Sé
que voy a coincidir al menos con la mitad de los comentaristas, generadores de
opinión (no acabo de saber, o sí, en qué consiste tal cosa, porque creo que
cada uno de nosotros ha de generar su propia opinión y no que se la generen
otros, pero en fin … ), y seguramente que también con la mitad de los que
habitualmente reciben estas comunicaciones mías; pero como son varios los
amigos que me han venido insistiendo en que alguna vez hable de la banca,
porque ¡hombre!, dicen, no paras de castigarles el hígado a los políticos y a
los sindicatos –también a las organizaciones empresariales, añado yo por mi
cuenta-, qué sucede entonces ¿es que no te interesa el mundo financiero?.
Naturalmente que me interesa, cómo no sentirme interesado, si la totalidad de
mis asuntos están en manos de las entidades financieras ¿los suyos no, mi amigo
lector? Y está claro. Mientras no regresemos al primitivo trueque, el uso de
este tipo de entidades se hace inexorable; ya sea para guardar dinero, ya sea
para hacerlo circular, ya sea para colocarnos en la ruina …
También
sé que los culpables de la crisis financiera –usted y yo sabemos que hay otras crisis-,
no son sólo las entidades financieras, o sólo los políticos, o sólo ellos dos.
Aquí somos culpables todos, incluídos usted y nosotros dos ¿verdad lector? Y lo
somos por acción y por omisión, además de por acomodación. Pero hoy no toca
hablar de la culpabilidad de los políticos (que la tienen, y enorme), ni de la
de usted y mía (que también la tenemos, y no pequeña). Hoy toca hablar de los
agentes del sistema financiero, y más concretamente del sistema financiero
español. Hemos de hacer abstracción del origen de los famosos “hedge funds”
(fondos empaquetados, encubiertos o protegidos); la traducción idiomática no
contempla la acepción de fraudulentos ¡qué le vamos a hacer! Tal acomodación ha
dado lugar a que todos viviésemos bajo la sensación de que ya se había logrado
un sistema económico perfecto, cuyo componente principal era una suerte de maná
en forma de dinero barato, e inacabable. Pero ¡oh, tragedia! Y descubrimos que
la masa dineraria en circulación tiene un límite cuantitativo, cuando alguien
se ha empeñado, por necesidad o por conveniencia, en convertir los apuntes
contables en dinero real; y no hay, no hay suficiente cantidad.
Dentro
del sistema financiero español operan dos tipos de instituciones: los bancos y
las cajas de ahorros. Por regla general, los primeros están dirigidos por
profesionales con un marcado perfil banquero (no bancario), de aquellos que
toda su vida se han dedicado a la banca, por tradición familiar o aún sin ella,
a través de décadas de experiencia profesional. Las personas con tal perfil
sabían muy bien, y desde hace mucho tiempo, lo que inevitablemente iba a
suceder, dado que el entorno socio-político, que lo envolvía todo, no permitía
que se tomasen medidas que corrigieran el rumbo de los acontecimientos. Claro
que como disfrutábamos del mejor sistema financiero del mundo mundial, todo
estaba muy bien. Las segundas, las cajas de ahorros; aquí, los perfiles de sus
gestores, en general, no resiste la más leve comparación con los de sus primos
los gestores de los bancos; su irrupción en las prácticas comerciales bancarias
tuvo el efecto de la incorporación de un cuerpo extraño dentro del sistema, no
porque representase una inflación desmesurada de entidades que forzó a su vez a
que todos comprometiesen sus recursos, y condicionasen los costes, en políticas
expansivas que ahora hay que corregir, sino porque corrompieron su propia
naturaleza, convirtiéndose en instrumentos al servicio de criterios políticos y
no financieros.
Como
teníamos un sistema financiero perfecto, y un regulador que se las sabía todas,
además del maná inagotable del dinero, claro, se nombraron omnímodos directores
generales, y se llenaron los consejos de administración de personajes
incompetentes en la materia, al servicio de sí mismos en primer lugar, y al de
las organizaciones que les conferían su representación. Y así fué la cosa.
Inversiones descabelladas cubriendo insensatas decisiones políticas (existen
numerosas listas de ellas, que usted amigo mío conoce tan bien como este servidor
suyo, por lo que le hago gracia de no reproducirlas), retribuciones
escandalosas, no menos escandalosas jubilaciones, y por último, rescates,
subastas y concentraciones. Pero como
teníamos un sistema financiero perfecto, el responsable del organismo
regulador, que se las sabía todas, fue acomodando las piezas de modo y manera
que ninguno de sus amigos, correligionarios o no, saliese mal parado del
asunto, y comenzó a poner dinero suyo, sí, sí, suyo de usted lector, ya que no
de él, ni de ninguno de los que se están yendo de rositas, dinero para limpiar
la porquería que se había montado. Y esto, todo esto, querido amigo mío, se
sabía ya ¡¡¡en 2007!!! Luego ¿no es cierto que somos culpables TODOS?
A
mi otra inseparable naturaleza y a mí se nos escapa si la nacionalización de
algunas cajas y de algunos bancos es la solución al problema, a lo mejor sí,
aunque se me ocurre pensar que si el Sr. Krugman y algún otro del estilo se
mostrasen a favor, que no lo sé, algo malo, o muy malo se habría de derivar de
ella. Si es buena o no, habrán de decírnoslo los resultados. Lo que en sí ya
sería intrínsecamente bueno es continuar con el relevo de los gestores, y con
la incoación de responsabilidades penales a quienes hubiesen incurrido en
figuras perfectamente tipificadas en el ordenamiento jurídico: prevaricación y
malversación. Pero no sólo a los gestores de las entidades financieras, eh,
también al del regulador. Eso sí que sería una verdadera apuesta para generar
confianza ¿no le parece a usted, amigo mío?
Salve.
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