domingo, 15 de julio de 2012

ATALAYA. Un poco de heterodoxia no vendrá mal


El pasado mes de mayo habían transcurrido cien años del fallecimiento de D. Marcelino Menéndez Pelayo, y como el amigo Manuel Morillo, en sus Anotaciones de Bitácora me hace llegar el Epílogo con el que el polígrafo finalizó su obra Historia de los Heterodoxos españoles, me tomo la libertad de situarlo en mi blog www.espaciodebalseiro.blogspot.com, para que los curiosos de entre mis lectores puedan acceder a él con toda comodidad.

Uno de mis amigos me sugirió hace algún tiempo que incluyese en estas “atalayas” alguna referencia bibliográfica de interés; y otro que descansase un poco de “atizar” a los políticos. Trato de corresponder en esta oportunidad al uno y al otro, aunque mucho me temo que por lo que respecta a la sugerencia del segundo, lo único que hago es cambiar mi directo fustigamiento por el indirecto, trasladándole la responsabilidad al autor de la obra, cuya lectura total o parcial recomiendo, buscándola en cualquiera de las bibliotecas virtuales, que aparecen escribiendo el título completo.

He leído un artículo conmemorativo de la efemérides arriba mencionada, publicado en uno de los grandes diarios nacionales, en el que se hacen juicios sobre la personalidad de Menéndez Pelayo, que, a todas luces constituyen juicio de parte y que no voy a discutir, al entender que toda a toda figura ilustre la distinguen facetas envueltas en luces y sombras, y nuestro personaje no podía ser una excepción. No discutiré aquellas opiniones, como tampoco quiero dar a entender una completa adhesión a las tesis y opiniones sostenidas por D. Marcelino. Por ejemplo: respecto a los rasgos que caracterizan la unidad de España, discrepo de la forma en  que los menciona y tal vez en esencia, por su exagerado dramatismo, de alguno de ellos, pero suscribo lo que sigue:

… “El día en que acabe de perderse (la unidad), España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas.
A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será quien no lo vea. Dos siglos de incesante y sistemática labor para producir artificialmente la revolución, aquí donde nunca podía ser orgánica, han conseguido no renovar el modo de ser nacional, sino viciarle, desconcertarle y pervertirle.”

Ya se ve que en lo de menos apresuradamente el autor no anduvo muy fino, tal vez no previendo el impacto de la propaganda de la que se han servido los continuadores de la ideología sabinista y casanovista, a los que han prestado su apoyo los buenistas (de la derecha, de la izquierda y del centro, que de todo hay), que piensan que nunca pasa nada, o que nada importa y que todo está bien con tal de no ser excesivamente molestados. De aquellos incipientes polvos, tenemos ahora un lodazal del que no se sabe cuál será el final, o sí, aunque tal vez la crisis ayude a situar las cosas en el punto del que nunca debieron salir.

En cuanto al cuerpo de la obra, permítame lector llamar su atención en el Libro Séptimo, que se refiere especialmente a todo lo acaecido durante el reinado de Fernando VII, incluyendo la invasión napoleónica, el período liberal y la Constitución de 1812.  Hago esta llamada como una especie de homenaje a la PEPA, teniendo en cuenta la conmemoración de su segunda centuria. Seguramente que su lectura contribuirá a enriquecer el conocimiento que usted tenga de su inspiración ideológico-política y efectos. Sumo este homenaje a los varios en los que ya he tomado parte, especialmente en mi Coruña natal, ciudad especialmente unida a Cádiz y a las corrientes de pensamiento liberal con las que tan a gusto me siento, complementadas por la enraizada tradición de mi Oviedo germinal ¿Será que debido al influjo de mi naturaleza, a este servidor de usted le puede pasar lo que (dicen que) se decía que le pasaba a D. Marcelino? Que los católicos no le aceptaban por demasiado liberal, y que los liberales no lo hacían por ser tan recalcitrante católico. En mi caso espero que no sea así, pero si lo fuera,  que lo sea, porque no me pienso apear ni de lo uno ni de lo otro. Aderezado todo con el correr de los tiempos, claro.

Deseo que de esta atalaya no se deduzca ningún tipo de paralelismo entre el pensamiento de Menéndez Pelayo y el que a mí me pueda atribuir usted mismo, querido lector. A años luz me encuentro en distancia intelectual y universalidad de conocimiento, pero cada uno es cada uno y siendo distintos también nos parecemos. Y luchamos, muchos de nosotros, por no convertirnos en cómplices de lo que consideramos intrínsecamente malo, nos desagrada o nos perturba, y en esa lucha nos parecemos, D. Marcelino, usted, y yo.

Salve, amigo mío.

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