sábado, 8 de marzo de 2008

Ciudadanía, Ética y Elecciones (V)

Como una última contribución en este día de reflexión electoral, añado a mis entradas el artículo que estaba redactado con dudas sobre si sería leído a tiempo, y en el que en su final se recogen ciertos temores que, como casi siempre ocurre, se han visto superados por la trágica realidad; realidad sangrienta y criminal en este caso. Amigo lector, ¡todos somos Isaías Carrasco!, y en su honor y memoria, jamás, jamás, jamás... deberíamos tolerar diálogo, ni mucho menos negociación, con quienes le han asesinado, ni con quienes de una u otra manera les dan covertura política o social. Nunca, ni ahora, ni mañana. Debemos dejárselo muy claro a quienes optan mañana a obtener nuestra confianza. Votemos, votemos mayoritariamente a los que nos ofrezcan garantía de que jamás se volverán a intentar vías de diálogo con los terroristas. El único diálogo posible es el de la rendición, la entrega de sus armas y el cumplimiento de las responsabilidades penales que les correspondan a los que tienen las manos manchadas de sangre.
El ser humano y sus valores. CIUDADANIA Y ÉTICA (V)
Publicándose en Canal NW, nº 25, marzo de 2008

Quinta parte.

Comenzaba mi columna anterior mencionando la escasa probabilidad de que tuviésemos un nuevo contacto antes de la convocatoria electoral del 9 de marzo. Y no es muy probable, pero sí posible, dado el interés de nuestro director en salir durante los primeros días de cada mes. Un servidor sí que se pone a escribir pensando en la posibilidad de que esto ocurra, es decir, que usted pueda leer el periódico a tiempo.

¿A tiempo de qué? Nadie lo sabe, porque si este columnista no tiene la intención de convencer a nadie, de nada, a no ser de la necesidad de establecer criterios responsables y conscientes sobre todo lo que nos concierne como ciudadanos, ¿a qué viene entonces este interés, al menos aparente, por relacionar nuestra columna de opinión con los comicios a celebrar? Respuesta sencilla. Cumplir con lo que nosotros consideramos un deber, al tiempo que un derecho, como es acudir a votar, y hablando como estamos de Ética, son los principios éticos de cada uno de nosotros los que deben orientar el sentido de nuestra elección política.

La cuestión que se plantea, que se plantea este servidor en compañía de su tantas veces referido, incómodo y tantas otras implacable yo, es si los que constituyen la oferta política de la que deberemos extraer la que resulte de nuestra preferencia, responden a lo que es exigible para el ejercicio de tan altas funciones como las que se derivan de establecer el marco jurídico que a todos nos afecta, y las de gobierno y administración de los recursos públicos en forma escrupulosamente respetuosa con las leyes y determinante para la convivencia en la pluralidad ideológica que tanto respetamos, pero que, nos tememos, todavía con asignaturas pendientes por aprobar. Y no es asignatura menor la de valorar la ética de las ideas, de las propuestas y de las intenciones de los políticos candidatos.

No es fácil, lector, y, a lo peor, o a lo mejor, que nunca se sabe, cuando usted nos lea ya conoceremos cuál ha sido el resultado de la valoración a la que nos referimos. Es decir, ya habrá pasado el día 9, y sólo será posible analizar lo que ha ocurrido sin que exista la menor posibilidad de enmienda. Aquí está, claramente determinada la responsabilidad ciudadana: que las decisiones ya no tienen marcha atrás, al menos por un período de cuatro años. ¿Cree usted que merece la pena hacer la valoración ética a la que le invitamos, antes de que no tenga remedio? Y que la tal valoración, desprovista de cualquier sectarismo ideológico ¿merece la pena? Advierta que mencionamos sectarismo ideológico, que no tiene nada que ver con la necesaria ideología política a la que cada uno de nosotros tiene un derecho irrenunciable y que con toda legitimidad ética debemos ejercer.

Usted ya sabe, lector amigo, de nuestras íntimas discusiones en las que siempre, siempre, tratamos de eliminar de nuestros actos, y si pudiésemos también de los suyos, de los suyos de usted, se entiende, todo influjo sectario que anula el entendimiento, la capacidad crítica y nos convierte en pseudos-estúpidos incapaces de tomar decisiones conscientes y responsables, acordes con las exigencias de una sociedad democrática madura. El sectarismo que nos conduce a aceptar cualquier barbaridad que se diga o que se haga con tal de que provenga de aquellos que consideramos “de los nuestros”, sin importar el daño que se causa a la dignidad individual y colectiva. Pero no es éste el caso en el que usted y yo nos encontramos ¿verdad lector?

Usted y nosotros sus servidores puede que no, pero ¿qué podemos decir de las multitudes que asisten a los mítines políticos y que aplauden, y hasta jalean, a todos los que en el colmo del paroxismo no se privan de decir las mayores barbaridades, ignorantes estupideces, e insultos y descalificaciones del adversario, sin mas objetivo que el de provocar la reacción exaltada y primitiva de los ignorantes? Y, como en otras ocasiones hemos denunciado, lector, mintiendo, mintiendo, mintiendo una y otra vez. Uno de los candidatos lleva mintiendo los últimos cuatro años, diciendo que no hizo lo que ya todos sabemos que sí, que hizo; diciendo que hizo aquello de lo que no existen pruebas de nada; desdiciéndose hoy de lo dicho la víspera y poniendo al país “patas arriba” atribuyendo al adversario sus propias culpabilidades. El lunes 25, estos servidores pudimos comprobar su semblante crispado. No sabemos el que tendrá el lunes 3. Pero, ha quedado bien claro cuál de los candidatos es el protagonista de la crispación. A lo peor hasta volvemos a tener ejemplos de ella el día 8 ¡ojalá que no! ¿Y el día 9? ¡Aaaaah…la Ética ciudadana!

