miércoles, 28 de diciembre de 2011

ATALAYA. ¡Vaya, vaya ...!




Vaya, amigo mío, rigor, austeridad y eficacia, éstos han sido los términos que, según leí en un medio de comunicación, pronunció el Ministro de Hacienda y AA.PP., Sr. Montoro.  Bromeo con ese otro YO con el que dialogo habitualmente (a veces el tal diálogo es una lucha encarnizada entre posiciones contrapuestas ¿a usted no le pasa lo mismo, no utiliza una especie de duende que le conduce a considerar opciones divergentes?), de que pareciera como si yo mismo lo hubiese nombrado, y precisamente para decir esas cosas.  Ahora lo que hace falta es que instrumente las medidas que respondan a tales retos.  Pero para comenzar, los síntomas son buenos.

Vaya, también el Ministro de Economía, Sr. de Guindos, anuncia que revisará partida por partida, para decidir en cuáles se pueden introducir recortes.  No es suficiente. Cancelaciones, decimos nosotros en una sorprendente coincidencia de pareceres, de todo aquello que sea innecesario, superfluo y redundante; y pido perdón por mi constante reiteración en la propuesta.  Si se hace así, sería un gran paso para hacer coincidir la nueva política presupuestaria con lo que en tiempos recibió la denominación de base cero.  Los que hubieran alcanzado una cierta edad lo recordarán, así como lo que verdaderamente significaba: la anulación de todo cuanto no fuese imprescindible para la conservación de la actividad. Y a partir de ahí, a trabajar.  Los síntomas aquí son, cuando menos, alentadores.

Como lo son también los mensajes del nuevo Ministro de Cultura, avisando a los perceptores de suculentas subvenciones, de que esto se acabó.  Y, vaya, amigo lector, de verdad que ya iba siendo hora.  Subvenciones …  sólo para apoyar los proyectos de indudable, e indubitable, necesidad y rentabilidad social.  Después, que cada organización defienda su sostenibilidad con sus propios recursos, y si no ... Vaya si es hora de que esto suceda.  Nuestros ánimos al Ministro Wert.

Una de arena: la generada por la terminología utilizada por la Sra. Mato al referirse a un crimen, que despertó, como no podía ser de otra forma, el revuelo entre las filas de los de siempre. Señora Ministra, si no estaba usted segura de lo que decía, no debiera haberlo dicho; y si lo estaba, nunca, me oye, nunca, debiera haber claudicado.  Pues tiene gracia que no comencemos a recuperar el lenguaje perfectamente ajustado a la realidad de los hechos, sin eufemismos, sin ambigüedades.  A un crimen que se produce como consecuencia del abuso de la fuerza de un cónyuge sobre el otro, se le puede llamar como se quiera: de género, de sexo, de …; pero lo que realmente es, es un crimen de violencia en el entorno familiar ¿o no?  Qué es lo que hay que rectificar entonces.  Ladran, luego cabalgamos. Y esto es así, lo diga quien lo diga, funcionarios de la ONU incluídos, que ya les cunden también las pruebas de corrupción con las que ya ni nos sorprenden. Otros que también tienen que “reasignarse”.  Vaya por Dios ¡qué tropa!

Y otra, esta sí más preocupante que la relacionada con el lenguaje, aunque también; aquella con la que nos hemos despertado hoy, día 28: que 314 miembros de ETA no van a poder ser juzgados por haber prescrito los delitos de los que se les podría haber acusado.  Dios mío ¿es éste el sistema judicial en el que podemos confiar?  Viene esta ausencia de capacidad procesal ¿intencionada? a sumarse a la serie de sentencias con las que tanto daño se ha hecho a las víctimas del terrorismo, a la democracia y a nuestra dignidad de ciudadanos. Y esto también es así, digan lo contrario quienes quieran. Refórmense de inmediato los órganos jurisdiccionales, evitándoles toda vinculación con los partidos políticos y configúrense con criterios basados en la valía profesional de sus miembros .  No es pequeña la tarea que le espera al Sr. Ruiz Gallardón.  Y al Sr. Rajoy, al que le atribuimos convicciones muy próximas a las que nosotros expresamos.  Mucho valor le va a hacer falta para darles satisfacción, y firmeza, y paciencia para sortear los obstáculos, que los tendrá y muchísimos.  Pero que sepa que en pos de ellas, nos tiene a su lado.

Salve, querido amigo, y no es ninguna “inocentada”.

jueves, 22 de diciembre de 2011

ATALAYA. Y seguiremos hablando de ...



