DESDE MI ATALAYA, 42. Publicada en El Correo Gallego el 9 de diciembre de 2007
LOS CAMINOS DE LA CORRECCION POLITICA
Al hilo de la negociación/diálogo con los terroristas. Queríamos haber cambiado el tema de esta reflexión, lector amigo, pero las circunstancias me fuerzan al “no me dejan” pronunciado en ya lejanas ocasiones en relación con las actividades terroristas y sus consecuencias, pero es que no encuentro otro título que poner a esta Atalaya de hoy. Y no lo encuentro, tal vez, porque el dolor de estas últimas horas nubla nuestro ya de por sí escaso entendimiento. Tal vez también, porque la irritación que nos produce la sociedad que representa el trinomio barbarie-estupidez-diálogo se aproxima, o forma parte integrante mismamente de lo que el poder establecido define como “políticamente correcto”. Y la situación continúa estimulando nuestro espíritu de lucha. Queremos seguir siendo incorrectos en la utilización de nuestras capacidades racionales, pero también queremos seguir siéndolo en la tranquilidad de nuestro espíritu. De ahí que nuestra lucha contra la corrección política deba continuar, y continuará.
La razón nos inspira criterios para evaluar, y diferenciar, lo bueno de lo malo, lo razonable de lo que no lo es, lo inteligente de lo estúpido, y así sucesivamente. Y la razón, que nos aleja de la irritación hasta anularla pero que aún así permanece agazapada, nos ha venido diciendo que la barbarie del terrorismo es tan inútil como nefasta, primitiva y salvaje, y que define la amoralidad de quienes lo practican. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que tenga dudas de ello? Pues parece que sí. La razón también nos indica que siquiera imaginarse que el terrorismo pudiera desaparecer por si mismo renunciando a sus objetivos –si es que su barbarie les permitiera tenerlos- se nos representa como el máximo exponente de la estupidez. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que se lo imagine? Pues parece que sí. Y la razón también nos indica que toda suerte de diálogo con los terroristas y con quienes les apoyan, sean colectivos o individuos, está condenado no sólo al fracaso anunciado por anticipado sino que les estimula a perseverar en sus actividades y refuerza su amoralidad. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que se crea que esto no es así? Pues también parece que sí.
En nuestros diálogos íntimos –éstos sí que son diálogos- en los que ponemos en juego todos cuantos resortes intelectuales de los que disponemos, hace ya muchísimo tiempo que habíamos llegado a las conclusiones que ya compartimos con usted en varias de nuestras reflexiones. Y la conclusión principal a la que llegamos no es otra que la de estar, incondicionalmente, al lado de los más directos afectados por la loca e irracional acción terrorista: dolernos por los muertos, rezando por sus almas y acompañando en su dolor a sus próximos. Así lo expresamos, como una premonición no adivinada en la última Atalaya, situándonos con nitidez allí donde queremos estar. Al lado de los que sufren, sin subterfugios ni ambigüedades, sin palabras grandilocuentes pero con la invencible fuerza de los hechos. Y de paso, rezamos también por los asesinos, por la salvación de su alma. No nos sustraeremos jamás a las exigencias de nuestra Fé. Y en esas exigencias incluimos la posibilidad del perdón. Pero les condenamos desde nuestra condición humana. En ésto precisamente, en la inclinación al perdón bajo las condiciones que aceptamos por nuestras creencias, es en lo que les llevamos una ventaja infinita y en lo que se fundamenta la diferencia entre los seres humanos y las bestias y de los hijos de las bestias (tomo aquí prestado el sustantivo utilizado por un admirado profesor amigo).
Si no se dieran, como no se dan, las condiciones a las que nos referimos, no existe la menor posibilidad de encontrar perdón terrenal, y cualquier intención, medida o iniciativa que se tome desde cualquier instancia que no conduzca al encausamiento procesal de los terroristas, conculcará, de hecho lo está conculcando ya desde hace tiempo, las virtudes y valores en los que se inspiran los sistemas democráticos de convivencia. Como los conculcan las grandes frases llenas de firmeza pero que no van acompañadas de sus correspondientes acciones. Como los conculcan, y de una manera que no sabríamos decir si más grave o no, los discursos que tienden a la confusión y al reblandecimiento moral de los ciudadanos. Como los conculcan aquellos otros discursos que, amparándose en la existencia del terror lo utilizan en la justificación de sus objetivos ¿recuerda usted aquello de “… recoger las nueces”? Y como también los conculcan –nos disculpamos por la reiteración debida al énfasis que nos interesa poner en la cuestión-, la marginación a veces disimulada, la mayor parte de las veces no, a la que se somete a las víctimas y a sus representantes.
Desde un punto de vista ético, no se debe consentir que las burocracias elitistas de los partidos políticos, y mucho menos quienes ostentan la responsabilidad de gobierno, acepten el más mínimo resquicio de diálogo con las bestias, ni siquiera que lo consideren una posibilidad, y mucho menos que se atrevan a proponerlo. Dialogar qué ¿cuáles son los contenidos del diálogo? ¿establecer líneas de apertura de negociaciones? ¿qué negociaciones? ¿qué se está dispuesto a ceder? Mi otro dialogante yo me recuerda, oye, que esto ya ha ocurrido, y mismamente en la casa en la que todos creemos estar representados: el Parlamento de la nación. Ni más ni menos. Y a nosotros dos nos invade una tremenda vergüenza ética ¿y a usted? Si fuéramos capaces de alejar los fantasmas de la estupidez, y prevaleciesen los valores éticos sobre cualquier consideración política oportunista, no tardaría la barbarie en desaparecer de nuestras vidas. Y aún tardando ¿no nos sentiríamos más dignos?
LOS CAMINOS DE LA CORRECCION POLITICA
Al hilo de la negociación/diálogo con los terroristas. Queríamos haber cambiado el tema de esta reflexión, lector amigo, pero las circunstancias me fuerzan al “no me dejan” pronunciado en ya lejanas ocasiones en relación con las actividades terroristas y sus consecuencias, pero es que no encuentro otro título que poner a esta Atalaya de hoy. Y no lo encuentro, tal vez, porque el dolor de estas últimas horas nubla nuestro ya de por sí escaso entendimiento. Tal vez también, porque la irritación que nos produce la sociedad que representa el trinomio barbarie-estupidez-diálogo se aproxima, o forma parte integrante mismamente de lo que el poder establecido define como “políticamente correcto”. Y la situación continúa estimulando nuestro espíritu de lucha. Queremos seguir siendo incorrectos en la utilización de nuestras capacidades racionales, pero también queremos seguir siéndolo en la tranquilidad de nuestro espíritu. De ahí que nuestra lucha contra la corrección política deba continuar, y continuará.
La razón nos inspira criterios para evaluar, y diferenciar, lo bueno de lo malo, lo razonable de lo que no lo es, lo inteligente de lo estúpido, y así sucesivamente. Y la razón, que nos aleja de la irritación hasta anularla pero que aún así permanece agazapada, nos ha venido diciendo que la barbarie del terrorismo es tan inútil como nefasta, primitiva y salvaje, y que define la amoralidad de quienes lo practican. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que tenga dudas de ello? Pues parece que sí. La razón también nos indica que siquiera imaginarse que el terrorismo pudiera desaparecer por si mismo renunciando a sus objetivos –si es que su barbarie les permitiera tenerlos- se nos representa como el máximo exponente de la estupidez. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que se lo imagine? Pues parece que sí. Y la razón también nos indica que toda suerte de diálogo con los terroristas y con quienes les apoyan, sean colectivos o individuos, está condenado no sólo al fracaso anunciado por anticipado sino que les estimula a perseverar en sus actividades y refuerza su amoralidad. ¿Puede existir alguien en su sano juicio que se crea que esto no es así? Pues también parece que sí.
En nuestros diálogos íntimos –éstos sí que son diálogos- en los que ponemos en juego todos cuantos resortes intelectuales de los que disponemos, hace ya muchísimo tiempo que habíamos llegado a las conclusiones que ya compartimos con usted en varias de nuestras reflexiones. Y la conclusión principal a la que llegamos no es otra que la de estar, incondicionalmente, al lado de los más directos afectados por la loca e irracional acción terrorista: dolernos por los muertos, rezando por sus almas y acompañando en su dolor a sus próximos. Así lo expresamos, como una premonición no adivinada en la última Atalaya, situándonos con nitidez allí donde queremos estar. Al lado de los que sufren, sin subterfugios ni ambigüedades, sin palabras grandilocuentes pero con la invencible fuerza de los hechos. Y de paso, rezamos también por los asesinos, por la salvación de su alma. No nos sustraeremos jamás a las exigencias de nuestra Fé. Y en esas exigencias incluimos la posibilidad del perdón. Pero les condenamos desde nuestra condición humana. En ésto precisamente, en la inclinación al perdón bajo las condiciones que aceptamos por nuestras creencias, es en lo que les llevamos una ventaja infinita y en lo que se fundamenta la diferencia entre los seres humanos y las bestias y de los hijos de las bestias (tomo aquí prestado el sustantivo utilizado por un admirado profesor amigo).
Si no se dieran, como no se dan, las condiciones a las que nos referimos, no existe la menor posibilidad de encontrar perdón terrenal, y cualquier intención, medida o iniciativa que se tome desde cualquier instancia que no conduzca al encausamiento procesal de los terroristas, conculcará, de hecho lo está conculcando ya desde hace tiempo, las virtudes y valores en los que se inspiran los sistemas democráticos de convivencia. Como los conculcan las grandes frases llenas de firmeza pero que no van acompañadas de sus correspondientes acciones. Como los conculcan, y de una manera que no sabríamos decir si más grave o no, los discursos que tienden a la confusión y al reblandecimiento moral de los ciudadanos. Como los conculcan aquellos otros discursos que, amparándose en la existencia del terror lo utilizan en la justificación de sus objetivos ¿recuerda usted aquello de “… recoger las nueces”? Y como también los conculcan –nos disculpamos por la reiteración debida al énfasis que nos interesa poner en la cuestión-, la marginación a veces disimulada, la mayor parte de las veces no, a la que se somete a las víctimas y a sus representantes.
Desde un punto de vista ético, no se debe consentir que las burocracias elitistas de los partidos políticos, y mucho menos quienes ostentan la responsabilidad de gobierno, acepten el más mínimo resquicio de diálogo con las bestias, ni siquiera que lo consideren una posibilidad, y mucho menos que se atrevan a proponerlo. Dialogar qué ¿cuáles son los contenidos del diálogo? ¿establecer líneas de apertura de negociaciones? ¿qué negociaciones? ¿qué se está dispuesto a ceder? Mi otro dialogante yo me recuerda, oye, que esto ya ha ocurrido, y mismamente en la casa en la que todos creemos estar representados: el Parlamento de la nación. Ni más ni menos. Y a nosotros dos nos invade una tremenda vergüenza ética ¿y a usted? Si fuéramos capaces de alejar los fantasmas de la estupidez, y prevaleciesen los valores éticos sobre cualquier consideración política oportunista, no tardaría la barbarie en desaparecer de nuestras vidas. Y aún tardando ¿no nos sentiríamos más dignos?
No hay comentarios:
Publicar un comentario