ADENDA.

Vemos lector, cómo me he visto superado en el mal escenario que preveía para el día 8, por los acontecimientos de la víspera. ¿Actuaremos los ciudadanos el día 9 exentos de sectarismo doctrinario, o por el contrario, lo haremos en defensa de la Dignidad, de nuestra dignidad individual y colectiva? Votemos. No nos quedemos en casa. Y hagámoslo a favor de aquellas opciones que mantendrán intacta nuestra dignidad. Después será tarde. Salud, Esperanza y Ética.


Elecciones y Dolor

Es hoy la jornada de reflexión previa a la electoral, y nuestros "idus de marzo" comenzaron a manifestarse ayer en la forma sangrienta que ha hecho desaparecer a Isaías Carrasco a manos de las bestias terroristas de ETA.

Dolor, dolor, dolor ... inmenso, que, después de despertar nuestra solidaridad con la familia y con sus allegados y amigos, nos conduce inexorablemente a compartir con usted, lector amigo, las últimas reflexiones sobre el tema central de esta columna. Pero el dolor no se ve acompañado por la sorpresa. Ya se sabía que estos asesinos estaban, y lo están siempre, dispuestos a matar bajo cualquier situación y circunstancia que ellos crean que les puede beneficiar. Y aún a veces en forma incomprensible en cuanto a oportunidad. Pero, claro, no nos estamos refiriendo a seres humanos con capacidad de entender la vida en sociedad como usted y un servidor lo hacemos. Nos referimos a bestias enloquecidas y enfurecidas en la búsqueda de la realización de sus absurdas ensoñaciones.
Sabíamos que ésto iba a ocurrir. Pero también sabíamos, y sabemos, que ésto ocurriría en cualquier caso; dentro de un proceso de diálogo/negociación, o fuera de él; dentro de una tregua con trampa o sin ella; en período de acoso policial y judicial, o sin el. ¿Es que no sabemos que son terroristas asesinos, y que sólo se sentirán satisfechos cuando consigan todo lo que pretenden? Y después de que lo consigan ¿qué?
Nosotros sabíamos que ésto había de ocurrir; ahora o pasado mañana. Así to teníamos proclamado, sin que por ello reclamemos capacidades adivinatorias. No hace falta. Es de puro sentido común. Y volverá a ocurrir. Creerse que porque existan vías abiertas de comunicación con los terroristas va a evitar su acción criminal, resulta de patética ingenuidad, cuando no de una patológica estulticia, o, lo que es infinitamente peor, de una inmoralidad sin límites. Y es todavía mucho más grave, abrir esas vías de comunicación cuando ya estaban cerradas. Porque ello además supone un atentado a la ética política en la que, obligatoriamente, se han de sustentar las democracias. Ética que, fundamentalmente, no se fundamenta más que en la Verdad y la Dignidad, tanto desde una perspectiva individual como colectiva.
Y todos estos años se ha estado faltando a la Verdad, y no ha importado demasiado la Dignidad, y con ello, desde una visión moral de la vida pública y ciudadana, de saber lo que está bien y lo que no lo está, de lo que causa el bien y de lo que no, la relación con los terroristas ha subvertido aquello que representa la fortaleza de una sociedad democrática: la irrenunciable supremacía de la justicia sobre el crimen; a cualquier precio, y por encima de cualquier precio. Incluso el de la vida. De qué nos sirve la vida sin dignidad y sin respeto por la verdad.
Mañana nos enfrentamos todos a la responsabilidad de elegir a la persona y al grupo político que ha de conducir los negocios de España durante los próximos cuatro años. En estos momentos, el ejercicio de esa responsabilidad ha de estar aderezada, más que nunca, de un especial grado de consciencia y de espíritu crítico, alejada de sentimentalismos y de ira. ¡Todos a ejercerla, todos a votar!, queriendo manifestar en ella el tipo de sociedad española en la que queremos vivir. Una España firme y digna, resistente a los chantajes, armada de valores y orgullosa de poseerlos. O una España inane, permisiva y relativista, en la que cualquier cosa pueda ser asumida con la irresponsabilidad de la inconsciencia.
Aquí tenemos el reto. Apartar de la acción de gobierno a quienes han estado dispuestos a pasar a la historia como los grandes pacificadores, sin importarles el precio que había que pagar por ello, o mantenerles en sus funciones, con la certeza, nuestra certeza, de que les va a faltar tiempo para reincidir en sus absurdos y calculados errores. Ha llegado uno de los momentos importantes de nuestra vida de ciudadanía en común. Vayamos a votar, vayamos a votar todos. Y con el ejercicio de este derecho, que en el momento presenta también se configura como una obligación, demostremos que cuantos más votemos, mejor representación política obtendremos. Caiga quien caiga. Lo que no caerá será nuestra dignidad. Y producirá sorpresas a más de uno. No quisiera estar equivocado.
ADENDA.
Recuerde, lector amigo. Ayer, todos los partidos con representación parlamentaria en una nueva escenificación de pretendida unidad frente al execrable crimen, todos, menos uno, se han negado a rechazar futuras negociaciones con la banda terrorista. ¿Nos damos cuenta de lo que ésto significa? Una tremenda probabilidad de que el proceso de diálogo/negociación continuaría en el caso de que continuase la misma o parecida composición de nuestro Congreso de los Diputados.
¿Es ésto lo que usted y su servidor queremos? Salud, con esperanza.

jueves, 6 de marzo de 2008

Idus de Marzo. Elecciones 2008

¿Cómo nos tratarán nuestros particulares "idus de marzo"? En mis, seguramente, peculiares reflexiones, siempre obtenidas a base de un bien luchado combate con ese mi otro yo, que nunca me abandona -¡qué pertinacia la suya!- siento como me invade una sensación mezcla de perplejidad, escepticismo, impotencia y preocupación por el resultado de los comicios del próximo domingo 9 de marzo.


