Ya pasó el 25 de marzo, ya pasó
lo que pasó en Asturias y Andalucía. ¿Y qué pasó? Pues, aparentemente, nada. Todo parece seguir
como estaba. Sin embargo ¿podemos afirmar sin temor a equivocarnos que todo
sigue igual? En cuanto a lo que se
refiere al reparto ideológico, si lo reducimos a una diferencia entre izquierda
y derecha –lo que en sí mismo no deja de ser una arriesgada abstracción- sólo
pequeñas diferencias encontraremos en cuanto a la suma de los escaños obtenidos
por cada uno de ambos bandos. Pero sí
han ocurrido cosas. Lo de los votos y el
reparto de escaños ya lo conoce usted, mi querido amigo, y mi atalaya de hoy no
pretende referirse a eso. Lo que
despierta mi interés de hoy y de estos pasados y próximos días, son otras
cosas: sus causas y sus consecuencias.
Comenzando por Asturias, mi otra querida
y entrañable matria. Toda una movilización propagandística, toda una
escenificación de rencillas y desavenencias tribales, con una utilización
prevaricante de los recursos públicos, tanto en coste monetario como en la
distracción de la capacidad de las personas que, en lugar de dedicar su
esfuerzo y su inteligencia (me temo que de esta segunda, andan todos muy
escasos), a la función de ordenar y mejorar la vida de los asturianos, han
dedicado unos y las otras, a malgastarlos inmisericordemente, provocando la
desafección de sus conciudadanos. Que casi la mitad del censo no hubiese
acudido a votar nos permite deducir tal desafección ¿no le parece a usted? Las causas comienzan en la acomodada
instalación de los dirigentes del Partido Popular, convirtiendo su función de
oposición en una auténtica profesión durante varias legislaturas; continúan con
la incapacidad para lograr una candidatura única, entre afines (muy afines
podríamos decir) que afrontase las elecciones del pasado año con garantías de
mayoría absoluta; y culmina con la esperpéntica convocatoria de elecciones
anticipadas, confirmando la referida incapacidad de los interpares para evitar
el ridículo.
Sí, lector, ridículo; porque no
otra cosa significa que ambos interpares hayan sido derrotados por el
espectador que, sentado a la puerta de su casa, ha esperado el paso de los
cadáveres de sus rivales. A este otro espectador que le escribe a usted, mi querido
amigo, tales interpares le parecen auténticos cadáveres, políticos, claro. En
este preciso momento, desconozco hacia donde se inclinará el cuarto y novedoso
protagonista de esta historia. No importa, el hecho verdaderamente notable es
que los reiterados interpares han “mandado a volar”, así dicen los españoles de
México (algún día le diré el por qué me gusta este gentilicio) todo su
potencial. Y estas son las consecuencias: la desafección de los votantes, muy
especialmente de los suyos propios, una más que probable entrega en bandeja del
gobierno del Principado a los socialistas y, con ello, el retorno al mando de
los que no han sabido hacer otra cosa que conducir a Asturias a la situación en
la que se encuentra. El efímero período Cascos es sólo una anécdota más de toda
esta ridícula historia ¿Obtendrá alguien alguna enseñanza de esto?
El caso de Andalucía es
diferente. El grado de desafección de los votantes del Partido Popular es
semejante al asturiano, pero sus causas no me parecen iguales a las que
provocaron la catástrofe de la comunidad norteña. Aquí es cierto que los populares crecieron
respecto a la situación precedente, poco, pero crecieron; sin embargo, el
fracaso es evidente al no lograr la mayoría absoluta que se les pronosticaba
por la práctica totalidad de los “augures” de la cosa, y que ellos mismos se
creían ¿Qué fue lo que provocó entonces la desafección de los casi 500.000
votantes que, según los analistas, dejaron de votar al Partido Popular, en
relación con las pasadas elecciones generales?
Esos, más los que completan la diferencia entre la participación media y
la que realmente se ha producido. ¿Por qué todos esos votantes que se esperaba
que provocaran tal vuelco en la situación política andaluza se abstuvieron de
hacerlo?
Déjeme lector omitir el enorme
deterioro que los escándalos de corrupción y clientelismo, si viviéramos en una
sociedad consciente, por si solos habrían hecho desaparecer de la esfera
política a quienes los hicieron posibles (este comentario lo hago extensivo a
cualquier formación política y a cualquier territorio, eh, no se crea usted
otra cosa), y déjeme apuntar hacia lo siguiente: El enfado producido por la inesperada, inútil
a todas luces, pero sobre todo, injusta, subida del impuesto sobre la renta, y
la fallida jugada de demorar la presentación de los Presupuestos Generales del
2012.
Respecto de lo primero, ya se ve
que no se está recaudando más, ya se vió que tampoco sirvió para ganarnos la
confianza de lo que se dicen “mercados” (este atalayista, atalayino, o mejor
aún, atalayente, se permitió la osadía de denunciarlo así en su momento), y sí
en cambio para crear un malestar generalizado porque la opinión pública
entendía, y entiende, que no era ahí por donde había que comenzar la cirujía;
sí en cambio en muchos otros aspectos sobre los que desde esta columna ya se
hizo cuestión.
Y respecto de lo segundo, en vez
de someter al Parlamento a su debido tiempo un proyecto de Presupuestos en el
que estuviesen contempladas ya TODAS las medidas quirúrgicas que la situación
requiere, pues no se hizo así, se demora tres meses, se adoptan algunas medidas
que no pasan de ser remiendos que ahora hay que modificar, y se escoge un
perfil de baja agresividad incapaz de contrarrestar la propaganda izquierdista
basada en el “que viene el lobo”. Y así resultó la cosa. ¿Alguien habrá
obtenido alguna enseñanza de esto? Mire,
querido lector, no sé cuál será su experiencia vital, pero la de este
atalayente consiste en lo siguiente:
Siempre que demoré, o aún peor, no tomé las decisiones que
correspondían, pretendiendo con ello disminuir eventuales tensiones, obtener
consenso, y, hasta en última instancia ganarme la simpatía de los
circunstanciales afectados ¡¡¡FRACASO ABSOLUTO!!! Ni conseguí disminuir las tensiones, ni
obtuve el consenso esperado, y, para colmo, si ya no resultaba simpático,
encima, pasé a ser considerado tonto.
Moraleja, para quien quiera, o
pueda, extraer algún aprendizaje: No se
deje nunca de hacer lo que haya que hacer, y cuando haya que hacerlo, por dificultoso
y arriesgado que parezca. De lo
contrario, las consecuencias resultan peores que los temores. Sr. Rajoy, usted
verá, pero desde aquí me tomo la libertad de insistir en lo de siempre: ¡Haga lo que deba hacer!, sin temor y sin
melindrosidades que a nada bueno conducen. Así sí que se gana confianza. Salve, una vez más.