Es hoy la jornada de reflexión previa a la electoral, y nuestros "idus de marzo" comenzaron a manifestarse ayer en la forma sangrienta que ha hecho desaparecer a Isaías Carrasco a manos de las bestias terroristas de ETA.
Dolor, dolor, dolor ... inmenso, que, después de despertar nuestra solidaridad con la familia y con sus allegados y amigos, nos conduce inexorablemente a compartir con usted, lector amigo, las últimas reflexiones sobre el tema central de esta columna. Pero el dolor no se ve acompañado por la sorpresa. Ya se sabía que estos asesinos estaban, y lo están siempre, dispuestos a matar bajo cualquier situación y circunstancia que ellos crean que les puede beneficiar. Y aún a veces en forma incomprensible en cuanto a oportunidad. Pero, claro, no nos estamos refiriendo a seres humanos con capacidad de entender la vida en sociedad como usted y un servidor lo hacemos. Nos referimos a bestias enloquecidas y enfurecidas en la búsqueda de la realización de sus absurdas ensoñaciones.
Sabíamos que ésto iba a ocurrir. Pero también sabíamos, y sabemos, que ésto ocurriría en cualquier caso; dentro de un proceso de diálogo/negociación, o fuera de él; dentro de una tregua con trampa o sin ella; en período de acoso policial y judicial, o sin el. ¿Es que no sabemos que son terroristas asesinos, y que sólo se sentirán satisfechos cuando consigan todo lo que pretenden? Y después de que lo consigan ¿qué?
Nosotros sabíamos que ésto había de ocurrir; ahora o pasado mañana. Así to teníamos proclamado, sin que por ello reclamemos capacidades adivinatorias. No hace falta. Es de puro sentido común. Y volverá a ocurrir. Creerse que porque existan vías abiertas de comunicación con los terroristas va a evitar su acción criminal, resulta de patética ingenuidad, cuando no de una patológica estulticia, o, lo que es infinitamente peor, de una inmoralidad sin límites. Y es todavía mucho más grave, abrir esas vías de comunicación cuando ya estaban cerradas. Porque ello además supone un atentado a la ética política en la que, obligatoriamente, se han de sustentar las democracias. Ética que, fundamentalmente, no se fundamenta más que en la Verdad y la Dignidad, tanto desde una perspectiva individual como colectiva.
Y todos estos años se ha estado faltando a la Verdad, y no ha importado demasiado la Dignidad, y con ello, desde una visión moral de la vida pública y ciudadana, de saber lo que está bien y lo que no lo está, de lo que causa el bien y de lo que no, la relación con los terroristas ha subvertido aquello que representa la fortaleza de una sociedad democrática: la irrenunciable supremacía de la justicia sobre el crimen; a cualquier precio, y por encima de cualquier precio. Incluso el de la vida. De qué nos sirve la vida sin dignidad y sin respeto por la verdad.
Mañana nos enfrentamos todos a la responsabilidad de elegir a la persona y al grupo político que ha de conducir los negocios de España durante los próximos cuatro años. En estos momentos, el ejercicio de esa responsabilidad ha de estar aderezada, más que nunca, de un especial grado de consciencia y de espíritu crítico, alejada de sentimentalismos y de ira. ¡Todos a ejercerla, todos a votar!, queriendo manifestar en ella el tipo de sociedad española en la que queremos vivir. Una España firme y digna, resistente a los chantajes, armada de valores y orgullosa de poseerlos. O una España inane, permisiva y relativista, en la que cualquier cosa pueda ser asumida con la irresponsabilidad de la inconsciencia.
Aquí tenemos el reto. Apartar de la acción de gobierno a quienes han estado dispuestos a pasar a la historia como los grandes pacificadores, sin importarles el precio que había que pagar por ello, o mantenerles en sus funciones, con la certeza, nuestra certeza, de que les va a faltar tiempo para reincidir en sus absurdos y calculados errores. Ha llegado uno de los momentos importantes de nuestra vida de ciudadanía en común. Vayamos a votar, vayamos a votar todos. Y con el ejercicio de este derecho, que en el momento presenta también se configura como una obligación, demostremos que cuantos más votemos, mejor representación política obtendremos. Caiga quien caiga. Lo que no caerá será nuestra dignidad. Y producirá sorpresas a más de uno. No quisiera estar equivocado.
ADENDA.
Recuerde, lector amigo. Ayer, todos los partidos con representación parlamentaria en una nueva escenificación de pretendida unidad frente al execrable crimen, todos, menos uno, se han negado a rechazar futuras negociaciones con la banda terrorista. ¿Nos damos cuenta de lo que ésto significa? Una tremenda probabilidad de que el proceso de diálogo/negociación continuaría en el caso de que continuase la misma o parecida composición de nuestro Congreso de los Diputados.
¿Es ésto lo que usted y su servidor queremos? Salud, con esperanza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario