domingo, 24 de febrero de 2008

CIUDADANIA Y ETICA, ante las elecciones (I)

Inicio para usted, aquí, una pequeña serie de reflexiones sobre lo que el título indica, aprovechando la oportunidad que nos brinda el período electoral en el que nos encontramos, queriendo compartir con usted las manifestaciones de un espíritu en rebeldía.
Y aquí estamos (un apreciado amigo se alegrará reconociéndose en su aprecio por mi rebeldía). Aquí estamos para referirnos ahora a los comportamientos éticos de la ciudadanía. Con mi otro yo, ese indomable pejiguera que de un servidor no se separa, y que, ya sea para estar de acuerdo, ya en desacuerdo, pero en todo caso insilente, discutimos sobre la forma de enfocar estas cuestiones relacionadas con la Ética. Lo primero con que nos encontramos en nuestro particular debate es con la necesidad de reconocer lo que ambos entendemos por Ética, y logrado ésto, que no iba a resultar tarea sencilla, habríamos de ponernos de acuerdo también en las cuestiones que podrían demostrar la relación entre tal materia y la ciudadanía, o las actitudes ciudadanas que le aportan un determinado carácter a la sociedad de cada momento, para obtener así una reflexión coherente que a los dos nos resultase de utilidad, nos llenase de intranquilidad (por si todavía tuviésemos poca), y trasladarle a usted, lector, la mayor intranquilidad posible. Al fin y al cabo ¿qué mejor consecuencia se puede obtener de la facultad de pensar, y de la libertad de debatir, que la de generar intranquilidad en el espíritu y en la conciencia?

No estábamos, al menos un servidor, aunque mi otro yo tal vez sí, entre los alumnos de Aristóteles ni entre los de otros filósofos y maestros que, a lo largo de la historia de la humanidad (y para este comentario es más que suficiente tener en cuenta que llevamos más de 25 siglos disponiendo del método científico que nos permite acceder al conocimiento y al análisis de lo que Ética significa). Pero como no se trata de que ocupemos espacio presumiendo de una erudición que cualquiera puede obtener en los libros de su biblioteca, de una biblioteca pública, o ahora mismo, navegando por Internet, a nosotros dos no nos interesa más que convenir, sin establecer definición alguna, que en la Ética se condensan los principios y valores morales por los que ha de regirse el comportamiento de los seres humanos, individualmente, y por tanto, aquí sí, definir los rasgos que caracterizan a la sociedad a la que pertenecen. Con tal conclusión da comienzo el curso de nuestras intranquilidades, la primera de las cuales no es otra que la de que usted también se sienta intranquilo. Perdóneme, pero sólo intranquilo, no, cuanto más intranquilo, mejor. Y si su intranquilidad le conduce al llanto, pues todavía mejor, porque demostraría que aún es usted sensible a todo lo que, analizado desde un punto de vista ético, sólo da para llorar.

¿Qué es lo que hoy nos induce a emitir un juicio tan lastimero (por lo de llorar, se entiende), sobre la cuestión ética? Pues en concreto la pasividad ciudadana frente a la permanente mendacidad de la elite burocrática de los partidos políticos, y, de una manera muy especial, cuando les toca gobernar. Constantemente nos mienten. Mire: nos mienten cuando después de afirmar con toda rotundidez que no había en marcha ningún proceso de paz con ETA, comunican, después del atentado de la T4 y otros “accidentes”, que el proceso se ha roto ¿pero no quedamos en que no existía proceso?; mienten en el Parlamento hasta a sus propios correligionarios haciendo cosas diferentes de aquellas para las que se les había concedido autorización; mienten a nuestros soldados y a sus familias, negándoles los, por otra parte bien tristes, derechos de batirse en territorios de guerra; mienten en las sucesivas versiones oficiales del gravísimo caso del 11-M; mienten cuando refiriéndose a que la economía va bien, saben perfectamente que cada mes les resulta más difícil a las familias defender su presupuesto; mienten al no explicar las consecuencias que para todos los ciudadanos españoles van a tener las concesiones a los nacionalismos, por la vía de los Estatutos, y de otras componendas no declaradas ¿quién va a pagar todo ésto? A estos efectos, y sin ánimo de pretender dotes de adivino, le recuerdo a mi otro yo que se lea la columna publicada en el ejemplar nº 7 de nuestro periódico, el mes de setiembre del año pasado –sí, hace ya más de un año-, en la que compartía con usted, lector, reflexiones sobre estas específicas cuestiones, desde el plano económico y también desde el político, en tanto que afecta a la configuración del estado español, de España. Pues bien, nos mienten… y usted sabe cuánto nos mienten y en cuántas cosas más, sin que tengamos que seguir ampliando este relatorio.

Ya sabemos, al menos mi inseparable yo y un servidor, tal vez usted también, la clase de valores morales (de ética), que adornan a los políticos que nos gobiernan, a los que les acompañan en sus aventuras, y a los que no delatan con claridad y firmeza su permanente mendacidad. Lo sabemos. La gran incógnita para estos servidores de usted, tiene que ver con los valores morales, con la Ética de la ciudadanía que asiste impávida al espectáculo del engaño. Si realmente los valores morales fundamentales para el desarrollo de una sociedad en convivencia democrática figurasen en primer término del interés ciudadano, exigiríamos a los partidos políticos que nos presentasen dirigentes revestidos de esos valores bajo cuyo imperio deseamos vivir; dirigentes con honestidad y fortaleza intelectual y espiritual, que sus acciones estén siempre fundamentadas en la verdad y en la consecución del bien común. A los demás los tendremos que echar a patadas en el trasero. En evitar, y corregir, cuestiones como las aquí comentadas, pero no las únicas, consiste el ejercicio de la responsabilidad ética de la ciudadanía. Tenemos próxima una oportunidad ¿la aprovecharemos para manifestar que la sociedad sí se rige por principios éticos? Aunque sea a base de recibir patadas en el trasero. Llega la hora de repartirlas. ¿Las repartiremos? ¿Les pasaremos factura a los que durante estos últimos cuatro años han estado ocultando, mintiendo y generando confusión y división entre la ciudadanía? ¿O será que los ciudadanos que constituímos la sociedad española de hoy, preferimos los tipos que exhiben tales acomodaticias éticas? Si es así, los ciudadanos de mañana, que a estos servidores es lo que más le preocupa, lo pagarán muy caro. Visto desde un espíritu rebelde y ¿libre?

2 comentarios:

Unknown dijo...

Estimado Manolo,

Me congratulo al recibir la noticia de tu recién inaugurado blog.

Como bien indicas en tu último post y comparto literalmente tus palabras, hay y tenemos que ser beligerantes ante los acontecimientos que se han transcurrido a lo largo de los pasados 4 años y fundamentalmente tomar cociendia y partido activo(esto último, nunca mejor dicho) en vista al próximo llamamiento popular de consulta.

Cómo primera participación y comentario voy a ser breve. Agrego tu blog a mis favoritos y por aquí estaremos cruzando puntos de vista y perspectivas.

Saludos

Anónimo dijo...

Tus análisis, así como los comentarios de uno de tus lectores (Luís)me han conducido a una reflexión sobre el condicionamiento del ejercicio de nuestras libertades políticas. Para mi, el ejercicio de la libertad es un acto de Fe, del que a veces no tenemos consciencia. La Fe, como afirmación del Yo inmanente, más allá del instinto biológico de carácter unívoco, es una manifestación clara y también dramática de nuestra libertad individual y de la necesidad de transcendencia de la misma hacia lo absoluto. Por ello, el acceso a la consciencia de la Fe, es en sí una revelación. Pero ¿qué es "la revelación"? ¿Se produce como una toma de consciencia interna o es el fruto de una manifestación de voluntad externa transmisible bajo forma de dogma?. Y el dogma, ¿es de origen divino o una instrumentación político jerárquica?. La respuesta es, en el fondo, sencilla, el dogma nace de la revelación y esta última se hace asimilable para el hombre envuelta en un halo mitológico, que la cultura tecnocrática actual ya no pretende desentrañar, si no desacreditar, eliminando toda esencia divina al ejercicio de nuestra libertad et intentando substituirse. Esto es lo que hoy, mal llamamos Socialismo.

Ejerzamos nuestra libertad!

PePe