viernes, 27 de abril de 2012

ATALAYA. Recortes y ... no recortes



Algunos de esos amigos de excelencia que uno tiene, y que este servidor de usted les tiene (así solemos expresarnos los gallegos), y que además me hacen el honor de seguir estas “atalayas” mías, pero sobretodo suyas, me instan a que ponga en práctica aquellas de sus recomendaciones que me parezcan convenientes. No sé si todas ellas, algunas ya están en marcha, otras lo estarán con mayor o menor acierto, y las que no ya veremos lo que hacemos con ellas; a lo mejor tienen, o tendrán su oportunidad en otro momento. A estas alturas del párrafo, usted se preguntará que qué tiene esto que ver con el título de la atalaya. Pues sí tiene que ver, porque una vez más no me puedo sustraer a la necesidad que tengo de referirme a ciertos desacuerdos que mantengo con algunas de las políticas de los gobiernos españoles (usted percibirá con nitidez el por qué uso el plural ¿verdad?), y uno de tales desacuerdos consiste en todo lo que se está refiriendo a los llamados recortes, que, independientemente de que me parece que gramaticalmente no se sostiene (a confusiones gramaticales, ya sean de sintaxis, de léxico, o de cualquier otra índole, a las que nos tiene ya acostumbrados una gran parte de la clase política actual en su indigencia intelectual), considero que es claramente mal orientada y totalmente insuficiente; es decir, que estoy de acuerdo con la oposición, pero justamente en sentido contrario a lo que ellos tan cínicamente critican.

Aceptando seguir llamando recortes a lo que realmente no son otra cosa que disminuciones en las partidas de gasto, absolutamente necesarias por otra parte, mi discrepancia consiste en que hay todavía muchísimo margen para aplicarlas en otras en las que se ha hecho con poca valentía y por lo tanto insuficientemente. Y perdóneme usted que nuevamente me refiera a dos temas: uno, las subvenciones, cuya cancelación completa a partidos políticos, sindicatos, empresarios y a toda la ingente multitud de organismos públicos y privados que consumen una parte muy sustanciosa del presupuesto, cuyo funcionamiento, de ser necesario (me refiero a tales organismos, puesto que los primeros claro que son necesarios), muy bien desempeñado habría de ser mediante una eficiente e inteligente disposición al trabajo por parte de los funcionarios públicos, y esto no se está abordando como debiera; y el otro tema, relacionado con el anterior en lo que se refiere a la supresión de organismos, me siento muy preocupado por su eficacia si en todos los casos se producen los mismos efectos que el de un ejemplo que les voy a ofrecer –obviamente, no voy a citar el nombre, pero sus protagonistas se auto identificarán perfectamente-, y que es el siguiente:  Se decide suprimir una sociedad anónima de capital público, y todo su personal pasa en pleno a integrarse en un organismo autónomo dependiente del gobierno, de manera que si los costes del resto de su estructura ya formaba parte de dicho organismo autónomo ¿en qué consiste el ahorro? ¡¡¡Alerta, Sr. Rajoy!!! Porque si las supresiones anunciadas se parecen a ésta, estaríamos frente una encubierta operación de maquillaje.

Dicho esto, afirmo que el personal sanitario debe, y puede, trabajar más y mejor; afirmo también que el personal docente debe, y puede, trabajar más y mejor; y afirmo que el resto de los funcionarios públicos deben, y pueden trabajar más y mejor; y también afirmo que todas las estructuras de la administración del Estado pueden, y deben, reconvertirse: éste sí que es un verdadero reto para la clase política y para la ciudadanía española entera. No me condenenarán a la hoguera los que aún no estando de acuerdo con mis planteamientos estén cumpliendo con honestidad sus obligaciones, y con la misma honestidad trabajen en pro de honestos objetivos; los otros, ni me importa. Y nada tiene que ver todo esto que acabo de afirmar (austeridad y rigor), con medidas de estímulo al desarrollo económico y por tanto a la sostenibilidad del sistema, que son también absolutamente imprescindibles.

