Estos
días en los que los cristianos conmemoramos la Pasión y Muerte del Cristo, Hijo
de Dios, sufrida para abrirnos las puertas de la Redención, ciertas lecturas
conversaciones y el normal discurrir de los pensamientos me impulsan a
compartir con usted, mi querido lector y amigo, estas reflexiones particulares
diferentes a las que habitualmente le hago llegar de carácter tan crítico con
la cosa política y las acciones de gobierno que nos sobresaltan un día si, y el
otro también. Y me paso a cuestiones de
carácter trascendente, directamente relacionadas con mis creencias religiosas
y, que, sin ningún género de duda, inspiran los principios morales, éticos, y
hasta políticos en los que trato de basar mis relaciones de convivencia
familiar y social. No es la primera vez que declaro, para que no quepa lugar a
la duda, mi condición de católico, apostólico y romano, y los que me conocen lo
saben muy bien; lo soy por convicción, porque la realidad de la vida sólo ha
hecho que llenar de sentido la educación recibida de mi familia, en la escuela
y en una constante acumulación de experiencias. También los que me conocen
saben muy bien el grado de infinitésima humildad respecto del modelo que su
servidor atribuye a los hechos de su vida; nada pues de presunciones o
arrogancias injustificadas. Pero
interesa a los propósitos de esta atalaya de hoy sacar a la luz esta profesión
de FE, para que no quede restringida al ámbito exclusivamente íntimo de mi
persona, o a los de reducidos círculos de relación social. Espero aclarar las
razones que me mueven a ello a lo largo de las siguientes líneas.
Vaya
por delante mi absoluto respeto a quienes guiándose por otros credos
religiosos, por ningún credo, o solamente por una estricta materialidad de la
condición humana, no atentan contra ninguno de los bienes y derechos que para
sí reclaman. Nuestro Salvador garantiza también para ellos, en tales
condiciones, la misma Vida Eterna que a nosotros nos tiene reservada, la misma
con la que el Padre le premió a ÉL. No
pretendo, amigo mío, convertir esta atalaya en una pastoral u homilía
reservadas a quienes tienen adquirida y reconocida capacidad para hacerlo; pero
lo que sí busco es exponer la realidad actual del hecho religioso y las
situaciones de complejidad al tiempo que de desigualdad que los cristianos en
general estamos viviendo. Estas palabras irán fluyendo como consecuencia de los
pensamientos conmemorativos aludidos (resulta obligado reconocer que debieran
de producirse con mucha mayor frecuencia, aún cuando en realidad no sean raros,
ni escasos), así como por el influjo de los diferentes ambientes circundantes.
He
recordado un paseo dado por Manchester hace ya unos veinte años con un amigo
inglés, lamentablemente ya desaparecido, con el que después de una larga jornada
de trabajo y de tomarnos un refrigerio en el hotel en el que estábamos
hospedados, procedimos a reconocer en un largo paseo, y él a explicarme, los
profundos cambios que se habían producido en la ciudad como consecuencia del
cambio de modelo socio-económico experimentado desde la por aquel entonces
reciente reconversión industrial. En un momento dado, me hace saber sus
intenciones de entrar en la Catedral para orar, advirtiendo que como se trata
de una iglesia anglicana, yo podría esperarle un rato en cualquier lugar de las
proximidades. Le contesté que no, que yo también entraría con el mismo
propósito que él. No ocultó su sorpresa, y más tarde comentamos con el buen
humor que a ambos nos caracterizaba (quiero creer que en mi caso todavía
persiste), el cuadro que habíamos representado: un protestante y un católico
rezando juntos al mismo Dios, en paz y plena amistad, en una iglesia anglicana.
Posteriormente, hicimos lo propio en la Catedral Compostelana. Nada de raro
parece haber en la representación ¿verdad? Raro, evidentemente, no. Escaso, sí; y es escaso por el mero hecho de
entrar a rezar; no de hacerlo juntos, sino de rezar; no de entrar en aquella
iglesia a contemplarla como joya arquitectónica o a admirar sus tesoros y
reliquias; no, a rezar. Pues eso. Es muy cierto que para rezar no es necesario,
ni siquiera importante, entrar en una iglesia, pero sí lo es para hacer
explícita nuestra FE. Poco a poco se irá viendo por qué me parece que es
bastante más que importante explicitar nuestra FE.
