¿Cómo nos tratarán nuestros particulares "idus de marzo"? En mis, seguramente, peculiares reflexiones, siempre obtenidas a base de un bien luchado combate con ese mi otro yo, que nunca me abandona -¡qué pertinacia la suya!- siento como me invade una sensación mezcla de perplejidad, escepticismo, impotencia y preocupación por el resultado de los comicios del próximo domingo 9 de marzo.
La sensación proviene de las informaciones posteriores a la celebración de los dos simulacros de debate entre los candidatos de los principales partidos políticos de España -¿podremos seguir llamándole así al país en que vivimos?- y es porque no acabo de ver por ningún lado la coherencia entre lo visto y vivido y lo que reflejan las encuestas. Si hubiese coherencia, el resultado sería un suspenso mayúsculo a ambos contendientes, pero claro, los medios de comunicación, y los partidos políticos mismos, tienen un exacerbado interés en proclamar un ganador, y lo hacen. Pero no es ese interés compartido por los medios y los partidos, lo que produce mis negativas sensaciones, ni siquiera el resultado de las encuestas, del que discrepo. Las produce la incertidumbre sobre lo que van a arrojar las encuestas reales, es decir, el recuento del contenido de las urnas. Y ¿por qué me invaden tales sensaciones?
Déjenme que me remita a unas reflexiones publicadas en la Atalaya nº 13, del domingo 17 de diciembre de 2006, en El Correo Gallego, titulada LOS CAMINOS DE LA DEMOCRACIA. De entonces a hoy, bastantes acontecimientos se han producido, pero se me antoja que aquellas cobran hoy interesante actualidad, y así se las reproduzco:
"Mucho se viene hablando y escribiendo en los últimos tiempos, amigo lector, de la necesidad de reformar el sistema electoral español. Este servidor mismo, lo ha reclamado ya en éste y otro medio de comunicación, por entender que el actual sistema no da respuesta a las necesidades básicas de una democracia que pretende ser madura, y de paso evitar, al máximo posible, el riesgo de que los partidos caigan en los excesos totalitarios a lo que veo que se siente tan inclinada la elite dirigente de esa burocracia particular que se ha convertido en la dominadora absoluta de la acción de los partidos políticos, sin que los militantes puedan hacer otra cosa que asentir, o permanecer en silencio durante los espacios de tiempo que median entre cada período electoral. Y lo mismo sucede con la acción parlamentaria. Bueno, se puede manifestar el descontento, tanto por los militantes de los partidos, como por los ciudadanos en general, aunque con nulo resultado, pues es en estas circunstancias donde la potestad indiscutible de los dirigentes puede tener, o no, en cuenta tales protestas.
Y si bien es cierto que en los últimos tiempos, tanto en la legislatura anterior como en la presente, muchos ciudadanos están mostrando con sus manifestaciones, nítidamente, cuáles son sus intereses, falta por percibir la discrepancia específica de los militantes de un partido político en contra de las propuestas del mismo. No he visto una sola expresión organizada de esta naturaleza ¿se debe a que no hay discrepancia?, o ¿se debe al obediente sectarismo dominante por el cual todo cuanto hacen los nuestros está bien?, o ¿a una cobarde actitud fruto del confort que produce la posibilidad de que sean otros quienes arreglen los entuertos? Cualquiera que fuera la respuesta a estas preguntas, indicaría una tremenda debilidad democrática en nuestra sociedad, demostrativa de la ausencia de espíritu crítico y libre. Ninguna discrepancia debería ser entendida como una renuncia a los principios ideológicos de un partido, y sí en cambio como una contribución positiva a su aproximación a la sociedad real. Por ejemplo, nadie dejaría de ser liberal, o conservador, o socialista, o comunista por discrepar de la dirección de sus partidos cuando ésta corrompe tales principios, o sus actuaciones perturban la concordia social. Como tampoco dejaría de serlo por elegir puntualmente otras opciones que se aproximasen en mayor medida a sus convicciones. Ésta es la grandeza y sería la mejor prueba de la deseable salud democrática.