La sensación proviene de las informaciones posteriores a la celebración de los dos simulacros de debate entre los candidatos de los principales partidos políticos de España -¿podremos seguir llamándole así al país en que vivimos?- y es porque no acabo de ver por ningún lado la coherencia entre lo visto y vivido y lo que reflejan las encuestas. Si hubiese coherencia, el resultado sería un suspenso mayúsculo a ambos contendientes, pero claro, los medios de comunicación, y los partidos políticos mismos, tienen un exacerbado interés en proclamar un ganador, y lo hacen. Pero no es ese interés compartido por los medios y los partidos, lo que produce mis negativas sensaciones, ni siquiera el resultado de las encuestas, del que discrepo. Las produce la incertidumbre sobre lo que van a arrojar las encuestas reales, es decir, el recuento del contenido de las urnas. Y ¿por qué me invaden tales sensaciones?
Déjenme que me remita a unas reflexiones publicadas en la Atalaya nº 13, del domingo 17 de diciembre de 2006, en El Correo Gallego, titulada LOS CAMINOS DE LA DEMOCRACIA. De entonces a hoy, bastantes acontecimientos se han producido, pero se me antoja que aquellas cobran hoy interesante actualidad, y así se las reproduzco:

"Mucho se viene hablando y escribiendo en los últimos tiempos, amigo lector, de la necesidad de reformar el sistema electoral español. Este servidor mismo, lo ha reclamado ya en éste y otro medio de comunicación, por entender que el actual sistema no da respuesta a las necesidades básicas de una democracia que pretende ser madura, y de paso evitar, al máximo posible, el riesgo de que los partidos caigan en los excesos totalitarios a lo que veo que se siente tan inclinada la elite dirigente de esa burocracia particular que se ha convertido en la dominadora absoluta de la acción de los partidos políticos, sin que los militantes puedan hacer otra cosa que asentir, o permanecer en silencio durante los espacios de tiempo que median entre cada período electoral. Y lo mismo sucede con la acción parlamentaria. Bueno, se puede manifestar el descontento, tanto por los militantes de los partidos, como por los ciudadanos en general, aunque con nulo resultado, pues es en estas circunstancias donde la potestad indiscutible de los dirigentes puede tener, o no, en cuenta tales protestas.

Y si bien es cierto que en los últimos tiempos, tanto en la legislatura anterior como en la presente, muchos ciudadanos están mostrando con sus manifestaciones, nítidamente, cuáles son sus intereses, falta por percibir la discrepancia específica de los militantes de un partido político en contra de las propuestas del mismo. No he visto una sola expresión organizada de esta naturaleza ¿se debe a que no hay discrepancia?, o ¿se debe al obediente sectarismo dominante por el cual todo cuanto hacen los nuestros está bien?, o ¿a una cobarde actitud fruto del confort que produce la posibilidad de que sean otros quienes arreglen los entuertos? Cualquiera que fuera la respuesta a estas preguntas, indicaría una tremenda debilidad democrática en nuestra sociedad, demostrativa de la ausencia de espíritu crítico y libre. Ninguna discrepancia debería ser entendida como una renuncia a los principios ideológicos de un partido, y sí en cambio como una contribución positiva a su aproximación a la sociedad real. Por ejemplo, nadie dejaría de ser liberal, o conservador, o socialista, o comunista por discrepar de la dirección de sus partidos cuando ésta corrompe tales principios, o sus actuaciones perturban la concordia social. Como tampoco dejaría de serlo por elegir puntualmente otras opciones que se aproximasen en mayor medida a sus convicciones. Ésta es la grandeza y sería la mejor prueba de la deseable salud democrática.

En una oportunidad anterior me mostraba convencido de la honorabilidad de la inmensa mayoría de la militancia –conozco muy bien militantes de todos los partidos-, pero también asombrado de que esta misma honorabilidad fuese tolerante, o indiferente, con las directrices y actos que conculcan la honorabilidad general del país. Y me parece que esto se debe a la falta de cauces para forzar el relevo de los componentes de esa burocracia dirigente cuando así conviniese al interés general, por encima de las ideologías. Es aquí donde debería producirse una auténtica rebelión, negándose la militancia a practicar un seguidismo estéril y paralizante (tal y como he propugnado con anterioridad). Si esta rebelión se produjese, y tuviese consecuencias visibles, los dirigentes de cada época actuarían con rigor, transparencia y mesura. Lo mismo ocurriría, sin necesidad de provocar ninguna suerte de rebelión, si el acceso a las cúpulas del poder en los partidos no fuese una sucesión de herencias dentro de lo establecido en los mismos, puesto que no otra cosa se produce, salvo contadas ocasiones, tanto en asambleas como en congresos. La reforma electoral en los partidos habría de comenzar por una verdadera representación territorial en la que los compromisarios fuesen elegidos sin la tutela de la burocracia dominante.

