(Publicado en CANAL NW, nº 21, noviembre 2007)
Querido lector, continuamos compartiendo nuestras reflexiones sobre estos aspectos que, desde un punto de vista ético, afectan a todos los comportamientos de los ciudadanos. Nos habíamos referido a la mentira, considerándola, implícitamente, el vicio intelectual y espiritual seguramente más opuesto a todo cuanto afecta a la dignidad individual y colectiva de los seres humanos, y, por consiguiente a uno de los valores que nos hace más fuertes, como personas y como sociedad, la verdad. Y, créanos lector, que cuando citamos la mentira, estamos excluyendo aquellas formas de mentir que utilizamos los seres humanos con carácter humorístico, piadoso o caricaturesco, y que no tiene por qué representar daños morales para quien, circunstancialmente, las utiliza, ni para las terceras personas a las que pudiesen afectar. No. Nos estamos refiriendo a la utilización de la mentira, en su forma intencionada y sostenida en el tiempo para el logro de fines particulares, y con resultados transcendentes tanto para la tranquilidad de los individuos como para la convivencia en sociedad. Algunas veces no tengo más remedio que acudir a ejemplos literarios y traerlos en ayuda de mis discusiones con ese YO al que constantemente me refiero, pero que gracias a él uno es capaz de poner negro sobre blanco los resultados del debate intelectual interno. Shakespeare es el autor que, tal vez, nos suministra el más completo material para el análisis de estas cuestiones.
Si tomamos el ejemplo de cómo la trama de insidiosas mentiras provocan tal grado de excitación en Otelo, provocando el asesinato de Desdémona y su propio suicidio, podemos ir dándonos cuenta de cómo la frialdad y el interés deshonesto en la manipulación de hechos y apariencias consigue influir de tal manera en una mente ciega para el análisis desapasionado, y provoca un resultado de desesperación y muertes. No tratamos, amigo lector, de enumerar en esta columna de opinión la larga serie de episodios de ficción, creados por innumerables literatos, que se pueden encontrar en cualquiera de los diccionarios de obras y de personajes disponibles por doquier en todas las bibliotecas, y en todos los idiomas. Pero, como siempre, antes o después, la realidad viene a superar a la ficción. Y con resultados mucho más catastróficos, porque sólo con que nos refiriésemos a algunos de los trágicos acontecimientos del pasado siglo XX, ya tendríamos con qué horrorizarnos. ¿Qué otro sentimiento que no fuera el del horror podría producirnos la pretendida superioridad de una raza sobre otra? Pretendida superioridad que descansó sobre la invención calculada de un individuo y de sus sicarios, y que sus conciudadanos del momento no fueron capaces de rechazar, y sí en cambio de aceptar aquella ética discriminatoria, convencidos de que les colocaba en una situación de predominio sobre todos los demás. Y encima, creían que era cierto. Y algunos todavía lo creen en su particular interpretación de las cosas. Esperamos que no sea necesario reproducir tan infausto nombre, porque usted, lector amigo, está en perfectas condiciones de identificarlo, tanto el del líder como el del movimiento político que inspiró. La mentira elevada a condición de sublime.
Y usted, junto con nosotros, también sabrá identificar los casos vivos de nuestra actualidad, por lo que tampoco consideramos necesario relacionar la enorme cantidad de situaciones políticas y sociales que, basadas en el imaginario consciente o inconsciente, y en la actitud salvífica de personajes que han infectado, e infectan, gran cantidad de capítulos de la Historia, con resultados homologables unos con otros, pero que casi siempre acaban en tragedia, y, cuando menos, en graves perturbaciones de la convivencia. Es el drama de la Historia, como ha sido calificado por historiadores y filófosos. Si todos los ciudadanos a los que les ha tocado vivir cada momento de su particular historia hubiesen ejercido sus responsabilidades bajo el valor ético y supremo de la verdad, jamás hubiesen tenido cabida tales trágicas aventuras. Pero, lector, nosotros sostenemos que en el conjunto de nuestras sociedades actuales existen pluralidad de éticas: aquellas que se acomodan a los objetivos particulares de cada grupo social o político, que crean su propia escala de principios y valores; eso sí, utilizando los términos con cuyo significado real la inmensa mayoría de nosotros no podríamos por menos que estar de acuerdo. Se apoderan del lenguaje de forma tal que lo subsidiario pasa a ser prioritario, lo aparente se convierte en real, y la esencia y el rigor en el análisis de la realidad la califican como actitudes políticamente incorrectas y socialmente perseguibles. Y además, lo hacen. Y nos sentimos preocupados, y perturbados. Y déjennos repetirle que queremos que usted también se preocupe y se perturbe. Será un buen camino para provocar y defender el sano debate de la evolución y, como consecuencia, evitar perniciosas y peligrosas complicidades.
Veamos algunos ejemplos de incorrección política y de persecución de la discrepancia. Uno: la supuesta evidencia de que a partir del ADN una raza tenga niveles superiores de inteligencia sobre otras. Y de ser cierto ¿Qué? ¿Algún problema con eso? Demostrándose la certeza de tal suposición, nada habría de cambiar el panorama social, muy al contrario; el mestizaje étnico, del que somos fervientes partidarios, abriría enormes posibilidades de elevación del intelecto de todos y de la desaparición de todo tipo de diferencias, y no sólo la de ésta, si fuese cierta. Estos servidores que a usted escriben la cuestionan, al entender que existen más, muchas más consideraciones a tener en cuenta, y no sólo las derivadas del análisis del ADN, en la valoración de los rasgos que nos pudieran diferenciar. Sin embargo, la sola mención de tal posibilidad acarrea para quien comete tamaña osadía, las más feroces descalificaciones. ¿Dónde está aquí, y para este caso concreto, el debate científico riguroso y abierto? Parece como si se prefiriese, matando al mensajero, no caer en la incorrección política de molestar a los que, en virtud de tal tesis, no resultasen favorecidos por el análisis. Parece como si el conocimiento científico hubiese saldado ya todas las cuestiones, y cualquier cosa que discuta o suscite la controversia con lo oficialmente establecido debiera ser erradicada, y sus promotores perseguidos. Así se va escribiendo la historia. Pero siempre los incorrectos a fuerza de plantear e impulsar lo controvertido han conseguido desmontar mitos y clarificar falsedades, devolviendo a la sociedad a la realidad de las cosas y a las esencias de la Ética. Continuaremos con otros ejemplos, y entretanto, nosotros celebramos lo incorrecto ¿Y usted?
¿Qué vamos a hacer ahora? Aceptar lo que el poder establece como correcto, o, mantenernos en nuestra constructiva y crítica incorrección.