LLEGÓ LA HORA
Las urnas se pronunciaron, con
meridiana claridad, por un lado castigando la incompetencia, y por otro
atribuyendo altas responsabilidades a quien con contumaz insistencia las estaba
reclamando. Y llegó la hora, querido
lector, de asumir esas responsabilidades para enfrentarse a un grado de
dificultad tal como nunca antes en nuestra historia reciente se habían
presentado.
Llegó la hora de afrontar los
problemas que aquejan a la sociedad española; bien es cierto que, muchos de
ellos ligados, y a veces concurrentes, con los que padecen los países a los que
estamos asociados; pero que de ninguna manera deben servir de excusa para
resolver aquellos que nos son propios, exclusivos y generados por unas
actitudes individuales en gran medida, pero consecuentemente colectivas,
instaladas en la autocomplacencia y en el relativismo moral; problemas éstos
que nos confieren unas peculiaridades diferenciadas, y de las que somos
directamente responsables. Así, el desempleo, el déficit público, las
diferencias entre territorios, la confianza en la justicia, la calidad de la
educación, la solidaridad con los desfavorecidos y la confianza en nosotros
mismos, entre otras, forman parte de tales peculiaridades.
Y créame lector, al igual que me
ha creído en anteriores oportunidades, que la tan reiterada, convocada y
deseada confianza, condición
indispensable para recuperar el crédito que buscamos como país, no pasa sólo
por el cumplimiento de los compromisos contraídos frente a terceros -¡ah, esos
denostados y vilipendiados mercados!- que tiranizan a los estados con sus
pretensiones de cobranza, como si todo aquel que presta o invierte no tuviese
como objetivo su recuperación y plusvalía; no sólo pasa por ese cumplimiento,
repito, sino que pasa por ofrecer una imagen de país esforzado, riguroso,
productivo, ahorrativo, solidario e imaginativo. Digo, sólidamente armado moral
y éticamente, como tantas veces he reclamado y seguiré haciéndolo, para mi
mismo y para usted, como piedra angular de nuestra convivencia y del progreso.
Haré uso de la libertad que usted
me concede, y que yo me tomo, para ir exponiendo sucesivamente opiniones sobre
las cuestiones enunciadas, y alguna más que aparezca deducida, o inducida. Porque lo que a este comentarista le
interesa, lector, es compartir con usted preocupaciones y aspiraciones, y
situar en su verdadero lugar el espíritu de autocrítica, en primer término (de
ahí el declarado conflicto permanente con mi otro yo), y de vigilancia crítica
sobre todo cuanto nos concierne, como uno de los mecanismos intelectuales que
ya nos hubiera debido conducir a no cometer los errores que ahora tenemos que
enmendar.
Esa vigilancia crítica tendrá
mucho que ver, en los inmediatos tiempos, con la forma en que afronte sus
responsabilidades el partido ganador de las elecciones, su líder y por
extensión el nuevo gobierno, al que los ciudadanos le hemos conferido la
fortaleza suficiente para hacer lo que deba
hacer. La fortaleza es la condición necesaria para cumplir con el mandato
surgido de las urnas, y la situación así lo requiere. Fortaleza que en modo alguno está reñida con
la comunicación abierta y con el diálogo honesto y constructivo, pero que
hechos todos los considerandos pertinentes, habrá de hacer lo que deba hacer,
lo que tenga que hacer, sin cambalaches ni medias tintas. Eso es lo que deberá proyectar a la sociedad
española el nuevo gobierno, y como consecuencia también a la comunidad
internacional. Noble y árdua tarea la que el Sr. Rajoy ha de iniciar y dirigir;
la hora le ha llegado, Sr. Rajoy. Estaremos vigilantes, y desde esta Atalaya no
le faltará el apoyo que usted se merezca. Entretanto, mi amigo lector, sigamos
con salud.