¿Y qué decir de la reforma para elegir los representantes a los Parlamentos? Mientras que éstos no sean elegidos en circunscripciones, o distritos territoriales, en contacto directo y permanente con los electores, ofreciéndoles un programa de trabajo conectado con las necesidades reales de la ciudadanía más próxima, comprometidos en su realización, y rindiendo cuenta directa ante ellos de los resultados obtenidos; mientras que los electores hayan de seguir suscribiendo listas cerradas, y no puedan desechar aquellos que no merezcan su apoyo; mientras se siga manteniendo un porcentaje bajo de los votos para tener derecho a representación parlamentaria a grupos minoritarios, cuyos intereses y propuestas pueden ser defendidos por otros afines; mientras estas situaciones se mantengan, los ciudadanos electores verán conculcados sus afanes e intereses por pactos y maniobras, a veces contra natura ideológica, y siempre, aunque se trate de defenderlos con eufemismos, contra los principios básicos de la democracia. Y debo mencionar también la posibilidad de segundas vueltas, cuando un partido político no alcance la mayoría para que gobierne su candidato principal. ¿Nos damos cuenta, verdad, de la energía cuya pérdida estéril nos ahorraríamos?

Seguramente resulta una utopía que veamos una reforma tan profunda de una sola vez, pero ¿para cuando dejamos comenzar por lo básico? Desechemos los temores que como ciudadanos pudiéramos tener (otros sí que parecen tener esos temores ¿por qué?), porque es muy cierto que poner en práctica todas a la vez, o algunas de las reformas necesarias, no supone dar un salto en el vacío; sobran referencias en nuestro entorno social occidental en las que ilustrarse; véase, si no, la más antigua experiencia democrática del planeta, y todavía viva, la del Reino Unido. Bueno, pues mientras esperamos, deseo Salud y Esperanza para todos."
ADENDA.
La gran incógnita, causa de mi desazón. A la vista del comportamiento de los dos aspirantes a presidir el gobierno de España, el uno, mentiroso convicto y confeso, sin más programa que el de conservar el poder a toda costa; eso sí, carismático y telegénico; el otro, honesto y prudente pero temeroso de molestar con algunas de las cosas en las que cree. ¿Se producirá la rebelión, y los votantes se saldrán, nos saldremos, del tan estéril y paralizante seguidismo denunciado? ¿Tendrán los habituales votantes socialistas el valor de depositar su confianza en otras opciones, aunque fuese las de su principal rival? Eso sí, acudiendo a votar ¡eh!, para que no se diga ... llegado el caso. Que los idus de marzo nos sean propicios.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Ciudadanía y Ética, y las elecciones IV

El ser humano y sus valores. CIUDADANÍA Y ÉTICA
Publicado en Canal NW. Nº 23. Enero de 2008

Cuarta parte. Querido lector amigo, este humilde columnista junto con su inseparable, contradictorio y numerosísimas veces insoportable íntimo yo, deseamos que su vida durante el pasado Tiempo de Adviento haya transcurrido plena de felices acontecimientos, y que esta presente Epifanía sea el preludio de un Año Nuevo en el que podamos continuar con nuestra firme defensa de los Valores consustanciales con nuestra naturaleza de seres humanos. Le prometo que, nosotros, seguiremos con nuestra particular misión de compartir las reflexiones que los acontecimientos cotidianos nos susciten y que tengan impacto, directa o indirectamente, en lo que más nos preocupa como individuos que vivimos en sociedad, preocupados por la recta interpretación y aplicación de principios morales en nuestras vidas: basados en la identificación de lo que está bien y de lo que no lo está. Es decir, lo que en ocasiones anteriores hemos rotulado como la diferencia entre SER y lo que DEBE SER.

Nos hemos visto sobresaltados por el asesinato perpetrado en Francia por los asesinos-terroristas-nacionalistas de ETA, hoy ya, afortunadamente, identificados y parcialmente detenidos, pero, también es cierto que con la convicción de que las bestias perpetrarán nuevos atentados; es su condición de bestias. En esto sí que estamos de acuerdo con lo manifestado por uno de los preclaros e ínclitos jueces de nuestro país, cuando dice que “… pueden matar cuando quieran”. Pues qué bien. Para decir tamaña obviedad no se necesita ser ni juez ni preclaro. Es tan obvio como que cualquier asesino, sea terrorista vasco o de cualquier otra naturaleza puede matar cuando quiera. No dejan de sorprendernos este tipo de manifestaciones que tienen difícil interpretación, salvo la de contribuir a relativizar la cuestión frente al interés último de los ciudadanos; vamos, al menos frente a un número muy importante de los ciudadanos que gustamos de conocer con claridad la realidad de los hechos y de las intenciones, sobretodo de quienes ejercen funciones tuteladoras de la vida pública, en el gobierno, en la judicatura o en la creación de opinión. Nos gusta conocer cuales son los principios éticos en los que se inspiran, y cuáles las reglas morales por las que se rigen. Y ya lo vamos conociendo, ya.

No dejan de sorprendernos tampoco algunas calificaciones del dramático hecho, establecidas por otra de las preclaras personalidades de la vida política, en este caso un miembro del gobierno, cuando ha tratado de decirnos que habría alguna diferencia entre un hecho “fortuito” o un hecho “premeditado”. Tendría que explicárselo con más claridad a las dos víctimas y a sus familias, y de paso a todos los demás que como nosotros, inteligencias y espíritus simples, no somos capaces de discernir sobre cuestiones tan elementales. Claro que entre lo fortuito o accidental, y lo premeditado o intencional, hay notables diferencias que siempre se tienen en consideración a la gravedad de los hechos que se pudieran juzgar en cualquier tribunal. Pero, lector ¿cuál es la intención del mensaje?, ¿que la muerte es diferente en cada caso?, ¿que los terroristas no querían hacer uso de sus armas, pero que en un impulso irrefrenable no pudieron controlarlas?, ¿que eran portadores de ellas al igual que los niños llevan sus juguetes al jardín?, o que, lo que ya sería el colmo, ¿que fueron provocados por la presencia de nuestros dos guardias civiles, que además iban desarmados?; tamaña provocación se les habría hecho insoportable a nuestras bestias no domesticadas. Mucho nos tememos que las intenciones del mensaje coinciden con las del ínclito juez, ya descritas.

