viernes, 29 de febrero de 2008

Ciudadanía y Ética antes las elecciones II

El ser humano y sus valores. CIUDADANIA Y ETICA (II)

(Publicado en CANAL NW, nº 21, noviembre 2007)


Querido lector, continuamos compartiendo nuestras reflexiones sobre estos aspectos que, desde un punto de vista ético, afectan a todos los comportamientos de los ciudadanos. Nos habíamos referido a la mentira, considerándola, implícitamente, el vicio intelectual y espiritual seguramente más opuesto a todo cuanto afecta a la dignidad individual y colectiva de los seres humanos, y, por consiguiente a uno de los valores que nos hace más fuertes, como personas y como sociedad, la verdad. Y, créanos lector, que cuando citamos la mentira, estamos excluyendo aquellas formas de mentir que utilizamos los seres humanos con carácter humorístico, piadoso o caricaturesco, y que no tiene por qué representar daños morales para quien, circunstancialmente, las utiliza, ni para las terceras personas a las que pudiesen afectar. No. Nos estamos refiriendo a la utilización de la mentira, en su forma intencionada y sostenida en el tiempo para el logro de fines particulares, y con resultados transcendentes tanto para la tranquilidad de los individuos como para la convivencia en sociedad. Algunas veces no tengo más remedio que acudir a ejemplos literarios y traerlos en ayuda de mis discusiones con ese YO al que constantemente me refiero, pero que gracias a él uno es capaz de poner negro sobre blanco los resultados del debate intelectual interno. Shakespeare es el autor que, tal vez, nos suministra el más completo material para el análisis de estas cuestiones.

Si tomamos el ejemplo de cómo la trama de insidiosas mentiras provocan tal grado de excitación en Otelo, provocando el asesinato de Desdémona y su propio suicidio, podemos ir dándonos cuenta de cómo la frialdad y el interés deshonesto en la manipulación de hechos y apariencias consigue influir de tal manera en una mente ciega para el análisis desapasionado, y provoca un resultado de desesperación y muertes. No tratamos, amigo lector, de enumerar en esta columna de opinión la larga serie de episodios de ficción, creados por innumerables literatos, que se pueden encontrar en cualquiera de los diccionarios de obras y de personajes disponibles por doquier en todas las bibliotecas, y en todos los idiomas. Pero, como siempre, antes o después, la realidad viene a superar a la ficción. Y con resultados mucho más catastróficos, porque sólo con que nos refiriésemos a algunos de los trágicos acontecimientos del pasado siglo XX, ya tendríamos con qué horrorizarnos. ¿Qué otro sentimiento que no fuera el del horror podría producirnos la pretendida superioridad de una raza sobre otra? Pretendida superioridad que descansó sobre la invención calculada de un individuo y de sus sicarios, y que sus conciudadanos del momento no fueron capaces de rechazar, y sí en cambio de aceptar aquella ética discriminatoria, convencidos de que les colocaba en una situación de predominio sobre todos los demás. Y encima, creían que era cierto. Y algunos todavía lo creen en su particular interpretación de las cosas. Esperamos que no sea necesario reproducir tan infausto nombre, porque usted, lector amigo, está en perfectas condiciones de identificarlo, tanto el del líder como el del movimiento político que inspiró. La mentira elevada a condición de sublime.

Y usted, junto con nosotros, también sabrá identificar los casos vivos de nuestra actualidad, por lo que tampoco consideramos necesario relacionar la enorme cantidad de situaciones políticas y sociales que, basadas en el imaginario consciente o inconsciente, y en la actitud salvífica de personajes que han infectado, e infectan, gran cantidad de capítulos de la Historia, con resultados homologables unos con otros, pero que casi siempre acaban en tragedia, y, cuando menos, en graves perturbaciones de la convivencia. Es el drama de la Historia, como ha sido calificado por historiadores y filófosos. Si todos los ciudadanos a los que les ha tocado vivir cada momento de su particular historia hubiesen ejercido sus responsabilidades bajo el valor ético y supremo de la verdad, jamás hubiesen tenido cabida tales trágicas aventuras. Pero, lector, nosotros sostenemos que en el conjunto de nuestras sociedades actuales existen pluralidad de éticas: aquellas que se acomodan a los objetivos particulares de cada grupo social o político, que crean su propia escala de principios y valores; eso sí, utilizando los términos con cuyo significado real la inmensa mayoría de nosotros no podríamos por menos que estar de acuerdo. Se apoderan del lenguaje de forma tal que lo subsidiario pasa a ser prioritario, lo aparente se convierte en real, y la esencia y el rigor en el análisis de la realidad la califican como actitudes políticamente incorrectas y socialmente perseguibles. Y además, lo hacen. Y nos sentimos preocupados, y perturbados. Y déjennos repetirle que queremos que usted también se preocupe y se perturbe. Será un buen camino para provocar y defender el sano debate de la evolución y, como consecuencia, evitar perniciosas y peligrosas complicidades.

