Al hilo de la anterior atalaya, En el buen camino, un amigo lector me
recuerda que Goethe, si es que él hubiera sido, se refería a su preferencia por
un poco mas de orden si fuera necesario para garantizar un poco más de
seguridad; no sé si fueron exactamente esas las palabras del literato alemán, pero
sí en todo caso el sentido que parece que pretendía dar a su reflexión. Está
claro que este es un amigo-lector perspicaz, y desde luego leído, cosa que me
complace muy sinceramente; por lo leído y mucho más por su amistad. Le aclaré que había sido consciente de una
utilización retórica del pensamiento goetiano (disculpe el vocablo que, por
otra parte, el corrector ortográfico ya se encarga de señalarme), en el que
basar mi debate personal sobre la relación entre la justicia y la libertad.
Aunque debo añadir que no me parecen tan alejados unos de los otros, y que a
todos se les podría aplicar el principio de los vasos comunicantes, porque
aparenta ser cierto que si añadiésemos mas orden en su correspondiente vaso,
habría de elevarse el nivel del de la seguridad. Mi tesis anterior también se basaba en que
haciendo subir el nivel de la justicia, también lo haría el vaso de la
libertad.
Juguemos ahora con otra relación:
aquella que podría vincular a los cuatro conceptos, que, como fruto de mi
contradictorio, conflictivo, controvertido debate íntimo concluyo en considerar
elementos básicos en cualquier sociedad democrática, y en todo caso, siempre
perfectibles. Juguemos. Si tomamos los cuatro elementos y les atribuimos a cada
uno su vaso, y habiendo dejado sentado ya como principio que echar agua en el
de justicia no disminuye el nivel del de la libertad, y presuponiendo que más
agua en el del orden tampoco disminuye el de la seguridad ¿Qué ocurriría si
relacionamos la justicia con el orden? ¿Y si la relacionáramos con la
seguridad? ¿Qué ocurriría con el vaso del orden respecto del de la libertad? Y
¿qué de la seguridad con relación a la libertad misma? Lector ¿nos atreveríamos
alguno de nosotros a decidir cuáles habrían de ser los niveles más adecuados del
agua en cada uno de los vasos? ¿Afectaría su nivel a la calidad democrática de
nuestra sociedad? ¿Podría ser que la totalidad de los cuatro vasos fuesen comunicantes
entre sí, en los que a la elevación del nivel en uno de ellos le correspondería
la misma elevación en los demás, o que fuesen estancos entre sí?
No me parece asunto baladí el
debate permanente sobre estas cuestiones, si queremos ir dando respuesta a la
problemática cada vez más compleja de las relaciones entre los seres humanos
que poblamos el planeta. Ante multitud de vasos, no solo los cuatro
mencionados, comunicantes o no, nos estamos enfrentando todos los días, sin que
en la inmensa mayoría de ellos seamos conscientes de su transcendencia. Y
también me parece importante, en aras precisamente de la deseada y deseable
calidad democrática, ir echando cada vez más agua en todos los vasos –agua
limpia, por supuesto-, independientemente de que todos fueran comunicantes, que
lo fueran por partes (siguiendo la teoría combinatoria, por ejemplo), o definitivamente estancos; echando agua
constantemente se irían creando condiciones de convivencia de mayor perfección.
La mención al agua limpia no es gratuita ¿verdad?
Óyeme, me dicen, menudo partido
que le estás sacando al comentario del amigo, porque ¿no habías quedado en que
seguiría una segunda parte relacionada con la independencia de lo judicial y motivada
por los anuncios legislativos del gobierno?
Y lo verdad es que no vemos la relación con lo que queda propuesto. Pues
sí que lo hice, y no renuncio a ello, dado que la partida está lejos de haber
finalizado; y ¿me censuras que no tiene relación? Pues mira, todo comienza por
ahí, por la justicia, por su aplicación en términos de igualdad para todos los
ciudadanos. Esto cobra especial interés precisamente en el momento en que un
juez, y no un juez cualquiera, sino un proclamado “juez estrella”, está sentado
en el banquillo de los procesados. La
aplicación de la ley al igual que se le hubiera de aplicar a cualquiera de
nosotros, sin privilegios y sin subterfugios, sería la demostración palpable de
que disponemos no ya de un sistema judicial impecable, sino también de unos
jueces capaces de hacerlo limpios de condicionantes que no fuesen los
estrictamente jurídicos. Debería comenzar aquí lo que pensaba que sería la
segunda parte, pero si usted me lo permite lo dejaremos para una tercera.
Salve, querido lector.
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