Al final me animé a compartir con usted, lector amigo, una reflexión más antes de la, para mí entrañablemente gozosa, celebración de la Navidad. Y aprovecho, a modo de indicativo paréntesis, la oportunidad para dejar constancia de mi felicitación a D. Mariano Rajoy por su toma de posesión como Presidente del Gobierno de España, y por la composición del Gobierno mismo, de cuya mayoría de miembros tengo excelente opinión, y a los que deseo el acierto en el cumplimiento de sus responsabilidades, en la confianza que en este momento merecen, y que en este articulista despiertan, conocedor de que todos ellos poseen las capacidades necesarias (esperemos que también las suficientes), para conseguir las respuestas que nuestra sociedad está demandando.

Pero volvamos a lo que indica el título de la presente atalaya, cual es el de seguir hablando de austeridad.  La austeridad como principio que debe presidir toda acción de gobierno, y sobre todo en la administración de los asuntos e intereses (cosa) públicos. Y me repetiré todas las veces que haga falta, aunque haya quien lo diga en sentido contrario.  La austeridad y su relación con los necesarios recortes, podríamos decir mejor reformas, que requiere la situación actual.  Los recortes va a ser imprescindible abordarlos para no volver a caer en las situaciones de mal gasto y despilfarros precedentes. Y habrán de hacerse recortes, amigo mío; para empezar en todas aquellas asignaciones a entidades, ya sean públicas, ya privadas, a las que se les ha nutrido de fondos públicos para hacer cosas para las cuales el cuerpo funcionarial está más que capacitado (y si no lo estuviera capacítesele). ¿Ve usted por dónde voy?  Pues por la optimización del recurso disponible más valioso que posee la administración del Estado: sus funcionarios.

La jerarquía política de gobierno tiene la obligación de estimular, motivar y utilizar, también naturalmente la de exigir y controlar, el trabajo eficiente de los funcionarios que, seguro, la inmensa mayoría de ellos desean que sus competencias sean aplicadas al máximo en beneficio de todo el país. Y ¡a trabajar!  Los que no quieran, ya lo saben … o deberían saberlo.  Esto, a su servidor le sirve para cualquier tarea que se emprenda desde las estructuras administrativas del Estado: las sanitarias, las educativas, las de cualquier otra índole desde las que se presten servicios a los ciudadanos.  Si se hace con rigor, y todos y cada uno de los implicados en el proceso dan de sí lo mejor, sin escatimar la entrega, no es difícil deducir que se producirá una elevación considerable de la eficiencia, y por lo tanto una mejora en la productividad del sector público, y por ende mayor satisfacción de quienes demandan servicios y pagan sus impuestos. ¿Se puede predecir una reducción en el número de funcionarios? Sí, o no, depende. Pudiera ocurrir que bastase una reasignación de competencias y funciones. Y si alguno sobrase, pues …  también ya se sabe.

Otros sectores de la sociedad, especialmente aquellos que desarrollan actividades privadas, ya han experimentado su particular reasignación, llevando a cabo los ajustes y reformas necesarias para adaptarse a situaciones cambiantes, o de dificultades, como las actuales. ¿De dónde salen sino el elevadísimo número de desempleados?  Lector, es preferible incrementar transitoriamente el desempleo, si ello fuese la consecuencia de ajustes en el sector público, para ganar calidad y competitividad.  Después, con el incremento de la actividad económica que, a su vez es demandante de servicios públicos, se iría produciendo (se tiene que producir), el rescate del empleo. Pero en su transcurso se habrían eliminado del proceso todos los elementos improductivos y perniciosos del sistema.

Los empresarios y dirigentes empresariales conocen muy bien las técnicas para determinar cuáles son los recursos necesarios: materiales, humanos y financieros, que permitan sostener todo aquello que NO PUEDE, NI DEBE, ser reducido, ni en tamaño, ni en calidad, so pena de conculcar la misión y visión de su proyecto ¿Cree usted lector que una clara y decidida orientación política a la que se sumasen las competencias profesionales de nuestros funcionarios no sería capaz de efectuar un diagnóstico de tal naturaleza? De hacerlo, y de cumplirlo naturalmente.  Y los que no pudieran, o no quisieran, ya saben …  a reasignarse. Y ésto, sostengo que ha de ser así pese a quien pese, premios nobeles o sindicatos incluídos, que también han de abordar su … digamos, reasignación.

Con confianza y con salud.  ¡Salve, lector!

jueves, 15 de diciembre de 2011

ATALAYA. Seguimos hablando de ...





