Haber vivido en primera persona,
el pasado día 14, un particular incidente en la Facultad de Filosofía de la
Universidad de Santiago de Compostela (las personas que lo compartieron conmigo
sabrán a qué me estoy refiriendo), y que no detallo porque hacerlo supondría
conceder un reconocimiento que sus protagonistas no merecen, me lleva
precisamente a relacionarlo con la importancia que la Educación –discúlpeme
lector que aquí escriba el sustantivo con mayúscula-, tiene en el desarrollo de
las sociedades avanzadas; y de paso, comenzar a compartir con usted algunas
reflexiones con las que sobre esta materia le tenía “amenazado”. Visto que para
mí es este un tema recurrente, me permití repasar algunos pensamientos elaborados
con anterioridad y encontré uno que me permito reproducir, y que, como dicen
que no está nada bien citarse a uno mismo, utilizaré la tercera persona para
decirle a usted que a un tal Balseiro le publicaron el 29 de julio de 2009 un
artículo con el siguiente contenido:
“Y aún hoy, aquellos que vigilan y ordenan verdaderamente sus propios
pensamientos constituyen una exigua minoría. La mayor parte del mundo vive
sencillamente de imaginación y pasión”. Así describía en 1920, H.G. Wells el
estado intelectual de su tiempo, refiriéndolo al capítulo dedicado a El
Pensamiento Primitivo en su famoso libro Breve Historia del Mundo (The Outline
of History), obra que aunque no es, ni pretende serlo, un texto histórico en
sentido estricto, sí en cambio representa un análisis de la historia, de la
sociología, de la ciencia y de la política, hasta el tiempo en que tal obra fue
escrita. ¿Le parece a usted, amigo lector, que las cosas hayan cambiado algo en
todo este espacio de tiempo? La afirmación de Wells de que son sólo una exigua
minoría quienes vigilan y ordenan sus pensamientos, refleja la escasa
preocupación de la mayoría por desarrollar esas capacidades intelectuales
básicas como son la reflexión y el espíritu crítico. Claro que semejante
desarrollo intelectual, generalizado, no forma parte de los objetivos de
ninguna de las ideologías políticas –por mucho que se esfuerzan, y lo hacen, en
decir lo contrario- que han ejercido o ejercen un papel hegemónico en el
gobierno de las naciones. Y cuanta mayor sea la tendencia totalitaria de tales
ideologías, socialismos o fascismos que en esto se dan la mano, mayor
resistencia, siempre oculta claro está, a facilitar que las personas que en el
mundo habitamos alcancemos el grado de conocimiento que nos permita expresar de
una forma racional nuestro libre albedrío. No será este servidor suyo quien
niegue la importancia de la imaginación en la evolución del pensamiento
individual (que nos debe ayudar a perseguir la utopía), ni la pasión con la que
las ideas y convicciones han de ser defendidas. Lo que defiendo es que ambas han de ser ordenadas y vigiladas, tal y
como Wells las echa en falta. Y un servidor también.
Y ¿sabe usted lo que un servidor también echa en falta? Cuando menos
dos cosas. La primera, un sistema educativo que realmente promueva la
universalización del conocimiento de los hechos fundamentales del desarrollo de
la humanidad, tengan éstos el carácter que tengan: históricos, filosóficos,
científicos, sociales, económicos, religiosos… en suma, todo lo que pudiera
conseguir que las personas que en el mundo habitamos dispusiésemos de los
elementos necesarios con los que nutrir nuestra razón, y aprendiésemos a hacer
un recto uso de ella. Sobre esta base de conocimiento sí que podríamos aplicar
las dosis de imaginación y pasión que cada persona individual estuviese en
condiciones de desarrollar. Imaginación para avanzar en la búsqueda del
progreso, y pasión con la que defender lo que el recto uso de la razón nos
dicte. Con sólo imaginación y pasión
quedamos inermes ante los efectos propagandísticos de las ideologías, que
siempre encontrarán los medios para asociarlas a sus intereses, utilizando a su
conveniencia los instintos básicos, afectivos y sentimentales, evitando la
aplicación generalizada del conocimiento racional, porque la razón sí que
estorba, sobremanera, a los objetivos totalitarios (en
este punto, mis compañeros del otro día, me aceptarán la relación con aquel
incidente).
La segunda, el compromiso de la familia en el proceso de educación
integral de los jóvenes, desde el momento mismo del inicio de su vida, hasta la
adquisición del pleno raciocinio; y siempre, con su permanente ejemplo. Son los
padres quienes tienen, no ya el derecho a educar a los hijos, que les viene
reconocido con toda justicia en todo cuanto ordenamiento jurídico democrático
se conoce, sino la obligación natural que contraen al posibilitar su
existencia. Y no es ésta una obligación cualquiera, amigo lector. Es la
obligación social cuyo adecuado cumplimiento tendrá un impacto más significativo
en la sociedad del futuro. Renunciar al ejercicio directo de esta combinación
derecho/obligación, sean cuales fuesen las causas que lo produzcan; abandonar
esa responsabilidad en manos de los instrumentos educativos y de sus gestores,
ya sean de carácter público o privado, sin ejercer la vigilancia y orden en el
cumplimiento del proyecto de familia que los padres hubiesen forjado -¿han
forjado los padres actuales su proyecto de familia? ¿sabrían expresar cómo
quieren que sean sus hijos el día de mañana?; abandonar esa responsabilidad
supone perpetuar el grado de inconsciencia social al que aludía Wells, y, como
consecuencia, permitir que los adultos del mañana “vivan sencillamente de
imaginación y pasión” y se comporten como las víctimas propiciatorias de
cualquier ideología que la sepa manipular. Y usted y yo sabemos que las hay (también hay aquí otra relación ¿verdad?).
Bien lector, creo que para los que tienen como objetivo ejercer el
control político de las sociedades, éstos son también los dos elementos claves
de su estrategia. Por medio de sistemas educativos controlados en exclusiva por
los administradores del Estado, que no fomentan la adquisición de conocimientos
bajo criterios de objetividad y universalidad; que no establecen criterios de
disciplina y esfuerzo (tanto en los educadores como en los educandos), obtienen
las facilidades que necesitan para manipular y uniformizar a su comodidad las
mentes y las conciencias de generaciones y generaciones hacia el futuro. Y por
medio de negar, limitar, o evitar fraudulentamente los derechos y obligaciones
de los padres, eliminan el más importante elemento, por no decir el único, de
formación en valores con el que los seres humanos deberíamos haber nutrido
nuestra consciencia como tales. Un servidor es conocedor de los condicionantes
socio-económicos que afectan al papel de las familias tal y como
tradicionalmente se venían concibiendo, pero la situación resulta tan grave
como retroceder más de tres siglos; tantos como cuando Thomas Hobbes concibió
su Leviatán como forma de total sometimiento del individuo, dada su incapacidad
(¡), a la tutela de un Estado solucionador de todos los conflictos. ¿Representa
esto alguna forma de progreso? Prefiero a Santo Tomás de Aquino……..”
Cuando van a proponernos, o están
proponiéndonos ya, modificaciones al sistema educativo, estas pasadas
reflexiones me han de servir de introducción a las próximas, y que me
comprometo a que sean un poquito más breves para no cansarle.
Entretanto, Salve amigo mío.
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