Veamos algunos ejemplos de incorrección política y de persecución de la discrepancia. Uno: la supuesta evidencia de que a partir del ADN una raza tenga niveles superiores de inteligencia sobre otras. Y de ser cierto ¿Qué? ¿Algún problema con eso? Demostrándose la certeza de tal suposición, nada habría de cambiar el panorama social, muy al contrario; el mestizaje étnico, del que somos fervientes partidarios, abriría enormes posibilidades de elevación del intelecto de todos y de la desaparición de todo tipo de diferencias, y no sólo la de ésta, si fuese cierta. Estos servidores que a usted escriben la cuestionan, al entender que existen más, muchas más consideraciones a tener en cuenta, y no sólo las derivadas del análisis del ADN, en la valoración de los rasgos que nos pudieran diferenciar. Sin embargo, la sola mención de tal posibilidad acarrea para quien comete tamaña osadía, las más feroces descalificaciones. ¿Dónde está aquí, y para este caso concreto, el debate científico riguroso y abierto? Parece como si se prefiriese, matando al mensajero, no caer en la incorrección política de molestar a los que, en virtud de tal tesis, no resultasen favorecidos por el análisis. Parece como si el conocimiento científico hubiese saldado ya todas las cuestiones, y cualquier cosa que discuta o suscite la controversia con lo oficialmente establecido debiera ser erradicada, y sus promotores perseguidos. Así se va escribiendo la historia. Pero siempre los incorrectos a fuerza de plantear e impulsar lo controvertido han conseguido desmontar mitos y clarificar falsedades, devolviendo a la sociedad a la realidad de las cosas y a las esencias de la Ética. Continuaremos con otros ejemplos, y entretanto, nosotros celebramos lo incorrecto ¿Y usted?

¿Qué vamos a hacer ahora? Aceptar lo que el poder establece como correcto, o, mantenernos en nuestra constructiva y crítica incorrección.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Corrección política y elecciones (II)

ATALAYA, 41 Publicada en El Correo Gallego, 2 de diciembre de 2007

LOS CAMINOS DE LA CORRECCION POLITICA (II)

Queremos seguir refiriéndonos, querido lector, a diversas cuestiones cuyo pronunciamiento puede merecer el calificativo de “políticamente correcto”, o, por el contrario, someterse a los peores calificativos y a ser anatemizado con tintes heréticos. En nuestra anterior comunicación sobre esta materia nos referíamos ya un ejemplo concreto: al discrepante, y al final secesionista, movimiento dentro del socialismo español con la consecuente creación de un nuevo partido político. Y se le parece, mi contradictorio y siempre conflictivo yo, vamos a seguir desgranando nuestras discrepancias con los calificativos de correcto e incorrecto con los que nos puedan obsequiar. Discutimos a tenor del ambiente creado en torno a la denominada Ley de Memoria Histórica, merced a la cual se estipula correcto rendir tributo a los asesinados, desaparecidos o torturados del bando republicano, que nos parecería bien si no se hubiese hecho ya; y todavía nos parecería mejor que, al mismo tiempo se rindiese el mismo tributo a los que padecieron la misma suerte de los del bando nacional, porque al margen de los tiempos –queremos diferenciar entre épocas: preguerra, guerra y posguerra, durante las cuales cada quien ha tenido su particular protagonismo, todos, todos fueron víctimas de idénticas barbaridades.

En una anterior ocasión ya manifestábamos nuestro desagrado, es decir nuestra incorrección política, incluso hasta con la denominación, porque entendemos que la memoria es una característica del cerebro que permite mantener vivo el recuerdo, pero a título individual, en el cerebro de cada persona; rechazamos la supuesta memoria colectiva, porque las colectividades no tienen más memoria que la de los individuos que la componen, y la de éstos es singular y particular, nunca colectiva. Queda dicho lo que se refiere a la memoria. Pero qué decir de la historia. La historia se contiene en los documentos en los que ésta se registra. Ligar la parte del cerebro de cada individuo con los archivos en los que la historia ha quedado reflejada mediante una ley, pareciera querer acomodar ésta –la ley- a particulares intereses ignorando los supremos que toda ley ha de perseguir: la ordenación de la convivencia; y en este sentido ¿consigue esta ley mejorar la convivencia entre los españoles?