Austeridad. Sí, de austeridad y su relación con los recortes que se avecinan, lector amigo, y sobre los que intuyo que usted se siente tan preocupado como este servidor de usted. Pero déjeme compartir nuevas reflexiones a partir del principio de austeridad que he defendido, y sigo defendiendo, seguramente con más vehemencia que acierto. Pero no me rindo, y cada día que pasa percibo con mayor certeza que es a partir de la austeridad como se construyen sólidas expectativas de futuro; y eso, pese a los premios nobeles que pese.

Se preguntará usted por qué relaciono la austeridad con los recortes; y al igual que usted, pero en sentido contrario, fruto de mi permanente conflicto interno, también me pregunto ¿por qué la austeridad ha de llevar aparejados recortes? Y si los ha de llevar ¿cuáles éstos han de ser, y cuáles no?

Pues bien, los recortes, y no sólo los recortes, sino la desaparición total de lo superfluo, de lo suntuario, de lo redundante y de lo ineficiente, ha de ser abordado en todo aquello que represente recurso administrado por los poderes públicos, porque su sostenimiento de forma indefinida en el tiempo representa una substracción trascendental de aquellos que, obtenidos a partir de la contribución fiscal de los ciudadanos, deben ser utilizados en el sostenimiento y en la mejora de los servicios a los que con carácter universal la ciudadanía tiene derecho, porque para eso pagamos impuestos, y no para alimentar estructuras de gasto, útiles solamente para aquellos que no contribuyen ni a la generación de riqueza ni a la mejora de nuestra calidad de vida; en definitiva ¡parásitos!

Estoy seguro de que tiene usted in mente las mismas estructuras a las que este servidor quiere aludir (seguro que me habrá de pedir que las cite; y en algún momento le complaceré, tal vez aunque no me lo pida), y también de lo mucho que le alegraría ir comprobando su progresiva y sistemática reducción de tamaño y, según los casos, hasta su desaparición.  Tengo la sensación, y expertos economistas y gentes de cálculo riguroso así lo van atestiguando, que en tales rubros está la bolsa que, en plazo razonable, no sólo solucionaría los problemas del déficit y de la deuda, sino que permitiría reforzar aquellos otros que forman parte de nuestras preocupaciones cotidianas.

Pero es que, además, y precisamente en los rubros que afectan a tales preocupaciones cotidianas, cuya atención es imprescindible no desatender, no son necesarios recortes, sino una más que probable reasignación de los recursos y una extremada y diligente vigilancia sobre su eficiencia. Este comentario tiene que ver muy especialmente con la salud y con la educación. 

No nos podemos permitir más ineficiencias, ni en centros de salud, ni en hospitales, ni en consumos incontrolados por parte de los profesionales, que los hay, ni por parte de los beneficiarios, que también los hay y considerables. Con la superación de las ineficiencias, esté usted seguro como yo lo estoy, lector, de que habría recursos bastantes, financieros y profesionales, para reforzar aquellos servicios en los que hubiese patentes debilidades.  Nos jugamos aquí la calidad de la atención sanitaria y social de las futuras generaciones, que tienen el mismo derecho que las actuales a los beneficios ya logrados. Eso, cuando menos.

Ya sé que usted espera ahora que me refiera a la educación. Pues permítame jugar un poco con su ansiedad, porque no lo voy a hacer ahora mismo.  La educación constituye para mí el pilar básico del progreso de nuestra sociedad, y ni mi conflictivo y contradictorio otro yo, podemos “despacharlo” con un simple párrafo adornado con los tópicos al uso. De manera que en otra Atalaya escribiré para los dos sucesivas reflexiones sobre el particular.

Lo que sí haré, ahora, a modo de coda, y motivado por la decisión del Reino Unido de no sumarse a las nuevas políticas fiscales de la Unión Europea, es afirmar que, aún comprendiendo las razones (somos capaces de comprender bastantes razones), con las que su primer ministro cree defender los intereses británicos, la solución a los problemas que padece Europa se arreglarán con más Europa, más armonización fiscal, más integración democrática y de autoidentificación. Y no nos deben preocupar determinadas pausas y obstáculos, porque el camino ha de ser irreversible; la historia así nos lo exige. También sobre ésto habremos de volver.

Salve, amigo lector

jueves, 8 de diciembre de 2011

ATALAYA. NO ME SIENTO SOLO




Algunos de ustedes, queridos lectores, podrán muy fácilmente pensar que vivo bajo una permanente obsesión antinacionalista; y no es verdad, mi obsesión no es una constante antinacionalista, lo es sí en cambio antiterrorista y con todo aquello, o aquellos, sean individuos o instituciones, que simplemente se rinden a su acoso, o convienen con ellos en facilitarles el cumplimiento de sus objetivos, cual ha venido ocurriendo con "su" constante obsesión –esa sí que ha sido, y es, verdaderamente una obsesión- que ha ido tomando cuerpo en el transcurso de los últimos quince años.