Hagámonos aún más preguntas, ¿qué se nos da a nosotros, pero sobretodo a las víctimas, que la acción de las bestias hubiera sido fortuita o premeditada?, ¿serían por ello menos bestias? Pido perdón a un admirado profesor, por utilizar, aunque sólo sea en parte, el sustantivo de su invención; en parte porque él lo hizo más completo llamándoles hijos de la bestia, aunque para el caso, da igual que la bestia sea la organización que les moviliza y ellos sus hijos, y que, si no estuviésemos reflexionando con toda seriedad y con dolor, poniendo negro sobre blanco el resultado de tales reflexiones, hasta podríamos jugar gramaticalmente con la pertinencia de utilizar el término bestias como sustantivo o como adjetivo; creemos que tal juego no procede en tanto que insoportable frivolidad y en tanto que coincide en ambos casos con la verdadera naturaleza de quienes lo merecen. Pedimos disculpas, lector, por la digresión, que también en este caso tiene por objeto enfatizar la personalidad de los asesinos-terroristas-nacionalistas y solamente para eludir cualquier ambigüedad al uso, créannos. Júzguenos usted, lector, como guste, pero aspiramos a que no nos sitúe en el terreno de la ambigüedad.

Y no deja de sorprendernos tampoco la constante y rebuscada grandilocuencia de quienes tienen la máxima responsabilidad del gobierno, con la que tratan de explicar, y convencernos, de lo que hay que hacer y se hace, mientras que los hechos demuestran, tozudamente, que no se hace lo que es ética y moralmente exigible y que sólo tiene dos posibilidades de salida: una, la cesión a las pretensiones de los terroristas-nacionalistas, que son insaciables por naturaleza, y que supondría hacernos caer en toda una indignidad colectiva; o, dos, derrotarles con el uso de todos los instrumentos disponibles en la sociedad democrática, no esperando la milagrosa conversión, que no se va a producir, haciendo pública proclamación de lo que es moral y éticamente exigible: jamás nos sentaremos con los terroristas ni con sus mantenedores sin que se cumplan tres condiciones; la entrega de las armas; petición de perdón a las víctimas; cumplimiento íntegro de las penas a quienes les pudieran corresponder. ¿Cuál de las dos salidas preferimos? Nosotros lo tenemos claro, lo hemos tenido claro, y expresado, siempre ¿lo tiene igual de claro el señor presidente del gobierno de España?

Ha de saberse que, cualquiera que sea la salida elegida, va a seguir habiendo asesinatos y extorsión; por un lado, porque a los terroristas-nacionalistas siempre les parecerá lento el proceso de rendición, y por otro, para atemorizarnos. Esto ultimo no lo van a conseguir, porque hace falta mucho más para atemorizar a una sociedad firme en sus valores éticos ¿Realmente somos esa sociedad, o es fruto de nuestra personal ensoñación? Nos tranquilizaría tener la seguridad de que los deseos de terminar con el conflicto –e aquí una prueba más del uso perverso del lenguaje ¿de qué conflicto estamos hablando? ¿puede aceptarse como conflicto la existencia de actividades asesinas dentro de un estado democrático, debidamente organizado y consciente de su fortaleza?- que no tenemos la menor duda en suponerle al señor presidente del gobierno (siempre nos sentimos inclinados a suponer bondad de intenciones), los deseos de terminar con el “conflicto”, repetimos, han de corresponderse con hechos que no oculten lo engañoso de las frases grandilocuentes, y todos podamos sentirnos seguros de la firme decisión de terminar con los errores cometidos, esta vez sí, con espíritu de corrección ético-política, sin pantomimas pancarteriles, sin ridículas manifestaciones extemporáneas. Nosotros lo vemos así; vamos, sabemos que tiene que ser así. Ésta es nuestra ética ciudadana ¿Lo sabe usted, señor presidente? De no ser así, al menos estos dos espíritus políticamente incorrectos, desearíamos terminar el año que ahora comienza sin su presencia en el gobierno de nuestro país. Habría más razones, pero hoy nos conformamos con exponer ésta. Salud.

Adenda. Hasta aquí la reflexión de los primeros días de enero. Todo lo que nos preocupaba se ha ido confirmando. Y el broche acaba de ponerlo el candidado socialista a la presidencia del gobierno, en el transcurso del debate (?) del pasado lunes 3 de marzo, cuando dice "... cualquiera que sea el resultado de las elecciones, yo, apoyaré al gobierno en la lucha contra ETA, sin condiciones", y repite, sin condiciones. Es decir, no le importa que sea negociación, cesión, fusión, fisión.... Usted y nosotros tenemos la palabra el día 9 para recuperar la fortaleza moral de la que carecen algunos políticos sin escrúpulos.

lunes, 3 de marzo de 2008

La Verdad, la Ética, y las elecciones



El ser humano y sus valores. LA VERDAD Y LA ETICA
Publicado en Canal NW, nº 24. Febrero de 2008


Decíamos entonces que, con toda probabilidad, amigo lector, no tendríamos la oportunidad de comunicarnos con usted antes de la cita electoral que tenemos a la vista (lo cual no sucede utilizando este medio de comunicación -blog- que sí podrá ser leído), razón por la cual queremos aprovechar ésta para compartir con usted una más de nuestras iniciativas contrapropagandísticas con las que nos afirmamos en nuestra particular incorrección política, y en defensa del predominio de principios éticos y morales en todo cuanto concierne al desarrollo de la vida pública, y porque demasiadas veces nos producen perplejidad muchas de las manifestaciones de quienes tendrían que ser especialmente cuidadosos. Hoy nos referiremos a dos singulares entornos en los que venimos observando una singular interpretación de la Ética y de la Verdad. Eclesiástico el uno, y político el otro.