En nuestra incorrección política nos atrevemos a plantear que es precisamente perturbar la convivencia los objetivos que persigue, pero ¿en beneficio de quién? Estoy seguro de que usted lector no lo sabe, y estos servidores, tampoco. Pues qué pena ¿no? Perturbar la convivencia sin saber a quien beneficia. ¿O es que sí se sabe? ¿Lo sabemos? ¡Ah, gran motivo éste para la reflexión! Porque, realmente ¿no nos da que pensar que se urda tal conspiración –ésto sí que tiene todo el aspecto de una conspiración- perturbadora a todas luces, sin ningún objetivo determinado? ¿De tal manera llegaríamos a tener nuestras facultades críticas condicionadas que nos impidiese reconocer qué intereses han animado a sus promotores? Aquí, mi otro yo, y yo mismo, nos negamos a aceptar como correcto, lo que siendo en su naturaleza incorrecto, se nos quiere imponer como correcto, y además, por imperativo legal. Pero verá usted lector, cómo, andando el tiempo, una ley, ésta, se cambiará por otra (como siempre ocurre), y lo que ahora es políticamente correcto, pasará a ser incorrecto, y así sucesivamente. ¿A qué jugamos? O ¿A qué juegan?

Otra cuestión de incorrección política viene dada por la crítica a la decisiones judiciales. Vamos, ni que los jueces fuesen seres infalibles, y que tal modernos oráculos, sus sentencias hubieran de ser consideradas como dogmas de fé, y que en su virtud nos obligásemos a no considerar más cuestiones que las que constituyen los sumarios; es decir, cuando existen “considerandos” no contemplados, o contemplados equívocamente. No podemos sustraernos a la muy reciente sentencia sobre el terrible atentado del 11 de marzo de 2004, en cuyo proceso, entre falsificación y ocultación de pruebas, entre contradictorias declaraciones, entre confidentes que sabían pero no lo decían, entre miembros de los cuerpos de seguridad que decían lo que no sabían y no decían lo que sabían, y, la aparentemente probada ejecución material por parte de unos cuantos disminuídos mentales, incapaces por sí mismos de urdir –aquí sí que podemos utilizar tal verbo- urdir la trama del atentado y su oportunidad, nos encontramos con que, realmente, no sabemos casi nada. ¿Cómo te atreves a decir tales cosas? Naturalmente.

La investigación para determinar la autoría de cualquier crimen requiere cumplir con los siguientes requisitos: que haya cuerpo del delito, arma homicida, móvil del crimen y beneficiarios del mismo; cherchez la femme, dicen los franceses cuando los escritores en esta lengua se refieren a estos dos últimos puntos. Según ésto, sobre lo que ya nos hemos pronunciado en otras oportunidades ¿qué se considera probado? Se nos dice que todo. Pues no, amigo lector. Del arma homicida sólo conocemos una sarta de indefiniciones, falsificación de análisis, informes contradictorios y aparición y desaparición, muy sospechosas, de materiales. Del móvil, se nos dice que, éste no tiene nada que ver con la guerra de Irak (¡hombre! ¿no quedamos en que todo tenía su origen en tal guerra, y que el atentado era la venganza de Al Quaeda?). Y de la “femme” ¿qué? Es decir ¿dónde está el obscuro objeto del deseo, las verdaderas motivaciones de tan execrable crimen? En nuestra indestructible, inquebrantable incorrección, queremos que se siga investigando. Los espíritus de las víctimas, directas e indirectas; los espíritus henchidos por ansias de libertad y de justicia y dignidad, exigen que se siga investigando, hasta el final. Y que todos los actores y autores, sean quienes fueren y de donde fueren, paguen por sus crímenes. Nosotros no descansaremos ¿y usted?