Recortes de otra naturaleza son los referidos a la longitud de estas atalayas; se me sugiere mayor brevedad y más frecuencia. No sé si conseguiré lo de la brevedad, incluso hoy que me estoy verdaderamente esforzando. En cuanto a la frecuencia, lucho contra mí mismo y contra el deseo de no molestarle a usted en demasía; ya veremos. En Twitter ya coloco todas estas cosas, relacionándolo con el blog del que usted ya tiene noticia: www.espaciodebalseiro.blogspot.com. Y disfruto, asimismo, del privilegio ofrecido por los amigos de GaliciaDixital.com, reservándome un espacio como columnista. Xavier ¿voy haciendo los deberes?

Pero, lector amigo, hay un asunto que no recortaré jamás, del que no abdicaré jamás, cual es mi radical oposición a cualquier iniciativa gubernamental, judicial, o a una combinación de ambas, que conceda privilegios a las alimañas que sin ningún tipo de miramiento privan de la vida a sus semejantes, pretendiéndonos convencer de que lo hacen por la libertad. La fotografía, en un diario de hoy, del indocumentado Presidente del Gobierno Vasco estrechando la mano, en un claro signo de connivencia, al dignatario representante de tales luchadores por la libertad, con la mirada complaciente de miembros de la otra facción nacionalista, me produce repugnancia. El gobierno del Sr. Rajoy verá lo que hace, pero jugar con la dignidad de la ciudadanía de bien, con mi complicidad, NO. Y esto, lo aseguro, forma parte de la vigilancia consciente en la que me he empeñado. La ATALAYA me lo permite.

Salve, querido amigo.

miércoles, 18 de abril de 2012

ATALAYA. Reformas


A uno le gustaría poder condensar en unas pocas líneas todo lo que le suscita la avalancha de acontecimientos que cada día se nos echa encima; que si la deuda, que si el déficit, que si la bolsa, que si los mercados, que si los bancos, que si las reformas, que si el ahorro, que si la confianza, que si la austeridad, que si la corrupción, que si el rescate, que si los impuestos, que si las pensiones, que si la educación, que si la sanidad, que si el problema territorial, que si el terrorismo, que si la diplomacia, que si el Obispo de Alcalá, que si las “escapadas” del Rey, que si Argentina … En fin, amigo mío, que no damos abasto para atender a tantos asuntos, y tanto no damos abasto que, seguramente, entre semejante maremágnum ni siquiera somos capaces de atribuir prioridades; o sí; bueno, no sé, usted verá. Y si para nosotros, al menos para este articulista resulta difícil, podemos imaginarnos en consecuencia cómo lo será para el gobierno que tiene que tomar decisiones sobre todos y cada uno de ellos. El espíritu extraño, siempre conflictivo, muchas veces contradictorio, pero siempre pertinaz que me acompaña -usted lo sabe aunque en los últimos tiempos no me hubiese referido a él-, me impulsa como siempre a organizar los pensamientos (pienso, luego existo …), de forma que las opiniones que comparto con usted tengan coherencia, o al menos que la tengan conmigo mismo.

Voy a tratar de ser muy breve en algunos de los asuntos enumerados. Sobre la deuda y el déficit, nada está sucediendo que modifique lo que ya expresé en anteriores “atalayas”; no obstante, reitero: si no controlamos el déficit, que nos llevará a elevar la deuda, nos vamos a pegar un batacazo tan descomunal que no nos va a reconocer ni … usted podrá acabar la frase. Y ambos tienen todo que ver con la austeridad. Créame que ya a mi mismo me molesta tener que defender tal principio, por lo obvio que me parece, pero es que de todo lo que me voy enterando poco, o muy poco, se ajusta a lo que debería ser entendido por austeridad. Mire, amigo mío, tengo que seguir refiriéndome a las subvenciones ¡qué pesado estás! pensará usted;  en tanto que no se eliminen todas aquellas que producen escándalo: a los partidos políticos, a los sindicatos, a los empresarios, a organizaciones que viven del cuento, a …  siga usted mismo, por favor, ni ahorraremos, ni dispondremos de fondos para fomentar la actividad económica, ni incrementaremos los ingresos, ni obtendremos la confianza por la que tanto clamamos y que no nos merecemos, tanto por parte de los inversores (mercados), como de los socios, y, lo que todavía es más importante, ni siquiera de nuestra propia parte; si ni nosotros confiamos en nosotros mismos ¿qué podemos esperar?  Y podríamos seguir con los “ni” casi hasta el infinito. El Sr. Rajoy, y todos los demás dirigentes políticos, están haciendo oídos sordos a lo que es un clamor popular.

