miércoles, 27 de febrero de 2008

Corrección política y elecciones (II)

ATALAYA, 41 Publicada en El Correo Gallego, 2 de diciembre de 2007

LOS CAMINOS DE LA CORRECCION POLITICA (II)

Queremos seguir refiriéndonos, querido lector, a diversas cuestiones cuyo pronunciamiento puede merecer el calificativo de “políticamente correcto”, o, por el contrario, someterse a los peores calificativos y a ser anatemizado con tintes heréticos. En nuestra anterior comunicación sobre esta materia nos referíamos ya un ejemplo concreto: al discrepante, y al final secesionista, movimiento dentro del socialismo español con la consecuente creación de un nuevo partido político. Y se le parece, mi contradictorio y siempre conflictivo yo, vamos a seguir desgranando nuestras discrepancias con los calificativos de correcto e incorrecto con los que nos puedan obsequiar. Discutimos a tenor del ambiente creado en torno a la denominada Ley de Memoria Histórica, merced a la cual se estipula correcto rendir tributo a los asesinados, desaparecidos o torturados del bando republicano, que nos parecería bien si no se hubiese hecho ya; y todavía nos parecería mejor que, al mismo tiempo se rindiese el mismo tributo a los que padecieron la misma suerte de los del bando nacional, porque al margen de los tiempos –queremos diferenciar entre épocas: preguerra, guerra y posguerra, durante las cuales cada quien ha tenido su particular protagonismo, todos, todos fueron víctimas de idénticas barbaridades.

En una anterior ocasión ya manifestábamos nuestro desagrado, es decir nuestra incorrección política, incluso hasta con la denominación, porque entendemos que la memoria es una característica del cerebro que permite mantener vivo el recuerdo, pero a título individual, en el cerebro de cada persona; rechazamos la supuesta memoria colectiva, porque las colectividades no tienen más memoria que la de los individuos que la componen, y la de éstos es singular y particular, nunca colectiva. Queda dicho lo que se refiere a la memoria. Pero qué decir de la historia. La historia se contiene en los documentos en los que ésta se registra. Ligar la parte del cerebro de cada individuo con los archivos en los que la historia ha quedado reflejada mediante una ley, pareciera querer acomodar ésta –la ley- a particulares intereses ignorando los supremos que toda ley ha de perseguir: la ordenación de la convivencia; y en este sentido ¿consigue esta ley mejorar la convivencia entre los españoles?

En nuestra incorrección política nos atrevemos a plantear que es precisamente perturbar la convivencia los objetivos que persigue, pero ¿en beneficio de quién? Estoy seguro de que usted lector no lo sabe, y estos servidores, tampoco. Pues qué pena ¿no? Perturbar la convivencia sin saber a quien beneficia. ¿O es que sí se sabe? ¿Lo sabemos? ¡Ah, gran motivo éste para la reflexión! Porque, realmente ¿no nos da que pensar que se urda tal conspiración –ésto sí que tiene todo el aspecto de una conspiración- perturbadora a todas luces, sin ningún objetivo determinado? ¿De tal manera llegaríamos a tener nuestras facultades críticas condicionadas que nos impidiese reconocer qué intereses han animado a sus promotores? Aquí, mi otro yo, y yo mismo, nos negamos a aceptar como correcto, lo que siendo en su naturaleza incorrecto, se nos quiere imponer como correcto, y además, por imperativo legal. Pero verá usted lector, cómo, andando el tiempo, una ley, ésta, se cambiará por otra (como siempre ocurre), y lo que ahora es políticamente correcto, pasará a ser incorrecto, y así sucesivamente. ¿A qué jugamos? O ¿A qué juegan?

Otra cuestión de incorrección política viene dada por la crítica a la decisiones judiciales. Vamos, ni que los jueces fuesen seres infalibles, y que tal modernos oráculos, sus sentencias hubieran de ser consideradas como dogmas de fé, y que en su virtud nos obligásemos a no considerar más cuestiones que las que constituyen los sumarios; es decir, cuando existen “considerandos” no contemplados, o contemplados equívocamente. No podemos sustraernos a la muy reciente sentencia sobre el terrible atentado del 11 de marzo de 2004, en cuyo proceso, entre falsificación y ocultación de pruebas, entre contradictorias declaraciones, entre confidentes que sabían pero no lo decían, entre miembros de los cuerpos de seguridad que decían lo que no sabían y no decían lo que sabían, y, la aparentemente probada ejecución material por parte de unos cuantos disminuídos mentales, incapaces por sí mismos de urdir –aquí sí que podemos utilizar tal verbo- urdir la trama del atentado y su oportunidad, nos encontramos con que, realmente, no sabemos casi nada. ¿Cómo te atreves a decir tales cosas? Naturalmente.

La investigación para determinar la autoría de cualquier crimen requiere cumplir con los siguientes requisitos: que haya cuerpo del delito, arma homicida, móvil del crimen y beneficiarios del mismo; cherchez la femme, dicen los franceses cuando los escritores en esta lengua se refieren a estos dos últimos puntos. Según ésto, sobre lo que ya nos hemos pronunciado en otras oportunidades ¿qué se considera probado? Se nos dice que todo. Pues no, amigo lector. Del arma homicida sólo conocemos una sarta de indefiniciones, falsificación de análisis, informes contradictorios y aparición y desaparición, muy sospechosas, de materiales. Del móvil, se nos dice que, éste no tiene nada que ver con la guerra de Irak (¡hombre! ¿no quedamos en que todo tenía su origen en tal guerra, y que el atentado era la venganza de Al Quaeda?). Y de la “femme” ¿qué? Es decir ¿dónde está el obscuro objeto del deseo, las verdaderas motivaciones de tan execrable crimen? En nuestra indestructible, inquebrantable incorrección, queremos que se siga investigando. Los espíritus de las víctimas, directas e indirectas; los espíritus henchidos por ansias de libertad y de justicia y dignidad, exigen que se siga investigando, hasta el final. Y que todos los actores y autores, sean quienes fueren y de donde fueren, paguen por sus crímenes. Nosotros no descansaremos ¿y usted?

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