martes, 26 de febrero de 2008

Corrección Política y elecciones

DESDE MI ATALAYA, 39 Publicada en El Correo Gallego, 11 noviembre 2007

LOS CAMINOS DE LA CORRECION POLITICA

Muy frecuentemente, podríamos decir que cotidianamente, se califica tal o cual actitud, frase o actividad, como políticamente correcta. Y, al final, uno no tiene más remedio que preguntarse ¿qué demonios significa esto de la corrección política, o de lo políticamente correcto? Parece ser que se le atribuye esa calificación a todo cuanto complace al poder establecido, en cualquiera de sus facetas, y en último término también a todo lo que no molesta o no perturba la comodidad de nuestras vidas. En consecuencia, pasa a ser políticamente incorrecto, justamente todo aquello que ha contribuido al avance de nuestras sociedades y a la elevación de nuestras condiciones de vida, ya sea desde el desarrollo de la ciencia y el conocimiento científico y tecnológico, ya sea desde la renovación de estructuras sociales, desde la sustitución de modelos económicos, o desde la evolución en la forma de administrar y gestionar los recursos materiales e intelectuales: a la postre, lo que se les ha venido a llamar por los teóricos de la cosa, al menos a algunos de estos avances, “cambios de paradigma”.

Bajo los efectos de la discusión con mi inseparable yo, que usted lector ya conoce como a mí mismo, decido establecer para mí y compartir con usted, que en toda esta evolución a la que implícitamente nos estamos refiriendo, y a lo políticamente incorrecto de cada época, el denominador común no es otro que la puesta en valor del espíritu crítico, a la búsqueda permanente e inquebrantable de la verdad, y que siempre, siempre, acaba en discrepancia con los poderes establecidos, cualquiera que fuera la naturaleza de éstos.

Viene esta discusión a cuenta de la necesidad de ejercer todas las capacidades que hayamos sido capaces de desarrollar, para analizar con desapasionamiento y rigor crítico, todo cuanto nos rodea. Desde luego, esta actitud es la que nos preside y que venimos tratando de trasladar a cualquier forma de debate: íntimo o social en sus diversas formas de representación y expresión. La condición, necesaria aunque no suficiente, para generar un debate de tal naturaleza, sería el cuestionamiento de todo cuanto vemos y oímos. Cuestionamiento, para empezar, de nuestros propios conocimientos y criterios, pero también, puesto que de debate se trata, de los de los demás. Uno, a lo largo de su ya relativamente dilatada experiencia vital, ha podido comprobar cómo congéneres (nos referimos a personas ¡eh!, no a seres que se les parezca), con el más alto nivel de ilustración y revestidos de honores y prestigio, son capaces de expresar el mismo número de idioteces que aquellos que pasan por idiotas.

En esta circunstancia, la de las idioteces, se encuentran científicos, políticos… y todos los demás que en el mundo habitamos. ¿Quien de nosotros se libra de haber dicho o cometido estupideces? De ahí la necesidad del debate, de la discrepancia –políticamente correcta o incorrecta, que para el caso da igual siempre que se produzca-, y que, además nos va a permitir descubrir donde radica el origen de la estupidez, consciente o inconsciente, y establecer el verdadero orden de las cosas. Así que son necesarias las estupideces, y más necesario todavía reconocerlas. Es un sanísimo ejercicio intelectual, que, al mismo tiempo, estimula el sentido del humor combinándolo con el de lo transcendente. Lo preocupante es que no las reconozcamos y que pretendamos elevarlas a dogma. En esto consiste en gran medida lo políticamente correcto: en aceptar dócilmente lo que no se sostendría de aplicar a su análisis el recto uso de la razón. Pero no pasarían de ser estupideces, que una vez colocadas en su lugar, y sin haber producido consecuencias, habrían de quedarse en lo anecdótico. La mentira es otra cuestión.

Esa es la cuestión que nos ha de mantener alerta. La mentira. Vicio con el que los demagogos y sofistas, en lo que se están convirtiendo en maestros los componentes de la elite burocrática dirigente de los partidos políticos de izquierda y los independentistas, pretenden ofrecer una realidad inventada y que ellos mismos, paladines de un progresismo retrógrado, califican como políticamente correcta. Y, por consiguiente, a toda crítica o manifestación de discrepancia, califican de lo contrario, políticamente incorrecto ¿Se puede encontrar mayor hipocresía? Esta reflexión me lleva a uno de los últimos ejemplos de incorrección política, así considerada por todos los partidos de la izquierda ideológica. Se trata de la escisión producida en el partido de los socialistas por la marcha de algunos de sus más notorios miembros, que, hartos de las falsedades y concatenación de errores cometidos por sus dirigentes, y viendo como colocan al Estado ante la disminución de valores democráticos más grave desde 1981, optan por la constitución de un nuevo partido político con el objetivo biunívoco de promover una regeneración democrática, y salvaguardar las esencias de la historia y cultura de la nación española, marginando la paradoja nacionalista y evitando la victoria de la izquierda establecida en el poder, en las próximas elecciones. Así lo anuncian explícitamente y toda la izquierda y los que pululan en sus aledaños, brama contra tamaña incorrección. Pues más incorrecta aún será considerada, la acción conjunta que este nuevo partido político ve posible con los liberal-conservadores, en los asuntos primordiales del Estado en los que, al menos en teoría, parecen coincidir. Si esta alianza se llegase a establecer y produjese los resultados esperados, verá usted lector, cómo pasará de ser considerada incorrecta a formar parte de lo políticamente correcto, demostrando así lo veleidoso y caprichoso del calificativo. Pero al menos estará presidido por la limpieza de intenciones y la honestidad política. O eso creemos. O eso deseamos ¿Usted también? Por el momento, y en la situación actual, nosotros nos declaramos políticamente incorrectos. Y ante la próxima cita electoral, todavía más, a la vista de lo que estamos observando.