Como tampoco acaban de darse cuenta de que el problema más grave que padece España, siendo todos los demás tanto y aún más graves de lo que ahora estamos viendo, es el deterioro en nuestra identidad como nación. Este deterioro no se lo podemos atribuir en solitario a la desgraciada etapa de gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero, que ni socialista era siquiera (y con esta afirmación no pretendo descargar al socialismo de la responsabilidad que le incumbe, y de la que tampoco ellos saben como salir, salvo en una huída hacia adelante al estilo de los conejos); no es el Sr. Rodríguez Zapatero el único culpable de que hubiéramos perdido el valor moral en el que debíamos sustentar el orgullo de pertenencia que la Historia nos otorgaba; también al resto de los ciudadanos nos incumbe la responsabilidad en la tragedia. Y quien no vea en ello la causa principal de la desconfianza hacia (y en) nosotros, es que es tan corto de miras –hasta de vista podríamos decir, como de conocimientos; claro que en la forma en la que se enseña Historia (y otras materias), en nuestro país ¿qué podríamos esperar?

Sígase subiendo impuestos que seguramente en el 2013 llegaremos a cumplir con el compromiso del déficit; pero seguro que en los años siguientes irá decreciendo en forma alarmante el número de contribuyentes, junto con el tamaño de la población (óigame, de eso se habla muy poco, eh), de tal manera que los sucesivos déficits serán crecientes en forma más que proporcional, hasta hacerse insostenibles de todo punto. Así ocurrirá de no acometerse una profunda revisión de las estructuras del Estado, acometiendo en ellas las reformas que sean necesarias para eliminar de una buena vez las innumerables ineficiencias existentes.

Cuando los inversores, los socios en la comunidad de países europeos, y los órganos internacionales de “vigilancia” nos piden reformas estructurales ¿a qué cosas cree usted, mi amigo lector, que se están refiriendo? ¿al tipo de harina con la que hacemos los churros? Yo se lo voy a recordar: homologación del sistema laboral (no se está haciendo lo sificiente); homologación del sistema fiscal (¿); homologación del sistema financiero (lejos, muy lejos, de conseguirse); desaparición de los desequilibrios en materia de educación (¿cree usted que estamos consiguiendo algo?); desarrollo científico y tecnológico (ya ni le cuento); y, solvencia y eficacia comparativa de los organismos que administran el Estado. Juzgue usted mismo. ¿Es que no hay nadie que conozca lo que se ha hecho en estas cuestiones en los países a los que nos gustaría parecernos?  En vez de afrontar todo esto con determinación y valentía, nos dedicamos a reivindicar derechos que sólo se consiguen cuando se merecen, y que ninguno se regala.

En este momento, en el que hasta Argentina se atreve a tomarnos el pelo, y que mucho nos tememos que nos habremos de arreglar solitos ¿se imagina usted el diálogo entre el Obama y la Fernández.
-  Oye, Cristina, creo que no deberías hacer eso (mientras apoya una mano en las suyas), pero no te vayas a creer que nosotros somos España, eh ¡hasta ahí podríamos llegar!
Este es el panorama internacional en el que nos ha dejado sumidos la etapa del señor que ahora está en las nubes, y del que sus cómplices se quieren olvidar; claro, yo también lo querría, pero al menos me escondería junto con mi vergüenza. Ésta es la teatral ayuda que podemos esperar, porque no es ni más ni menos que la confianza que inspiramos. Nada de pequeña es la tarea, verdad, amigo lector. Me he referido a las reformas estructurales del Estado, que podríamos considerar operativas, pero queda afrontar otra de capital importancia, que dejo para hacerlo en forma monográfica: la reforma del propio Estado. Usted y yo ya lo veremos, porque el debate hay que abrirlo, y este servidor de usted quiere estar en la vanguardia de los proyectos de futuro, del futuro del país que amo; Dieu et mon droit ¿me hago entender?
Salve, amigo mío.

sábado, 7 de abril de 2012

ATALAYA. Tolerancia, o indiferencia.