Estos
pasados días tuve la oportunidad de ver una serie producida por la BBC,
titulada “HOW GOD MADE THE ENGLISH” (Cómo Dios hizo a los ingleses). Utilizo el
título en original para que si usted se siente interesado en ella pueda
localizarla con mayor facilidad. Aparte
del aparentemente estrambótico título, que muy bien pudiera hacernos esbozar
una sonrisa con la que adornar el pensamiento de: “… vaya, ya están los
ingleses con sus peculiaridades …”, me llamaron la atención dos expresiones
utilizadas por el extraordinario historiador-narrador; una, la afirmación de la
progresiva reducción de lo religioso al ámbito íntimo, sin que se hable de Dios
en público; y dos, la “indiferencia hacia el diferente” que, dicen, predomina
hoy en la sociedad británica, al menos en lo que conocemos como Gran Bretaña.
No viene al caso comentar los argumentos a través de los que tratan de explicar
la evolución de la sociedad inglesa en materia religiosa, pero sí son
reseñables esos dos aspectos que quedan meridianamente recogidos: la práctica
ausencia de Dios en lo público y, ya no la tolerancia, sino la indiferencia de
los miembros de la Iglesia de Inglaterra hacia quienes profesan otras
religiones.
Para
este fabulador de atalayas que le da a usted la tabarra cada pocos días, ya fue
en su día motivo de preocupación, no exenta de irritación, la ausencia de
referencias a Dios en el mal llamado documento constitucional europeo (ausencia
que por si sola me motivó para promover el voto negativo), pareciéndole cosa
estúpida tal gratuita renuncia al valor esencial de nuestra civilización. Hoy
esa preocupación se ve acrecentada por la señalada renuncia a manifestar
nuestras creencias cristianas, y a aceptar la retirada de sus símbolos bajo una
aparente tolerancia que, como en el caso británico que mencionamos, se disfraza
de indiferencia. Pues no, amigo mío; la
indiferencia no tiene nada que ver con la tolerancia, y su confusión genera una
situación de extrema gravedad. Nada de
lo que nos rodea debe resultarnos indiferente, y menos desde el plano de las
creencias. Y tolerantes habremos de
serlo todos con quienes a su vez practican la tolerancia. Y habremos de ser
intolerantes con todo aquello que perturba el armonioso desenvolvimiento de la
convivencia; es decir, con los intolerantes.
Con la salvedad de no caer en la violencia con la que muchos expresan su
intolerancia. En ese punto habrá de establecerse la diferencia. En el mundo actual, me falta por ver que los
cristianos respondan de la misma forma a como lo hacen creyentes de otras religiones: misioneros asesinados, iglesias invadidas y
saqueadas, crucifijos ridiculizados y pisoteados, nulo reconocimiento a la
labor asistencial y social … Y no
creyentes también.
Los
cristianos de hoy ya no generamos violencia ni respondemos a la violencia con
violencia, pero no podemos ser indiferentes y debemos exigir para nosotros la
misma tolerancia que practicamos para con los demás, inspirada en el gran
mandamiento de amar al prójimo, no en la estupidez. Tolerancia, generadora de afecto, es lo que
nos unía a mi amigo inglés y a este servidor de usted en la oración, sin que a
ninguno de los dos nos avergonzase la FE que profesábamos. No era indiferencia hacia lo que cada uno de
nosotros sentía, sino una compartida honda preocupación porque ambos encontrásemos
el refuerzo que buscábamos para nuestros respectivos espíritus. Este ejemplo
entre un protestante y un católico ¿cree usted que es repetible entre ellos y
cualesquiera otros creyentes? ¿qué
dificultad existe para ello? Ninguna,
créame lector, salvo la ausencia de bondad, buenas intenciones y de ¡amor al
prójimo! ¿Por qué los no creyentes no hacen de ello también una norma de su
conducta? Ellos lo sabrán, o no, pero
usted y yo, sí, seguro que sí lo sabemos. Y también sabemos quienes son los que
fomentan la intolerancia, por qué y para qué.
No conseguirán sus objetivos. Por
de pronto, no nos dejaremos acomplejar ni contagiar por la indiferencia
británica.
Salve,
lector, con la ayuda del Hijo de Dios Resucitado y en la Gloria del Padre.
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