Dudas,
y más dudas, muchas dudas son las que me asaltan cuando me pongo a escribir
esta atalaya para usted, amigo lector. Para
empezar, las que se refieren al tema a exponer, porque son tantos y tan
importantes los acontecimientos que en estos dos últimos días se han producido
que resulta francamente difícil atribuir prioridad a unos sobre los otros. Pero
como por uno hay que comenzar, con su permiso voy a hacerlo por aquél que usted
ya sabe que me preocupa sobremanera, y que no es otro que el tratamiento que,
tanto desde el punto de vista político como desde el jurídico, se le da a todo
cuanto tiene que ver con el terrorismo, y muy particularmente con el que tan
próximo tenemos: el etarra; mejor dicho, el de ETA, porque ya que escribo en
castellano voy a hacerlo con todas sus consecuencias, evitando caer en la
utilización del léxico que tanto gusta, y en el que, aparentemente al menos,
tendríamos la batalla perdida; asunto éste sobre el que hace algún tiempo usted
mismo habrá tenido la oportunidad saber de mi opinión.
Pues
bien, aquí las dudas se convierten ya en cruda certeza. La sentencia última del
Tribunal de Derechos Humanos, pronunciada en Estrasburgo, sancionando a España
por la utilización de la llamada “doctrina Parot” coloca al citado tribunal y
al sistema jurídico español en una situación de ridículo tan escandaloso como
peligroso. Escandaloso, porque se evidencia que los miembros de ese tribunal
¿serán por ventura jueces, o simplemente ocupan sillón de tales? desconocen la
realidad de lo que acaban de sancionar, o, simplemente son conducidos a ella (a
la sentencia) de forma culposamente intencionada; escandaloso, porque también
evidencia que España no ha sido capaz de consolidar en el ordenamiento jurídico
propio una doctrina que resultase incontrovertible para cualquier instancia
ante la que fuesen presentados recursos incoados por quien a ello les asistiese
derecho. Pues no es este el caso; como casi siempre, y en casi todo, tenemos
los deberes por hacer. Y Europa, también. Y así nos va, a los españoles y al
resto de europeos. Uno quisiera pensar, porque se considera biempensante, que
el “sesteo” se acaba, pero la verdad … aquí regresan las dudas.
Peligroso,
porque tal sentencia, aunque nos digan que vaya a ser recurrida, ya ha
permitido la puesta en libertad de peligrosos asesinos, convictos y confesos,
para los cuales con doctrina Parot o sin ella, el cumplimiento íntegro de las
penas habría de ser una cuestión inviolable para cualquier estado serio, y sólo
circunstancias muy especiales y perfectamente definidas podrían facilitar su
redención parcial. Pero tampoco es este el caso. El caso es que por una grave
imperfección del sistema jurídico, asesinos convictos y confesos quedan en
libertad, sentando el gravísimo precedente que, a no tardar, habrá de ser
seguido por otros recurrentes. Nuevamente el mal ya está hecho ¿Servirá para
que se acaba el “sesteo” español, y la diletante ignorancia culposa europea? ¿Ha
visto usted por quién está formado este tribunal europeo? Véalo, véalo. Más
dudas emergen para este servidor de usted, reforzadas por el ya esperpéntico (salvo
noticia de última hora desconocida por este servidor), proceso de elección del
Presidente del Consejo General del Poder Judicial; no es de extrañar la
esperpencia, cuando se tiene la sensación de que la lucha está planteada en
clave de adscripción o simpatía política; y si fuera así ¿cómo fiarnos de la
elección? Afirmo que si se tratase sólo de evaluar la riqueza curricular de los
candidatos la elección tendría que haberse hecho ya, puesto que recursos técnicos
para ello existen, y de sobra.
Y
si de dudas hablamos, es de justicia reconocer las que hubiera tenido hasta
ahora el presidente de nuestro gobierno, el Sr. Rajoy, tratando de encontrar el
mejor camino para iniciar la tan ansiada recuperación. También es de justicia
reconocer la dificultad de abstraerse de todas las contradictorias opiniones con
las que se la ha “oosequiado”: que si Alemania, que si ahora Francia, que si la
Comisión Europea, que si el FMI, que si algunos premios nobeles, que si sus propios
consejeros áulicos, que si yo mismo … En fin, nada fácil, la verdad, pero es
que para eso le pagamos ¿no? Dudas sobre si implantar tal o cual recorte,
reforma, impuesto, etc. etc. Finalmente
parece que se le han disipado las dudas y, forzado o no, ha comunicado ayer
cuáles son sus intenciones sobre el particular. Las intenciones ahí están. Las
realidades las iremos viendo. Este
servidor de usted sabía, y así consta, que medidas como las anunciadas eran
imprescindibles, y si eran imprescindibles y todos lo sabíamos, a qué tanto
esperar, a qué tomarlas a traguitos, generando la idea de que no se era capaz
de tomarlas ¿creyendo, tal vez, que era mejor hacerlas aparecer como una “imposición”
que como iniciativa propia? Mal asunto; porque la imposición sí que se ha
producido, y mucho mejor hubiera sido tomarlas de “motu proprio” y a su debido
tiempo; así, muy bien hubiera podido ocurrir lo que en ello habíamos insistido:
algunas se habrían evitado.
Usted
me preguntará ¿cuáles se habrían evitado? Pues una que encierra varias: la
subida de impuestos, cualquier tipo de impuestos, y ya sea sobre la renta,
sobre sociedades, o el IVA, para este servidor el impuesto más injusto de todos
cuantos en el universo pululan; simplemente, no es el momento ahora de elevar
la presión fiscal o tributaria si se quiere realmente estimular el consumo
interno; había margen y todavía hay para aumentar los ingresos del Estado, y
aún más, para eliminar gastos, que es ahí en donde está “la madre del cordero”.
En relación con el IVA (cualquiera que sea el tipo), y el evidente fraude que
genera, el gobierno tiene en su mano la posibilidad de convertirnos a todos, sí
amigo mío, a usted y a mí también, en verdaderos inspectores fiscales; ¿cómo?
un amigo me lo sugiere en una conversación sobre el particular que les contaré
en una próxima atalaya, pero tengo dudas, ya lo verá usted, de que se vayan a
atrever. Más dudas.
Afortunadamente,
este servidor de usted no tiene dudas sobre sí, más allá del acierto o del
desacierto, pero nunca en cuanto a las intenciones, que las declaro abierta y
explícitamente, sin condiciones previas. De otros no puedo decir lo mismo; a lo
más que llego es a suponérselas, por la contradicción entre lo que dicen y lo
que hacen.
Salve,
amigo mío.
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