Estos días en los que los cristianos conmemoramos la Pasión y Muerte del Cristo, Hijo de Dios, sufrida para abrirnos las puertas de la Redención, ciertas lecturas conversaciones y el normal discurrir de los pensamientos me impulsan a compartir con usted, mi querido lector y amigo, estas reflexiones particulares diferentes a las que habitualmente le hago llegar de carácter tan crítico con la cosa política y las acciones de gobierno que nos sobresaltan un día si, y el otro también.  Y me paso a cuestiones de carácter trascendente, directamente relacionadas con mis creencias religiosas y, que, sin ningún género de duda, inspiran los principios morales, éticos, y hasta políticos en los que trato de basar mis relaciones de convivencia familiar y social. No es la primera vez que declaro, para que no quepa lugar a la duda, mi condición de católico, apostólico y romano, y los que me conocen lo saben muy bien; lo soy por convicción, porque la realidad de la vida sólo ha hecho que llenar de sentido la educación recibida de mi familia, en la escuela y en una constante acumulación de experiencias. También los que me conocen saben muy bien el grado de infinitésima humildad respecto del modelo que su servidor atribuye a los hechos de su vida; nada pues de presunciones o arrogancias injustificadas.  Pero interesa a los propósitos de esta atalaya de hoy sacar a la luz esta profesión de FE, para que no quede restringida al ámbito exclusivamente íntimo de mi persona, o a los de reducidos círculos de relación social. Espero aclarar las razones que me mueven a ello a lo largo de las siguientes líneas.

Vaya por delante mi absoluto respeto a quienes guiándose por otros credos religiosos, por ningún credo, o solamente por una estricta materialidad de la condición humana, no atentan contra ninguno de los bienes y derechos que para sí reclaman. Nuestro Salvador garantiza también para ellos, en tales condiciones, la misma Vida Eterna que a nosotros nos tiene reservada, la misma con la que el Padre le premió a ÉL.  No pretendo, amigo mío, convertir esta atalaya en una pastoral u homilía reservadas a quienes tienen adquirida y reconocida capacidad para hacerlo; pero lo que sí busco es exponer la realidad actual del hecho religioso y las situaciones de complejidad al tiempo que de desigualdad que los cristianos en general estamos viviendo. Estas palabras irán fluyendo como consecuencia de los pensamientos conmemorativos aludidos (resulta obligado reconocer que debieran de producirse con mucha mayor frecuencia, aún cuando en realidad no sean raros, ni escasos), así como por el influjo de los diferentes ambientes circundantes.

He recordado un paseo dado por Manchester hace ya unos veinte años con un amigo inglés, lamentablemente ya desaparecido, con el que después de una larga jornada de trabajo y de tomarnos un refrigerio en el hotel en el que estábamos hospedados, procedimos a reconocer en un largo paseo, y él a explicarme, los profundos cambios que se habían producido en la ciudad como consecuencia del cambio de modelo socio-económico experimentado desde la por aquel entonces reciente reconversión industrial. En un momento dado, me hace saber sus intenciones de entrar en la Catedral para orar, advirtiendo que como se trata de una iglesia anglicana, yo podría esperarle un rato en cualquier lugar de las proximidades. Le contesté que no, que yo también entraría con el mismo propósito que él. No ocultó su sorpresa, y más tarde comentamos con el buen humor que a ambos nos caracterizaba (quiero creer que en mi caso todavía persiste), el cuadro que habíamos representado: un protestante y un católico rezando juntos al mismo Dios, en paz y plena amistad, en una iglesia anglicana. Posteriormente, hicimos lo propio en la Catedral Compostelana. Nada de raro parece haber en la representación ¿verdad? Raro, evidentemente, no.  Escaso, sí; y es escaso por el mero hecho de entrar a rezar; no de hacerlo juntos, sino de rezar; no de entrar en aquella iglesia a contemplarla como joya arquitectónica o a admirar sus tesoros y reliquias; no, a rezar.  Pues eso.  Es muy cierto que para rezar no es necesario, ni siquiera importante, entrar en una iglesia, pero sí lo es para hacer explícita nuestra FE. Poco a poco se irá viendo por qué me parece que es bastante más que importante explicitar nuestra FE.