domingo, 24 de febrero de 2008

CIUDADANIA Y ETICA, ante las elecciones (I)

Inicio para usted, aquí, una pequeña serie de reflexiones sobre lo que el título indica, aprovechando la oportunidad que nos brinda el período electoral en el que nos encontramos, queriendo compartir con usted las manifestaciones de un espíritu en rebeldía.
Y aquí estamos (un apreciado amigo se alegrará reconociéndose en su aprecio por mi rebeldía). Aquí estamos para referirnos ahora a los comportamientos éticos de la ciudadanía. Con mi otro yo, ese indomable pejiguera que de un servidor no se separa, y que, ya sea para estar de acuerdo, ya en desacuerdo, pero en todo caso insilente, discutimos sobre la forma de enfocar estas cuestiones relacionadas con la Ética. Lo primero con que nos encontramos en nuestro particular debate es con la necesidad de reconocer lo que ambos entendemos por Ética, y logrado ésto, que no iba a resultar tarea sencilla, habríamos de ponernos de acuerdo también en las cuestiones que podrían demostrar la relación entre tal materia y la ciudadanía, o las actitudes ciudadanas que le aportan un determinado carácter a la sociedad de cada momento, para obtener así una reflexión coherente que a los dos nos resultase de utilidad, nos llenase de intranquilidad (por si todavía tuviésemos poca), y trasladarle a usted, lector, la mayor intranquilidad posible. Al fin y al cabo ¿qué mejor consecuencia se puede obtener de la facultad de pensar, y de la libertad de debatir, que la de generar intranquilidad en el espíritu y en la conciencia?

No estábamos, al menos un servidor, aunque mi otro yo tal vez sí, entre los alumnos de Aristóteles ni entre los de otros filósofos y maestros que, a lo largo de la historia de la humanidad (y para este comentario es más que suficiente tener en cuenta que llevamos más de 25 siglos disponiendo del método científico que nos permite acceder al conocimiento y al análisis de lo que Ética significa). Pero como no se trata de que ocupemos espacio presumiendo de una erudición que cualquiera puede obtener en los libros de su biblioteca, de una biblioteca pública, o ahora mismo, navegando por Internet, a nosotros dos no nos interesa más que convenir, sin establecer definición alguna, que en la Ética se condensan los principios y valores morales por los que ha de regirse el comportamiento de los seres humanos, individualmente, y por tanto, aquí sí, definir los rasgos que caracterizan a la sociedad a la que pertenecen. Con tal conclusión da comienzo el curso de nuestras intranquilidades, la primera de las cuales no es otra que la de que usted también se sienta intranquilo. Perdóneme, pero sólo intranquilo, no, cuanto más intranquilo, mejor. Y si su intranquilidad le conduce al llanto, pues todavía mejor, porque demostraría que aún es usted sensible a todo lo que, analizado desde un punto de vista ético, sólo da para llorar.

