Comienzo
esta atalaya de hoy bajo el impacto que me produjo la noticia, conocida ayer,
de la resolución del Tribunal Constitucional por la que se reconoce la
legalidad de Sortu. El dolor que estoy padeciendo es equiparable al que se
sufre por la pérdida de un ser querido, como George, Diego y tantos otros
familiares y amigos, cuando, aún a causa de una enfermedad conocida se consuma
su desaparición; que no por esperada es menos dolorosa. En este caso, el dolor
lo siento por la anunciada muerte de la nación española, tal como ahora la
conocemos. Pudiera pensar usted, amigo lector, que es una enorme exageración lo
que acabo de escribir, y que estoy convirtiendo el drama que ya de por sí la
vida es, en el anticipo de una tragedia, como si de un nuevo Esquilo se
tratase. Sí, amigo mío, ausente de mí la pretensión del más mínimo parecido con
el clásico griego, pero la observación permanente de los hechos me conduce a
afirmar ante usted que la tragedia se está escribiendo; se viene escribiendo
paulatina, pero sistemáticamente. Y créame, o despertamos de la apacible
ignorancia, o indiferencia –tal vez la combinación de ambas-, o llegaremos al
final de la tragedia por la consumación de las hechos. Y a mí me produce pesimismo
y dolor, dolor y una enorme frustración, todo ello contrario a mis naturales
inclinaciones, como muy bien saben los que bien me conocen.
Esta
sentencia no pasa de ser un capítulo más de los que ya se llevan escritos,
entre cuyos contenidos existen evidencias de alta traición. Como no podría ser
de otra manera, si nos atenemos a los cánones por los que se diferencia la
tragedia de otros géneros literarios. Y la traición tiene nombres y apellidos,
y recae sobre todos aquellos que por acción o por omisión, por escribir la
tragedia misma o por plegarse dócilmente a su argumentación, callan,
otorgándole carta de naturaleza. Estos dos servidores de usted (que en este
asunto no entramos en conflicto alguno), no estamos dispuestos al silencio.
Podemos, por ingenuos, dar por buenas muchas cosas; podemos ser tolerantes, en
forma consciente, con muchas otras que aún no gustándonos entendamos que
conducen al bien común; pero cuando se viste de razón la sinrazón, cuando la
maldad se disfraza de bondad; cuando se insulta a la moral y a la inteligencia;
cuando se conjugan estos elementos, es cuando se atenta a nuestra dignidad. Y
por eso, estos servidores de usted, no pasan ni pasarán, no callamos ni
callaremos.
En
este juego de personajes trágicos, ocupan un lugar de especial responsabilidad
todos aquellos que han configurado las instituciones jurídicas acomodándolas a
los intereses políticos (no le resultará a usted nada difícil identificarlos),
y eso representa no sólo la ya tan proclamada muerte de Montesquieu, sino
también la de Locke, Jefferson, Albon y tantos otros que no se cansaron de
proclamar la necesidad de establecer, mantener y defender una nítida
independencia de los poderes del Estado entre sí. Tal ahormamiento (disculpe la
espontaneidad de la palabra, pero si son tantos los que pervierten la
naturaleza y el significado del lenguaje ¿por qué no se me podría permitir esta
pequeña licencia? que, en todo caso, me tomo), ha traído consigo primero, la
creación de un Tribunal cuya necesidad es mucho más, pero que mucho más que
discutible, con un rango que a todas luces no le corresponde, y segundo,
constituirlo a imagen y semejanza de los partidos políticos representados en el
arco parlamentario. Cuando la composición de este tribunal responde a la misma
composición del parlamento, parece una obviedad que los asuntos que el primero
tenga que abordar podrían ser perfectamente debatidos y resueltos en el ámbito
del segundo ¿Acaso se busca obtener un “a modo de” tapadera presuntamente
jurídica sobre asuntos cuya escabrosidad no se tiene la valentía de abordar?
Ahora
más que nunca se tendría que acometer lo que ya con anterioridad hemos tenido
el atrevimiento de proponer: que se suprima el tal Tribunal Constitucional,
porque ni siquiera, aunque lleve su nombre, es capaz de amparar la
Constitución; o, como mal menor, que se convierta en una más de entre las secciones
del Tribunal Supremo, pero siempre elegidos sus miembros en la forma en que se
hace en cualquier tribunal ordinario; de otra forma se volvería a conculcar la
pureza del sistema. Pero el mal ya está
hecho, amigo mío. Se han mantenido este Tribunal y su composición, precisamente
para escribir este capítulo de la
tragedia. Y culpables, los tiene ¿cómo no?, y usted y yo sabemos perfectamente
quienes son. Este servidor le asegura a usted que la tragedia continuará
escribiéndose, porque nadie tendrá los “huev …” suficientes para darle un
sentido nuevo a la obra.
Pero
hay otros personajes, que si no fueran trágicos serían “personajillos”; y son
aquellos que piden que se siga escribiendo la tragedia y aplauden la redacción
de un capítulo como el que hoy tanto dolor me produce. ¿Se da usted cuenta de
quienes son? Hombre, los pura y directamente beneficiarios del asunto; aquellos
para quienes, precisamente, se está escribiendo la tragedia, y aquellos otros
que todavía no se han dado cuenta de su próxima desaparición de la escena
porque serán fagocitados por los primeros. Esta es una de las consecuencias de
las tragedias. Pero tan contentos ellos. Y después está lo innumerable de
actores de bulto, que ignorantes e inconscientes hacen lo que se les manda,
entre los que sé que no está usted, pero que sí seguro que no estamos nosotros.
Todos ellos tan confiados, sí, pero que sepan que nosotros se lo haremos pagar,
y que a la Historia han de pagar su tributo, también. Dejar impunes a
terroristas causantes de casi mil muertos, más de trescientos de los cuales
están todavía sin juzgar ¿qué clase de sistema es éste? , y a los que les dan
su cobertura política, no puede quedar sin el precio que la Historia,
inexorablemente, les pasará. Que se sepa, que lo sepan ellos, pero que lo sepan
también los conniventes y facilitadores de esta situación.
Salve,
amigo mío, por hoy, porque mañana …
¡¡¡seguiremos!!!
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