Estos pasados días tuve la oportunidad de ver una serie producida por la BBC, titulada “HOW GOD MADE THE ENGLISH” (Cómo Dios hizo a los ingleses). Utilizo el título en original para que si usted se siente interesado en ella pueda localizarla con mayor facilidad.  Aparte del aparentemente estrambótico título, que muy bien pudiera hacernos esbozar una sonrisa con la que adornar el pensamiento de: “… vaya, ya están los ingleses con sus peculiaridades …”, me llamaron la atención dos expresiones utilizadas por el extraordinario historiador-narrador; una, la afirmación de la progresiva reducción de lo religioso al ámbito íntimo, sin que se hable de Dios en público; y dos, la “indiferencia hacia el diferente” que, dicen, predomina hoy en la sociedad británica, al menos en lo que conocemos como Gran Bretaña. No viene al caso comentar los argumentos a través de los que tratan de explicar la evolución de la sociedad inglesa en materia religiosa, pero sí son reseñables esos dos aspectos que quedan meridianamente recogidos: la práctica ausencia de Dios en lo público y, ya no la tolerancia, sino la indiferencia de los miembros de la Iglesia de Inglaterra hacia quienes profesan otras religiones.

Para este fabulador de atalayas que le da a usted la tabarra cada pocos días, ya fue en su día motivo de preocupación, no exenta de irritación, la ausencia de referencias a Dios en el mal llamado documento constitucional europeo (ausencia que por si sola me motivó para promover el voto negativo), pareciéndole cosa estúpida tal gratuita renuncia al valor esencial de nuestra civilización. Hoy esa preocupación se ve acrecentada por la señalada renuncia a manifestar nuestras creencias cristianas, y a aceptar la retirada de sus símbolos bajo una aparente tolerancia que, como en el caso británico que mencionamos, se disfraza de indiferencia.  Pues no, amigo mío; la indiferencia no tiene nada que ver con la tolerancia, y su confusión genera una situación de extrema gravedad.  Nada de lo que nos rodea debe resultarnos indiferente, y menos desde el plano de las creencias.  Y tolerantes habremos de serlo todos con quienes a su vez practican la tolerancia. Y habremos de ser intolerantes con todo aquello que perturba el armonioso desenvolvimiento de la convivencia; es decir, con los intolerantes.  Con la salvedad de no caer en la violencia con la que muchos expresan su intolerancia. En ese punto habrá de establecerse la diferencia.  En el mundo actual, me falta por ver que los cristianos respondan de la misma forma a como lo hacen creyentes de otras religiones:  misioneros asesinados, iglesias invadidas y saqueadas, crucifijos ridiculizados y pisoteados, nulo reconocimiento a la labor asistencial y social …  Y no creyentes también.

Los cristianos de hoy ya no generamos violencia ni respondemos a la violencia con violencia, pero no podemos ser indiferentes y debemos exigir para nosotros la misma tolerancia que practicamos para con los demás, inspirada en el gran mandamiento de amar al prójimo, no en la estupidez.  Tolerancia, generadora de afecto, es lo que nos unía a mi amigo inglés y a este servidor de usted en la oración, sin que a ninguno de los dos nos avergonzase la FE que profesábamos.  No era indiferencia hacia lo que cada uno de nosotros sentía, sino una compartida honda preocupación porque ambos encontrásemos el refuerzo que buscábamos para nuestros respectivos espíritus. Este ejemplo entre un protestante y un católico ¿cree usted que es repetible entre ellos y cualesquiera otros creyentes?  ¿qué dificultad existe para ello?  Ninguna, créame lector, salvo la ausencia de bondad, buenas intenciones y de ¡amor al prójimo! ¿Por qué los no creyentes no hacen de ello también una norma de su conducta?  Ellos lo sabrán, o no, pero usted y yo, sí, seguro que sí lo sabemos. Y también sabemos quienes son los que fomentan la intolerancia, por qué y para qué.  No conseguirán sus objetivos.  Por de pronto, no nos dejaremos acomplejar ni contagiar por la indiferencia británica.

