El
pasado mes de mayo habían transcurrido cien años del fallecimiento de D.
Marcelino Menéndez Pelayo, y como el amigo Manuel Morillo, en sus Anotaciones
de Bitácora me hace llegar el Epílogo con el que el polígrafo finalizó su obra Historia de los Heterodoxos españoles,
me tomo la libertad de situarlo en mi blog www.espaciodebalseiro.blogspot.com,
para que los curiosos de entre mis lectores puedan acceder a él con toda
comodidad.
Uno
de mis amigos me sugirió hace algún tiempo que incluyese en estas “atalayas”
alguna referencia bibliográfica de interés; y otro que descansase un poco de
“atizar” a los políticos. Trato de corresponder en esta oportunidad al uno y al
otro, aunque mucho me temo que por lo que respecta a la sugerencia del segundo,
lo único que hago es cambiar mi directo fustigamiento por el indirecto,
trasladándole la responsabilidad al autor de la obra, cuya lectura total o
parcial recomiendo, buscándola en cualquiera de las bibliotecas virtuales, que
aparecen escribiendo el título completo.
He
leído un artículo conmemorativo de la efemérides arriba mencionada, publicado
en uno de los grandes diarios nacionales, en el que se hacen juicios sobre la
personalidad de Menéndez Pelayo, que, a todas luces constituyen juicio de parte
y que no voy a discutir, al entender que toda a toda figura ilustre la
distinguen facetas envueltas en luces y sombras, y nuestro personaje no podía
ser una excepción. No discutiré aquellas opiniones, como tampoco quiero dar a
entender una completa adhesión a las tesis y opiniones sostenidas por D.
Marcelino. Por ejemplo: respecto a los rasgos que caracterizan la unidad de
España, discrepo de la forma en que los menciona
y tal vez en esencia, por su exagerado dramatismo, de alguno de ellos, pero
suscribo lo que sigue:
… “El día en que acabe de perderse (la unidad), España volverá al
cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas.
A este término vamos caminando más o menos apresuradamente, y ciego será
quien no lo vea. Dos siglos de incesante y sistemática labor para producir artificialmente la revolución, aquí
donde nunca podía ser orgánica, han conseguido no renovar el modo de ser
nacional, sino viciarle, desconcertarle y pervertirle.”
Ya se ve que en lo de menos apresuradamente el autor no anduvo muy fino, tal vez no
previendo el impacto de la propaganda de la que se han servido los
continuadores de la ideología sabinista y casanovista, a los que han prestado
su apoyo los buenistas (de la derecha, de la izquierda y del centro, que de
todo hay), que piensan que nunca pasa nada, o que nada importa y que todo está
bien con tal de no ser excesivamente molestados. De aquellos incipientes
polvos, tenemos ahora un lodazal del que no se sabe cuál será el final, o sí,
aunque tal vez la crisis ayude a situar las cosas en el punto del que nunca
debieron salir.
En cuanto al cuerpo de la obra, permítame lector
llamar su atención en el Libro Séptimo, que se refiere especialmente a todo lo
acaecido durante el reinado de Fernando VII, incluyendo la invasión
napoleónica, el período liberal y la Constitución de 1812. Hago esta llamada como una especie de
homenaje a la PEPA, teniendo en
cuenta la conmemoración de su segunda centuria. Seguramente que su lectura
contribuirá a enriquecer el conocimiento que usted tenga de su inspiración
ideológico-política y efectos. Sumo este homenaje a los varios en los que ya he
tomado parte, especialmente en mi Coruña natal, ciudad especialmente unida a
Cádiz y a las corrientes de pensamiento liberal con las que tan a gusto me
siento, complementadas por la enraizada tradición de mi Oviedo germinal ¿Será
que debido al influjo de mi naturaleza, a este servidor de usted le puede pasar
lo que (dicen que) se decía que le pasaba a D. Marcelino? Que los católicos no
le aceptaban por demasiado liberal, y que los liberales no lo hacían por ser
tan recalcitrante católico. En mi caso espero que no sea así, pero si lo fuera,
que lo sea, porque no me pienso apear ni
de lo uno ni de lo otro. Aderezado todo con el correr de los tiempos, claro.
Deseo que de esta atalaya no se deduzca ningún tipo de
paralelismo entre el pensamiento de Menéndez Pelayo y el que a mí me pueda
atribuir usted mismo, querido lector. A años luz me encuentro en distancia
intelectual y universalidad de conocimiento, pero cada uno es cada uno y siendo
distintos también nos parecemos. Y luchamos, muchos de nosotros, por no
convertirnos en cómplices de lo que consideramos intrínsecamente malo, nos
desagrada o nos perturba, y en esa lucha nos parecemos, D. Marcelino, usted, y
yo.
Salve, amigo mío.
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