miércoles, 28 de diciembre de 2011

ATALAYA. ¡Vaya, vaya ...!




Vaya, amigo mío, rigor, austeridad y eficacia, éstos han sido los términos que, según leí en un medio de comunicación, pronunció el Ministro de Hacienda y AA.PP., Sr. Montoro.  Bromeo con ese otro YO con el que dialogo habitualmente (a veces el tal diálogo es una lucha encarnizada entre posiciones contrapuestas ¿a usted no le pasa lo mismo, no utiliza una especie de duende que le conduce a considerar opciones divergentes?), de que pareciera como si yo mismo lo hubiese nombrado, y precisamente para decir esas cosas.  Ahora lo que hace falta es que instrumente las medidas que respondan a tales retos.  Pero para comenzar, los síntomas son buenos.

Vaya, también el Ministro de Economía, Sr. de Guindos, anuncia que revisará partida por partida, para decidir en cuáles se pueden introducir recortes.  No es suficiente. Cancelaciones, decimos nosotros en una sorprendente coincidencia de pareceres, de todo aquello que sea innecesario, superfluo y redundante; y pido perdón por mi constante reiteración en la propuesta.  Si se hace así, sería un gran paso para hacer coincidir la nueva política presupuestaria con lo que en tiempos recibió la denominación de base cero.  Los que hubieran alcanzado una cierta edad lo recordarán, así como lo que verdaderamente significaba: la anulación de todo cuanto no fuese imprescindible para la conservación de la actividad. Y a partir de ahí, a trabajar.  Los síntomas aquí son, cuando menos, alentadores.

Como lo son también los mensajes del nuevo Ministro de Cultura, avisando a los perceptores de suculentas subvenciones, de que esto se acabó.  Y, vaya, amigo lector, de verdad que ya iba siendo hora.  Subvenciones …  sólo para apoyar los proyectos de indudable, e indubitable, necesidad y rentabilidad social.  Después, que cada organización defienda su sostenibilidad con sus propios recursos, y si no ... Vaya si es hora de que esto suceda.  Nuestros ánimos al Ministro Wert.

Una de arena: la generada por la terminología utilizada por la Sra. Mato al referirse a un crimen, que despertó, como no podía ser de otra forma, el revuelo entre las filas de los de siempre. Señora Ministra, si no estaba usted segura de lo que decía, no debiera haberlo dicho; y si lo estaba, nunca, me oye, nunca, debiera haber claudicado.  Pues tiene gracia que no comencemos a recuperar el lenguaje perfectamente ajustado a la realidad de los hechos, sin eufemismos, sin ambigüedades.  A un crimen que se produce como consecuencia del abuso de la fuerza de un cónyuge sobre el otro, se le puede llamar como se quiera: de género, de sexo, de …; pero lo que realmente es, es un crimen de violencia en el entorno familiar ¿o no?  Qué es lo que hay que rectificar entonces.  Ladran, luego cabalgamos. Y esto es así, lo diga quien lo diga, funcionarios de la ONU incluídos, que ya les cunden también las pruebas de corrupción con las que ya ni nos sorprenden. Otros que también tienen que “reasignarse”.  Vaya por Dios ¡qué tropa!

Y otra, esta sí más preocupante que la relacionada con el lenguaje, aunque también; aquella con la que nos hemos despertado hoy, día 28: que 314 miembros de ETA no van a poder ser juzgados por haber prescrito los delitos de los que se les podría haber acusado.  Dios mío ¿es éste el sistema judicial en el que podemos confiar?  Viene esta ausencia de capacidad procesal ¿intencionada? a sumarse a la serie de sentencias con las que tanto daño se ha hecho a las víctimas del terrorismo, a la democracia y a nuestra dignidad de ciudadanos. Y esto también es así, digan lo contrario quienes quieran. Refórmense de inmediato los órganos jurisdiccionales, evitándoles toda vinculación con los partidos políticos y configúrense con criterios basados en la valía profesional de sus miembros .  No es pequeña la tarea que le espera al Sr. Ruiz Gallardón.  Y al Sr. Rajoy, al que le atribuimos convicciones muy próximas a las que nosotros expresamos.  Mucho valor le va a hacer falta para darles satisfacción, y firmeza, y paciencia para sortear los obstáculos, que los tendrá y muchísimos.  Pero que sepa que en pos de ellas, nos tiene a su lado.

Salve, querido amigo, y no es ninguna “inocentada”.

jueves, 22 de diciembre de 2011

ATALAYA. Y seguiremos hablando de ...



Al final me animé a compartir con usted, lector amigo, una reflexión más antes de la, para mí entrañablemente gozosa, celebración de la Navidad. Y aprovecho, a modo de indicativo paréntesis, la oportunidad para dejar constancia de mi felicitación a D. Mariano Rajoy por su toma de posesión como Presidente del Gobierno de España, y por la composición del Gobierno mismo, de cuya mayoría de miembros tengo excelente opinión, y a los que deseo el acierto en el cumplimiento de sus responsabilidades, en la confianza que en este momento merecen, y que en este articulista despiertan, conocedor de que todos ellos poseen las capacidades necesarias (esperemos que también las suficientes), para conseguir las respuestas que nuestra sociedad está demandando.

Pero volvamos a lo que indica el título de la presente atalaya, cual es el de seguir hablando de austeridad.  La austeridad como principio que debe presidir toda acción de gobierno, y sobre todo en la administración de los asuntos e intereses (cosa) públicos. Y me repetiré todas las veces que haga falta, aunque haya quien lo diga en sentido contrario.  La austeridad y su relación con los necesarios recortes, podríamos decir mejor reformas, que requiere la situación actual.  Los recortes va a ser imprescindible abordarlos para no volver a caer en las situaciones de mal gasto y despilfarros precedentes. Y habrán de hacerse recortes, amigo mío; para empezar en todas aquellas asignaciones a entidades, ya sean públicas, ya privadas, a las que se les ha nutrido de fondos públicos para hacer cosas para las cuales el cuerpo funcionarial está más que capacitado (y si no lo estuviera capacítesele). ¿Ve usted por dónde voy?  Pues por la optimización del recurso disponible más valioso que posee la administración del Estado: sus funcionarios.