Salve, lector, con la ayuda del Hijo de Dios Resucitado y en la Gloria del Padre.

jueves, 5 de abril de 2012

ATALAYA ¿Lo sabíamos?


Pues claro que lo sabíamos ¿Y qué es lo que supuestamente habíamos de saber? se preguntará usted. Pero antes de que me lo pregunte, se lo voy a decir yo para que no me diga que me pongo a jugar a las adivinanzas. Con usted no, amigo mío. Las adivinanzas las dejo para los augures que presumen de saber lo que va a suceder, siempre claro arrimando sus previsiones a las ascuas de su ideología. Lo cual, por otra parte, no deja de ser absolutamente normal, porque en la práctica lo hacemos todos. Lo que ya es una anormalidad, es que la defensa de postulados ideológicos conduzca a pensar que con disfrazar la realidad y lanzar soflamas basta para convencer a una ciudadanía considerada estúpida y siempre dispuesta a aceptar como bueno todo aquello que no le induzca a pensar por sí misma.  Y lo que resulta más anormal todavía es que quienes han tenido en sus manos el timón para que la nave del Estado fuese capaz de superar vientos desfavorables, y hasta tempestades, lo que han hecho es generar un estado de debilidad tal que muchas vitaminas vamos a necesitar para restituir las fuerzas con las que llegar a buen puerto. Eso, si alguna vez las hubiéramos tenido, que no sé … Y saber, saber, no sé si lo sabríamos, pero que nos lo temíamos, seguro.

Puede que aún no haya dejado entrever a qué asuntos me estoy refiriendo. Pues allá va. En primer lugar, y ya que se produjo antes, la huelga del pasado 29 de marzo, o fiesuelga (fiesta y huelga), como tuve la ligereza (¡) de titular en una anterior “atalaya”. Ha de quedar claro que no soy contrario al derecho a la huelga, sino que lo respeto; y no sólo porque está en la Constitución, sino porque representa la forma de hacer público el descontento por situaciones que no hubieran encontrado otros cauces de expresión, a su vez reconocidos en el ordenamiento constitucional. Pero ha de quedar claro también, que este derecho es subsidiario del que, también constitucionalmente, se nos concede a todos los ciudadanos: el de trabajar.  Hasta aquí me parece que no le descubro a usted nada novedoso, y se estará preguntando que qué es lo que deberíamos de haber sabido, o temido. Pues mire usted, las frases incendiarias precursoras de actividades violentas, y ensayos de actos vandálicos que, o se cortan de raíz u originarán más de un altercado de orden público y de la seguridad ciudadana. Frases como las pronunciadas por algún “preclaro” sindicalista dirigente nostálgico de pasadas revoluciones: “… esta provocación nos aboca a la guerra …” o algo muy parecido, desnaturaliza y deslegitima la huelga desde la perspectiva de lo que el derecho le concede, y hasta podría, tal vez debería, constituir objeto de querella criminal. En fin, para echarse a temblar con esta gente.

Item mas.  Remata la faena la portavoz ¿se podría decir “portavoza”? de los socialistas hablando de “engaño” y de “desengaño”.  Bueno, bueno.  A este servidor de usted le resulta ya tedioso referirse a toda esta gente experta en urdir las patrañas que nos han conducido a la situación probablemente más peligrosa que haya vivido España desde 1700 (guerras aparte, eh). Y no me refiero ahora a los asuntos económicos, que también, sino de una manera muy especial a la quiebra de la unidad del Estado, de los principios éticos y morales que nos han de distinguir de los puramente fisiológicos, y para cuya superación resulta altamente dificultoso establecer fórmulas que la garanticen.  A corto plazo, desde luego que no. Con algunas generaciones desinformadas, o intencionadamente mal informadas por el medio, árdua tarea espera al conjunto de la sociedad. Es altamente ilustrativo de esto un artículo del pensador José Antonio Marina, publicado recientemente, titulado (discúlpeme el autor si no fuera exacto), LA INMUNODEFICIENCIA DE LA SOCIEDAD ACTUAL.  Casi nada.  Recomiendo su lectura.