En una oportunidad anterior me mostraba convencido de la honorabilidad de la inmensa mayoría de la militancia –conozco muy bien militantes de todos los partidos-, pero también asombrado de que esta misma honorabilidad fuese tolerante, o indiferente, con las directrices y actos que conculcan la honorabilidad general del país. Y me parece que esto se debe a la falta de cauces para forzar el relevo de los componentes de esa burocracia dirigente cuando así conviniese al interés general, por encima de las ideologías. Es aquí donde debería producirse una auténtica rebelión, negándose la militancia a practicar un seguidismo estéril y paralizante (tal y como he propugnado con anterioridad). Si esta rebelión se produjese, y tuviese consecuencias visibles, los dirigentes de cada época actuarían con rigor, transparencia y mesura. Lo mismo ocurriría, sin necesidad de provocar ninguna suerte de rebelión, si el acceso a las cúpulas del poder en los partidos no fuese una sucesión de herencias dentro de lo establecido en los mismos, puesto que no otra cosa se produce, salvo contadas ocasiones, tanto en asambleas como en congresos. La reforma electoral en los partidos habría de comenzar por una verdadera representación territorial en la que los compromisarios fuesen elegidos sin la tutela de la burocracia dominante.
¿Y qué decir de la reforma para elegir los representantes a los Parlamentos? Mientras que éstos no sean elegidos en circunscripciones, o distritos territoriales, en contacto directo y permanente con los electores, ofreciéndoles un programa de trabajo conectado con las necesidades reales de la ciudadanía más próxima, comprometidos en su realización, y rindiendo cuenta directa ante ellos de los resultados obtenidos; mientras que los electores hayan de seguir suscribiendo listas cerradas, y no puedan desechar aquellos que no merezcan su apoyo; mientras se siga manteniendo un porcentaje bajo de los votos para tener derecho a representación parlamentaria a grupos minoritarios, cuyos intereses y propuestas pueden ser defendidos por otros afines; mientras estas situaciones se mantengan, los ciudadanos electores verán conculcados sus afanes e intereses por pactos y maniobras, a veces contra natura ideológica, y siempre, aunque se trate de defenderlos con eufemismos, contra los principios básicos de la democracia. Y debo mencionar también la posibilidad de segundas vueltas, cuando un partido político no alcance la mayoría para que gobierne su candidato principal. ¿Nos damos cuenta, verdad, de la energía cuya pérdida estéril nos ahorraríamos?
Seguramente resulta una utopía que veamos una reforma tan profunda de una sola vez, pero ¿para cuando dejamos comenzar por lo básico? Desechemos los temores que como ciudadanos pudiéramos tener (otros sí que parecen tener esos temores ¿por qué?), porque es muy cierto que poner en práctica todas a la vez, o algunas de las reformas necesarias, no supone dar un salto en el vacío; sobran referencias en nuestro entorno social occidental en las que ilustrarse; véase, si no, la más antigua experiencia democrática del planeta, y todavía viva, la del Reino Unido. Bueno, pues mientras esperamos, deseo Salud y Esperanza para todos."
"Mucho se viene hablando y escribiendo en los últimos tiempos, amigo lector, de la necesidad de reformar el sistema electoral español. Este servidor mismo, lo ha reclamado ya en éste y otro medio de comunicación, por entender que el actual sistema no da respuesta a las necesidades básicas de una democracia que pretende ser madura, y de paso evitar, al máximo posible, el riesgo de que los partidos caigan en los excesos totalitarios a lo que veo que se siente tan inclinada la elite dirigente de esa burocracia particular que se ha convertido en la dominadora absoluta de la acción de los partidos políticos, sin que los militantes puedan hacer otra cosa que asentir, o permanecer en silencio durante los espacios de tiempo que median entre cada período electoral. Y lo mismo sucede con la acción parlamentaria. Bueno, se puede manifestar el descontento, tanto por los militantes de los partidos, como por los ciudadanos en general, aunque con nulo resultado, pues es en estas circunstancias donde la potestad indiscutible de los dirigentes puede tener, o no, en cuenta tales protestas.
Y si bien es cierto que en los últimos tiempos, tanto en la legislatura anterior como en la presente, muchos ciudadanos están mostrando con sus manifestaciones, nítidamente, cuáles son sus intereses, falta por percibir la discrepancia específica de los militantes de un partido político en contra de las propuestas del mismo. No he visto una sola expresión organizada de esta naturaleza ¿se debe a que no hay discrepancia?, o ¿se debe al obediente sectarismo dominante por el cual todo cuanto hacen los nuestros está bien?, o ¿a una cobarde actitud fruto del confort que produce la posibilidad de que sean otros quienes arreglen los entuertos? Cualquiera que fuera la respuesta a estas preguntas, indicaría una tremenda debilidad democrática en nuestra sociedad, demostrativa de la ausencia de espíritu crítico y libre. Ninguna discrepancia debería ser entendida como una renuncia a los principios ideológicos de un partido, y sí en cambio como una contribución positiva a su aproximación a la sociedad real. Por ejemplo, nadie dejaría de ser liberal, o conservador, o socialista, o comunista por discrepar de la dirección de sus partidos cuando ésta corrompe tales principios, o sus actuaciones perturban la concordia social. Como tampoco dejaría de serlo por elegir puntualmente otras opciones que se aproximasen en mayor medida a sus convicciones. Ésta es la grandeza y sería la mejor prueba de la deseable salud democrática.
