Pues
sí, amigo lector, han tardado en darse cuenta de que austeridad y crecimiento
no son en absoluto, ya no incompatibles, ni opuestos, sino imprescindible la
primera para obtener los recursos necesarios para favorecer y estimular el
segundo. ¿Recuerda usted el tiempo que lleva este servidor enfatizando esta
cuestión? Pues resulta que ahora, y
bienvenido sea el momento, determinados padrecitos de la patria europea, así
como de la patria hispana, se apuntan a poner (me corrijo, de momento a insinuar;
lo de poner, poner ya veremos), en marcha medidas orientadas hacia el
crecimiento económico. ¡Ah! Pero mucho ojo, porque los padrecitos de la izquierda
no ven la película completa; pero claro ¿cómo la van a ver? si se trata de los mismos
padrecitos que cuando tuvieron la oportunidad no sólo no pusieron en marcha
mecanismos apropiados para corregir lo que se nos venía encima, sino que
contribuyeron activamente a despilfarrar todos los recursos de los que se
disponía. Y se quejan de que constantemente se aluda a la herencia que han
dejado. Pues claro ¿esperaban irse de rositas?
Y
no ven la película completa, no les interesa verla porque lo de estimular sí
que les gusta, sobre todo si ello consiste en seguir alimentando los mismos
chiringuitos, y el mismo clientelismo que habían fomentado a su alrededor. Lo
de la austeridad, si además representa reformas, recortes o como se les quiera
llamar, ya no les gusta, y dicen que es un error, que es un freno y que pone en
peligro el estado del bienestar ¿de qué estado de bienestar estamos hablando?
Mi querido lector, usted y yo perfectamente sabemos que el bienestar sólo se
consigue como fruto del esfuerzo, del trabajo, del ahorro, y de otros factores
tan poco importantes como la ética, la honestidad y los principios morales. Y esto,
que es básico para cada individuo y para cada familia, lo es también para las
empresas y, en su virtud ¿cómo es que las izquierdas no lo consideran así
cuando nos referimos al Estado? ¿Cuál es la diferencia?
Como
no pretendo ser un moralista que va por la vida dando lecciones a todo el mundo,
le invito a que la establezca por usted mismo. Y si la conclusión a la que
llegue resultara favorable a mis tesis, entonces, habré, o habremos, conseguido
entender lo que la austeridad significa. Mire usted que soy pesado con la
austeridad, eh. Será por eso que nunca me concederán el Premio Nobel. Será.
Pues
ha llegado el momento casi límite de extremar las políticas de austeridad, diga
lo contrario quien fuere, porque de no ser así caminaremos inexorablemente a la
pérdida de ese bienestar que tanto nos afanamos en reclamar, pero que tan poco
hacemos por sostener. Tenemos que trabajar más y mejor si queremos generar los recursos
requeridos para preservar el sistema, y, al mismo tiempo tenemos que impedir
que el resultado de nuestro esfuerzo se vaya por los canales de las
ineficiencias, de las inutilidades, de la sinvergonzonería y de la vagancia.
Son precisamente estos elementos los que han de circular por los desagües de
los recortes, si es que aplicamos su verdadero significado: acciones para quitar
o cercenar lo que sobra en una cosa. No pareciera difícil ¿verdad? identificar lo
que nos está sobrando. Pues debe de serlo, porque al menos en lo que a mí me
parece esencial, no veo que se vaya en la dirección correcta. Sr. Rajoy,
señores de los gobiernos ¿hasta cuando hemos de esperar la retirada de todas
las subvenciones a los sindicatos, a los empresarios, a los partidos políticos,
y demás zarandajas? A este servidor de usted le ha resultado patética, y en
gran medida trágica, la imagen ofrecida ayer día 1º de mayo, fiesta del
¿trabajo? por los líderes sindicales y algunos políticos, casi, casi, o sin
casi, instando a la revuelta contra la situación que ellos mismos han creado
¡Vergüenza les debiera de dar! Óigame, y ¿eso qué es? Es contra ellos contra
quienes precisamente nos tenemos que revolver. Y que Dios bendiga a Francia; lo
va a necesitar.
Salve,
por hoy, amigo mío.
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