La segunda cuestión que deberíamos haber sabido, tiene que ver con los Presupuestos Generales que el Gobierno ha presentado para su discusión en el Congreso de los Diputados. ¿De verdad nos sorprende que hayan sido restrictivos?  A este servidor de usted lo que le sorprende es que no lo hubieran sido todavía más.  Es más, no le sorprende, le frustra.  Me frustra en pura coherencia con lo que vengo sosteniendo una y otra vez: no se han retirado TODAS las subvenciones, ni se han disuelto TODOS los “chiringuitos” (terminología popular, pero muy descriptiva).  No son suficientes las que se deducen del proyecto de Presupuestos. Hay ahí un tremendo campo de acción para liberar recursos que deben ser destinados al fomento de la actividad económica productiva, y a reforzar las capacidades educativas y de desarrollo científico y tecnológico. Todavía se está a tiempo de hacerlo, Sr. Rajoy, como consecuencia del debate parlamentario que ahora se abre, y que debería concluir con la inclusión de lo que sabe usted que echo en falta.  No se me arrugue usted, y ¡¡¡hágalo!!!  Mire, si quiere ganarse de verdad, mejor dicho, si quiere que de verdad España recupere la credibilidad y confianza que ocho años catastróficos de gobierno socialista nos han hecho perder  ¡¡¡hágalo!!!  Si se quiere que nuestros socios europeos y los mercados en general vuelvan a confiar en nosotros ¡¡¡hágalo, y no se quede a medias tintas!!! Pero hágalo de una vez, recordando la forma en la que hay que ingerir el aceite de ricino, una cucharada y tapándose la nariz. Y ya está. Y que griten.

Tiene usted a su disposición varias líneas generales de actuación:  adelgazamiento del Estado, reasignando recursos y ganando eficiencia ¿me permite que insinúe recuper competencias? y eliminando redundancias, o tridundancias entre administraciones ¿me permite también que sugiera cancelar el cupo vasco y no conceder ningún otro? Y que griten; más empresa, con una reorientación de los estímulos que hasta ahora han probado su inutilidad, de una manera muy especial todo lo que se refiere al desarrollo tecnológico (¿tendrá esto algo que ver con las universidades y centros de investigación? ¿es que no hay alguien que lo entienda?; más Europa, emúlense las medidas de éxito en los países de nuestra comunidad ¿estamos ciegos o queremos ser más originales?, promoviendo e insistiendo en una armonización fiscal a escala europea; más y mejor educación, en lo que ni se puede perder el tiempo, ni escatimar esfuerzos; persecución de la corrupción (no añado nada, que todo se sobrentiende).  Cuando vemos que 28.000 millones de Euros nos van a costar los intereses de la deuda, nos damos cuenta de lo irresponsable que ha sido el gobierno que la adquirió, para nada; bueno, para algo sí: ganarse una clientela corrupta; y que ahora venga una de sus conspicuos  representantes ¿diríamos conspícuas? a hablarnos de engaño … Y cuando vemos la cantidad de dinero evadida sin pagar impuestos … Y no nos suba usted los impuestos, que ya se habrá dado cuenta de que ha sido un error; y si ni usted ni el señor Montoro se hubieran dado cuenta todavía, los mercados se lo harán saber.

Hoy le voy a dejar, amigo lector. Pero le aseguro que me queda “carrete” para largo, porque motivos ya me darán, ya. E incluyo de pasada, para que no se me olvide, una simple referencia: año 1512. ¡Pobre Navarra!  Y de las subvenciones ¿qué?

Salve.