Algunos de ustedes, queridos
lectores, podrán muy fácilmente pensar que vivo bajo una permanente obsesión
antinacionalista; y no es verdad, mi obsesión no es una constante
antinacionalista, lo es sí en cambio antiterrorista
y con todo aquello, o aquellos, sean individuos o instituciones, que
simplemente se rinden a su acoso, o convienen con ellos en facilitarles el
cumplimiento de sus objetivos, cual ha venido ocurriendo con "su" constante
obsesión –esa sí que ha sido, y es, verdaderamente una obsesión- que ha ido
tomando cuerpo en el transcurso de los últimos quince años.
No lector, si acaso fuese una
obsesión mía (afirmo que no lo es), en ningún caso lo sería a causa de una
aversión hacia los nacionalismos, que, aunque estoy muy lejos de compartir sus
planteamientos, no puedo por menos que defender el derecho de cada persona a
sentir y pensar como le parezca conveniente, en tanto que con sus acciones no
atenten contra los derechos fundamentales que, quiero suponer, todos queremos
proteger: la vida, la justicia y la libertad. Y son estos derechos, principios morales bajo mi
particular consideración, los que se ven constante y obsesivamente afrentados
por los terroristas y sus ayudantes; y esto es así aunque unos y los otros
gusten de aparecérsenos con el ropaje de demócratas, y estén ocupando lugares
en nuestras instituciones democráticas, que ni de lejos les corresponden por
muchos votantes que les hubieran dado su apoyo, ya fuera por ceguera, ya lo
fuera por miedo.
Y no me siento solo, ya que
extraordinarias figuras del periodismo generadoras de opinión, muchos
servidores públicos, y algunas personalidades políticas y de otros sectores de
la sociedad, vienen incrementando en los últimos tiempos sus esfuerzos por trasladar
a la ciudadanía el conocimiento de los hechos que con meridiana claridad transgreden
los principios morales citados. No me
siento solo en el camino que este servidor de usted emprendió ya inmediatamente
después del 11M de 2004, y del que constan testimonios escritos desde aquella
fecha, expresando con ellos mi ferviente deseo de alcanzar la verdad de todo lo
acontecido en aquella dramática fecha.
Nadie que hubiese tomado parte, por activa o por pasiva, por ocultación
o por mendacidad, e independientemente de su condición, debe “irse de rositas”,
ni a observar las nubes ni a ninguna otra parte.
Me permito tomar, a título de
ejemplo, la entrevista otorgada muy recientemente por doña Rosa Díez a uno de
los más difundidos medios de comunicación.
Me sumo al aplauso que le otorga el maestro de periodistas don Luis
María Anson, pero voy a utilizar la decepción que la señora Díez dice haber
sentido por haber otorgado su confianza a quien demostró no merecerla, porque
ello viene en apoyo de mi tesis sobre la ceguera de muchos votantes. Sólo la
ceguera, consciente o inconsciente, intencionada o inducida, casi siempre
provocada por una irrazonable inmersión ideológica pudo ocultar la realidad de
los hechos; y sigue tratando de hacerlo; tal vez (la duda la introduzco para
aportar algo de suavidad), como un mecanismo de autoprotección ante la gravedad
de su culpa y de las consecuencias que de ella pudieran derivarse.
Propongo desde aquí, lector, que
se intente por todos los medios que el ordenamiento jurídico permita, que se
establezcan las culpabilidades y que se apliquen las consecuencias pertinentes
a quienes se les pueda demostrar, descubriendo las falsedades y oscuros
objetivos en las que los culpables hubiesen incurrido. Algunos jueces y fiscales españoles tienen
contraída una deuda con la sociedad a la que deben servir, y que deben reparar
¡menuda parodia el juicio del 11M! Algunos políticos y otros servidores
públicos tienen su alícuota en tal deuda, y también deben repararla. Tal reparación forma parte de la confianza
que todavía tengo depositada en la justicia. No me siento solo, y no tengo
miedo ¿te acuerdas Rafael cuándo me lo preguntaste? No tengo miedo a seguir sustentando la tesis
de la coautoría de ETA junto con el terrorismo islámico; por cierto, aún sin
identificar qué parte del terrorismo islámico.
Me he tomado la libertad de hacer
este paréntesis en las reflexiones sobre la problemática de la Economía. Espero
que usted me lo disculpe, amigo lector, porque el problema de la economía lo
resolveremos, pero el de la dignidad
colectiva, huuumm …
Sr. Rajoy, hace unos días supuse
que usted es una persona austera; hoy quiero suponer que también lo es de
profundas convicciones morales, y por ello le pido que haga usted lo que tenga que hacer, al igual en la Economía y en la Moral. Y más Europa,
por favor (volveremos sobre ello).
Y a modo de coda: la cuenta de la
Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11M es la número 2038-1766-55-6000436375. Es una forma de reparar la injusticia, en
este tiempo de Adviento, que también lo es de Esperanza.
Salve, lector amigo.
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