DESDE MI ATALAYA, 39 Publicada en El Correo Gallego, 11 noviembre 2007
LOS CAMINOS DE LA CORRECION POLITICA
Muy frecuentemente, podríamos decir que cotidianamente, se califica tal o cual actitud, frase o actividad, como políticamente correcta. Y, al final, uno no tiene más remedio que preguntarse ¿qué demonios significa esto de la corrección política, o de lo políticamente correcto? Parece ser que se le atribuye esa calificación a todo cuanto complace al poder establecido, en cualquiera de sus facetas, y en último término también a todo lo que no molesta o no perturba la comodidad de nuestras vidas. En consecuencia, pasa a ser políticamente incorrecto, justamente todo aquello que ha contribuido al avance de nuestras sociedades y a la elevación de nuestras condiciones de vida, ya sea desde el desarrollo de la ciencia y el conocimiento científico y tecnológico, ya sea desde la renovación de estructuras sociales, desde la sustitución de modelos económicos, o desde la evolución en la forma de administrar y gestionar los recursos materiales e intelectuales: a la postre, lo que se les ha venido a llamar por los teóricos de la cosa, al menos a algunos de estos avances, “cambios de paradigma”.
Bajo los efectos de la discusión con mi inseparable yo, que usted lector ya conoce como a mí mismo, decido establecer para mí y compartir con usted, que en toda esta evolución a la que implícitamente nos estamos refiriendo, y a lo políticamente incorrecto de cada época, el denominador común no es otro que la puesta en valor del espíritu crítico, a la búsqueda permanente e inquebrantable de la verdad, y que siempre, siempre, acaba en discrepancia con los poderes establecidos, cualquiera que fuera la naturaleza de éstos.
Viene esta discusión a cuenta de la necesidad de ejercer todas las capacidades que hayamos sido capaces de desarrollar, para analizar con desapasionamiento y rigor crítico, todo cuanto nos rodea. Desde luego, esta actitud es la que nos preside y que venimos tratando de trasladar a cualquier forma de debate: íntimo o social en sus diversas formas de representación y expresión. La condición, necesaria aunque no suficiente, para generar un debate de tal naturaleza, sería el cuestionamiento de todo cuanto vemos y oímos. Cuestionamiento, para empezar, de nuestros propios conocimientos y criterios, pero también, puesto que de debate se trata, de los de los demás. Uno, a lo largo de su ya relativamente dilatada experiencia vital, ha podido comprobar cómo congéneres (nos referimos a personas ¡eh!, no a seres que se les parezca), con el más alto nivel de ilustración y revestidos de honores y prestigio, son capaces de expresar el mismo número de idioteces que aquellos que pasan por idiotas.
En esta circunstancia, la de las idioteces, se encuentran científicos, políticos… y todos los demás que en el mundo habitamos. ¿Quien de nosotros se libra de haber dicho o cometido estupideces? De ahí la necesidad del debate, de la discrepancia –políticamente correcta o incorrecta, que para el caso da igual siempre que se produzca-, y que, además nos va a permitir descubrir donde radica el origen de la estupidez, consciente o inconsciente, y establecer el verdadero orden de las cosas. Así que son necesarias las estupideces, y más necesario todavía reconocerlas. Es un sanísimo ejercicio intelectual, que, al mismo tiempo, estimula el sentido del humor combinándolo con el de lo transcendente. Lo preocupante es que no las reconozcamos y que pretendamos elevarlas a dogma. En esto consiste en gran medida lo políticamente correcto: en aceptar dócilmente lo que no se sostendría de aplicar a su análisis el recto uso de la razón. Pero no pasarían de ser estupideces, que una vez colocadas en su lugar, y sin haber producido consecuencias, habrían de quedarse en lo anecdótico. La mentira es otra cuestión.
Esa es la cuestión que nos ha de mantener alerta. La mentira. Vicio con el que los demagogos y sofistas, en lo que se están convirtiendo en maestros los componentes de la elite burocrática dirigente de los partidos políticos de izquierda y los independentistas, pretenden ofrecer una realidad inventada y que ellos mismos, paladines de un progresismo retrógrado, califican como políticamente correcta. Y, por consiguiente, a toda crítica o manifestación de discrepancia, califican de lo contrario, políticamente incorrecto ¿Se puede encontrar mayor hipocresía? Esta reflexión me lleva a uno de los últimos ejemplos de incorrección política, así considerada por todos los partidos de la izquierda ideológica. Se trata de la escisión producida en el partido de los socialistas por la marcha de algunos de sus más notorios miembros, que, hartos de las falsedades y concatenación de errores cometidos por sus dirigentes, y viendo como colocan al Estado ante la disminución de valores democráticos más grave desde 1981, optan por la constitución de un nuevo partido político con el objetivo biunívoco de promover una regeneración democrática, y salvaguardar las esencias de la historia y cultura de la nación española, marginando la paradoja nacionalista y evitando la victoria de la izquierda establecida en el poder, en las próximas elecciones. Así lo anuncian explícitamente y toda la izquierda y los que pululan en sus aledaños, brama contra tamaña incorrección. Pues más incorrecta aún será considerada, la acción conjunta que este nuevo partido político ve posible con los liberal-conservadores, en los asuntos primordiales del Estado en los que, al menos en teoría, parecen coincidir. Si esta alianza se llegase a establecer y produjese los resultados esperados, verá usted lector, cómo pasará de ser considerada incorrecta a formar parte de lo políticamente correcto, demostrando así lo veleidoso y caprichoso del calificativo. Pero al menos estará presidido por la limpieza de intenciones y la honestidad política. O eso creemos. O eso deseamos ¿Usted también? Por el momento, y en la situación actual, nosotros nos declaramos políticamente incorrectos. Y ante la próxima cita electoral, todavía más, a la vista de lo que estamos observando.
