país esforzado, riguroso, productivo, ahorrativo, solidario e imaginativo. Digo, sólidamente armado moral y éticamente, como tantas veces he reclamado y seguiré haciéndolo, para mi mismo y para usted, como piedra angular de nuestra convivencia y del progreso.

Haré uso de la libertad que usted me concede, y que yo me tomo, para ir exponiendo sucesivamente opiniones sobre las cuestiones enunciadas, y alguna más que aparezca deducida, o inducida.  Porque lo que a este comentarista le interesa, lector, es compartir con usted preocupaciones y aspiraciones, y situar en su verdadero lugar el espíritu de autocrítica, en primer término (de ahí el declarado conflicto permanente con mi otro yo), y de vigilancia crítica sobre todo cuanto nos concierne, como uno de los mecanismos intelectuales que ya nos hubiera debido conducir a no cometer los errores que ahora tenemos que enmendar.

Esa vigilancia crítica tendrá mucho que ver, en los inmediatos tiempos, con la forma en que afronte sus responsabilidades el partido ganador de las elecciones, su líder y por extensión el nuevo gobierno, al que los ciudadanos le hemos conferido la fortaleza suficiente para hacer lo que deba hacer. La fortaleza es la condición necesaria para cumplir con el mandato surgido de las urnas, y la situación así lo requiere.  Fortaleza que en modo alguno está reñida con la comunicación abierta y con el diálogo honesto y constructivo, pero que hechos todos los considerandos pertinentes, habrá de hacer lo que deba hacer, lo que tenga que hacer, sin cambalaches ni medias tintas.  Eso es lo que deberá proyectar a la sociedad española el nuevo gobierno, y como consecuencia también a la comunidad internacional. Noble y árdua tarea la que el Sr. Rajoy ha de iniciar y dirigir; la hora le ha llegado, Sr. Rajoy. Estaremos vigilantes, y desde esta Atalaya no le faltará el apoyo que usted se merezca. Entretanto, mi amigo lector, sigamos con salud.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

ATALAYA. EL VOTO




EL VOTO

Voy a comenzar con un poco de ironía, tal vez sarcasmo, por términos escuchados en una estupenda reunión a la que tuve la fortuna de asistir ayer, y que para un “viejo rockero” de la informática como este servidor de usted le han resultado hasta divertidos.  Se trata de lo más “in” con lo que se trata de expresar las nuevas formas de utilización, más económicas y eficientes, de los modernos, postmodernos y futuros (bueno, lo del futuro ¿quién sabe?), instrumentos de telecomunicación.  Me quiero referir a los cloud services, y cloud computing. Es decir, todo en las nubes, lo que a su vez pudiera interpretarse como un no saber en dónde están, ni los computadores, ni la fuente de los servicios ¡¡¡fantástico!!!  Y esto es lo que me ha inspirado la pequeña broma referida a una persona a la que espero no tener que referirme más que en muy contadas y esporádicas ocasiones: el señor Rodríguez Zapatero, último hasta ahora presidente del gobierno de España (preciso esto para que no se confunda con otros señores cuyos nombres sean coincidentes con los suyos, que los hay), quien, con sus propias palabras nos ha anunciado que se retira a contemplar las nubes –o algo parecido, vamos. Y dígame, lector amigo ¿cómo puede alguien contemplar las nubes si no ha salido de ellas?  Este señor Rodríguez Zapatero ha vivido permanentemente en las nubes, y a los que pisamos tierra nos ha dejado, nos está dejando, una tan nublada situación que disiparla nos va a costar, cuando menos, sudor y lágrimas; sangre, espero que no. Mi mejor deseo para él es que ¡¡¡siga disfrutando de sus nubes, y en las nubes!!! Paraj …s de la vida (la jota está bien situada, eh, no se piense en un error).

Pero no crean mis lectores que esta broma no tiene nada que ver con el voto, con el voto cuyo derecho ejerceremos el próximo día 20, no piensen ustedes en otro tipo de votos. Y les confieso que elegí tal título para la presente atalaya, inducido por los comentarios de algunos de ustedes que me leen –estimulante realidad para mí- y que ellos mismos se reconocerán.  Insistía en mi anterior atalaya en la conveniente y responsable decisión de votar, y de hacerlo masivamente, con el fin de expresar con nítida claridad los deseos e interés de los ciudadanos por cómo han de ser gestionados los asuntos públicos; y me refería al voto en blanco como una de las opciones responsables. Debo insistir en que así lo sigo considerando, aunque quiero dejar muy claro que no es la de mi preferencia y que estoy muy lejos de intentar inspirar a alguien a que la ejerza.  También quiero dejar muy claro que cualquier opción es igual de legítima y de lícita que las otras.  Pero a partir de aquí ya me quiero referir a la responsabilidad; y me explicaré.

He oído que es de muy mala educación citarse a uno mismo.  Es cierto.  Pero en este momento este servidor se encuentra legitimado para hacerlo.  Me referí, recuerdo que con anterioridad a las elecciones de 2008, en aquellas reflexiones que compartía con usted, tanto en el blog como en algunos medios de comunicación escritos, a la responsabilidad que teníamos, y que seguimos teniendo, claro, porque nadie nos ha liberado de ella, de elegir a los mejor preparados, más competentes y mejor intencionados candidatos a gestionar los asuntos públicos. Y entonces, en aquel momento, no lo fuimos, no acertamos, no quisimos ver la realidad, nos sentíamos confortablemente asentados en aquella situación, y elegimos por segunda vez a Mr. Cloud.  Y de aquellos polvos estamos ahora en estos lodos. Y hétenos aquí, que aún me voy a implicar más, dado que esta atalaya será, con toda probabilidad, la última hasta después del día 20, trasladándole a usted la siguiente pregunta ¿es responsable votar a quienes con sus acciones de des-gobierno han sido partícipes de la “nube”, y del sudor y las lágrimas que nos costará disiparla?  Y sigo esperando que sangre no, al menos mientras ETA crea que se va cumpliendo la hoja de ruta pactada con total desvergüenza. Lágrimas de emoción han dicho algunos que sentían ¡¡¡de cocodrilo, o de vergüenza, dice este comentarista de usted!!!   Disculpe la longitud de esta atalaya, y vote, con salud, pero por favor, vote.

jueves, 10 de noviembre de 2011

ATALAYA. CATARSIS

                          


CATARSIS

         Leí hace unos días el comentario de uno de los más prestigiosos periodistas de opinión política en el que afirmaba que una derrota tan abultada del Partido Socialista Obrero Español como la que apuntan las encuestas, no era bueno para España. No puedo estar más en desacuerdo con tal afirmación. Le diré a usted, lector, las razones de mi desacuerdo, pero me parece oportuno hacer una reflexión previa, que no por ya mencionada en otras oportunidades tiene menos importancia. La reflexión comienza por la imperiosa necesidad de que, en una sociedad moderna, forme parte de ella una representación socialista, de la misma manera que lo hacen otras formaciones adscritas a la social-democracia, o a corrientes liberales y conservadoras. Esa es mi confesa y reiterada opinión. Dicho ésto, y como consecuencia de una controvertida discusión con mi impenitente e incansable segundo yo, compartiré con usted en qué fundamento mi discrepancia, y la razón del título de la Atalaya de hoy.

            Hay al menos dos conveniencias para que el socialismo español sufra una derrota lo más amplia posible, y ello no tiene nada que ver con mis preferencias por una representación ideológica diferente. Ha de ser lo más amplia posible para que sus militantes puedan provocar una catarsis que les conduzca a una regeneración efectiva de su partido, que de otro modo no harían, porque la elite burocrática que lo domina y controla continuaría con el poder del mismo independientemente de los congresos postelectorales que llegaran a convocar.  Una derrota estrepitosa les dejaría sin argumentos para defender sus posiciones. Y esta catarsis sería una oportunidad inmejorable para el propio partido. E aquí la primera conveniencia.

            Y la segunda, inmejorable para España.  Porque España necesita de un partido socialista coherente con su ideología –aún reconociendo la necesidad de la adaptación de sus principios históricos a las necesidades actuales de la sociedad a la que tiene que servir (a la sociedad en su conjunto, eh); que tenga un proyecto transparente de país, confrontable con los proyectos de sus oponentes y alejado de maniobras ocultas amparadas por, o en defensa de, intereses de grupos que conculcan los denominados generales.  Y esto que digo en esta oportunidad en relación con el Partido Socialista Obrero Español, sirve para cualquier otro partido del espectro ideológico, a los cuales no les sobra, de tanto en cuanto, pasar por la referida catarsis. Es el precio que los dirigentes políticos han de pagar por sus abusos de confianza, cuando no por la indecencia y la mendacidad.  Déjeme, lector, hacer aquí mención a la inmensa mayoría de actores políticos (amigos tengo en todo el abanico ideológico, a los que quiero y respeto), trabajadores y honestos y que deseo que no se sientan aludidos por la presente diatriba. Mi reflexión no va contra ellos, y ellos saben muy bien que este humilde comentarista ama hasta aquellos que con él no están de acuerdo.