No lector, si acaso fuese una obsesión mía (afirmo que no lo es), en ningún caso lo sería a causa de una aversión hacia los nacionalismos, que, aunque estoy muy lejos de compartir sus planteamientos, no puedo por menos que defender el derecho de cada persona a sentir y pensar como le parezca conveniente, en tanto que con sus acciones no atenten contra los derechos fundamentales que, quiero suponer, todos queremos proteger: la vida, la justicia y la libertad. Y son estos derechos, principios morales bajo mi particular consideración, los que se ven constante y obsesivamente afrentados por los terroristas y sus ayudantes; y esto es así aunque unos y los otros gusten de aparecérsenos con el ropaje de demócratas, y estén ocupando lugares en nuestras instituciones democráticas, que ni de lejos les corresponden por muchos votantes que les hubieran dado su apoyo, ya fuera por ceguera, ya lo fuera por miedo.

Y  no me siento solo, ya que extraordinarias figuras del periodismo generadoras de opinión, muchos servidores públicos, y algunas personalidades políticas y de otros sectores de la sociedad, vienen incrementando en los últimos tiempos sus esfuerzos por trasladar a la ciudadanía el conocimiento de los hechos que con meridiana claridad transgreden los principios morales citados.  No me siento solo en el camino que este servidor de usted emprendió ya inmediatamente después del 11M de 2004, y del que constan testimonios escritos desde aquella fecha, expresando con ellos mi ferviente deseo de alcanzar la verdad de todo lo acontecido en aquella dramática fecha.  Nadie que hubiese tomado parte, por activa o por pasiva, por ocultación o por mendacidad, e independientemente de su condición, debe “irse de rositas”, ni a observar las nubes ni a ninguna otra parte.

Me permito tomar, a título de ejemplo, la entrevista otorgada muy recientemente por doña Rosa Díez a uno de los más difundidos medios de comunicación.  Me sumo al aplauso que le otorga el maestro de periodistas don Luis María Anson, pero voy a utilizar la decepción que la señora Díez dice haber sentido por haber otorgado su confianza a quien demostró no merecerla, porque ello viene en apoyo de mi tesis sobre la ceguera de muchos votantes. Sólo la ceguera, consciente o inconsciente, intencionada o inducida, casi siempre provocada por una irrazonable inmersión ideológica pudo ocultar la realidad de los hechos; y sigue tratando de hacerlo; tal vez (la duda la introduzco para aportar algo de suavidad), como un mecanismo de autoprotección ante la gravedad de su culpa y de las consecuencias que de ella pudieran derivarse.

Propongo desde aquí, lector, que se intente por todos los medios que el ordenamiento jurídico permita, que se establezcan las culpabilidades y que se apliquen las consecuencias pertinentes a quienes se les pueda demostrar, descubriendo las falsedades y oscuros objetivos en las que los culpables hubiesen incurrido.  Algunos jueces y fiscales españoles tienen contraída una deuda con la sociedad a la que deben servir, y que deben reparar ¡menuda parodia el juicio del 11M! Algunos políticos y otros servidores públicos tienen su alícuota en tal deuda, y también deben repararla.  Tal reparación forma parte de la confianza que todavía tengo depositada en la justicia. No me siento solo, y no tengo miedo ¿te acuerdas Rafael cuándo me lo preguntaste?  No tengo miedo a seguir sustentando la tesis de la coautoría de ETA junto con el terrorismo islámico; por cierto, aún sin identificar qué parte del terrorismo islámico.

Me he tomado la libertad de hacer este paréntesis en las reflexiones sobre la problemática de la Economía. Espero que usted me lo disculpe, amigo lector, porque el problema de la economía lo resolveremos, pero el de la dignidad colectiva, huuumm …
Sr. Rajoy, hace unos días supuse que usted es una persona austera; hoy quiero suponer que también lo es de profundas convicciones morales, y por ello le pido que haga usted lo que tenga que hacer, al igual  en la Economía y en la Moral. Y más Europa, por favor (volveremos sobre ello).

Y a modo de coda: la cuenta de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11M es la número 2038-1766-55-6000436375. Es una forma de reparar la injusticia, en este tiempo de Adviento, que también lo es de Esperanza.

Salve, lector amigo.

sábado, 3 de diciembre de 2011

ATALAYA. ¿DE QUÉ HABLAMOS?