La jerarquía política de gobierno tiene la obligación de estimular, motivar y utilizar, también naturalmente la de exigir y controlar, el trabajo eficiente de los funcionarios que, seguro, la inmensa mayoría de ellos desean que sus competencias sean aplicadas al máximo en beneficio de todo el país. Y ¡a trabajar!  Los que no quieran, ya lo saben … o deberían saberlo.  Esto, a su servidor le sirve para cualquier tarea que se emprenda desde las estructuras administrativas del Estado: las sanitarias, las educativas, las de cualquier otra índole desde las que se presten servicios a los ciudadanos.  Si se hace con rigor, y todos y cada uno de los implicados en el proceso dan de sí lo mejor, sin escatimar la entrega, no es difícil deducir que se producirá una elevación considerable de la eficiencia, y por lo tanto una mejora en la productividad del sector público, y por ende mayor satisfacción de quienes demandan servicios y pagan sus impuestos. ¿Se puede predecir una reducción en el número de funcionarios? Sí, o no, depende. Pudiera ocurrir que bastase una reasignación de competencias y funciones. Y si alguno sobrase, pues …  también ya se sabe.

Otros sectores de la sociedad, especialmente aquellos que desarrollan actividades privadas, ya han experimentado su particular reasignación, llevando a cabo los ajustes y reformas necesarias para adaptarse a situaciones cambiantes, o de dificultades, como las actuales. ¿De dónde salen sino el elevadísimo número de desempleados?  Lector, es preferible incrementar transitoriamente el desempleo, si ello fuese la consecuencia de ajustes en el sector público, para ganar calidad y competitividad.  Después, con el incremento de la actividad económica que, a su vez es demandante de servicios públicos, se iría produciendo (se tiene que producir), el rescate del empleo. Pero en su transcurso se habrían eliminado del proceso todos los elementos improductivos y perniciosos del sistema.

Los empresarios y dirigentes empresariales conocen muy bien las técnicas para determinar cuáles son los recursos necesarios: materiales, humanos y financieros, que permitan sostener todo aquello que NO PUEDE, NI DEBE, ser reducido, ni en tamaño, ni en calidad, so pena de conculcar la misión y visión de su proyecto ¿Cree usted lector que una clara y decidida orientación política a la que se sumasen las competencias profesionales de nuestros funcionarios no sería capaz de efectuar un diagnóstico de tal naturaleza? De hacerlo, y de cumplirlo naturalmente.  Y los que no pudieran, o no quisieran, ya saben …  a reasignarse. Y ésto, sostengo que ha de ser así pese a quien pese, premios nobeles o sindicatos incluídos, que también han de abordar su … digamos, reasignación.

Con confianza y con salud.  ¡Salve, lector!

jueves, 15 de diciembre de 2011

ATALAYA. Seguimos hablando de ...





Austeridad. Sí, de austeridad y su relación con los recortes que se avecinan, lector amigo, y sobre los que intuyo que usted se siente tan preocupado como este servidor de usted. Pero déjeme compartir nuevas reflexiones a partir del principio de austeridad que he defendido, y sigo defendiendo, seguramente con más vehemencia que acierto. Pero no me rindo, y cada día que pasa percibo con mayor certeza que es a partir de la austeridad como se construyen sólidas expectativas de futuro; y eso, pese a los premios nobeles que pese.

Se preguntará usted por qué relaciono la austeridad con los recortes; y al igual que usted, pero en sentido contrario, fruto de mi permanente conflicto interno, también me pregunto ¿por qué la austeridad ha de llevar aparejados recortes? Y si los ha de llevar ¿cuáles éstos han de ser, y cuáles no?

Pues bien, los recortes, y no sólo los recortes, sino la desaparición total de lo superfluo, de lo suntuario, de lo redundante y de lo ineficiente, ha de ser abordado en todo aquello que represente recurso administrado por los poderes públicos, porque su sostenimiento de forma indefinida en el tiempo representa una substracción trascendental de aquellos que, obtenidos a partir de la contribución fiscal de los ciudadanos, deben ser utilizados en el sostenimiento y en la mejora de los servicios a los que con carácter universal la ciudadanía tiene derecho, porque para eso pagamos impuestos, y no para alimentar estructuras de gasto, útiles solamente para aquellos que no contribuyen ni a la generación de riqueza ni a la mejora de nuestra calidad de vida; en definitiva ¡parásitos!

Estoy seguro de que tiene usted in mente las mismas estructuras a las que este servidor quiere aludir (seguro que me habrá de pedir que las cite; y en algún momento le complaceré, tal vez aunque no me lo pida), y también de lo mucho que le alegraría ir comprobando su progresiva y sistemática reducción de tamaño y, según los casos, hasta su desaparición.  Tengo la sensación, y expertos economistas y gentes de cálculo riguroso así lo van atestiguando, que en tales rubros está la bolsa que, en plazo razonable, no sólo solucionaría los problemas del déficit y de la deuda, sino que permitiría reforzar aquellos otros que forman parte de nuestras preocupaciones cotidianas.

Pero es que, además, y precisamente en los rubros que afectan a tales preocupaciones cotidianas, cuya atención es imprescindible no desatender, no son necesarios recortes, sino una más que probable reasignación de los recursos y una extremada y diligente vigilancia sobre su eficiencia. Este comentario tiene que ver muy especialmente con la salud y con la educación. 

