Ahora
sí, ahora se comienza el camino en la buena dirección de lograr que un gobierno
ejerza sus competencias por igual en toda España. Ésta la buena interpretación
de eso que el presidente del Gobierno parece que ha denominado “repensar
España”. Y bienvenida sea esa forma de repensar el Estado, si ello consiste en
tomar medidas como la que me ha alegrado la mañana de ayer, cual es la
recuperación para la administración central del control de las cuencas
fluviales existentes en la totalidad del territorio. En este particular caso, y
seguramente en cualquier otro que se acometa, nada ni nadie garantiza que no se
vayan a cometer equivocaciones en la gestión de tan básico recurso, pero de lo
que sí estoy seguro es de que no se van a producir diecisiete sumas de errores, o de fragrantes estupideces como la de
la cancelación del trasvase del Ebro, por ejemplo (por razones absolutamente
oportunistas), que tantos beneficios en forma de inversiones y de racionalidad
hubiese reportado a todos los territorios afectados, y ninguno de los
perjuicios que se utilizaron como argumento para su no ejecución. Pero claro,
en aquel momento el país comenzaba a ser gobernado por imbéciles. Puede que
ahora comience este servidor de usted a vislumbrar los hechos que justificaban
una esperanzadora, aunque vigilante, confianza en la acción de los nuevos
gobernantes.
La
confianza, esta vigilante confianza, deberá verse reforzada con más medidas de
esas que puedan enmarcarse en el “repensar España”. Por ejemplo, la política de
transportes; no puede permanecer vigente por más tiempo el sometimiento a
diferentes normativas legales y procedimentales –tantas como Comunidades
Autónomas, de las actividades relacionadas con el tráfico de bienes y servicios,
de una importancia capital para la competitividad del sistema económico. Han de
establecerse reglas que impongan claridad y homogeneidad para quienes han de
prestar sus servicios en este sector. Y el Estado ha de desprenderse, cerrando
o vendiendo, todas las estructuras ociosas o de resultados escandalosamente
deficitarios (aeropuertos, estaciones … ). Con certeza experimentaríamos
sustanciales mejoras en costes, seguridad económica, sencillez en trámites,
imagen exterior, en suma, eficiencia en los agentes; y para el Estado, ahorro.
Y
debe continuarse el “repensar España”, para que no sucedan cosas tan ridículas
como aquella muy reciente de un Presidente de Comunidad Autónoma que al
dirigirse a un alto dignatario internacional le pidió que tuviese en cuenta que
estaba en una nación ¿en dónde pensaría estar? Si un servidor hubiese sido el
tal dignatario muy fácilmente le habría contestado: Naturalmente, he venido a
España. Se me hubiese ocurrido porque ya en otra ocasión, hace bastantes años,
en una visita al Parlamento Europeo que tenía como objetivo recabar el apoyo
para un proyecto relacionado con la pesca, nos reunimos con un miembro de la
comisión específica, quien, por cierto, hacía muy poco que había dejado de ser
presidente de una Comunidad Autónoma, va y nos suelta: … porque nosotros que
somos … mereció la siguiente respuesta:
… tú serás lo que quieras ser (derecho incontestable), pero aquí y ahora eres un parlamentario pagado por el
Estado español, que vas a atender y a escuchar a ciudadanos españoles, que también
somos de donde nos apetece, y que venimos a ejercer nuestro derecho de
pertenencia.
Seguramente
que lo anterior viene muy traído por los pelos, al hilo de lo que podría
significar “repensar España”, y que también pasaría por una mudanza en
determinadas actitudes orientada al rescate de la noción de lo que somos, que
nada tiene que ver con nuestra valiosa diversidad, o, seguramente debido a
ella. Algo podrá hacer el gobierno, pero en mucha mayor medida lo hará el
sentido del Estado de todos los políticos, de los generadores de opinión, y en
última instancia cada uno de nosotros. Es evidente que no todo se lo habremos
de exigir al gobierno, con la excepción de que no le podamos atribuir caminar
en sentido contrario.
No
debe detenerse el proceso de “repensar España” (discúlpeme Sr. Rajoy por
repetir tantas veces su “moto”, en la esperanza de que no me reclame derechos
de autoría), y que eso pase también por otros campos, como educación, sanidad,
justicia, finanzas (ahora entran las prisas) … de los que hablaremos en
sucesivas oportunidades, porque también requieren ser repensados, reformados
(en muchos casos, no recortados, como este su articulista viene sosteniendo).
Este
repensar no me hace olvidar dos manías; la primera, que me falta recibir la
alegría de comprobar el momento en el que se cancelan todas las subvenciones a
partidos políticos, sindicatos y organizaciones empresariales, porque en cuanto
tengan que manejarse con las aportaciones directas de quienes demanden sus
servicios, verá usted como mejora la utilidad y la calidad de los mismos; y la
segunda, que si el gobierno, en propias palabras del para este servidor
dimisionario Ministro de Interior, no negocia ni negociará con ETA, explíqueme
usted para qué sirve el discutido Plan de Reinserción de los etarras.
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