¿Qué es lo que hoy nos induce a emitir un juicio tan lastimero (por lo de llorar, se entiende), sobre la cuestión ética? Pues en concreto la pasividad ciudadana frente a la permanente mendacidad de la elite burocrática de los partidos políticos, y, de una manera muy especial, cuando les toca gobernar. Constantemente nos mienten. Mire: nos mienten cuando después de afirmar con toda rotundidez que no había en marcha ningún proceso de paz con ETA, comunican, después del atentado de la T4 y otros “accidentes”, que el proceso se ha roto ¿pero no quedamos en que no existía proceso?; mienten en el Parlamento hasta a sus propios correligionarios haciendo cosas diferentes de aquellas para las que se les había concedido autorización; mienten a nuestros soldados y a sus familias, negándoles los, por otra parte bien tristes, derechos de batirse en territorios de guerra; mienten en las sucesivas versiones oficiales del gravísimo caso del 11-M; mienten cuando refiriéndose a que la economía va bien, saben perfectamente que cada mes les resulta más difícil a las familias defender su presupuesto; mienten al no explicar las consecuencias que para todos los ciudadanos españoles van a tener las concesiones a los nacionalismos, por la vía de los Estatutos, y de otras componendas no declaradas ¿quién va a pagar todo ésto? A estos efectos, y sin ánimo de pretender dotes de adivino, le recuerdo a mi otro yo que se lea la columna publicada en el ejemplar nº 7 de nuestro periódico, el mes de setiembre del año pasado –sí, hace ya más de un año-, en la que compartía con usted, lector, reflexiones sobre estas específicas cuestiones, desde el plano económico y también desde el político, en tanto que afecta a la configuración del estado español, de España. Pues bien, nos mienten… y usted sabe cuánto nos mienten y en cuántas cosas más, sin que tengamos que seguir ampliando este relatorio.

Ya sabemos, al menos mi inseparable yo y un servidor, tal vez usted también, la clase de valores morales (de ética), que adornan a los políticos que nos gobiernan, a los que les acompañan en sus aventuras, y a los que no delatan con claridad y firmeza su permanente mendacidad. Lo sabemos. La gran incógnita para estos servidores de usted, tiene que ver con los valores morales, con la Ética de la ciudadanía que asiste impávida al espectáculo del engaño. Si realmente los valores morales fundamentales para el desarrollo de una sociedad en convivencia democrática figurasen en primer término del interés ciudadano, exigiríamos a los partidos políticos que nos presentasen dirigentes revestidos de esos valores bajo cuyo imperio deseamos vivir; dirigentes con honestidad y fortaleza intelectual y espiritual, que sus acciones estén siempre fundamentadas en la verdad y en la consecución del bien común. A los demás los tendremos que echar a patadas en el trasero. En evitar, y corregir, cuestiones como las aquí comentadas, pero no las únicas, consiste el ejercicio de la responsabilidad ética de la ciudadanía. Tenemos próxima una oportunidad ¿la aprovecharemos para manifestar que la sociedad sí se rige por principios éticos? Aunque sea a base de recibir patadas en el trasero. Llega la hora de repartirlas. ¿Las repartiremos? ¿Les pasaremos factura a los que durante estos últimos cuatro años han estado ocultando, mintiendo y generando confusión y división entre la ciudadanía? ¿O será que los ciudadanos que constituímos la sociedad española de hoy, preferimos los tipos que exhiben tales acomodaticias éticas? Si es así, los ciudadanos de mañana, que a estos servidores es lo que más le preocupa, lo pagarán muy caro. Visto desde un espíritu rebelde y ¿libre?

sábado, 23 de febrero de 2008

Más de Incorreción Política




Segunda parte y continuación de la anterior atalaya, en la que nos habíamos quedado con alusiones a la iglesia vasca, y que ahora nos permitimos concretar. La enorme diferencia entre Monseñor Setién y sus servidores de usted, consiste en que así como el jubilado monseñor dice no conectar con la Cope a las 14 horas, nosotros sí que leemos y escuchamos sus desvaríos espirituales e intelectuales con los que nos obsequia desde su retiro. Lo mismo nos sucede con Monseñor Uriarte, que pretende con su aparente “buenismo” que los medios de comunicación, claro, aquellos que no le gustan, no hagan llegar a los ciudadanos la cruda realidad de los hechos, y que el endurecimiento de los partidos políticos -¿de cuáles, y en qué dirección se produce tal endurecimiento?- representa un “golpe a la esperanza”, bajo un pretendido impacto negativo en la moralidad colectiva. ¡Hombre, Monseñor, con el mayor de los respetos por su dignidad personal y eclesiástica, si lo que conviene a la salud democrática es justo lo contrario! La firmeza en los valores.