No nos podemos permitir más ineficiencias, ni en centros de salud, ni en hospitales, ni en consumos incontrolados por parte de los profesionales, que los hay, ni por parte de los beneficiarios, que también los hay y considerables. Con la superación de las ineficiencias, esté usted seguro como yo lo estoy, lector, de que habría recursos bastantes, financieros y profesionales, para reforzar aquellos servicios en los que hubiese patentes debilidades.  Nos jugamos aquí la calidad de la atención sanitaria y social de las futuras generaciones, que tienen el mismo derecho que las actuales a los beneficios ya logrados. Eso, cuando menos.

Ya sé que usted espera ahora que me refiera a la educación. Pues permítame jugar un poco con su ansiedad, porque no lo voy a hacer ahora mismo.  La educación constituye para mí el pilar básico del progreso de nuestra sociedad, y ni mi conflictivo y contradictorio otro yo, podemos “despacharlo” con un simple párrafo adornado con los tópicos al uso. De manera que en otra Atalaya escribiré para los dos sucesivas reflexiones sobre el particular.

Lo que sí haré, ahora, a modo de coda, y motivado por la decisión del Reino Unido de no sumarse a las nuevas políticas fiscales de la Unión Europea, es afirmar que, aún comprendiendo las razones (somos capaces de comprender bastantes razones), con las que su primer ministro cree defender los intereses británicos, la solución a los problemas que padece Europa se arreglarán con más Europa, más armonización fiscal, más integración democrática y de autoidentificación. Y no nos deben preocupar determinadas pausas y obstáculos, porque el camino ha de ser irreversible; la historia así nos lo exige. También sobre ésto habremos de volver.

Salve, amigo lector

jueves, 8 de diciembre de 2011

ATALAYA. NO ME SIENTO SOLO




Algunos de ustedes, queridos lectores, podrán muy fácilmente pensar que vivo bajo una permanente obsesión antinacionalista; y no es verdad, mi obsesión no es una constante antinacionalista, lo es sí en cambio antiterrorista y con todo aquello, o aquellos, sean individuos o instituciones, que simplemente se rinden a su acoso, o convienen con ellos en facilitarles el cumplimiento de sus objetivos, cual ha venido ocurriendo con "su" constante obsesión –esa sí que ha sido, y es, verdaderamente una obsesión- que ha ido tomando cuerpo en el transcurso de los últimos quince años.

No lector, si acaso fuese una obsesión mía (afirmo que no lo es), en ningún caso lo sería a causa de una aversión hacia los nacionalismos, que, aunque estoy muy lejos de compartir sus planteamientos, no puedo por menos que defender el derecho de cada persona a sentir y pensar como le parezca conveniente, en tanto que con sus acciones no atenten contra los derechos fundamentales que, quiero suponer, todos queremos proteger: la vida, la justicia y la libertad. Y son estos derechos, principios morales bajo mi particular consideración, los que se ven constante y obsesivamente afrentados por los terroristas y sus ayudantes; y esto es así aunque unos y los otros gusten de aparecérsenos con el ropaje de demócratas, y estén ocupando lugares en nuestras instituciones democráticas, que ni de lejos les corresponden por muchos votantes que les hubieran dado su apoyo, ya fuera por ceguera, ya lo fuera por miedo.

Y  no me siento solo, ya que extraordinarias figuras del periodismo generadoras de opinión, muchos servidores públicos, y algunas personalidades políticas y de otros sectores de la sociedad, vienen incrementando en los últimos tiempos sus esfuerzos por trasladar a la ciudadanía el conocimiento de los hechos que con meridiana claridad transgreden los principios morales citados.  No me siento solo en el camino que este servidor de usted emprendió ya inmediatamente después del 11M de 2004, y del que constan testimonios escritos desde aquella fecha, expresando con ellos mi ferviente deseo de alcanzar la verdad de todo lo acontecido en aquella dramática fecha.  Nadie que hubiese tomado parte, por activa o por pasiva, por ocultación o por mendacidad, e independientemente de su condición, debe “irse de rositas”, ni a observar las nubes ni a ninguna otra parte.

Me permito tomar, a título de ejemplo, la entrevista otorgada muy recientemente por doña Rosa Díez a uno de los más difundidos medios de comunicación.  Me sumo al aplauso que le otorga el maestro de periodistas don Luis María Anson, pero voy a utilizar la decepción que la señora Díez dice haber sentido por haber otorgado su confianza a quien demostró no merecerla, porque ello viene en apoyo de mi tesis sobre la ceguera de muchos votantes. Sólo la ceguera, consciente o inconsciente, intencionada o inducida, casi siempre provocada por una irrazonable inmersión ideológica pudo ocultar la realidad de los hechos; y sigue tratando de hacerlo; tal vez (la duda la introduzco para aportar algo de suavidad), como un mecanismo de autoprotección ante la gravedad de su culpa y de las consecuencias que de ella pudieran derivarse.

Propongo desde aquí, lector, que se intente por todos los medios que el ordenamiento jurídico permita, que se establezcan las culpabilidades y que se apliquen las consecuencias pertinentes a quienes se les pueda demostrar, descubriendo las falsedades y oscuros objetivos en las que los culpables hubiesen incurrido.  Algunos jueces y fiscales españoles tienen contraída una deuda con la sociedad a la que deben servir, y que deben reparar ¡menuda parodia el juicio del 11M! Algunos políticos y otros servidores públicos tienen su alícuota en tal deuda, y también deben repararla.  Tal reparación forma parte de la confianza que todavía tengo depositada en la justicia. No me siento solo, y no tengo miedo ¿te acuerdas Rafael cuándo me lo preguntaste?  No tengo miedo a seguir sustentando la tesis de la coautoría de ETA junto con el terrorismo islámico; por cierto, aún sin identificar qué parte del terrorismo islámico.