Estos días está abierto en casi todos los medios de comunicación el debate sobre la austeridad, en relación con los eventuales recortes presupuestarios con los que se amenaza a tirios y troyanos, y con los que se nos trata de meter el miedo en el cuerpo precisamente por aquellos que se han distinguido por todo lo contrario. Sí, lector, por todo lo contrario, como trato de explicarle a ese YO incorpóreo que me acompaña. Porque austeridad es antónimo de despilfarro, y despilfarro es en lo que hemos estado sumergidos y complacientemente tolerado hasta que ya la situación se ha hecho insostenible. Y ahora muchos, los despilfarradores, se escandalizan  cuando otros pretenden incorporar austeridad a la política presupuestaria. Los primeros deberían consultar en el diccionario que tengan más a mano el significado de ambas palabras, que, en este caso concreto, tiene todo que ver con las actitudes de los unos y de los otros. Y se debate también la dicotomía austeridad versus crecimiento.

No me resisto a reproducir para usted, amigo mío, la cita atribuída a Cicerón que me hace llegar uno de mis lectores y amigo, que transcribo literalmente, y que ilustra cómo a pesar del tiempo transcurrido los problemas permanecen en formas preocupantemente similares. Dice así: "El presupuesto debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada, y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado." (Año 55 a.C.).  A esta cita este servidor le haría una apreciación, en cuanto alude a los funcionarios públicos, queriendo entender por tales a aquellos que tienen la responsabilidad de gestionar los asuntos públicos, es decir, los gobernantes (pobrecitos funcionarios, aquellos que no tienen más remedio que hacer lo que se les indica).

Al margen de si la traducción es acertada, no cabe duda sobre la oportunidad de recordarla, por los principios morales que encierra, y por el impacto que hubiera podido tener en su tiempo, y a su vez por el que pudiera tener en el nuestro una homologable aplicación. ¿Representa en si misma una orientación hacia la austeridad? ¿Supone un rechazo del despilfarro?  La reflexión sobre ello nos podría llevar, a lo mejor debería llevarnos, a considerar si el equilibrio presupuestario evitaría cometer los abusos incontrolados que ahora estamos padeciendo; por una cuestión muy simple: dado que el equilibrio presupuestario significa igualdad entre ingresos y gastos, si los primeros fuesen cuantiosos también podrían serlo los segundos, e incorporar en ellos partidas absolutamente contrarias a la austeridad, ergo, innecesarias, suntuosas, etc., etc.  ¡Ah! amigo lector ¿y qué sucede cuando disminuyen los ingresos?  Muy sencillo, o contenemos los gastos, o nos endeudamos. A partir de aquí, dejo para usted la elección del camino a seguir, y también del modelo teórico en el cual apoyarse.

Es evidente la existencia de numerosas variables a tener en cuenta, que no caben en los límites que este servidor se impone en la extensión de sus artículos, pero al igual que hoy ha comenzado la prometida referencia a la economía (espero que se perciba que estamos hablando de economía), en próximas oportunidades lo haremos con alguna de las implícitas variables que toman parte en el juego. No obstante, hoy, y aprovechando la ciceroniana cita le dejo a usted y a ese YO inocuo una pregunta en el aire ¿y si nos vamos a la bancarrota, qué hacemos, de qué hablamos después?  La misma pregunta le haría a un muy conocido científico, Premio Nobel para mas señas, que afirmó hace muy pocos días en una conferencia en mi ciudad natal que “la austeridad conduce al suicidio”. Como este servidor no estuvo allí, no sabe si la frase es cierta y, como consecuencia, tampoco pudo formularle tal pregunta.  Claro que como tampoco estuvo presente en la intervención de Cicerón, pues tampoco sabe si su cita es cierta, ni si tuvo aplicación.

Pero lo que sí sabe, tiene claro este columnista, bloguero me ha llamado una joven amiga, es que el mensaje que quiere enviarle al Sr. Rajoy es el de que no existe contradicción alguna entre austeridad y crecimiento, y que sí la austeridad ha de ser compañera inseparable del crecimiento sostenible, y de la garantía de atención a los derechos ganados (nada de conquistados, nada de regalados), ganados sí con el valor moral del trabajo y del sentido de la responsabilidad.  Le tengo a usted, Sr. Rajoy, por persona austera, y estaremos vigilantes en la aplicación de su austeridad personal a los asuntos públicos. No importa que no lea usted directamente estas pequeñas columnas, aunque espero que sí lo hagan algunas de las personas cercanas. Y tampoco importa que a usted no le importe lo que desde aquí se diga, porque al final lo que importa es lo que moralmente es/sea importante. Sr.Rajoy, se lo repito, haga lo que deba hacer.

¡Salve, Cicerón! ¡Salve, lector!