            Y ahora lo que toca es votar.  Votar masivamente; a la formación de su preferencia, amigo lector, o en blanco si usted quiere, pero votar; porque el voto ejercido significa, o debería significar, que los ciudadanos estamos interesados por la cosa pública, y que aún desencantados, y a veces sí indignados, nos interesamos por la  forma en que se nos ofrece gestionar los asuntos públicos y que demostramos también estar dispuestos a penalizar el incumplimiento de los compromisos políticos adquiridos. No es cierto que la abstención favorezca a tal o cual partido político, porque es imposible saber lo que piensa el ciudadano que se abstiene, sólo es objeto de especulaciones interesadas.  Pero sí se sabe, y con meridiana claridad, lo que quiere el que vota.  Créame, lector, y vote con salud.

lunes, 7 de noviembre de 2011

ATALAYA. NO LE CONCEDO ...

                                     

NO LE CONCEDO a nadie una dosis mayor de alegría que la que yo siento con el anuncio de ETA de abandonar definitivamente -¿es eso lo que han dicho, verdad?- el uso de las armas. Dicho esto, y para que no quede ninguna duda de que cualesquiera que fueran otras opiniones mías al respecto, eso, lo del abandono del uso de las armas, ya que no el abandono de ellas, en eso, en la alegría que me produce tal hecho, no le concedo a nadie, ni superior alegría, ni superioridad moral para sentirla. Que quede bien claro. Sin embargo, voy a centrar la atalaya de hoy en ETA, cuando ya no tenía la intención de hacerlo, pero sucede que, cuando decían por activa y por pasiva que este asunto no iba a formar parte de la campaña electoral (ya me dirán ustedes cuándo ETA no ha formado parte de alguna de las campañas electorales; este amigo de ustedes no recuerda ni una, porque entrar en las campañas electorales forma parte de la propia esencia de los medios que la organización terrorista ha venido utilizando, de una manera u otra, para lograr sus fines), hay un partido político que a falta de mejores propuestas, alguno de sus protagonistas principales lo introducen casi, casi, como producto estrella; y al hilo de ello leo tales repugnantes expresiones que no me resisto a entrar yo mismo en campaña.

¿Cómo es posible tamaña desvergüenza?  La desvergüenza de atribuir a la oposición, no ya obstruccionismo en la lucha antiterrorista (lucha sí, + negociación, aunque lo nieguen), que ya es el colmo visto lo visto, sino también supuestos intentos de que tal declaración no se produjese ahora. Lo que se deduce con toda facilidad de esas imputaciones es exactamente lo contrario de lo que tratan de hacer creer: una intencionada prisa porque se produjese precisamente ahora, junto con la teatralización de aquel Congreso para la Paz, del que ha salido, letra por letra, el texto del comunicado de la banda terrorista. Esta vez, mi otro yo está plenamente de acuerdo conmigo en que han seguido la universal fórmula de ocultar las vergüenzas propias para desviar la atención sobre ellas y atribuírselas a terceros.

En tan vano intento como el de hacer creer a la ciudadanía que nada han tenido que ver en la crítica situación que atraviesa España, y le voy a hacer a usted, amigo lector, gracia de no enumerar ninguno de los problemas que tan bien conocemos, y a falta de propuestas que no hicieran preguntarse a los votantes ¿pero no eran éstos los que estaban gobernando? Si tenían soluciones ¿cómo es que no las aplicaban? A falta de esa credibilidad, su única esperanza, y a ella se han aplicado con toda sus fuerzas y a toda velocidad, era este comunicado de los terroristas-asesinos, para cuya consecución no han escatimado recursos, entre ellos el más valioso de todos: la dignidad de las víctimas y del estado de derecho, a los que han dejado literalmente a los pies de los caballos.  Confío en que no les sirva de nada. Pero ya verá usted, amigo mío, lo que va a costar arreglar este desaguisado.  Mucho más, muchísimo más, se lo aseguro, que arreglar la economía con lo duro y  sacrificado que resultará.  Y de economía hablaré con usted en breve; hoy no toca, para no mezclar asuntos que, al menos en apariencia, nada tienen que ver, pero sólo en apariencia como en su momento veremos.  Con mis liberales saludos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

ATALAYA. NO PUDE APLAUDIR




En el extraordinario acto anual en el que El Correo Galllego entrega sus premios de Gallegos del Año, fue galardonada con el correspondiente a este año 2011, Dña. María Emilia Casas, pasada Presidente del Tribunal Constitucional. No critico ni los criterios seguidos por el Jurado, constituído por personalidades de absoluta garantía –cualquiera que sea la perspectiva desde la que se les quisiera considerar- ni las razones que les condujeron a la adjudicación del galardón, que también respeto absolutamente.  Como también siento el máximo respeto por el derecho del galardonado, en este caso el que poseía Dña. María Emilia Casas, a elegir y a elaborar el discurso con el que agradecería la distinción recibida.  Pero dicho todo esto, querido lector amigo, no pude, no pude sumarme al aplauso que la ocasión requería; NO PUDE APLAUDIR.

Acepto las virtudes personales que adornan a la galardonada; acepto su valía académica avalada por su cátedra y por sus publicaciones; acepto incluso el hecho afectivo de su monfortina galleguidad (por algo se trata de premiar a gallegos). Nada que objetar a todas esas cuestiones que tienen que ver con su persona. ¿Cuáles fueron entonces las razones que frenaron mi natural impulso al aplauso?  Porque, créame lector ¿cómo resistirse al aplauso en un acto como el citado, en el que todo se conjuga para favorecerlo?  Pues fueron DOS esas razones, y ambas contenidas en su discurso, y que ahora paso a explicarle a usted.

LA PRIMERA, el para mí inaceptable elogio de la labor del Tribunal Constitucional, de cuyas decisiones tan transcendentales de los últimos años ella es corresponsable.  Para este comunicante, con el Tribunal Constitucional habría que hacer una de dos cosas: hacerlo desaparecer o convertirlo en una Sala del Tribunal Supremo; si mi otro yo y yo mismo tuviéramos que pronunciarnos por una de ellas, lo haríamos por la segunda, y también la justificaremos.  Pero en cuanto a su actuación, y sólo como muestra, no resulta difícil recordar la “enorme diligencia” con la que se produjeron en relación con la sentencia sobre el Estatuto de Cataluña, y la esperpéntica resolución emitida en el proceso de legalización de Bildu, superponiéndose a una sentencia del propio Tribunal Supremo, patentizando su verdadera implicación en la política (qué digo, de dos partidos políticos).  Por otra parte ¿cómo digerir que una importante mayoría de sus componentes no pertenezcan a la magistratura; es decir, que no sean jueces?  Este servidor de usted, no puede, de ninguna manera aplaudir ningún tipo de elogio a este llamado tribunal, lo pronuncie quien lo pronuncie.

Y ¿en qué descansaría nuestra tesis de convertir el TC en una Sala del Tribunal Supremo?  Su desaparición haría recaer en las otras Salas los asuntos que tuviesen que ver con la materia constitucional, y siempre habrá situaciones que requieran su actuación, con lo cual estaría plenamente justificada la existencia de una Sala de lo Constitucional, al igual que existen otras de distintas especialidades o materias; pero lo que no puede suceder es que un tribunal, llámese comoquiera, disfrute de una jurisdicción superior a la del Supremo, porque sino éste pierde su condición, o se le retira tal denominación. Tribunal Supremo en materia de Justicia supone que sus sentencias hayan de ser inapelables; de lo contrario, de supremo, poco.

LA SEGUNDA, la irresponsable y falta de realismo alegría por la “derrota de ETA” –tales fueron sus palabras- abundando en el políticamente correcto aserto de “sin contrapartidas políticas”. ¿Es que acaso no ha sido una concesión política la sentencia del TC que ha permitido la legalización de Bildu y su irrupción en las instituciones vascas?  ¿Es que ello no va a traer como consecuencia, también, la irrupción de Amaiur en las instituciones nacionales?  Todo ello echando por tierra el trabajo de los mayoritariamente honestos miembros de los cuerpos de seguridad del Estado y, por qué no decirlo también, de numerosísimos jueces cuya actuación se mediatiza por condicionamientos políticos, y la encomiable y nunca suficientemente valorada resistencia de las víctimas. Todavía están por calcular los efectos que tales concesiones vayan a tener en la supervivencia de España como nación.  Para empezar, que se vayan preparando los nacionalistas del PNV a su pérdida de hegemonía: ya serán otros los que recojan las nueces; es decir, los mismos que siempre han sacudido el árbol. El árbol y las vidas.  ¿Podría una persona con valores parecidos a los de este servidor de usted aplaudir un discurso con tales contenidos?

                                   Manuel Balseiro González.