CATARSIS
Leí hace unos días el comentario
de uno de los más prestigiosos periodistas de opinión política en el que
afirmaba que una derrota tan abultada del Partido Socialista Obrero Español
como la que apuntan las encuestas, no era bueno para España. No puedo estar más
en desacuerdo con tal afirmación. Le diré a usted, lector, las razones de mi
desacuerdo, pero me parece oportuno hacer una reflexión previa, que no por ya
mencionada en otras oportunidades tiene menos importancia. La reflexión
comienza por la imperiosa necesidad de que, en una sociedad moderna, forme
parte de ella una representación socialista, de la misma manera que lo hacen
otras formaciones adscritas a la social-democracia, o a corrientes liberales y
conservadoras. Esa es mi confesa y reiterada opinión. Dicho ésto, y como
consecuencia de una controvertida discusión con mi impenitente e incansable
segundo yo, compartiré con usted en qué fundamento mi discrepancia, y la razón
del título de la Atalaya
de hoy.
Hay
al menos dos conveniencias para que el socialismo español sufra una derrota lo
más amplia posible, y ello no tiene nada que ver con mis preferencias por una
representación ideológica diferente. Ha de ser lo más amplia posible para que
sus militantes puedan provocar una catarsis que les conduzca a una regeneración
efectiva de su partido, que de otro modo no harían, porque la elite burocrática
que lo domina y controla continuaría con el poder del mismo independientemente
de los congresos postelectorales que llegaran a convocar. Una derrota estrepitosa les dejaría sin
argumentos para defender sus posiciones. Y esta catarsis sería una oportunidad
inmejorable para el propio partido. E aquí la primera conveniencia.
Y
la segunda, inmejorable para España. Porque
España necesita de un partido socialista coherente con su ideología –aún
reconociendo la necesidad de la adaptación de sus principios históricos a las
necesidades actuales de la sociedad a la que tiene que servir (a la sociedad en
su conjunto, eh); que tenga un proyecto transparente de país, confrontable con
los proyectos de sus oponentes y alejado de maniobras ocultas amparadas por, o
en defensa de, intereses de grupos que conculcan los denominados
generales. Y esto que digo en esta
oportunidad en relación con el Partido Socialista Obrero Español, sirve para
cualquier otro partido del espectro ideológico, a los cuales no les sobra, de
tanto en cuanto, pasar por la referida catarsis. Es el precio que los
dirigentes políticos han de pagar por sus abusos de confianza, cuando no por la
indecencia y la mendacidad. Déjeme,
lector, hacer aquí mención a la inmensa mayoría de actores políticos (amigos
tengo en todo el abanico ideológico, a los que quiero y respeto), trabajadores
y honestos y que deseo que no se sientan aludidos por la presente diatriba. Mi
reflexión no va contra ellos, y ellos saben muy bien que este humilde
comentarista ama hasta aquellos que con él no están de acuerdo.
Y
ahora lo que toca es votar. Votar masivamente; a la formación de su
preferencia, amigo lector, o en blanco si usted quiere, pero votar; porque el
voto ejercido significa, o debería significar, que los ciudadanos estamos
interesados por la cosa pública, y que aún desencantados, y a veces sí
indignados, nos interesamos por la forma
en que se nos ofrece gestionar los asuntos públicos y que demostramos también
estar dispuestos a penalizar el incumplimiento de los compromisos políticos
adquiridos. No es cierto que la abstención favorezca a tal o cual partido
político, porque es imposible saber lo que piensa el ciudadano que se abstiene,
sólo es objeto de especulaciones interesadas.
Pero sí se sabe, y con meridiana claridad, lo que quiere el que
vota. Créame, lector, y vote con salud.
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