En el extraordinario acto anual en el que El Correo Galllego
entrega sus premios de Gallegos del Año, fue galardonada con el correspondiente
a este año 2011, Dña. María Emilia Casas, pasada Presidente del Tribunal
Constitucional. No critico ni los criterios seguidos por el Jurado, constituído
por personalidades de absoluta garantía –cualquiera que sea la perspectiva
desde la que se les quisiera considerar- ni las razones que les condujeron a la
adjudicación del galardón, que también respeto absolutamente. Como también siento el máximo respeto por el
derecho del galardonado, en este caso el que poseía Dña. María Emilia Casas, a
elegir y a elaborar el discurso con el que agradecería la distinción
recibida. Pero dicho todo esto, querido
lector amigo, no pude, no pude sumarme al aplauso que la ocasión requería; NO PUDE APLAUDIR.
Acepto las virtudes personales que adornan a la galardonada;
acepto su valía académica avalada por su cátedra y por sus publicaciones;
acepto incluso el hecho afectivo de su monfortina galleguidad (por algo se
trata de premiar a gallegos). Nada que objetar a todas esas cuestiones que
tienen que ver con su persona. ¿Cuáles fueron entonces las razones que frenaron
mi natural impulso al aplauso? Porque,
créame lector ¿cómo resistirse al aplauso en un acto como el citado, en el que
todo se conjuga para favorecerlo? Pues
fueron DOS esas razones, y ambas
contenidas en su discurso, y que ahora paso a explicarle a usted.
LA PRIMERA, el para mí
inaceptable elogio de la labor del Tribunal Constitucional, de cuyas decisiones
tan transcendentales de los últimos años ella es corresponsable. Para este comunicante, con el Tribunal
Constitucional habría que hacer una de dos cosas: hacerlo desaparecer o
convertirlo en una Sala del Tribunal Supremo; si mi otro yo y yo mismo
tuviéramos que pronunciarnos por una de ellas, lo haríamos por la segunda, y
también la justificaremos. Pero en
cuanto a su actuación, y sólo como muestra, no resulta difícil recordar la
“enorme diligencia” con la que se produjeron en relación con la sentencia sobre
el Estatuto de Cataluña, y la esperpéntica resolución emitida en el proceso de
legalización de Bildu, superponiéndose a una sentencia del propio Tribunal
Supremo, patentizando su verdadera implicación en la política (qué digo, de dos
partidos políticos). Por otra parte
¿cómo digerir que una importante mayoría de sus componentes no pertenezcan a la
magistratura; es decir, que no sean jueces?
Este servidor de usted, no puede, de ninguna manera aplaudir ningún tipo
de elogio a este llamado tribunal, lo pronuncie quien lo pronuncie.
Y ¿en qué descansaría nuestra tesis de convertir el TC en
una Sala del Tribunal Supremo? Su
desaparición haría recaer en las otras Salas los asuntos que tuviesen que ver
con la materia constitucional, y siempre habrá situaciones que requieran su
actuación, con lo cual estaría plenamente justificada la existencia de una Sala
de lo Constitucional, al igual que existen otras de distintas especialidades o
materias; pero lo que no puede suceder es que un tribunal, llámese comoquiera, disfrute
de una jurisdicción superior a la del Supremo, porque sino éste pierde su
condición, o se le retira tal denominación. Tribunal Supremo en materia de
Justicia supone que sus sentencias hayan de ser inapelables; de lo contrario,
de supremo, poco.
LA SEGUNDA, la
irresponsable y falta de realismo alegría por la “derrota de ETA” –tales fueron
sus palabras- abundando en el políticamente correcto aserto de “sin contrapartidas
políticas”. ¿Es que acaso no ha sido una concesión política la sentencia del TC
que ha permitido la legalización de Bildu y su irrupción en las instituciones
vascas? ¿Es que ello no va a traer como
consecuencia, también, la irrupción de Amaiur en las instituciones
nacionales? Todo ello echando por tierra
el trabajo de los mayoritariamente honestos miembros de los cuerpos de
seguridad del Estado y, por qué no decirlo también, de numerosísimos jueces
cuya actuación se mediatiza por condicionamientos políticos, y la encomiable y
nunca suficientemente valorada resistencia de las víctimas. Todavía están por
calcular los efectos que tales concesiones vayan a tener en la supervivencia de
España como nación. Para empezar, que se
vayan preparando los nacionalistas del PNV a su pérdida de hegemonía: ya serán
otros los que recojan las nueces; es decir, los mismos que siempre han sacudido
el árbol. El árbol y las vidas. ¿Podría
una persona con valores parecidos a los de este servidor de usted aplaudir un
discurso con tales contenidos?
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