En una oportunidad anterior me mostraba convencido de la honorabilidad de la inmensa mayoría de la militancia –conozco muy bien militantes de todos los partidos-, pero también asombrado de que esta misma honorabilidad fuese tolerante, o indiferente, con las directrices y actos que conculcan la honorabilidad general del país. Y me parece que esto se debe a la falta de cauces para forzar el relevo de los componentes de esa burocracia dirigente cuando así conviniese al interés general, por encima de las ideologías. Es aquí donde debería producirse una auténtica rebelión, negándose la militancia a practicar un seguidismo estéril y paralizante (tal y como he propugnado con anterioridad). Si esta rebelión se produjese, y tuviese consecuencias visibles, los dirigentes de cada época actuarían con rigor, transparencia y mesura. Lo mismo ocurriría, sin necesidad de provocar ninguna suerte de rebelión, si el acceso a las cúpulas del poder en los partidos no fuese una sucesión de herencias dentro de lo establecido en los mismos, puesto que no otra cosa se produce, salvo contadas ocasiones, tanto en asambleas como en congresos. La reforma electoral en los partidos habría de comenzar por una verdadera representación territorial en la que los compromisarios fuesen elegidos sin la tutela de la burocracia dominante.
¿Y qué decir de la reforma para elegir los representantes a los Parlamentos? Mientras que éstos no sean elegidos en circunscripciones, o distritos territoriales, en contacto directo y permanente con los electores, ofreciéndoles un programa de trabajo conectado con las necesidades reales de la ciudadanía más próxima, comprometidos en su realización, y rindiendo cuenta directa ante ellos de los resultados obtenidos; mientras que los electores hayan de seguir suscribiendo listas cerradas, y no puedan desechar aquellos que no merezcan su apoyo; mientras se siga manteniendo un porcentaje bajo de los votos para tener derecho a representación parlamentaria a grupos minoritarios, cuyos intereses y propuestas pueden ser defendidos por otros afines; mientras estas situaciones se mantengan, los ciudadanos electores verán conculcados sus afanes e intereses por pactos y maniobras, a veces contra natura ideológica, y siempre, aunque se trate de defenderlos con eufemismos, contra los principios básicos de la democracia. Y debo mencionar también la posibilidad de segundas vueltas, cuando un partido político no alcance la mayoría para que gobierne su candidato principal. ¿Nos damos cuenta, verdad, de la energía cuya pérdida estéril nos ahorraríamos?
Seguramente resulta una utopía que veamos una reforma tan profunda de una sola vez, pero ¿para cuando dejamos comenzar por lo básico? Desechemos los temores que como ciudadanos pudiéramos tener (otros sí que parecen tener esos temores ¿por qué?), porque es muy cierto que poner en práctica todas a la vez, o algunas de las reformas necesarias, no supone dar un salto en el vacío; sobran referencias en nuestro entorno social occidental en las que ilustrarse; véase, si no, la más antigua experiencia democrática del planeta, y todavía viva, la del Reino Unido. Bueno, pues mientras esperamos, deseo Salud y Esperanza para todos."
ADENDA.
La gran incógnita, causa de mi desazón. A la vista del comportamiento de los dos aspirantes a presidir el gobierno de España, el uno, mentiroso convicto y confeso, sin más programa que el de conservar el poder a toda costa; eso sí, carismático y telegénico; el otro, honesto y prudente pero temeroso de molestar con algunas de las cosas en las que cree. ¿Se producirá la rebelión, y los votantes se saldrán, nos saldremos, del tan estéril y paralizante seguidismo denunciado? ¿Tendrán los habituales votantes socialistas el valor de depositar su confianza en otras opciones, aunque fuese las de su principal rival? Eso sí, acudiendo a votar ¡eh!, para que no se diga ... llegado el caso. Que los idus de marzo nos sean propicios.
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