En el primero, nos encontramos con representantes de la autodenominada Iglesia Vasca: los monseñores Setién y Uriarte. Monseñor Setién ya resulta patético con sus desvaríos espirituales e intelectuales, con los que nos obsequia desde su retiro, siempre en su conocido apoyo de la locura nacionalista. Lo de monseñor Uriarte nos inquieta más, cuando pretende con su aparente “buenismo” que los medios de comunicación no hagan llegar a los ciudadanos la cruda realidad de los hechos, y que el endurecimiento de los partidos políticos -¿de cuáles, y en qué dirección se produce tal endurecimiento?- representa un “golpe a la esperanza”, bajo un pretendido impacto negativo en la moralidad colectiva. ¡Hombre, Monseñor, con el mayor de los respetos por su dignidad personal y eclesiástica, si lo que precisamente conviene a la salud democrática es justo lo contrario! La firmeza en valores.

La firmeza, democrática eso sí, basada en la ética de la Verdad y en la verdad de la Ética, es lo que realmente representa un golpe a la esperanza, pero a la esperanza de los asesinos, nunca a la de las personas de bien ¿Qué pretende Monseñor, que no conociendo la realidad tal cual ella es, nos desentendamos de tales problemas y éstos pasen a formar parte solamente de nuestro inconsciente? Inconsciente que conviene a las ensoñaciones nacionalistas, claro, y con la connivencia de la elite burocrática socialista que actualmente gobierna el partido, y que, de una forma tan lamentable, en sociedad con los nacionalistas, conducen los asuntos de España.

En el segundo entorno, el político, acabamos de descubrir, a confesión de parte, que el Presidente del Gobierno de España supedita el cumplimiento de las leyes y sus compromisos parlamentarios y ciudadanos, a una tan personal interpretación ética de las cosas que le permite hacer lo que no dice y no decir lo que hace; es decir: una falta de respeto a la Verdad, en línea con lo que nos tienen acostumbrados muchos de los conspícuos componentes de esa elite-burocrático-socialista. Estos servidores que con usted comparten sus cuitas, y que no están dispuestos a aceptar pasivamente que la men tira emponzoñe la vida pública, animan a los socialistas de razón y de corazón a que alejen de responsabilidades políticas a tales dirigentes por su contumaz ética acomodaticia y pertinaz incompetencia. Lo que tantas veces hemos dicho desde estas y otras páginas y que quisiéramos ver hecho realidad: que tantos y tantos socialistas como en España hay, honestos, inteligentes, conscientes de la responsabilidad que comparten con los demás ciudadanos de preservar la igualdad de derechos, el respeto por las leyes, la convivencia pacífica y el bienestar, promuevan una catarsis que favorezca el establecimiento de un gran proyecto común; y, de paso, el Parlamento recupere la Grandeza que acaba de reclamar su saliente presidente. Lo mismo, exactamente lo mismo, pensamos de muchísimos de los que militan en las filas del nacionalismo. Conociendo a muchos de ellos, siempre nos ha resultado sorprendente su tolerancia, y hasta complicidad, con lo irracional de sus elites, cuando no con las actividades paranoicas de las bestias.

Con los mimbres que ahora se nos ofrecen no es posible fabricar el cesto de la Grandeza parlamentaria. Por si faltara poco, también hemos escuchado, y leído, la valoración de la legislatura efectuada por el portavoz de los socialistas, calificándola, en un alarde de entre cinismo y desfachatez, como la “más brillante” de la historia democrática de España. Sí. Está en lo cierto. La más brillante en despropósitos, en crispaciones y en banalidades y en el disfraz permanente de la verdad; es decir, lo más alejado de la Grandeza. ¿Cree el señor presidente dimisionario del Congreso, en su probada ingenuidad –ingenuidad y bondad que le reconocemos, y bien valoraramos- que quienes se han distinguido por utilizar a su comodidad la permanente tergiversación de hechos y situaciones, ocultación de intenciones y descalificación constante de los democráticamente discrepantes, son merecedores de una nueva oportunidad y de actuar con la Grandeza que usted reclama? No está hecha la miel para la boca del asno. Y una cantidad enorme de asnos ocupan los escaños de nuestro actual Parlamento, de manera que si por decisión de nuestros electores, al nuevo Parlamento accedieran los mismos de ahora, les resultará muy fácil a ustedes, dimisionario presidente y lector amigo, imaginarse el resultado. ¿Cuál ética inspirará el ejercicio de sus funciones?
¿Cuál será la ética utilizada por la ciudadanía también en el ejercicio responsable de sus funciones?