Me he tomado la libertad de hacer este paréntesis en las reflexiones sobre la problemática de la Economía. Espero que usted me lo disculpe, amigo lector, porque el problema de la economía lo resolveremos, pero el de la dignidad colectiva, huuumm …
Sr. Rajoy, hace unos días supuse que usted es una persona austera; hoy quiero suponer que también lo es de profundas convicciones morales, y por ello le pido que haga usted lo que tenga que hacer, al igual  en la Economía y en la Moral. Y más Europa, por favor (volveremos sobre ello).

Y a modo de coda: la cuenta de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11M es la número 2038-1766-55-6000436375. Es una forma de reparar la injusticia, en este tiempo de Adviento, que también lo es de Esperanza.

Salve, lector amigo.

sábado, 3 de diciembre de 2011

ATALAYA. ¿DE QUÉ HABLAMOS?



Estos días está abierto en casi todos los medios de comunicación el debate sobre la austeridad, en relación con los eventuales recortes presupuestarios con los que se amenaza a tirios y troyanos, y con los que se nos trata de meter el miedo en el cuerpo precisamente por aquellos que se han distinguido por todo lo contrario. Sí, lector, por todo lo contrario, como trato de explicarle a ese YO incorpóreo que me acompaña. Porque austeridad es antónimo de despilfarro, y despilfarro es en lo que hemos estado sumergidos y complacientemente tolerado hasta que ya la situación se ha hecho insostenible. Y ahora muchos, los despilfarradores, se escandalizan  cuando otros pretenden incorporar austeridad a la política presupuestaria. Los primeros deberían consultar en el diccionario que tengan más a mano el significado de ambas palabras, que, en este caso concreto, tiene todo que ver con las actitudes de los unos y de los otros. Y se debate también la dicotomía austeridad versus crecimiento.

No me resisto a reproducir para usted, amigo mío, la cita atribuída a Cicerón que me hace llegar uno de mis lectores y amigo, que transcribo literalmente, y que ilustra cómo a pesar del tiempo transcurrido los problemas permanecen en formas preocupantemente similares. Dice así: "El presupuesto debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada, y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado." (Año 55 a.C.).  A esta cita este servidor le haría una apreciación, en cuanto alude a los funcionarios públicos, queriendo entender por tales a aquellos que tienen la responsabilidad de gestionar los asuntos públicos, es decir, los gobernantes (pobrecitos funcionarios, aquellos que no tienen más remedio que hacer lo que se les indica).

Al margen de si la traducción es acertada, no cabe duda sobre la oportunidad de recordarla, por los principios morales que encierra, y por el impacto que hubiera podido tener en su tiempo, y a su vez por el que pudiera tener en el nuestro una homologable aplicación. ¿Representa en si misma una orientación hacia la austeridad? ¿Supone un rechazo del despilfarro?  La reflexión sobre ello nos podría llevar, a lo mejor debería llevarnos, a considerar si el equilibrio presupuestario evitaría cometer los abusos incontrolados que ahora estamos padeciendo; por una cuestión muy simple: dado que el equilibrio presupuestario significa igualdad entre ingresos y gastos, si los primeros fuesen cuantiosos también podrían serlo los segundos, e incorporar en ellos partidas absolutamente contrarias a la austeridad, ergo, innecesarias, suntuosas, etc., etc.  ¡Ah! amigo lector ¿y qué sucede cuando disminuyen los ingresos?  Muy sencillo, o contenemos los gastos, o nos endeudamos. A partir de aquí, dejo para usted la elección del camino a seguir, y también del modelo teórico en el cual apoyarse.

Es evidente la existencia de numerosas variables a tener en cuenta, que no caben en los límites que este servidor se impone en la extensión de sus artículos, pero al igual que hoy ha comenzado la prometida referencia a la economía (espero que se perciba que estamos hablando de economía), en próximas oportunidades lo haremos con alguna de las implícitas variables que toman parte en el juego. No obstante, hoy, y aprovechando la ciceroniana cita le dejo a usted y a ese YO inocuo una pregunta en el aire ¿y si nos vamos a la bancarrota, qué hacemos, de qué hablamos después?  La misma pregunta le haría a un muy conocido científico, Premio Nobel para mas señas, que afirmó hace muy pocos días en una conferencia en mi ciudad natal que “la austeridad conduce al suicidio”. Como este servidor no estuvo allí, no sabe si la frase es cierta y, como consecuencia, tampoco pudo formularle tal pregunta.  Claro que como tampoco estuvo presente en la intervención de Cicerón, pues tampoco sabe si su cita es cierta, ni si tuvo aplicación.

Pero lo que sí sabe, tiene claro este columnista, bloguero me ha llamado una joven amiga, es que el mensaje que quiere enviarle al Sr. Rajoy es el de que no existe contradicción alguna entre austeridad y crecimiento, y que sí la austeridad ha de ser compañera inseparable del crecimiento sostenible, y de la garantía de atención a los derechos ganados (nada de conquistados, nada de regalados), ganados sí con el valor moral del trabajo y del sentido de la responsabilidad.  Le tengo a usted, Sr. Rajoy, por persona austera, y estaremos vigilantes en la aplicación de su austeridad personal a los asuntos públicos. No importa que no lea usted directamente estas pequeñas columnas, aunque espero que sí lo hagan algunas de las personas cercanas. Y tampoco importa que a usted no le importe lo que desde aquí se diga, porque al final lo que importa es lo que moralmente es/sea importante. Sr.Rajoy, se lo repito, haga lo que deba hacer.

