Estos días está abierto en casi
todos los medios de comunicación el debate sobre la austeridad, en relación con los eventuales recortes presupuestarios
con los que se amenaza a tirios y troyanos, y con los que se nos trata de meter
el miedo en el cuerpo precisamente por aquellos que se han distinguido por todo
lo contrario. Sí, lector, por todo lo contrario, como trato de explicarle a ese
YO incorpóreo que me acompaña. Porque austeridad es antónimo de despilfarro, y
despilfarro es en lo que hemos estado sumergidos y complacientemente tolerado
hasta que ya la situación se ha hecho insostenible. Y ahora muchos, los
despilfarradores, se escandalizan cuando
otros pretenden incorporar austeridad a la política presupuestaria. Los
primeros deberían consultar en el diccionario que tengan más a mano el
significado de ambas palabras, que, en este caso concreto, tiene todo que ver
con las actitudes de los unos y de los otros. Y se debate también la dicotomía
austeridad versus crecimiento.
No me resisto a reproducir para
usted, amigo mío, la cita atribuída a Cicerón que me hace llegar uno de mis lectores
y amigo, que transcribo literalmente, y que ilustra cómo a pesar del tiempo
transcurrido los problemas permanecen en formas preocupantemente similares.
Dice así: "El presupuesto
debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe
ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y
controlada, y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a
la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de
vivir a costa del Estado." (Año 55 a.C.).
A esta cita este servidor le haría una apreciación, en cuanto alude a
los funcionarios públicos, queriendo entender por tales a aquellos que
tienen la responsabilidad de gestionar los asuntos públicos, es decir, los
gobernantes (pobrecitos funcionarios, aquellos que no tienen más remedio que
hacer lo que se les indica).
Al margen de si la
traducción es acertada, no cabe duda sobre la oportunidad de recordarla, por
los principios morales que encierra, y por el impacto que hubiera podido tener
en su tiempo, y a su vez por el que pudiera tener en el nuestro una homologable
aplicación. ¿Representa en si misma una orientación hacia la austeridad?
¿Supone un rechazo del despilfarro? La
reflexión sobre ello nos podría llevar, a lo mejor debería llevarnos, a
considerar si el equilibrio presupuestario evitaría cometer los abusos
incontrolados que ahora estamos padeciendo; por una cuestión muy simple: dado
que el equilibrio presupuestario significa igualdad entre ingresos y gastos, si
los primeros fuesen cuantiosos también podrían serlo los segundos, e incorporar
en ellos partidas absolutamente contrarias a la austeridad, ergo, innecesarias,
suntuosas, etc., etc. ¡Ah! amigo lector
¿y qué sucede cuando disminuyen los ingresos?
Muy sencillo, o contenemos los gastos, o nos endeudamos. A partir de
aquí, dejo para usted la elección del camino a seguir, y también del modelo
teórico en el cual apoyarse.
Es evidente la existencia
de numerosas variables a tener en cuenta, que no caben en los límites que este
servidor se impone en la extensión de sus artículos, pero al igual que hoy ha
comenzado la prometida referencia a la economía (espero que se perciba que
estamos hablando de economía), en próximas oportunidades lo haremos con alguna
de las implícitas variables que toman parte en el juego. No obstante, hoy, y
aprovechando la ciceroniana cita le dejo a usted y a ese YO inocuo una pregunta
en el aire ¿y si nos vamos a la bancarrota, qué hacemos, de qué hablamos
después? La misma pregunta le haría a un
muy conocido científico, Premio Nobel para mas señas, que afirmó hace muy pocos
días en una conferencia en mi ciudad natal que “la austeridad conduce al
suicidio”. Como este servidor no estuvo allí, no sabe si la frase es cierta
y, como consecuencia, tampoco pudo formularle tal pregunta. Claro que como tampoco estuvo presente en la
intervención de Cicerón, pues tampoco sabe si su cita es cierta, ni si tuvo
aplicación.
Pero lo que sí sabe, tiene claro
este columnista, bloguero me ha llamado una joven amiga, es que el mensaje que
quiere enviarle al Sr. Rajoy es el de que no existe contradicción alguna entre
austeridad y crecimiento, y que sí la austeridad ha de ser compañera
inseparable del crecimiento sostenible, y de la garantía de atención a los
derechos ganados (nada de conquistados, nada de regalados), ganados sí con el
valor moral del trabajo y del sentido de la responsabilidad. Le tengo a usted, Sr. Rajoy, por persona
austera, y estaremos vigilantes en la aplicación de su austeridad personal a
los asuntos públicos. No importa que no lea usted directamente estas pequeñas
columnas, aunque espero que sí lo hagan algunas de las personas cercanas. Y
tampoco importa que a usted no le importe lo que desde aquí se diga, porque al
final lo que importa es lo que moralmente es/sea importante. Sr.Rajoy, se lo
repito, haga lo que deba hacer.
¡Salve, Cicerón! ¡Salve, lector!
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