A
uno le gustaría poder condensar en unas pocas líneas todo lo que le suscita la
avalancha de acontecimientos que cada día se nos echa encima; que si la deuda,
que si el déficit, que si la bolsa, que si los mercados, que si los bancos, que
si las reformas, que si el ahorro, que si la confianza, que si la austeridad, que
si la corrupción, que si el rescate, que si los impuestos, que si las
pensiones, que si la educación, que si la sanidad, que si el problema
territorial, que si el terrorismo, que si la diplomacia, que si el Obispo de
Alcalá, que si las “escapadas” del Rey, que si Argentina … En fin, amigo mío,
que no damos abasto para atender a tantos asuntos, y tanto no damos abasto que,
seguramente, entre semejante maremágnum ni siquiera somos capaces de atribuir
prioridades; o sí; bueno, no sé, usted verá. Y si para nosotros, al menos para
este articulista resulta difícil, podemos imaginarnos en consecuencia cómo lo
será para el gobierno que tiene que tomar decisiones sobre todos y cada uno de
ellos. El espíritu extraño, siempre conflictivo, muchas veces contradictorio,
pero siempre pertinaz que me acompaña -usted lo sabe aunque en los últimos
tiempos no me hubiese referido a él-, me impulsa como siempre a organizar los
pensamientos (pienso, luego existo …), de forma que las opiniones que comparto
con usted tengan coherencia, o al menos que la tengan conmigo mismo.
Voy
a tratar de ser muy breve en algunos de los asuntos enumerados. Sobre la deuda
y el déficit, nada está sucediendo que modifique lo que ya expresé en
anteriores “atalayas”; no obstante, reitero: si no controlamos el déficit, que
nos llevará a elevar la deuda, nos vamos a pegar un batacazo tan descomunal que
no nos va a reconocer ni … usted podrá acabar la frase. Y ambos tienen todo que
ver con la austeridad. Créame que ya a mi mismo me molesta tener que defender
tal principio, por lo obvio que me parece, pero es que de todo lo que me voy
enterando poco, o muy poco, se ajusta a lo que debería ser entendido por austeridad.
Mire, amigo mío, tengo que seguir refiriéndome a las subvenciones ¡qué pesado
estás! pensará usted; en tanto que no se
eliminen todas aquellas que producen escándalo: a los partidos políticos, a los
sindicatos, a los empresarios, a organizaciones que viven del cuento, a … siga usted mismo, por favor, ni ahorraremos,
ni dispondremos de fondos para fomentar la actividad económica, ni
incrementaremos los ingresos, ni obtendremos la confianza por la que tanto
clamamos y que no nos merecemos, tanto por parte de los inversores (mercados),
como de los socios, y, lo que todavía es más importante, ni siquiera de nuestra
propia parte; si ni nosotros confiamos en nosotros mismos ¿qué podemos esperar? Y podríamos seguir con los “ni” casi hasta el
infinito. El Sr. Rajoy, y todos los demás dirigentes políticos, están haciendo
oídos sordos a lo que es un clamor popular.
Como
tampoco acaban de darse cuenta de que el problema más grave que padece España,
siendo todos los demás tanto y aún más graves de lo que ahora estamos viendo,
es el deterioro en nuestra identidad como nación. Este deterioro no se lo
podemos atribuir en solitario a la desgraciada etapa de gobierno del Sr.
Rodríguez Zapatero, que ni socialista era siquiera (y con esta afirmación no
pretendo descargar al socialismo de la responsabilidad que le incumbe, y de la
que tampoco ellos saben como salir, salvo en una huída hacia adelante al estilo
de los conejos); no es el Sr. Rodríguez Zapatero el único culpable de que
hubiéramos perdido el valor moral en el que debíamos sustentar el orgullo de
pertenencia que la Historia nos otorgaba; también al resto de los ciudadanos
nos incumbe la responsabilidad en la tragedia. Y quien no vea en ello la causa
principal de la desconfianza hacia (y en) nosotros, es que es tan corto de
miras –hasta de vista podríamos decir, como de conocimientos; claro que en la
forma en la que se enseña Historia (y otras materias), en nuestro país ¿qué
podríamos esperar?
Sígase
subiendo impuestos que seguramente en el 2013 llegaremos a cumplir con el
compromiso del déficit; pero seguro que en los años siguientes irá decreciendo
en forma alarmante el número de contribuyentes, junto con el tamaño de la
población (óigame, de eso se habla muy poco, eh), de tal manera que los
sucesivos déficits serán crecientes en forma más que proporcional, hasta
hacerse insostenibles de todo punto. Así ocurrirá de no acometerse una profunda
revisión de las estructuras del Estado, acometiendo en ellas las reformas que
sean necesarias para eliminar de una buena vez las innumerables ineficiencias
existentes.
Cuando
los inversores, los socios en la comunidad de países europeos, y los órganos
internacionales de “vigilancia” nos piden reformas
estructurales ¿a qué cosas cree usted, mi amigo lector, que se están refiriendo?
¿al tipo de harina con la que hacemos los churros? Yo se lo voy a recordar:
homologación del sistema laboral (no se está haciendo lo sificiente);
homologación del sistema fiscal (¿); homologación del sistema financiero
(lejos, muy lejos, de conseguirse); desaparición de los desequilibrios en
materia de educación (¿cree usted que estamos consiguiendo algo?); desarrollo
científico y tecnológico (ya ni le cuento); y, solvencia y eficacia comparativa
de los organismos que administran el Estado. Juzgue usted mismo. ¿Es que no hay
nadie que conozca lo que se ha hecho en estas cuestiones en los países a los
que nos gustaría parecernos? En vez de
afrontar todo esto con determinación y valentía, nos dedicamos a reivindicar
derechos que sólo se consiguen cuando se merecen, y que ninguno se regala.
En
este momento, en el que hasta Argentina se atreve a tomarnos el pelo, y que
mucho nos tememos que nos habremos de arreglar solitos ¿se imagina usted el
diálogo entre el Obama y la Fernández.
- Oye,
Cristina, creo que no deberías hacer eso (mientras apoya una mano en las
suyas), pero no te vayas a creer que nosotros somos España, eh ¡hasta ahí
podríamos llegar!
Este
es el panorama internacional en el que nos ha dejado sumidos la etapa del señor
que ahora está en las nubes, y del que sus cómplices se quieren olvidar; claro,
yo también lo querría, pero al menos me escondería junto con mi vergüenza. Ésta
es la teatral ayuda que podemos esperar, porque no es ni más ni menos que la
confianza que inspiramos. Nada de pequeña es la tarea, verdad, amigo lector. Me
he referido a las reformas estructurales del Estado, que podríamos considerar
operativas, pero queda afrontar otra de capital importancia, que dejo para
hacerlo en forma monográfica: la reforma del propio Estado. Usted y yo ya lo
veremos, porque el debate hay que abrirlo, y este servidor de usted quiere
estar en la vanguardia de los proyectos de futuro, del futuro del país que amo;
Dieu et mon droit ¿me hago entender?
Salve,
amigo mío.
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