¡Salve, Cicerón! ¡Salve, lector! 

miércoles, 23 de noviembre de 2011

ATALAYA. LLEGÓ LA HORA




LLEGÓ LA HORA


Las urnas se pronunciaron, con meridiana claridad, por un lado castigando la incompetencia, y por otro atribuyendo altas responsabilidades a quien con contumaz insistencia las estaba reclamando. Y llegó la hora, querido lector, de asumir esas responsabilidades para enfrentarse a un grado de dificultad tal como nunca antes en nuestra historia reciente se habían presentado.

Llegó la hora de afrontar los problemas que aquejan a la sociedad española; bien es cierto que, muchos de ellos ligados, y a veces concurrentes, con los que padecen los países a los que estamos asociados; pero que de ninguna manera deben servir de excusa para resolver aquellos que nos son propios, exclusivos y generados por unas actitudes individuales en gran medida, pero consecuentemente colectivas, instaladas en la autocomplacencia y en el relativismo moral; problemas éstos que nos confieren unas peculiaridades diferenciadas, y de las que somos directamente responsables. Así, el desempleo, el déficit público, las diferencias entre territorios, la confianza en la justicia, la calidad de la educación, la solidaridad con los desfavorecidos y la confianza en nosotros mismos, entre otras, forman parte de tales peculiaridades.

Y créame lector, al igual que me ha creído en anteriores oportunidades, que la tan reiterada, convocada y deseada confianza, condición indispensable para recuperar el crédito que buscamos como país, no pasa sólo por el cumplimiento de los compromisos contraídos frente a terceros -¡ah, esos denostados y vilipendiados mercados!- que tiranizan a los estados con sus pretensiones de cobranza, como si todo aquel que presta o invierte no tuviese como objetivo su recuperación y plusvalía; no sólo pasa por ese cumplimiento, repito, sino que pasa por ofrecer una imagen de país esforzado, riguroso, productivo, ahorrativo, solidario e imaginativo. Digo, sólidamente armado moral y éticamente, como tantas veces he reclamado y seguiré haciéndolo, para mi mismo y para usted, como piedra angular de nuestra convivencia y del progreso.

Haré uso de la libertad que usted me concede, y que yo me tomo, para ir exponiendo sucesivamente opiniones sobre las cuestiones enunciadas, y alguna más que aparezca deducida, o inducida.  Porque lo que a este comentarista le interesa, lector, es compartir con usted preocupaciones y aspiraciones, y situar en su verdadero lugar el espíritu de autocrítica, en primer término (de ahí el declarado conflicto permanente con mi otro yo), y de vigilancia crítica sobre todo cuanto nos concierne, como uno de los mecanismos intelectuales que ya nos hubiera debido conducir a no cometer los errores que ahora tenemos que enmendar.

Esa vigilancia crítica tendrá mucho que ver, en los inmediatos tiempos, con la forma en que afronte sus responsabilidades el partido ganador de las elecciones, su líder y por extensión el nuevo gobierno, al que los ciudadanos le hemos conferido la fortaleza suficiente para hacer lo que deba hacer. La fortaleza es la condición necesaria para cumplir con el mandato surgido de las urnas, y la situación así lo requiere.  Fortaleza que en modo alguno está reñida con la comunicación abierta y con el diálogo honesto y constructivo, pero que hechos todos los considerandos pertinentes, habrá de hacer lo que deba hacer, lo que tenga que hacer, sin cambalaches ni medias tintas.  Eso es lo que deberá proyectar a la sociedad española el nuevo gobierno, y como consecuencia también a la comunidad internacional. Noble y árdua tarea la que el Sr. Rajoy ha de iniciar y dirigir; la hora le ha llegado, Sr. Rajoy. Estaremos vigilantes, y desde esta Atalaya no le faltará el apoyo que usted se merezca. Entretanto, mi amigo lector, sigamos con salud.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

ATALAYA. EL VOTO




EL VOTO

Voy a comenzar con un poco de ironía, tal vez sarcasmo, por términos escuchados en una estupenda reunión a la que tuve la fortuna de asistir ayer, y que para un “viejo rockero” de la informática como este servidor de usted le han resultado hasta divertidos.  Se trata de lo más “in” con lo que se trata de expresar las nuevas formas de utilización, más económicas y eficientes, de los modernos, postmodernos y futuros (bueno, lo del futuro ¿quién sabe?), instrumentos de telecomunicación.  Me quiero referir a los cloud services, y cloud computing. Es decir, todo en las nubes, lo que a su vez pudiera interpretarse como un no saber en dónde están, ni los computadores, ni la fuente de los servicios ¡¡¡fantástico!!!  Y esto es lo que me ha inspirado la pequeña broma referida a una persona a la que espero no tener que referirme más que en muy contadas y esporádicas ocasiones: el señor Rodríguez Zapatero, último hasta ahora presidente del gobierno de España (preciso esto para que no se confunda con otros señores cuyos nombres sean coincidentes con los suyos, que los hay), quien, con sus propias palabras nos ha anunciado que se retira a contemplar las nubes –o algo parecido, vamos. Y dígame, lector amigo ¿cómo puede alguien contemplar las nubes si no ha salido de ellas?  Este señor Rodríguez Zapatero ha vivido permanentemente en las nubes, y a los que pisamos tierra nos ha dejado, nos está dejando, una tan nublada situación que disiparla nos va a costar, cuando menos, sudor y lágrimas; sangre, espero que no. Mi mejor deseo para él es que ¡¡¡siga disfrutando de sus nubes, y en las nubes!!! Paraj …s de la vida (la jota está bien situada, eh, no se piense en un error).

Pero no crean mis lectores que esta broma no tiene nada que ver con el voto, con el voto cuyo derecho ejerceremos el próximo día 20, no piensen ustedes en otro tipo de votos. Y les confieso que elegí tal título para la presente atalaya, inducido por los comentarios de algunos de ustedes que me leen –estimulante realidad para mí- y que ellos mismos se reconocerán.  Insistía en mi anterior atalaya en la conveniente y responsable decisión de votar, y de hacerlo masivamente, con el fin de expresar con nítida claridad los deseos e interés de los ciudadanos por cómo han de ser gestionados los asuntos públicos; y me refería al voto en blanco como una de las opciones responsables. Debo insistir en que así lo sigo considerando, aunque quiero dejar muy claro que no es la de mi preferencia y que estoy muy lejos de intentar inspirar a alguien a que la ejerza.  También quiero dejar muy claro que cualquier opción es igual de legítima y de lícita que las otras.  Pero a partir de aquí ya me quiero referir a la responsabilidad; y me explicaré.

He oído que es de muy mala educación citarse a uno mismo.  Es cierto.  Pero en este momento este servidor se encuentra legitimado para hacerlo.  Me referí, recuerdo que con anterioridad a las elecciones de 2008, en aquellas reflexiones que compartía con usted, tanto en el blog como en algunos medios de comunicación escritos, a la responsabilidad que teníamos, y que seguimos teniendo, claro, porque nadie nos ha liberado de ella, de elegir a los mejor preparados, más competentes y mejor intencionados candidatos a gestionar los asuntos públicos. Y entonces, en aquel momento, no lo fuimos, no acertamos, no quisimos ver la realidad, nos sentíamos confortablemente asentados en aquella situación, y elegimos por segunda vez a Mr. Cloud.  Y de aquellos polvos estamos ahora en estos lodos. Y hétenos aquí, que aún me voy a implicar más, dado que esta atalaya será, con toda probabilidad, la última hasta después del día 20, trasladándole a usted la siguiente pregunta ¿es responsable votar a quienes con sus acciones de des-gobierno han sido partícipes de la “nube”, y del sudor y las lágrimas que nos costará disiparla?  Y sigo esperando que sangre no, al menos mientras ETA crea que se va cumpliendo la hoja de ruta pactada con total desvergüenza. Lágrimas de emoción han dicho algunos que sentían ¡¡¡de cocodrilo, o de vergüenza, dice este comentarista de usted!!!   Disculpe la longitud de esta atalaya, y vote, con salud, pero por favor, vote.

jueves, 10 de noviembre de 2011

ATALAYA. CATARSIS

                          


CATARSIS

         Leí hace unos días el comentario de uno de los más prestigiosos periodistas de opinión política en el que afirmaba que una derrota tan abultada del Partido Socialista Obrero Español como la que apuntan las encuestas, no era bueno para España. No puedo estar más en desacuerdo con tal afirmación. Le diré a usted, lector, las razones de mi desacuerdo, pero me parece oportuno hacer una reflexión previa, que no por ya mencionada en otras oportunidades tiene menos importancia. La reflexión comienza por la imperiosa necesidad de que, en una sociedad moderna, forme parte de ella una representación socialista, de la misma manera que lo hacen otras formaciones adscritas a la social-democracia, o a corrientes liberales y conservadoras. Esa es mi confesa y reiterada opinión. Dicho ésto, y como consecuencia de una controvertida discusión con mi impenitente e incansable segundo yo, compartiré con usted en qué fundamento mi discrepancia, y la razón del título de la Atalaya de hoy.

            Hay al menos dos conveniencias para que el socialismo español sufra una derrota lo más amplia posible, y ello no tiene nada que ver con mis preferencias por una representación ideológica diferente. Ha de ser lo más amplia posible para que sus militantes puedan provocar una catarsis que les conduzca a una regeneración efectiva de su partido, que de otro modo no harían, porque la elite burocrática que lo domina y controla continuaría con el poder del mismo independientemente de los congresos postelectorales que llegaran a convocar.  Una derrota estrepitosa les dejaría sin argumentos para defender sus posiciones. Y esta catarsis sería una oportunidad inmejorable para el propio partido. E aquí la primera conveniencia.

            Y la segunda, inmejorable para España.  Porque España necesita de un partido socialista coherente con su ideología –aún reconociendo la necesidad de la adaptación de sus principios históricos a las necesidades actuales de la sociedad a la que tiene que servir (a la sociedad en su conjunto, eh); que tenga un proyecto transparente de país, confrontable con los proyectos de sus oponentes y alejado de maniobras ocultas amparadas por, o en defensa de, intereses de grupos que conculcan los denominados generales.  Y esto que digo en esta oportunidad en relación con el Partido Socialista Obrero Español, sirve para cualquier otro partido del espectro ideológico, a los cuales no les sobra, de tanto en cuanto, pasar por la referida catarsis. Es el precio que los dirigentes políticos han de pagar por sus abusos de confianza, cuando no por la indecencia y la mendacidad.  Déjeme, lector, hacer aquí mención a la inmensa mayoría de actores políticos (amigos tengo en todo el abanico ideológico, a los que quiero y respeto), trabajadores y honestos y que deseo que no se sientan aludidos por la presente diatriba. Mi reflexión no va contra ellos, y ellos saben muy bien que este humilde comentarista ama hasta aquellos que con él no están de acuerdo.

            Y ahora lo que toca es votar.  Votar masivamente; a la formación de su preferencia, amigo lector, o en blanco si usted quiere, pero votar; porque el voto ejercido significa, o debería significar, que los ciudadanos estamos interesados por la cosa pública, y que aún desencantados, y a veces sí indignados, nos interesamos por la  forma en que se nos ofrece gestionar los asuntos públicos y que demostramos también estar dispuestos a penalizar el incumplimiento de los compromisos políticos adquiridos. No es cierto que la abstención favorezca a tal o cual partido político, porque es imposible saber lo que piensa el ciudadano que se abstiene, sólo es objeto de especulaciones interesadas.  Pero sí se sabe, y con meridiana claridad, lo que quiere el que vota.  Créame, lector, y vote con salud.

lunes, 7 de noviembre de 2011

ATALAYA. NO LE CONCEDO ...