Correción política y elecciones III

DESDE MI ATALAYA, 42. Publicada en El Correo Gallego el 9 de diciembre de 2007

LOS CAMINOS DE LA CORRECCION POLITICA

Al hilo de la negociación/diálogo con los terroristas. Queríamos haber cambiado el tema de esta reflexión, lector amigo, pero las circunstancias me fuerzan al “no me dejan” pronunciado en ya lejanas ocasiones en relación con las actividades terroristas y sus consecuencias, pero es que no encuentro otro título que poner a esta Atalaya de hoy. Y no lo encuentro, tal vez, porque el dolor de estas últimas horas nubla nuestro ya de por sí escaso entendimiento. Tal vez también, porque la irritación que nos produce la sociedad que representa el trinomio barbarie-estupidez-diálogo se aproxima, o forma parte integrante mismamente de lo que el poder establecido define como “políticamente correcto”. Y la situación continúa estimulando nuestro espíritu de lucha. Queremos seguir siendo incorrectos en la utilización de nuestras capacidades racionales, pero también queremos seguir siéndolo en la tranquilidad de nuestro espíritu. De ahí que nuestra lucha contra la corrección política deba continuar, y continuará.

La razón nos inspira criterios para evaluar, y diferenciar, lo bueno de lo malo, lo razonable de lo que no lo es, lo inteligente de lo estúpido, y así sucesivamente. Y la razón, que nos aleja de la irritación hasta anularla pero que aún así permanece agazapada, nos ha venido diciendo que la barbarie del terrorismo es tan inútil como nefasta, primitiva y salvaje, y que define la amoralidad de quienes lo practican. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que tenga dudas de ello? Pues parece que sí. La razón también nos indica que siquiera imaginarse que el terrorismo pudiera desaparecer por si mismo renunciando a sus objetivos –si es que su barbarie les permitiera tenerlos- se nos representa como el máximo exponente de la estupidez. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que se lo imagine? Pues parece que sí. Y la razón también nos indica que toda suerte de diálogo con los terroristas y con quienes les apoyan, sean colectivos o individuos, está condenado no sólo al fracaso anunciado por anticipado sino que les estimula a perseverar en sus actividades y refuerza su amoralidad. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que se crea que esto no es así? Pues también parece que sí.

En nuestros diálogos íntimos –éstos sí que son diálogos- en los que ponemos en juego todos cuantos resortes intelectuales de los que disponemos, hace ya muchísimo tiempo que habíamos llegado a las conclusiones que ya compartimos con usted en varias de nuestras reflexiones. Y la conclusión principal a la que llegamos no es otra que la de estar, incondicionalmente, al lado de los más directos afectados por la loca e irracional acción terrorista: dolernos por los muertos, rezando por sus almas y acompañando en su dolor a sus próximos. Así lo expresamos, como una premonición no adivinada en la última Atalaya, situándonos con nitidez allí donde queremos estar. Al lado de los que sufren, sin subterfugios ni ambigüedades, sin palabras grandilocuentes pero con la invencible fuerza de los hechos. Y de paso, rezamos también por los asesinos, por la salvación de su alma. No nos sustraeremos jamás a las exigencias de nuestra Fé. Y en esas exigencias incluimos la posibilidad del perdón. Pero les condenamos desde nuestra condición humana. En ésto precisamente, en la inclinación al perdón bajo las condiciones que aceptamos por nuestras creencias, es en lo que les llevamos una ventaja infinita y en lo que se fundamenta la diferencia entre los seres humanos y las bestias y de los hijos de las bestias (tomo aquí prestado el sustantivo utilizado por un admirado profesor amigo).

Si no se dieran, como no se dan, las condiciones a las que nos referimos, no existe la menor posibilidad de encontrar perdón terrenal, y cualquier intención, medida o iniciativa que se tome desde cualquier instancia que no conduzca al encausamiento procesal de los terroristas, conculcará, de hecho lo está conculcando ya desde hace tiempo, las virtudes y valores en los que se inspiran los sistemas democráticos de convivencia. Como los conculcan las grandes frases llenas de firmeza pero que no van acompañadas de sus correspondientes acciones. Como los conculcan, y de una manera que no sabríamos decir si más grave o no, los discursos que tienden a la confusión y al reblandecimiento moral de los ciudadanos. Como los conculcan aquellos otros discursos que, amparándose en la existencia del terror lo utilizan en la justificación de sus objetivos ¿recuerda usted aquello de “… recoger las nueces”? Y como también los conculcan –nos disculpamos por la reiteración debida al énfasis que nos interesa poner en la cuestión-, la marginación a veces disimulada, la mayor parte de las veces no, a la que se somete a las víctimas y a sus representantes.

Desde un punto de vista ético, no se debe consentir que las burocracias elitistas de los partidos políticos, y mucho menos quienes ostentan la responsabilidad de gobierno, acepten el más mínimo resquicio de diálogo con las bestias, ni siquiera que lo consideren una posibilidad, y mucho menos que se atrevan a proponerlo. Dialogar qué ¿cuáles son los contenidos del diálogo? ¿establecer líneas de apertura de negociaciones? ¿qué negociaciones? ¿qué se está dispuesto a ceder? Mi otro dialogante yo me recuerda, oye, que esto ya ha ocurrido, y mismamente en la casa en la que todos creemos estar representados: el Parlamento de la nación. Ni más ni menos. Y a nosotros dos nos invade una tremenda vergüenza ética ¿y a usted? Si fuéramos capaces de alejar los fantasmas de la estupidez, y prevaleciesen los valores éticos sobre cualquier consideración política oportunista, no tardaría la barbarie en desaparecer de nuestras vidas. Y aún tardando ¿no nos sentiríamos más dignos?

domingo, 2 de marzo de 2008

CIUDADANÍA Y ÉTICA ante las elecciones III

El Ser humano y sus valores. CIUDADANIA Y ETICA
Publicado en Canal NW, nº 22, diciembre 2007