La firmeza, democrática eso sí, realmente representa un golpe a la esperanza, pero a la esperanza de los asesinos, nunca a la de las personas de bien ¿Qué pretende Monseñor, que no conociendo la realidad tal cual ella es, nos desentendamos de tales problemas y éstos pasen a formar parte solamente de nuestro inconsciente? ¿En qué país de las maravillas nos quiere hacer vivir? Nuevamente, en las ensoñaciones nacionalistas, claro, y con la connivencia de la elite burocrática socialista que actualmente gobierna el partido, y que, de una forma tan lamentable, en sociedad con los nacionalistas, conducen los asuntos de España.

Al contrario de lo que ha manifestado uno de los conspícuos componentes de esa elite-burocrático-socialista, citada en otras de nuestras reflexiones, estos servidores que con usted desean compartir sus cuitas, animan a los socialistas de razón y de corazón a que retiren del ejercicio de responsabilidades políticas a tales dirigentes por su contumaz mendacidad e incompetencia. Hablan de crispación, de confrontación permanente y de no sé cuantas cosas más, metiendo el dedo en el ojo ajeno y atribuyéndoselo después al rival, al rival político, claro. Ahora hablan de tensión. Lo que tantas veces hemos dicho desde otras páginas y que quisiéramos ver hecho realidad: la hora de que tantos y tantos socialistas como en España hay, honestos, inteligentes, conscientes de la responsabilidad que comparten con los demás ciudadanos de preservar la igualdad de derechos, el respeto por las leyes, la convivencia pacífica y el bienestar, promuevan una catarsis que permita el establecimiento de un gran proyecto común, y, de paso, el Parlamento recupere la Grandeza que hace poco reclamaba su saliente presidente. Lo mismo, exactamente lo mismo, pensamos de muchísimos de los que militan en las filas del nacionalismo. Conociendo a muchos de ellos, siempre nos ha resultado sorprendente su tolerancia, y hasta complicidad, con lo irracional de sus elites, cuando no con las actividades paranoicas de las bestias.

Con los mimbres actuales no es posible fabricar el cesto de la Grandeza parlamentaria. Hemos escuchado y leído la valoración de la legislatura efectuada por el portavoz de los socialistas, calificándola, en un alarde de entre cinismo y desfachatez, como la “más brillante” de la historia democrática de España. Sí. Está en lo cierto. La más brillante en despropósitos e incompetencias, en crispaciones y en banalidades y en el disfraz permanente de la verdad; es decir, lo más alejado de la Grandeza. ¿Cree el señor presidente dimisionario del Congreso de los diputados, que quienes así se han comportado, son merecedores de una nueva oportunidad? ¿Cree el señor presidente, en su demostrada ingenuidad –ingenuidad y bondad que no sentimos el menor empacho en reconocer- que quienes se han distinguido por utilizar a su comodidad la permanente tergiversación de hechos y situaciones, ocultación de sus intenciones y la descalificación constante de los democráticamente discrepantes, merecen una una nueva oportunidad y esperar de ellos una actuación con la Grandeza que usted reclama? No está hecha la miel para la boca del asno. Y una cantidad enorme de asnos ocupan los escaños de nuestro actual Parlamento, de manera que si por la decisión de nuestros electores, al nuevo Parlamento accedieran los mismos de ahora, les resultará muy fácil a ustedes, dimisionario presidente y lector amigo, imaginarse el resultado. En todo caso, a nosotros estos sus servidores, y emulando al más famoso personaje de Edmon Rostand “…todo nos lo podrán quitar menos el Sello de nuestra Grandeza”. La grandeza de no ser políticamente correctos en la defensa de nuestros universales valores.
Nos parece importante tener en cuenta estas y otras consideraciones a la hora de decidir en quiénes vamos a depositar nuestra confianza en las urnas.

Incorrección política





Pasa el tiempo, y con él pareciera que las reflexiones escritas al calor inmediato de los acontecimientos, al trasmitirlas con posterioridad, perdieran valor y actualidad. Pudiera ser así si los problemas que originan tales acontecimientos hubieran dejado de serlo. No es así; el problema subsiste y se agrava, desde el punto y hora en que no se resuelve. Es por eso que, en el camino de la incorrección política, en la que un servidor y su espíritu gemelo están indisolublemente unidos, y muchas veces divergentes, se comunican con usted, tenemos la necesidad de compartir nuestras preocupaciones sobre los aspectos que comprometen nuestra convivencia pacífica y democrática.