                                     

NO LE CONCEDO a nadie una dosis mayor de alegría que la que yo siento con el anuncio de ETA de abandonar definitivamente -¿es eso lo que han dicho, verdad?- el uso de las armas. Dicho esto, y para que no quede ninguna duda de que cualesquiera que fueran otras opiniones mías al respecto, eso, lo del abandono del uso de las armas, ya que no el abandono de ellas, en eso, en la alegría que me produce tal hecho, no le concedo a nadie, ni superior alegría, ni superioridad moral para sentirla. Que quede bien claro. Sin embargo, voy a centrar la atalaya de hoy en ETA, cuando ya no tenía la intención de hacerlo, pero sucede que, cuando decían por activa y por pasiva que este asunto no iba a formar parte de la campaña electoral (ya me dirán ustedes cuándo ETA no ha formado parte de alguna de las campañas electorales; este amigo de ustedes no recuerda ni una, porque entrar en las campañas electorales forma parte de la propia esencia de los medios que la organización terrorista ha venido utilizando, de una manera u otra, para lograr sus fines), hay un partido político que a falta de mejores propuestas, alguno de sus protagonistas principales lo introducen casi, casi, como producto estrella; y al hilo de ello leo tales repugnantes expresiones que no me resisto a entrar yo mismo en campaña.

¿Cómo es posible tamaña desvergüenza?  La desvergüenza de atribuir a la oposición, no ya obstruccionismo en la lucha antiterrorista (lucha sí, + negociación, aunque lo nieguen), que ya es el colmo visto lo visto, sino también supuestos intentos de que tal declaración no se produjese ahora. Lo que se deduce con toda facilidad de esas imputaciones es exactamente lo contrario de lo que tratan de hacer creer: una intencionada prisa porque se produjese precisamente ahora, junto con la teatralización de aquel Congreso para la Paz, del que ha salido, letra por letra, el texto del comunicado de la banda terrorista. Esta vez, mi otro yo está plenamente de acuerdo conmigo en que han seguido la universal fórmula de ocultar las vergüenzas propias para desviar la atención sobre ellas y atribuírselas a terceros.

En tan vano intento como el de hacer creer a la ciudadanía que nada han tenido que ver en la crítica situación que atraviesa España, y le voy a hacer a usted, amigo lector, gracia de no enumerar ninguno de los problemas que tan bien conocemos, y a falta de propuestas que no hicieran preguntarse a los votantes ¿pero no eran éstos los que estaban gobernando? Si tenían soluciones ¿cómo es que no las aplicaban? A falta de esa credibilidad, su única esperanza, y a ella se han aplicado con toda sus fuerzas y a toda velocidad, era este comunicado de los terroristas-asesinos, para cuya consecución no han escatimado recursos, entre ellos el más valioso de todos: la dignidad de las víctimas y del estado de derecho, a los que han dejado literalmente a los pies de los caballos.  Confío en que no les sirva de nada. Pero ya verá usted, amigo mío, lo que va a costar arreglar este desaguisado.  Mucho más, muchísimo más, se lo aseguro, que arreglar la economía con lo duro y  sacrificado que resultará.  Y de economía hablaré con usted en breve; hoy no toca, para no mezclar asuntos que, al menos en apariencia, nada tienen que ver, pero sólo en apariencia como en su momento veremos.  Con mis liberales saludos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

ATALAYA. NO PUDE APLAUDIR




En el extraordinario acto anual en el que El Correo Galllego entrega sus premios de Gallegos del Año, fue galardonada con el correspondiente a este año 2011, Dña. María Emilia Casas, pasada Presidente del Tribunal Constitucional. No critico ni los criterios seguidos por el Jurado, constituído por personalidades de absoluta garantía –cualquiera que sea la perspectiva desde la que se les quisiera considerar- ni las razones que les condujeron a la adjudicación del galardón, que también respeto absolutamente.  Como también siento el máximo respeto por el derecho del galardonado, en este caso el que poseía Dña. María Emilia Casas, a elegir y a elaborar el discurso con el que agradecería la distinción recibida.  Pero dicho todo esto, querido lector amigo, no pude, no pude sumarme al aplauso que la ocasión requería; NO PUDE APLAUDIR.

Acepto las virtudes personales que adornan a la galardonada; acepto su valía académica avalada por su cátedra y por sus publicaciones; acepto incluso el hecho afectivo de su monfortina galleguidad (por algo se trata de premiar a gallegos). Nada que objetar a todas esas cuestiones que tienen que ver con su persona. ¿Cuáles fueron entonces las razones que frenaron mi natural impulso al aplauso?  Porque, créame lector ¿cómo resistirse al aplauso en un acto como el citado, en el que todo se conjuga para favorecerlo?  Pues fueron DOS esas razones, y ambas contenidas en su discurso, y que ahora paso a explicarle a usted.

LA PRIMERA, el para mí inaceptable elogio de la labor del Tribunal Constitucional, de cuyas decisiones tan transcendentales de los últimos años ella es corresponsable.  Para este comunicante, con el Tribunal Constitucional habría que hacer una de dos cosas: hacerlo desaparecer o convertirlo en una Sala del Tribunal Supremo; si mi otro yo y yo mismo tuviéramos que pronunciarnos por una de ellas, lo haríamos por la segunda, y también la justificaremos.  Pero en cuanto a su actuación, y sólo como muestra, no resulta difícil recordar la “enorme diligencia” con la que se produjeron en relación con la sentencia sobre el Estatuto de Cataluña, y la esperpéntica resolución emitida en el proceso de legalización de Bildu, superponiéndose a una sentencia del propio Tribunal Supremo, patentizando su verdadera implicación en la política (qué digo, de dos partidos políticos).  Por otra parte ¿cómo digerir que una importante mayoría de sus componentes no pertenezcan a la magistratura; es decir, que no sean jueces?  Este servidor de usted, no puede, de ninguna manera aplaudir ningún tipo de elogio a este llamado tribunal, lo pronuncie quien lo pronuncie.

Y ¿en qué descansaría nuestra tesis de convertir el TC en una Sala del Tribunal Supremo?  Su desaparición haría recaer en las otras Salas los asuntos que tuviesen que ver con la materia constitucional, y siempre habrá situaciones que requieran su actuación, con lo cual estaría plenamente justificada la existencia de una Sala de lo Constitucional, al igual que existen otras de distintas especialidades o materias; pero lo que no puede suceder es que un tribunal, llámese comoquiera, disfrute de una jurisdicción superior a la del Supremo, porque sino éste pierde su condición, o se le retira tal denominación. Tribunal Supremo en materia de Justicia supone que sus sentencias hayan de ser inapelables; de lo contrario, de supremo, poco.

LA SEGUNDA, la irresponsable y falta de realismo alegría por la “derrota de ETA” –tales fueron sus palabras- abundando en el políticamente correcto aserto de “sin contrapartidas políticas”. ¿Es que acaso no ha sido una concesión política la sentencia del TC que ha permitido la legalización de Bildu y su irrupción en las instituciones vascas?  ¿Es que ello no va a traer como consecuencia, también, la irrupción de Amaiur en las instituciones nacionales?  Todo ello echando por tierra el trabajo de los mayoritariamente honestos miembros de los cuerpos de seguridad del Estado y, por qué no decirlo también, de numerosísimos jueces cuya actuación se mediatiza por condicionamientos políticos, y la encomiable y nunca suficientemente valorada resistencia de las víctimas. Todavía están por calcular los efectos que tales concesiones vayan a tener en la supervivencia de España como nación.  Para empezar, que se vayan preparando los nacionalistas del PNV a su pérdida de hegemonía: ya serán otros los que recojan las nueces; es decir, los mismos que siempre han sacudido el árbol. El árbol y las vidas.  ¿Podría una persona con valores parecidos a los de este servidor de usted aplaudir un discurso con tales contenidos?

                                   Manuel Balseiro González.      

jueves, 27 de octubre de 2011

ATALAYA


 
ESTAN VENCIENDO

Lo que sigue podría muy bien haber inspirado a Esquilo a componer una nueva tragedia, porque ingredientes tiene sobrados. Léase sino un diálogo ¿imaginario?.
UNOS: Aquí estamos, y satisfechos de que hayáis respondido a nuestro requerimiento, dicen tres encapuchados dirigiéndose a otros tres que, sin capucha, esperan que nadie llegue a enterarse ni de la convocatoria, ni de la conversación, ni, mucho menos, de las conclusiones a las que se pretende llegar. LOS OTROS: Oid, pues ya que estamos, querríamos estudiar la forma de terminar con lo que vosotros llamáis conflicto político; pero sabéis muy bien que tropezamos con el nada despreciable obstáculo representado por los que se empeñan en mantener la tesis de vuestra irracionalidad terrorista.
UNOS:  Decidnos entonces cómo queréis que lo resolvamos, conociendo como conocéis, sobradamente, que nuestro permanente objetivo es sacudirnos el yugo del estado opresor que impide todo atisbo de independencia para nuestro pueblo.
LOS OTROS:  Hombre, la verdad es que nos lo ponéis muy difícil si lo queréis conseguir de la forma en la que lo habéis estado intentando hasta ahora –tiro y bomba, bomba y tiro, chantaje, extorsión …; tenéis que ensayar otros procedimientos.
UNOS:  Os escuchamos con gran interés, porque para nosotros no importan los medios y sí el objetivo final.
LOS OTROS:  Pues bien, nosotros podemos conseguir que tribunales y sociedad os acepten en el debate político como si tal cosa fuese el requisito indispensable para satisfacer vuestras aspiraciones.
UNOS:  Ya, lo entendemos, pero, eso va a tomar mucho tiempo ¿no? Y además está el tema de la ilegalidad de nuestros instrumentos, que nos impide una presencia abierta y siempre tenemos que andar con estas capuchas que, oye, dan un calor …
LOS OTROS:  No creáis, sólo se trata de hacer ver que formáis parte del juego democrático, y que, por consiguiente, hay que facilitaros el acceso a las instituciones; y de eso nos ocuparíamos nosotros; y andando el tiempo iríais adquiriendo peso político y representatividad sin límite ante la ciudadanía, de tal forma que, al final, y por los votos democráticamente obtenidos, lograríais vuestro objetivo.
UNOS:  Democráticamente, sí, pero un poco menos ¡oye! Porque sin que la gente sepa que podemos volver a utilizar nuestro arsenal tan pronto como no nos gusten las cosas… sin eso no jugamos, eh ¡hasta ahí podríamos llegar!
LOS OTROS:  No os preocupéis por eso; ya nos estamos encargando también de narcotizar a la ciudadanía con nuestros mejores deseos de finalización del conflicto, así como de reducir a su mínima expresión a los que no quieren olvidar todas vuestras salvajadas.
UNOS:  Ah, bueno, si es así …
Amigo lector, están venciendo, nos están venciendo. Han comenzado a hacerlo desde el mismo momento en que hemos aceptado su lenguaje, su nomenclatura, su léxico. Han continuado venciendo en su penetración en las instituciones políticas.  Y ¿por qué?  Por una llana y simple razón: la indecendia de LOS OTROS, y la debilidad moral de los que supeditan la dignidad al pragmatismo.
¿Y qué hay de Agamenón? No le resultaría difícil a Esquilo crear un nuevo Orestes con el que castigar la infidelidad y la traición ¿Lo crearemos nosotros, o tendremos que resucitar a Esquilo?
Creo que continuaré