Pasa el tiempo, y con él pareciera que las reflexiones escritas al calor inmediato de los acontecimientos, al trasmitirlas con posterioridad, perdieran valor y actualidad. Pudiera ser así si los problemas que originan tales acontecimientos hubieran dejado de serlo. No es así; el problema subsiste y se agrava, desde el punto y hora en que no se resuelve. Es por eso que, en el camino de la incorrección política, en la que un servidor y su espíritu gemelo están indisolublemente unidos, y muchas veces divergentes, se comunican con usted, tenemos la necesidad de compartir nuestras preocupaciones sobre los aspectos que comprometen nuestra convivencia pacífica y democrática.
Atemorizarnos (finalizábamos con esta palabra una atalaya anterior, publicada en prensa escrita, al hilo de actividades terroristas). No lo van a conseguir. Hace falta mucho más para atemorizar a una sociedad firme en sus valores éticos, y aunque tengamos serias dudas de que sea el valor ético el rasgo predominante en la sociedad actual, fuertemente influída por lo material y condicionada por lo moralmente relativo, nos tranquilizaría tener la seguridad de que los deseos de terminar con el conflicto que no tenemos la menor duda en suponer al señor presidente del gobierno, han de corresponderse con la firme decisión de terminar con los errores cometidos, y re-emprender los caminos de la unidad, esta vez sí, caminos de corrección ético-política. Nosotros lo vemos así; vamos, sabemos que tiene que ser así. ¿Lo sabrá el señor presidente?
Continuando con las reflexiones que nos inspiraron aquellos acontecimientos, elaboradas muy en caliente, sobre todo lo que fue sucediendo en los primeros días posteriores al asesinato en Francia de nuestros dos guardias civiles, Fernando y Raúl. ¡Honor a ellos y a todos los profesionales que se dedican a defender nuestras vidas y proteger nuestros valores! No sabíamos cuantos acontecimientos más se habrían de producir desde aquel momento hasta éste en el que usted, amigo lector, pueda compartir con nosotros estas inquietantes preocupaciones; como tampoco conocíamos si, con el devenir de tales acontecimientos, estas preocupaciones hubieran ya quedado disipadas y todos nos sintiésemos aliviados de ellas. Pero nos temíamos que no, que las cosas no irían a cambiar sustancialmente. Tal es la confianza que nos merecen los políticos que nos gobiernan, y una parte muy importante de los otros. Si a la postre, estos servidores nos hubiéramos equivocado, seguramente que nadie nos iba a ganar en felicidad. Pero, claro, es la confianza que tenemos en los dirigentes políticos del momento, lo que anima y estimula nuestra desconfianza, y nos conduce a la “incorrección política”.
Y de confianza se trata. Ha quedado probado que los partidos políticos con representación parlamentaria, y sus componentes, no disfrutan de la credibilidad y confianza de los ciudadanos que se les supondría, en tanto que genuínos representantes de esa misma ciudadanía. Nos referimos, a título de ejemplo, a la convocatoria parlamentaria de manifestación del pasado día 4 de diciembre “por la Libertad y la derrota del terrorismo”, en una acción presuntamente demostrativa de la Unidad frente al terrorismo, a la que asistieron literalmente cuatro gatos (discúlpesenos lo coloquial de la expresión). Pero ¿qué esperaban? Seguramente que los ciudadanos no fuésemos capaces de identificar la hipocresía de la convocatoria, hecha de prisa y corriendo y con el objetivo, más que claro, transparente, de contrarrestar la multitudinaria manifestación llevada a cabo por las víctimas del terrorismo, justo con una semana de antelación. ¿Esperaban que nos creyésemos lo de la Unidad, cuando los hechos contradicen la vacía grandilocuencia?.
Por cierto, la Fiscalía francesa calificó el atentado de Capbreton, como “premeditado”, en clara contradicción con las opiniones manifestadas por algún clarividente miembro del gobierno, y que vendría a confirmar la interpretación que hacíamos de que todas las manifestaciones de la oficialidad política española tienden a relativizar la cuestión, es decir, a tratar de disminuir la transcendencia de los asesinatos . Claro que los franceses no tienen por qué darle a este asunto nuestro un tratamiento políticamente correcto. Tal vez porque comiencen a verle las orejas al lobo. Y tal vez porque le ven ya las orejas al lobo, no se prestarán a ceder al estado español ni su facultad de juzgar, ni la de condenar si procediera, ni la de materializar la sentencia en instituciones francesas cuando ésta se produzca. Estamos seguros de que resistirán a las invitaciones que no dejarán de hacérseles. El que los terroristas-nacionalistas se hubieran atrevido a matar en suelo galo es un aviso inequívoco que para Francia no ha de pasar inadvertido. ¿Y que decir de la autodenominada Iglesia Vasca? Se nos producen sarpullidos de incorrección política cada vez que hablan los obispos vascos, en tanto que tanto que tales, despertando nuestra disconformidad, y, sobretodo, nuestra desconfianza.
Nos parece oportuno ir desgranando estas cuestiones que despiertan nuestra "incorrección política", en tanto que expresión de nuestra libertad de discrepar y discutir todo aquello que forma parte de una estúpida propaganda política, y nos aleja de los principios que deben inspirar toda acción ética de gobierno y de fomento de una verdadera convivencia democrática. Es oportuno, en este tiempo electoral en el que estamos, o debiéramos estar, enteramente comprometidos.
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