Han escrito cientos de folios sin
encontrar evidencias de culpabilidad, y dicen que son honrados. Y nosotros
decimos que son honrados.
No han encontrado evidencias de
culpabilidad, pero condenan; y dicen que son honrados. Y nosotros decimos que son honrados.
Se instituyen como tribunal (o
les instituyen), sin demostrar capacitación específica para ello, y dicen que
son honrados. Y nosotros decimos que son
honrados.
Sancionan económicamente y
vanagloriándose de ello se quedan con el importe de la sanción, y dicen que son
honrados. Y nosotros decimos que son
honrados.
Desposeen de los atributos del
éxito, sin tener en cuenta la presunción de inocencia, y dicen que son
honrados. Y nosotros decimos que son
honrados.
Se alimentan del sudor de los
trabajadores del deporte (como viles chupópteros), y dicen que son honrados. Y nosotros decimos que son honrados.
Se les mantienen en sus cargos
sin cuestionar sus decisiones, y TODOS dicen que son honrados. Y nosotros decimos que TODOS son honrados.
William Shakespeare redactó el
maravilloso discurso de Marco Antonio ante el Foro Romano después del asesinato
de Julio César, afirmando la negación de la honradez de sus asesinos,
convirtiéndolo en una pieza maravillosa de sarcasmo, que, amigo lector, hoy me
sirve aquí para denunciar ante usted la corrupción jurídica que viene rodeando
el “caso Contador”, especialmente lo que concierne a sentencia que ayer se dió
a conocer. Corrupción jurídica, tal vez
no ¿corrupción de “lo” jurídico? Tal vez
sí. Planteo la diferencia entre jurídico
y “lo jurídico”, porque no parece que a los miembros de todos esos “tribunales”
que pululan alrededor del deporte, ya sean relacionados con el dopaje o con
cualquier otra cuestión con él relacionada, se les pueda otorgar la
consideración de jurídicos. Puede que
algunos de sus componentes hayan estudiado leyes, pero de lo que dan pruebas es
de que carecen de la profesionalidad requerida para formar parte de tribunales
que omiten la utilización de las fuentes y criterios que la práctica jurídica
pone a su disposición. Por consiguiente,
no pueden merecer la consideración de jurídicamente válidos tales
tribunales. Y si no poseen la
consideración jurídica, entonces es que no existen como tales, y es cuando se
produce la corrupción de “lo jurídico”; es decir, la utilización del nombre sin
formar parte de su naturaleza. Y aún más, son parte interesada en todos los
casos que “dicen” juzgar
¡Fantástico! Jueces y parte a la
vez. Y decimos que son honrados.
Contrario soy, y usted ya lo sabe
lector, a la existencia de tribunales creados, y que como tales funcionan, al
margen de lo estrictamente jurisdiccional. En mi opinión (qué curioso es que el
otro Manuel no me la discuta esta vez), nadie que no hubiera sido acreditado
como juez siguiendo los procedimientos establecidos para el ejercicio de tal
función, debería ejercer ningún tipo de magistratura. Y si sostengo esta opinión en lo que se
refiere a tan alto tribunal como el Constitucional, que no debería existir más
que como una sección del Tribunal Supremo (de no ser así ¿a qué darle la
denominación de supremo, cuando existe otra instancia superior?), o cambiarle
el nombre de tribunal por el de Consejo Consultivo Constitucional desde el cual
actuar como asesor en tal materia de los jueces que sí disponen de la facultad
de juzgar y de emitir sentencias. Y si
digo lo que queda dicho en relación con tan trascendente asunto, ningún respeto
me pueden merecer organizaciones tales como el TAS, la AMA, la UCI, etc. ….visto
lo visto, ahora, y en ocasiones precedentes.
Y seguimos diciendo que son honrados, al igual que aquellos que los
mantienen.
Competentes tribunales ordinarios
es lo que hace falta. Yo no me atrevo a juzgar si el señor Contador ha ingerido
voluntaria o inconscientemente la, por otra parte, enorme cantidad de
clembuterol que pareciera que con ella hubiera podido batir a todos sus rivales
sin bajarse de la bicicleta, o con ella alcanzar la cima del Everest. Solo él sabe lo que hizo, si es que hizo algo
contrario a la ética deportiva. Pero
dado el grado de ignorante parcialidad con el que ha sido condenado, a este
servidor de usted no le queda otra que ponerse de su lado. No para asegurar que es inocente, sino para
animarle a que emprenda todas las acciones que considere oportunas ante la
justicia ordinaria, que será la que le garantice un juicio justo. O eso es lo
que cabría esperar de los tribunales ordinarios y de todas sus instancias. La lucha contra el dopaje y las prácticas no
éticas debe continuar perfeccionando el conocimiento científico y tecnológico y
poniéndolo a disposición de los jueces, verdaderos jueces no sucedáneos de
tales. Solo así se podrá garantizar la limpieza de los procedimientos. Y no olvido lo que todavía tengo pendiente
con usted: una segunda parte, que será ya tercera, de los buenos caminos y para
la cual crea usted que esta circunstancial “atalaya” de hoy sirve perfectamente
a modo de prefacio.
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