Tercera parte. Continuamos, querido lector, comunicándole nuestras preocupadas reflexiones sobre esta relación que la ciudadanía debería mantener con la Ética, porque los acontecimientos de cada día nos impiden desligar la una de la otra. En esta oportunidad, nos llama poderosamente la atención la fortaleza con que las víctimas del terrorismo se producen reiteradamente, contra viento y marea, arrostrando todos los obstáculos que, ya sea en forma de aceradas críticas, de silencios clamorosos, de ninguneos (horrible palabra que hasta el corrector ortográfico subraya, pero que los lectores entenderán perfectamente), con que se les obsequia desde muchísimas instancias políticas y gubernamentales. Su actuación podría ser enmarcada con letras de molde en lo que el poder establecido considera políticamente incorrecto. Nos parece meridianamente claro lo mucho que molesta la presencia constante en los medios de comunicación, a veces porque no tienen más remedio en aquellos de adscripción pro-gubernamental, y siempre y mal que pese en los libres e independientes, de esta permanente reivindicación de su dignidad ultrajada, de sus valores éticos conculcados. Nosotros asumimos como propia esa dignidad, e igualmente nos sentimos ultrajados, en nuestra inteligencia y en nuestra sensibilidad.

Enfrente de esta encomiable actitud ética se sitúa la contra-ética. La contra-ética de calificar de absurda e irresponsable la manifestación del pasado 24 de noviembre, como ha sido calificada por uno de los más conspicuos dirigentes políticos de nuestro tiempo, uno de los más preclaros defensores de la libertad, dirigente tal que siempre se distingue por apreciar el valor de la verdad de las cosas, siempre desprovisto de todo sectarismo y que nunca trata de obtener ventajas de su particular concepción de la confrontación política. La contra-ética predominante hoy en los aparatos directivos de las izquierdas (al estilo de los viejos “komintern”), que, perseverando en sus experimentadas técnicas, anestesian a sus correligionarios y utilizan toda la fuerza de los eslóganes propagandísticos -agit-prop se les denomina ¿no?- con un parecido tan cercano que pareciera idéntico al de los sistemas políticos que dicen combatir, y que atribuyen a cualquiera que cometa la incorrección de manifestar su discrepancia. De tal manera que a los discrepantes se les cuelgan epítetos cuyo significado real jamás se les ha pasado por la cabeza. ¿Se les puede atribuir alguna relación con el fascismo a quienes manifiestan pública y pacíficamente su oposición a lo que consideran disparates del poder? ¿Se les puede atribuir esa relación con tan oprobiosa ideología a quienes por no sentirse satisfechos con los procedimientos de instrucción y sentencias judiciales reclaman que los procesos de investigación sigan abiertos? ¿Se les puede llamar fascistas directamente a quienes se oponen a la utilización sectaria del sistema educativo contaminando así las mentes y los espíritus de nuestros jóvenes? ¿Se les puede llamar fascistas a quienes se enfrentan a los que ocultan la verdad o mienten directa y descaradamente?

Si la búsqueda de la verdad, la defensa de la libertad y la vida, la aplicación de la justicia en la protección de los derechos naturales, individuales y sociales, y la utilización inequívoca e inquebrantable de medios pacíficos en la defensa de tales valores, que son los que nos aportan fortaleza de razón y de espíritu –es decir, justo lo contrario de lo que el fascismo representa- entonces sí que las víctimas del terrorismo, sus legítimos representantes, quienes les apoyan desde cualquier instancia individual, política o social, quienes se oponen a lo que se hace mal en cualquier faceta de la vida en comunidad, merecen tal calificativo. Merecemos tal calificativo, porque tanto nuestro yo intelectual como nuestro yo espiritual y de conciencia, nos ponemos incondicionalmente de ese lado. Esta es la perversidad de la utilización equívoca del lenguaje de la propaganda política, que todo lo confunde en aras de desvirtuar la consideración social de lo ético.

Predomina la contra-ética, querido lector, promovida por las izquierdas de casi toda Europa, porque una vez desmontados los mitos totalitarios del socialismo soviético y, por consiguiente, desaparecidas las referencias en las que la intelectualidad “progresista” se alimentaba, han encontrado ahora un campo excepcional de experimentación en el debilitamiento de las sociedades a través de un relativismo moral que se sirve del falseamiento de la información y de la manipulación de sentimientos y afectos. Es fácil, lector, jugar con la fragilidad de la memoria (especialmente con la memoria de quienes no han vivido directamente episodios nefastos de la historia o con la de quienes no tienen memoria de la historia por haber sido educados, adoctrinados, en la historia adulterada). Así, se acude a técnicas perversas de manipular a su conveniencia los contenidos educativos enalteciendo las particularidades interesadas y ocultando, o menospreciando, las realidades colectivas. ¿Y qué decir sobre lo moral? La utilización del bienestar y del miedo a perderlo, la cultura del éxito y la fama considerándolos como un bien en sí mismo, relativizando lo que la moral de todo tiempo prescribe: hacer bien las cosas. Esta contra-ética intenta por todos los medios imponer su moral a aquella de la que obtenemos las condiciones para ser más libres. Nosotros, en nuestra infinita “incorrección política” no concedemos autoridad moral alguna a quienes, ya sea desde un punto de vista intelectual -¿cuáles son los fundamentos reales de lo que estas izquierdas trasnochadas llaman progresismo?, ya sea desde un punto de vista político, pretenden anular nuestras voces y VALORES. ¿Y usted, lector? Pretendemos preocuparle, amigo mío. Pretendemos trasladarle nuestra manifiesta rebeldía frente a la corrupción que se nos pretende imponer. Sólo desde la preocupación de cada uno de nosotros y de expresarla públicamente depende no quedar confusos o anestesiados. Los ciudadanos hemos de recuperar la salud de la Ética. Seguiremos.