Atemorizarnos (finalizábamos con esta palabra una atalaya anterior, publicada en prensa escrita, al hilo de actividades terroristas). No lo van a conseguir. Hace falta mucho más para atemorizar a una sociedad firme en sus valores éticos, y aunque tengamos serias dudas de que sea el valor ético el rasgo predominante en la sociedad actual, fuertemente influída por lo material y condicionada por lo moralmente relativo, nos tranquilizaría tener la seguridad de que los deseos de terminar con el conflicto que no tenemos la menor duda en suponer al señor presidente del gobierno, han de corresponderse con la firme decisión de terminar con los errores cometidos, y re-emprender los caminos de la unidad, esta vez sí, caminos de corrección ético-política. Nosotros lo vemos así; vamos, sabemos que tiene que ser así. ¿Lo sabrá el señor presidente?

Continuando con las reflexiones que nos inspiraron aquellos acontecimientos, elaboradas muy en caliente, sobre todo lo que fue sucediendo en los primeros días posteriores al asesinato en Francia de nuestros dos guardias civiles, Fernando y Raúl. ¡Honor a ellos y a todos los profesionales que se dedican a defender nuestras vidas y proteger nuestros valores! No sabíamos cuantos acontecimientos más se habrían de producir desde aquel momento hasta éste en el que usted, amigo lector, pueda compartir con nosotros estas inquietantes preocupaciones; como tampoco conocíamos si, con el devenir de tales acontecimientos, estas preocupaciones hubieran ya quedado disipadas y todos nos sintiésemos aliviados de ellas. Pero nos temíamos que no, que las cosas no irían a cambiar sustancialmente. Tal es la confianza que nos merecen los políticos que nos gobiernan, y una parte muy importante de los otros. Si a la postre, estos servidores nos hubiéramos equivocado, seguramente que nadie nos iba a ganar en felicidad. Pero, claro, es la confianza que tenemos en los dirigentes políticos del momento, lo que anima y estimula nuestra desconfianza, y nos conduce a la “incorrección política”.

Y de confianza se trata. Ha quedado probado que los partidos políticos con representación parlamentaria, y sus componentes, no disfrutan de la credibilidad y confianza de los ciudadanos que se les supondría, en tanto que genuínos representantes de esa misma ciudadanía. Nos referimos, a título de ejemplo, a la convocatoria parlamentaria de manifestación del pasado día 4 de diciembre “por la Libertad y la derrota del terrorismo”, en una acción presuntamente demostrativa de la Unidad frente al terrorismo, a la que asistieron literalmente cuatro gatos (discúlpesenos lo coloquial de la expresión). Pero ¿qué esperaban? Seguramente que los ciudadanos no fuésemos capaces de identificar la hipocresía de la convocatoria, hecha de prisa y corriendo y con el objetivo, más que claro, transparente, de contrarrestar la multitudinaria manifestación llevada a cabo por las víctimas del terrorismo, justo con una semana de antelación. ¿Esperaban que nos creyésemos lo de la Unidad, cuando los hechos contradicen la vacía grandilocuencia?.

Por cierto, la Fiscalía francesa calificó el atentado de Capbreton, como “premeditado”, en clara contradicción con las opiniones manifestadas por algún clarividente miembro del gobierno, y que vendría a confirmar la interpretación que hacíamos de que todas las manifestaciones de la oficialidad política española tienden a relativizar la cuestión, es decir, a tratar de disminuir la transcendencia de los asesinatos . Claro que los franceses no tienen por qué darle a este asunto nuestro un tratamiento políticamente correcto. Tal vez porque comiencen a verle las orejas al lobo. Y tal vez porque le ven ya las orejas al lobo, no se prestarán a ceder al estado español ni su facultad de juzgar, ni la de condenar si procediera, ni la de materializar la sentencia en instituciones francesas cuando ésta se produzca. Estamos seguros de que resistirán a las invitaciones que no dejarán de hacérseles. El que los terroristas-nacionalistas se hubieran atrevido a matar en suelo galo es un aviso inequívoco que para Francia no ha de pasar inadvertido. ¿Y que decir de la autodenominada Iglesia Vasca? Se nos producen sarpullidos de incorrección política cada vez que hablan los obispos vascos, en tanto que tanto que tales, despertando nuestra disconformidad, y, sobretodo, nuestra desconfianza.

Nos parece oportuno ir desgranando estas cuestiones que despiertan nuestra "incorrección política", en tanto que expresión de nuestra libertad de discrepar y discutir todo aquello que forma parte de una estúpida propaganda política, y nos aleja de los principios que deben inspirar toda acción ética de gobierno y de fomento de una verdadera convivencia democrática. Es oportuno, en este tiempo electoral en el que estamos, o debiéramos estar, enteramente comprometidos.