LOS CAMINOS DE LA CORRECION POLITICA
Muy frecuentemente, podríamos decir que cotidianamente, se califica tal o cual actitud, frase o actividad, como políticamente correcta. Y, al final, uno no tiene más remedio que preguntarse ¿qué demonios significa esto de la corrección política, o de lo políticamente correcto? Parece ser que se le atribuye esa calificación a todo cuanto complace al poder establecido, en cualquiera de sus facetas, y en último término también a todo lo que no molesta o no perturba la comodidad de nuestras vidas. En consecuencia, pasa a ser políticamente incorrecto, justamente todo aquello que ha contribuido al avance de nuestras sociedades y a la elevación de nuestras condiciones de vida, ya sea desde el desarrollo de la ciencia y el conocimiento científico y tecnológico, ya sea desde la renovación de estructuras sociales, desde la sustitución de modelos económicos, o desde la evolución en la forma de administrar y gestionar los recursos materiales e intelectuales: a la postre, lo que se les ha venido a llamar por los teóricos de la cosa, al menos a algunos de estos avances, “cambios de paradigma”.
Bajo los efectos de la discusión con mi inseparable yo, que usted lector ya conoce como a mí mismo, decido establecer para mí y compartir con usted, que en toda esta evolución a la que implícitamente nos estamos refiriendo, y a lo políticamente incorrecto de cada época, el denominador común no es otro que la puesta en valor del espíritu crítico, a la búsqueda permanente e inquebrantable de la verdad, y que siempre, siempre, acaba en discrepancia con los poderes establecidos, cualquiera que fuera la naturaleza de éstos.
Viene esta discusión a cuenta de la necesidad de ejercer todas las capacidades que hayamos sido capaces de desarrollar, para analizar con desapasionamiento y rigor crítico, todo cuanto nos rodea. Desde luego, esta actitud es la que nos preside y que venimos tratando de trasladar a cualquier forma de debate: íntimo o social en sus diversas formas de representación y expresión. La condición, necesaria aunque no suficiente, para generar un debate de tal naturaleza, sería el cuestionamiento de todo cuanto vemos y oímos. Cuestionamiento, para empezar, de nuestros propios conocimientos y criterios, pero también, puesto que de debate se trata, de los de los demás. Uno, a lo largo de su ya relativamente dilatada experiencia vital, ha podido comprobar cómo congéneres (nos referimos a personas ¡eh!, no a seres que se les parezca), con el más alto nivel de ilustración y revestidos de honores y prestigio, son capaces de expresar el mismo número de idioteces que aquellos que pasan por idiotas.
En esta circunstancia, la de las idioteces, se encuentran científicos, políticos… y todos los demás que en el mundo habitamos. ¿Quien de nosotros se libra de haber dicho o cometido estupideces? De ahí la necesidad del debate, de la discrepancia –políticamente correcta o incorrecta, que para el caso da igual siempre que se produzca-, y que, además nos va a permitir descubrir donde radica el origen de la estupidez, consciente o inconsciente, y establecer el verdadero orden de las cosas. Así que son necesarias las estupideces, y más necesario todavía reconocerlas. Es un sanísimo ejercicio intelectual, que, al mismo tiempo, estimula el sentido del humor combinándolo con el de lo transcendente. Lo preocupante es que no las reconozcamos y que pretendamos elevarlas a dogma. En esto consiste en gran medida lo políticamente correcto: en aceptar dócilmente lo que no se sostendría de aplicar a su análisis el recto uso de la razón. Pero no pasarían de ser estupideces, que una vez colocadas en su lugar, y sin haber producido consecuencias, habrían de quedarse en lo anecdótico. La mentira es otra cuestión.
Esa es la cuestión que nos ha de mantener alerta. La mentira. Vicio con el que los demagogos y sofistas, en lo que se están convirtiendo en maestros los componentes de la elite burocrática dirigente de los partidos políticos de izquierda y los independentistas, pretenden ofrecer una realidad inventada y que ellos mismos, paladines de un progresismo retrógrado, califican como políticamente correcta. Y, por consiguiente, a toda crítica o manifestación de discrepancia, califican de lo contrario, políticamente incorrecto ¿Se puede encontrar mayor hipocresía? Esta reflexión me lleva a uno de los últimos ejemplos de incorrección política, así considerada por todos los partidos de la izquierda ideológica. Se trata de la escisión producida en el partido de los socialistas por la marcha de algunos de sus más notorios miembros, que, hartos de las falsedades y concatenación de errores cometidos por sus dirigentes, y viendo como colocan al Estado ante la disminución de valores democráticos más grave desde 1981, optan por la constitución de un nuevo partido político con el objetivo biunívoco de promover una regeneración democrática, y salvaguardar las esencias de la historia y cultura de la nación española, marginando la paradoja nacionalista y evitando la victoria de la izquierda establecida en el poder, en las próximas elecciones. Así lo anuncian explícitamente y toda la izquierda y los que pululan en sus aledaños, brama contra tamaña incorrección. Pues más incorrecta aún será considerada, la acción conjunta que este nuevo partido político ve posible con los liberal-conservadores, en los asuntos primordiales del Estado en los que, al menos en teoría, parecen coincidir. Si esta alianza se llegase a establecer y produjese los resultados esperados, verá usted lector, cómo pasará de ser considerada incorrecta a formar parte de lo políticamente correcto, demostrando así lo veleidoso y caprichoso del calificativo. Pero al menos estará presidido por la limpieza de intenciones y la honestidad política. O eso creemos. O eso deseamos ¿Usted también? Por el momento, y en la situación actual, nosotros nos declaramos políticamente incorrectos. Y ante la próxima cita electoral, todavía más, a la vista de lo que estamos observando.
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