domingo, 2 de marzo de 2008

CIUDADANÍA Y ÉTICA ante las elecciones III

El Ser humano y sus valores. CIUDADANIA Y ETICA
Publicado en Canal NW, nº 22, diciembre 2007

Tercera parte. Continuamos, querido lector, comunicándole nuestras preocupadas reflexiones sobre esta relación que la ciudadanía debería mantener con la Ética, porque los acontecimientos de cada día nos impiden desligar la una de la otra. En esta oportunidad, nos llama poderosamente la atención la fortaleza con que las víctimas del terrorismo se producen reiteradamente, contra viento y marea, arrostrando todos los obstáculos que, ya sea en forma de aceradas críticas, de silencios clamorosos, de ninguneos (horrible palabra que hasta el corrector ortográfico subraya, pero que los lectores entenderán perfectamente), con que se les obsequia desde muchísimas instancias políticas y gubernamentales. Su actuación podría ser enmarcada con letras de molde en lo que el poder establecido considera políticamente incorrecto. Nos parece meridianamente claro lo mucho que molesta la presencia constante en los medios de comunicación, a veces porque no tienen más remedio en aquellos de adscripción pro-gubernamental, y siempre y mal que pese en los libres e independientes, de esta permanente reivindicación de su dignidad ultrajada, de sus valores éticos conculcados. Nosotros asumimos como propia esa dignidad, e igualmente nos sentimos ultrajados, en nuestra inteligencia y en nuestra sensibilidad.

Enfrente de esta encomiable actitud ética se sitúa la contra-ética. La contra-ética de calificar de absurda e irresponsable la manifestación del pasado 24 de noviembre, como ha sido calificada por uno de los más conspicuos dirigentes políticos de nuestro tiempo, uno de los más preclaros defensores de la libertad, dirigente tal que siempre se distingue por apreciar el valor de la verdad de las cosas, siempre desprovisto de todo sectarismo y que nunca trata de obtener ventajas de su particular concepción de la confrontación política. La contra-ética predominante hoy en los aparatos directivos de las izquierdas (al estilo de los viejos “komintern”), que, perseverando en sus experimentadas técnicas, anestesian a sus correligionarios y utilizan toda la fuerza de los eslóganes propagandísticos -agit-prop se les denomina ¿no?- con un parecido tan cercano que pareciera idéntico al de los sistemas políticos que dicen combatir, y que atribuyen a cualquiera que cometa la incorrección de manifestar su discrepancia. De tal manera que a los discrepantes se les cuelgan epítetos cuyo significado real jamás se les ha pasado por la cabeza. ¿Se les puede atribuir alguna relación con el fascismo a quienes manifiestan pública y pacíficamente su oposición a lo que consideran disparates del poder? ¿Se les puede atribuir esa relación con tan oprobiosa ideología a quienes por no sentirse satisfechos con los procedimientos de instrucción y sentencias judiciales reclaman que los procesos de investigación sigan abiertos? ¿Se les puede llamar fascistas directamente a quienes se oponen a la utilización sectaria del sistema educativo contaminando así las mentes y los espíritus de nuestros jóvenes? ¿Se les puede llamar fascistas a quienes se enfrentan a los que ocultan la verdad o mienten directa y descaradamente?

Si la búsqueda de la verdad, la defensa de la libertad y la vida, la aplicación de la justicia en la protección de los derechos naturales, individuales y sociales, y la utilización inequívoca e inquebrantable de medios pacíficos en la defensa de tales valores, que son los que nos aportan fortaleza de razón y de espíritu –es decir, justo lo contrario de lo que el fascismo representa- entonces sí que las víctimas del terrorismo, sus legítimos representantes, quienes les apoyan desde cualquier instancia individual, política o social, quienes se oponen a lo que se hace mal en cualquier faceta de la vida en comunidad, merecen tal calificativo. Merecemos tal calificativo, porque tanto nuestro yo intelectual como nuestro yo espiritual y de conciencia, nos ponemos incondicionalmente de ese lado. Esta es la perversidad de la utilización equívoca del lenguaje de la propaganda política, que todo lo confunde en aras de desvirtuar la consideración social de lo ético.

Predomina la contra-ética, querido lector, promovida por las izquierdas de casi toda Europa, porque una vez desmontados los mitos totalitarios del socialismo soviético y, por consiguiente, desaparecidas las referencias en las que la intelectualidad “progresista” se alimentaba, han encontrado ahora un campo excepcional de experimentación en el debilitamiento de las sociedades a través de un relativismo moral que se sirve del falseamiento de la información y de la manipulación de sentimientos y afectos. Es fácil, lector, jugar con la fragilidad de la memoria (especialmente con la memoria de quienes no han vivido directamente episodios nefastos de la historia o con la de quienes no tienen memoria de la historia por haber sido educados, adoctrinados, en la historia adulterada). Así, se acude a técnicas perversas de manipular a su conveniencia los contenidos educativos enalteciendo las particularidades interesadas y ocultando, o menospreciando, las realidades colectivas. ¿Y qué decir sobre lo moral? La utilización del bienestar y del miedo a perderlo, la cultura del éxito y la fama considerándolos como un bien en sí mismo, relativizando lo que la moral de todo tiempo prescribe: hacer bien las cosas. Esta contra-ética intenta por todos los medios imponer su moral a aquella de la que obtenemos las condiciones para ser más libres. Nosotros, en nuestra infinita “incorrección política” no concedemos autoridad moral alguna a quienes, ya sea desde un punto de vista intelectual -¿cuáles son los fundamentos reales de lo que estas izquierdas trasnochadas llaman progresismo?, ya sea desde un punto de vista político, pretenden anular nuestras voces y VALORES. ¿Y usted, lector? Pretendemos preocuparle, amigo mío. Pretendemos trasladarle nuestra manifiesta rebeldía frente a la corrupción que se nos pretende imponer. Sólo desde la preocupación de cada uno de nosotros y de expresarla públicamente depende no quedar confusos o anestesiados. Los ciudadanos hemos de recuperar la salud de la Ética. Seguiremos.

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